Criticar la crítica/Entrevista

Criticar la crítica: entrevista con Ignacio Sánchez Prado

Igancio Sanchez Prado

Dentro de la sección de entrevistas, y en una segunda entrada, es para nosotros un gusto poder charlar con una de la voces más representativas de la nueva crítica nacional. Ignacio Sánchez Prado, que se ha consolidado como uno de los referentes del panorama crítico mexicano, continúa este diálogo con Frontal, a propósito de lo que nos interesa: criticar la crítica.

Si bien hay que celebrar la pluralidad de la crítica hoy en día, uno siempre tiene que tener en mente que no existen oficios intelectuales viables sin instituciones culturales sólidas.

Por Ismael Lares

¿Acaso existe algo así como un estado de la crítica literaria actual? Si fuera así, ¿cuál es?

La crítica literaria es una práctica que se ejerce en muchos frentes, y difícilmente podría ser descrita desde una idea central como el «estado de la crítica».  Si acaso, podría decirse que el estado es saludable: se escribe en muchos lugares, se publica ampliamente, se enseña cada vez más. En el pasado, la crítica literaria sucedía en lugares muy precisos: un número reducido de revistas, los libros de un puñado de figuras señeras, las aulas y prensas de unas pocas universidades. Hoy tenemos una cantidad muy importante de revistas nacionales y locales, libros publicados en editoriales comerciales, universitarias e independientes, programas de literaturas a todos los niveles en el país y en el extranjero y, por supuesto, una amplia producción en revistas electrónicas, blogs, redes sociales y lo demás. La producen académicos, periodistas, ensayistas, escritores. Se hace de distintos modos: desde la teoría, desde el ensayo, de forma impresionista o en los diversos intentos de constituir una ciencia literaria. Pero el panorama, a nivel intelectual, es de celebrarse: existen revistas literarias de primera, trabajo sólido en la academia, y libros y ensayos importantes publicados año con año. Es realmente una época de gran riqueza intelectual y bonanza en la parte inmaterial.

Creo que el único problema es que dicha proliferación ha creado un sentido, a veces de incertidumbre y a veces de recelo. Y por esta razón la crítica mexicana está llena de polémicas superficiales, basadas en una persona que ejerce la crítica de una manera atacando a la gente que la hace de otra. Hemos leído hasta la náusea las diatribas que varios practicantes no académicos hacen contra los académicos, reproduciendo paradójicamente los mismos estereotipos y lugares comunes que se usan para acabar con el financiamiento de las humanidades y la cultura de la que ellos también viven. Es claro también el desprecio que muchos académicos sienten hacia aquellos que no tienen la validación del título o contra los que no dominan la jerga teórica de moda. Esto, creo, debe rechazarse por completo. La literatura es una forma de la cultura rica, compleja y diversa, con relaciones muy amplias y sofisticadas con lo social, lo ideológico, lo estético y muchos otros espacios. Por lo tanto, creo que todos los enfoques tienen contribuciones importantes y puntos ciegos, y ninguno puede agotar a la literatura. Sólo una crítica donde sus distintos practicantes estén en conversación constante entre sí puede realmente dar cuenta de la riqueza de la literatura. La gente que desprecia metodologías o aproximaciones que no le gustan está o defendiendo un coto institucional o mostrando una cerrazón que no corresponde al objeto literario.

