Criticar la crítica/Entrevista

Criticar la crítica: entrevista con Luis Bugarini

Luis Bugarini

Presentamos, en el marco de la sección Criticar la crítica, la entrevista con Luis Bugarini, joven escritor y crítico literario. Quien actualmente se desempeña como colaborador de la revista Nexos.  Seguimos discutiendo a partir de las mismas interrogantes que involucran el “estado actual de la crítica literaria en México”.

Tenemos en menos al «reseñista», pero ese ejercicio continuado entrena al gusto literario. Es un entrenamiento inmejorable para adentrarse en la crítica literaria y, de ahí, saltar a la crítica a secas.

¿Acaso existe algo así como un estado de la crítica literaria actual? Si fuera así, ¿cuál es?

Así es. Lo tiene. Todavía en los ochenta se hablaba de lo triste de nuestra crítica literaria. Que si atendía a intereses espurios, mercadotécnicos, de amistad y sobremesa. Y aún había patriarcas que otorgaban el nihil obstat a las obras y a los autores, sentados en cónclaves vitalicios al interior de la burocracia cultural.  Un juego gobernado por las reciprocidades y el brindis de capilla. Por suerte esas prácticas pierden vigencia debido a la democratización que impone internet y las redes sociales.  Ahora puedes abrir un blog y ofrecer tu testimonio de lectura. El límite es la imaginación y el tiempo disponible. Esta «horizontalización» de las prácticas culturales, que no es del gusto de todos, transforma para bien nuestra vida literaria –dentro de la cual sucede la crítica–.  Así, juzgo que el estado de nuestra crítica literaria es óptimo, aunque urge motivar a los jóvenes a que la intenten sin reparos. No se estarán condenando al olvido por voluntad propia, ni perderán su calidad de «creadores».  El nicho que ofrece la crítica es enorme, y sus aristas están a merced del ingenio que las manipule.

Si hay una nueva manera de leer, acudiendo a los nuevos dispositivos de lectura, ¿consideras que existan o deban existir nuevos modelos de crítica?

Dudo que kindle o las tablets generen más o mejores críticos, pues estos se perfilan a partir del cultivo del gusto y del contacto reiterado con la tradición literaria o estética. La sobreinformación, por otro lado, también produce indigestos, que sólo nos obsequian sus ventoleras. Dudo que una app, por ejemplo, derive en la lectura meditada de Auerbach, Béguin o Roland Barthes. La crítica es una vocación, y no una devoción por las descargas. Los denominados bibliotuits, por ejemplo, se atesoran aunque sin una intención real de lectura. Ahí quedan, ocupando espacio en disco.
Más que nunca el crítico debe seleccionar los contenidos que frecuenta, ya que la oferta de entretenimiento es cuantiosa y el mercado produce lo que sea con tal de envolver en su jalea a los consumidores de productos culturales. Al final, el pacto silencioso con la lectura será el que decidirá hacia dónde habrá de dirigirse el modelo crítico, y no el siguiente dispositivo que se diseñe en California o Japón.

¿Crees que sea necesario establecer diferencias entre la crítica académica y el periodismo cultural? ¿Cuáles serían sus puntos de contacto o de qué manera podrían conciliarse?

Lejos de lo que se piensa, respecto a su división indisoluble, ambas formas se nutren simbióticamente. O deberían hacerlo. Son formas distintas de trabajar, es lo cierto. El periodismo cultural lidia con la urgencia y la inmediatez. La crítica académica, por su parte, debe ajustarse a cierta metodología en la investigación. Yo leo ambas con idéntico interés. Me parece invaluable la temeridad del periodismo cultural, al igual que la meditación de largo aliento de la crítica académica.
En ambas formas hay excesos, claro. No es difícil hallar periodismo de mala factura, ejercido desde la penuria intelectual, y trabajos académicos que se esconden tras la hiperespecialización, en donde sólo tres personas en el país conocen el tema, y dos enseñan en universidades norteamericanas. El aseo intelectual es una ética profesional que no deriva del ámbito de su ejercicio.
Pero lo mío es leer, al final, y lo hago gustoso. No frunzo la ceja ante el origen de los libros. No abandono la lectura de tal o cual libro por los cascabeles que resuenan en los agradecimientos. Tampoco me cuadro ante los currículos de treinta hojas. Con la edad te liberas de prejuicios y falsas certezas. Dejemos que los libros hablen…

Hace tiempo escuché a Rafael Lemus decir que el cuento es a la novela lo que la reseña al ensayo. ¿Qué opinas con respecto a ese comentario?

