Crítica de ensayo

Ausencia compartida, de Marina Azahua

Por Ismael Lares

Marina Azahua
Ausencia compartida
Treinta ensayos mínimos ante el vacío
Fondo Editorial Estado de México
2013

El primer libro publicado por Marina Azahua , y que mereciera el premio del Certamen Internacional de Literatura «Sor Juana Inés de la Cruz» 2012, en el género ensayo.

Leí Ausencia compartida y lo que menos siento es soledad. En cada uno de los ensayos breves, Marina aborda lo necesariamente importante de cada obra que ensaya. Se instala, pues, frente a un objeto (léase obra de arte) y lo contempla desde un «Lado A». Desde esa perspectiva surge una primera visión del objeto. Se narra la textura, se escucha su efecto, se observa lo que hay ahí, de frente, sin importar el formato, sea éste fotografía, escultura, dibujo, filme, libro, grabado, incluso instalación o performance. El objeto visible e invisible es reflexionado en cada página, y cada uno esconde su propia forma. «Sólo un hombre percibió —nos dice la autora — su peso exacto», refiriéndose al objeto. Que no conoceremos lo que ese objeto esconde es quizá esa ausencia a la que Marina Azahua (Ciudad de México, 1983) evoca, porque hay anonimato dentro de una pieza de arte; hay historias que no se pueden desenrollar; sobre todo, hay «un ruido secreto». Claro está que «sólo un hombre en la tierra supo qué forma se esconde tras ese ruido secreto». El anonimato surge de estos ensayos que construyen su propio espacio, y que al avanzar en cada página, uno se siente alojado ahí dentro.

Posteriormente, en una segunda revisión del objeto, Marina propone analizar el «Lado B» apelando a la percepción, a la naturaleza del ensayo que incita a reflexionar, a la evocación del eco que provoca una segunda visión del objeto contemplado.

En Ausencia compartida el lector descubrirá que no sólo se plasma el aspecto visible del objeto, sino que también se muestra un lado distinto, el de la experiencia que busca transformarse en el otro. Hay aquí, pues, un ejercicio ensayístico que esgrime una revelación a medias, y que nos incita a indagar aún más en el objeto. Es una experiencia que invita a revertir las ideas preconcebidas en el lector, se trata de un itinerario que espera ser recorrido lento, y que irá «revelando a escritor y lector a la par».

Compartir lo ausente y presente en cada obra que ensaya Marina resulta alucinante. Mientras escribo esta reseña, siguen ahí las notas que fui escribiendo a pie de página: lo que hace falta en este libro es indiferencia. Un creador jamás sonreirá impávido ante el vacío, pues, el artista, es quizá el primero en sentir la desgracia ajena para así poder plasmarla.

Ante todo, este libro es una correspondencia —como debiera ser toda obra— que intenta acercarse a un público. Pero lo es también de manera directa en cuanto a diálogo se refiere, sea éste desde cualquiera de sus lados. Las disertaciones son ovillos que merecen ser desenredados. Uno acude a estas páginas con cierta duda y, sin embargo, al finalizar el recorrido por la obra uno se da cuenta que no ha encontrado respuestas. Como en una fotografía, aquí hay, sobre todo, historias.

He descubierto en estos ensayos una poética de poéticas donde uno es parte de otro, como una matrioska textual y reflexiva. De pronto, aparece la prueba de que el ensayo funge como una imagen que debemos aprender a leer, tanto como el vacío que Robert Rauschenberg creaba a partir de una borradura: la erradicación como obra de arte. ¡Qué inmejorable discurso! Producir arte de una borradura es lo que en ocasiones hace este libro, tomar una superficie y reactivarla por medio del acto ensayístico. Así pues, parafraseando a Marina, me atrevo a decir que este libro deja en mí una marca más imborrable que la borradura misma.

La autora deambula por varios lugares, inspecciona distintos rostros. Desde el ejercicio visual perpetrado por la curiosidad del visitante de una galería; del espectador que observa con inquietud una fotografía o filme; hasta llegar al individuo que explora en sí mismo el alcance de su indiferencia ante el dolor ajeno.

Los minutos de lectura transcurren con parsimonia cuando uno repasa Ausencia compartida, y de vez en cuando se alcanzan algunos párrafos de transición incisiva. Marina Azahua se muestra como espectadora. Reside aquí la necesidad apabullante de mostrar lo que hay adentro, al otro lado. Y al alcanzar el punto necesario, sale a enfrentar la realidad, el verdadero espectáculo. Así pues, recorre una estética de lo cotidiano a la par que uno avanza. Es una especie de road-trip, como el que ensaya en «Parabrisas», quizá el camino más largo, el más profundo que recorre este libro. ¿Acaso porque incita a la exploración íntima, personal?

El ensayo es, pues, una cámara. Sin la cercanía de la anécdota las páginas de este libro tendrían otro sabor, y tal vez nos perderíamos de esa instantaneidad con que son relatadas, por eso, ensayar implica someterse a una transformación. El trabajo de Azahua congrega imágenes que develan al arte como un acto cruelmente revelador, y, por otro lado, exponen la base de una minuciosa idea de pureza. Cuando «la esencia de la gente queda impregnada en sus cosas» y atendemos a esos objetos predestinados —¿al olvido?— a otros menesteres que no al arte, quizá estamos dejando de lado la esencia de quien fue su creador o propietario. Asimismo, Marina se encarga de diseccionar de manera breve la historia de una serie de desastres para la historia de la humanidad. Entre más avanza uno en la lectura, el libro va adquiriendo un tono enrojecido, quizá violento, y no por el lenguaje que ahí se emplea sino por las obras que al final ensaya.

Entonces, ¿qué debe hacer el lector al enfrentar estos ensayos? Supongo que después de leer los últimos apartados que conforman este conjunto, uno debería abandonar la indiferencia para mirar con horror la otra violencia, esa que «se acurruca en el centro de nuestra apatía» en un solo respiro y se acumula en nosotros día a día.

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Ismael Lares (Durango, 1979) es crítico y ensayista. Publicó un artículo sobre el escepticismo y lo místico en José Revueltas en El vicio de vivir (Tierra Adentro, 2014), volumen editado por Vicente Alfonso. Asimismo, es autor del libro Abigael Bohórquez. La creación como catarsis (ensayo, Tierra Adentro, 2012).

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Un pensamiento en “Ausencia compartida, de Marina Azahua

  1. Ese libro es un chiste ya que al utilizar ese recurso vil de poner un mini ensayo sobre una pintura y luego un ensayo normal únicamente es un recurso para extenderse y cumplir el número de hojas que pedían para el premio y los jurados baquetas que premian cualquier cosa. Hasta comprarlo me peso ese dinero mejor se viera ido a la fundación adopte un escritor o un jurado.

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