Hay que decir además que las peleas entre críticos en particular, o entre productores culturales en general, no vuelven mucho más vulnerable a la amenaza real que enfrenta la literatura y la cultura: el asedio económico del neoliberalismo. Y aquí es donde la riqueza intelectual de la que hablaba anteriormente encuentra el problema de la precariedad material, económica e institucional del oficio. Cada día emergen más noticias referentes a las reducciones del gasto gubernamental en cultura, el cierre de programas académicos en humanidades (por ejemplo, en Estados Unidos, donde vivo, el estudio de la literatura alemana se vio diezmado en la crisis económica), la creciente inviabilidad económica de editoriales y suplementos culturales, etcétera. Cada vez que un académico critica a un ensayista por ser supuestamente superficial, cada vez que un escritor publica algo diciendo que los académicos escriben cosas inútiles o incomprensibles, cada vez que desde un salón de clase se critica una obra literaria por no ser políticamente correcta y cada vez que un intelectual público reclama a los académicos que su obra no dialoga con el público contribuimos nosotros mismos al arsenal retórico que se usa para socavar el aparato institucional que nos sustenta. Esta es una irresponsabilidad que tiene consecuencias a futuro. Si nosotros mismos no somos capaces de ver valor en lo que hacemos y lo que hacen nuestros compañeros de oficio, no podemos esperar que un administrador universitario o un burócrata de Hacienda lo valore.

Si la idea de un conocimiento más amplio de la literatura no es suficiente para que los críticos de todas las formas trabajemos en conversación, quizá valga la pena recordar que vivimos en un momento donde la riqueza de nuestras ideas existe sobre la base de instituciones precariamente sustentadas, que costaron mucho trabajo construir y que pueden desaparecer. Si bien hay que celebrar la pluralidad de la crítica hoy en día, uno siempre tiene que tener en mente que no existen oficios intelectuales viables sin instituciones culturales sólidas. Apenas vimos cómo El Ángel, el suplemento donde escribían dos de los críticos literarios fundamentales de México (Christopher Domínguez Michael y Sergio González Rodríguez) se transformó en un tabloide donde los ensayos de estas dos figuras quedan enterrados en historias lamentables. Estaba en México cuando se publicó el primer número y recuerdo todavía la tristeza que me causó ver el bellísimo artículo de Domínguez Michael sobre Bonnefoy enterrado en un número cuya historia principal era una diputada en lencería. Si se considera a la crítica literaria un ejercicio superficial, que sólo sirve para llenar páginas, como hacen los neoliberales esto tiene perfecto sentido. Pero todos los que creemos que Christopher Domínguez es un crítico de primera, independientemente de compartir o no sus juicios, debemos estar alarmados y cerrar filas ante acontecimientos como lo sucedido con El Ángel.

Así, pues, la tarea es doble. Continuar con la producción intelectual y luchar para ponerla en un diálogo mayor y con menos prejuicios y peleas bobas. Y usar ese debate para luchas por mantener y expandir los espacios que tenemos para ejercerla.

Si hay una nueva manera de leer, acudiendo a los nuevos dispositivos de lectura, ¿consideras que existan o deban existir nuevos modelos de crítica?

Siempre hay modelos de lectura, nuevos y viejos. Por ejemplo, he empezado a leer una nueva corriente teórica muy provocadora llamada Object Oriented Ontology, cuyos practicantes (como Graham Harman o Quentin Meillassoux) cuestionan la centralidad de lo humano y proponen al hombre en igualdad ontológica a los objetos. Sin entrar en detalles, un resultado notable de esta teoría es el libro portentoso que escribió Meillassoux sobre Un coup de dés de Mallarmé, titulado El número y la sirena, donde utiliza la matemática para «descifrar» el poema y mostrar las consecuencias filosóficas de su generación. Unos años antes, otro teórico de moda, publicó un libro sobre Mallarmé titulado La política de la sirena, donde lee el mismo poema desde su teoría de la «distribución de lo sensible» y el problema de la colectividad, central a su teoría de la democracia. Y más o menos al mismo tiempo Paul Bénichou publicó su magnífico Selon Mallarmé, donde debate de manera intensa la idea de la oscuridad de Mallarmé, que tanto Meillassoux como Rancière rechazan. Uno podría ponerse a decidir si a uno le gusta más el uno o el otro. Seguramente estos tres libros sólo darían para diatribas a favor o en contra de la teoría de Rancière o Meillassoux, o de la fuerza filológica de Bénichou. Pero en realidad lo que sucede aquí es que la lectura contemporánea de Mallarmé es fascinante porque existen los tres y muchos más, los modelos tradicionales como el de Bénichou, los innovadores como el de Rancière y los delirantes como el de Meillassoux. Así que sí, existen y deben existir nuevos modelos de crítica, pero estos no cancelan ni contradicen los anteriores. Yo creo que entre más dispositivos de lectura existan, la crítica literaria es más fascinante. Y pensar que un modelo está fundamentalmente equivocado o que otro sea el correcto, pues no es sino una forma de la nostalgia o de la mezquindad.