Que es respetable, si así lo dijo. Pero esto confesaría apenas entendimiento de los alcances de cada forma. En una reseña puede destellar una línea que no asoma en un ensayo de mil páginas. Escribir sobradamente no es acertar: también se puede caminar en círculos, y perder detalles del entorno. La reseña es una forma primaria de diálogo con la tradición literaria, y no una puerta trasera.
Y los cuentos no son «intentos» de novela, sino unidades de sentido con autonomía. No escribes cuentos para que, eventualmente, dejes la crisálida y te conviertas en novelista. Puedes optar por ser cuentista y nada más. El actual culto por la novela alcanza niveles supersticiosos. Quiero entender que es una frase al vuelo, de las que se acuñan en la urgencia de una declaración luminosa. Nada grave.

¿Cuál es el lugar de la reseña en el panorama de la crítica? ¿Qué tan pertinente es hoy?

Tenemos en menos al «reseñista», pero ese ejercicio continuado entrena al gusto literario. Es un entrenamiento inmejorable para adentrarse en la crítica literaria y, de ahí, saltar a la crítica a secas. El reseñista no desaparecerá porque el libro nos acompañará en tanto haya que transmitir el pensamiento. Yo leo reseñas y lo hago con interés. Hay muchas formas de plantearla: unos resumen el libro; otros lo hacen sesgadamente y de paso arriesgan una evaluación de contexto; otros lo leyeron pero no les interesa, y escriben sobre una preocupación personal; otros no quieren decir que es malo o bueno; otros sufren para utilizar el «fatal adjetivo», que es una evaluación final de la obra.
Christopher Domínguez hace libros de sus reseñas, por ejemplo, además de explorar otros registros. La utopía de la hospitalidad o La sabiduría sin promesa son libros que nacieron desde la trinchera reseñística. Ahí hay un juego de ingenio. Las posibilidades de su tablero son infinitas, aunque triunfa la miopía o la mala disposición ante una forma literaria que se juzga, a quemarropa, detritus.

¿Hay lugar para nuevos críticos a partir de la reseña?

Muchísimo. Urgen legiones de críticos. De jóvenes que encaren el oficio y se propongan formarse como tales. Nadie puede cubrirlo todo. Puedes engolosinarte con Vasconcelos o Steiner, pero dejas descubierto lo demás. No hay becas para que el día rinda más horas. Porque la crítica ofrece variedad infinita de registros. No todo es el novelón que a fuerza de golpeteo mediático provoca que las señoras lo recomienden en las charlas de café. Ahora nadie escribe fábulas, por ejemplo, que derivan de la crítica social. Tampoco ensayos de intención satírica a partir de crítica falsa o parcialmente verdadera. Perdemos registros por la dictadura del actual mercado editorial.

¿Cuál es la relación de la crítica literaria con los hábitos sociales actuales?

Se sigue desconfiando del crítico, en principio. Aún es la figura inexplicable, el anti-modelo a seguir. El crítico muerde, nada más te volteas. Es un depredador, se piensa. Nada más falso. Borges era un crítico literario ejemplar. Lo mismo que Paz y Fuentes. El ejercicio de la crítica también puede explotar en registros híbridos, en formas inusuales. Hay muchas formas de su generosidad creativa.
Este dos mil catorce publicaré un libro titulado Fisuras, que parte de la crítica literaria y se interna en la ficción. Es un intento por reafirmar lo que he sostenido desde años atrás, respecto a las posibilidades creativas de la crítica. Ésta es una discursividad que admite manipulación y un ejercicio libre del ingenio.

Ante la percepción de la crisis de los géneros literarios como denominación, ¿cuál es la función de la crítica?

Ignoraba esta crisis, de haberla. Imagino que deriva de la tentativa de hibridar registros. Pero esto no es nuevo. La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy de Lawrence Sterne, y Walden de Thoreau, son libros indefinibles. Sus coordenadas se fundan en ellos mismos. Ahora bien, la función de la crítica –que es histórica, por otro lado– será evaluar la pericia con la que se trenzan los diversos géneros. Luego, explorar el nicho. Queda todo por descubrir.

__________

Luis Bugarini (ciudad de México, 1978) es escritor y crítico literario. Realizó estudios de Derecho y Letras hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cursó el diplomado en la Escuela Dinámica de Escritores, en donde fue becario, y el certificado en Teoría Crítica del Instituto 17. Textos suyos han aparecido en suplementos culturales del país —El Ángel, Performance, La Nave, Crónica Cultural—, en revistas electrónicas —Aeda, eSpiral—, y en impresas como Letras Libres, Istor, Replicante, La Tempestad y Nexos, de la que es colaborador regular desde 2006, y en donde alimenta un blog de autor hospedado en el sitio web de la revista: asidero.nexos.com.mx

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