¿Crees que sea necesario establecer diferencias entre la crítica académica y el periodismo cultural? ¿Cuáles serían sus puntos de contacto o de qué manera podrían conciliarse?

Sí y no. Son prácticas distintas, que existen en esferas distintas y que deben ser distintas porque ambas esferas son necesarias. Pero no son mutuamente excluyentes. Yo trabajo en la academia, pero soy un lector dedicado de la prensa cultural. La prensa cultural da cuenta de la actualidad literaria, el debate de las novedades, la reflexión ensayística sobre ciertos temas y autores. La academia es un espacio de investigación, de enseñanza en el aula, de publicación de saberes que, en muchas instancias, deben destilarse en el debate entre especialistas antes de llegar a los estudiantes o a los lectores no especializados. Creo que periodistas y académicos tenemos la obligación de superar los prejuicios y leernos los unos a los otros. Hacer el esfuerzo de entender mutuamente nuestros oficios. Aprender los unos de los otros. Si necesitan conciliarse como lo sugiere la pregunta, es simplemente porque esas barreras las levantamos nosotros, no porque sean necesarias o legítimas. Yo estoy firmemente convencido de que la única razón real por la que un crítico siente desprecio hacia formas del trabajo crítico que no son las propias es por la ansiedad de autolegitimarse, de pensar que uno está en lo correcto, que los gustos de uno son la única criba necesaria en la lectura. Y, mea culpa, yo mismo lo he pensado muchas veces. Pero las diferencias de método, necesarias para dar cuenta de la pluralidad de la literatura, no tienen porqué convertirse en separaciones irreductibles.

Hace tiempo escuché a Rafael Lemus decir que el cuento es a la novela lo que la reseña al ensayo. ¿Qué opinas con respecto a ese comentario?

Rafael Lemus es una de las mentes más brillantes en la crítica literaria mexicana, pero esa frase me parece superficial. Creo que ni él mismo lo piensa de manera tan unívoca. Ni la reseña es toda la crítica, ni toda la crítica es ensayo, ni todo ensayo es crítica. Son campos distintos con puntos de conexión.

¿Cuál es el lugar de la reseña en el panorama de la crítica? ¿Qué tan pertinente es hoy?

Es un lugar importante, porque es la puerta que muchos lectores tienen para llegar a los libros. Pero es muy difícil practicarla bien. Podría decirte que los dos o tres textos que quisiera no haber escrito yo mismo son reseñas y he decidido que si no puedo escribir una reseña positiva e informada de un libro no lo haré más. Precisamente por lo que mencionaba anteriormente de los ataques a nuestro oficio, veo cada vez menos sentido a usar los pocos espacios que hay para darle de golpes a un libro. Hubo un debate acalorado en los medios de lengua inglesa sobre si se deben escribir reseñas negativas o no. Por supuesto que los argumentos para hacerlo son obvios: la libertad intelectual, el imperativo del debate, etcétera. Y en un mundo ideal deben existir, y, claro, existen y seguirán escribiéndose. Pero por otra parte existen muchos libros y pocos lectores y la reseña debe conectar a un escritor con su lector ideal. Y en general solamente una reseña o positiva o, al menos, bien ponderada, puede hacer eso.

El problema, como sabemos todos, es que la reseña es el depósito de los peores vicios de la crítica periodística: se presta a la polémica barata, sirve para atacar ad hominem a algún rival o para hacer elogio desproporcionado (y mutuo) de algún amigo, o para poner a los chavos a hacer méritos. Y todas las reseñas que se escriben así no sirven para nada. Una reseña la debe escribir una persona que pueda entrar en un diálogo informado con el libro, que se tome la molestia de investigar al autor, que no sólo exprese opiniones, y que, de preferencia, conozca libros similares o antagónicos para hacer un comentario de su red intelectual. Esto simplemente es imposible de hacer con el modelo mexicano de la reseña, las 1500 palabras que dicen poco o nada. Existe gente con mucho talento para escribir reseñas con esas limitaciones, pero es poquísima.

Lo que me gustaría ver en México es el modelo norteamericano del Review of Books, que tiene versiones impresas (como el venerable New York Review) y ahora electrónicas como el fascinante Los Angeles Review of Books, uno de los mejores lugares para conocer libros de todos los géneros literarios en inglés, o el Review of Books de la London School of Economics, donde se dirimen libros de ciencias sociales. En ese modelo la reseña es importante, útil y pertinente. Menos que eso, ante la reducción de los espacios periodísticos, peligra caer en la irrelevancia.

¿Hay lugar para nuevos críticos a partir de la reseña?

Lo hay, porque la reseña sigue siendo el lugar donde los jóvenes críticos afilan los dientes. Pero no debería ser así. Creo que sería mejor que los críticos jóvenes escribieran de manera más orgánica desde sus procesos intelectuales de lectura y descubrimiento y no desde el mandato de opinar de novedades, para las cuales a veces carecen aparatos de lectura. Yo creo que los mejores críticos jóvenes mexicanos que conozco o están formándose en la academia (pienso en Ana Sabau y Christina Soto van der Plas, dos lectoras brillantes de las que escucharemos mucho en años próximos) o han publicados libros estupendos mucho más memorables que cualquier reseña que hayan escrito (varios casos: Elisa Corona Aguilar, Karla Olvera, José Vicente Anaya, Lobsang Castañeda, Fausto Alzati) o son un híbrido entre la academia y el trabajo periodístico (pienso en Jorge Téllez, Heriberto Yépez y el propio Rafael Lemus, los tres con gran presencia en medios a la vez que estudian un doctorado en Estados Unidos). Los pocos que son grandes reseñistas son o gente que escribe con una pasión visceral que permite a las reseñas ser manifiestos sobre preferencias estéticas claras (como Geney Beltrán o Gabriel Wolfson) o gente de una erudición tan grande que pueden rastrear rápidamente la tradición escritural de casi cualquier texto (como Domínguez Michael o González Rodríguez). Y eso requiere una densidad intelectual y experiencia lectora que pocos jóvenes tienen.

¿Cuál es la relación de la crítica literaria con los hábitos sociales actuales?

No me queda claro qué sean los «hábitos sociales». Lo que diría es que la crítica literaria es un género de pocos lectores y pocos autores, y siempre lo ha sido así. Un lector de crítica es parte de un porcentaje menor de personas que pertenecen al pequeño grupo de lectores de literatura. Así que asumir que la crítica literaria, como práctica profesional es un género público es más una declaración de principios o un ideal utópico que una realidad. Pero es cierto también que la crítica literaria existe mucho más allá de los lugares donde tradicionalmente la ubicamos. Existe en los salones de clase, por ejemplo. En el modelo norteamericano, una clase de literatura no tiene puros estudiantes de la licenciatura en literatura. En un seminario que di hace poco sobre literatura y nacionalismo en México, sólo dos de quince estudiantes estudiaban letras. Toda la clase eran estudiantes de español, cuya licenciatura principal estaba en otra parte del campus: pre-medicina, negocios, historia, etcétera. No eran lectores formados, pero producían juicios y lecturas inteligentes e intuitivas. A veces veían cosas que yo, cegado por mi propia formación, no podía. También hay crítica cuando dos lectores conversan en un café, cuando el público dialoga en la presentación de un libro, cuando un amigo le regala un libro a otro, cuando un artista se inspira en un libro para hacer una obra en otro género. Ahorita, por ejemplo, soy parte de un grupo de amigos que ponemos poemas en el Facebook y los discutimos. Lo que quiero decir es que existe una práctica profesionalizada que se llama «la crítica literaria» que hemos discutido en este cuestionario y de la que normalmente se habla bajo esa rúbrica. Pero existe otra crítica, subterránea, invisible, producida por los lectores. La primera es un debate esotérico entre especialistas (porque un literato no académico, contrariamente al mito que tenga de sí mismo, pertenece tanto a un club cerrado como un profesor). La segunda es una práctica social. Y aquí comparto el idealismo de Jacques Rancière. A lo mejor deberíamos de pensar en la crítica no sólo como una pedagogía de sujetos autorizados, sino también como una práctica horizontal entre lectores.

Ante la percepción de la crisis de los géneros literarios como denominación, ¿cuál es la función de la crítica?

Creo que los géneros literarios tienen sentido o no dependiendo de la obra. Para mí, ponerse a dirimir si una obra es de un género u otro me parece un ejercicio escolástico que puede tener su valor, pero que difícilmente es más que un simple punto de partida. Mi idea de la crítica, que he desarrollado en una serie de ensayos que recopilé como coda a mi libro Intermitencias americanistas, es que el término «crítica literaria» tiene distintas acepciones. El adjetivo «literario» puede interpretarse de tres formas. Puede hacerse una crítica de manera literaria, con prosa de intención estética. Eso es lo que han hecho desde siempre los ensayistas. Puede entenderse también como «crítica de la literatura», donde entran la exégesis y la interpretación, y que se puede entender como un comentario constante posibilitado por el carácter infinitamente inabarcable de las grandes obras literarias, así como la existencia de obras que pueden ser irrelevantes para una generación y recuperables para otras. Y existe una crítica del mundo que usa a la literatura como instrumento. Pienso en Walter Benjamin, que era un crítico de su contemporaneidad, pero que utilizaba proactivamente a la literatura para leer a su mundo. Las tres funciones son indispensables y espero que en las tres sigan existiendo grandes practicantes. Y la existencia misma de las tres muestra no sólo la enorme potencia de la literatura, sino las vastísimas posibilidades de escritura y pensamiento que emergen de ella.

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Ignacio M. Sánchez Prado (Ciudad de México, 1979) es crítico literario. Trabaja como profesor de literatura latinoamericana y estudios internacionales en Washington University en Saint Louis, Missouri. Es autor de El canon y sus formas. La reinvención de Harold Bloom y sus lecturas hispanoamericanas (2002); Naciones intelectuales. Las fundaciones de la modernidad literaria mexicana (1917-1959) (2009), con el que obtuvo el premio LASA México 2010 a Mejor Libro en Humanidades, e Intermitencias americanistas. Ensayos académicos y literarios (2004-2010) (2012), libro que compila sus ensayos sobre americanismo y crítica literaria. Ha editado y coeditado nueve colecciones críticas, entre las que destacan El arte de la ironía. Carlos Monsiváis ante la crítica (2007), Arqueologías del centauro. Ensayos sobre Alfonso Reyes (2010) y El patrimonio literario de México. Siglos XIX y XX (Con Jorge Ortega y Antonio Saborit, 2013). Ha publicado más de cuarenta artículos académicos sobre cuestiones de literatura, cultura y cine mexicanos, así como de teoría cultural latinoamericana. Su próximo libro, Screening Neoliberalism: Mexican Cinema 1988-2012 es una exploración de las relaciones entre cine y neoliberalismo en México y será publicado en 2014 por Vanderbilt University Press.

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