Crítica de ensayo

Naturaleza de la novela, de Luis Goytisolo

Naturaleza de la novela

Luis Goytisolo
Naturaleza de la novela
Colección Argumentos
Anagrama
2013

Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) es un profeta de la literatura, aunque no se necesita ser visionario para intuir que la novela, al menos en cuanto a fórmula se refiere, atraviesa por una crisis. Y hablo aquí de transformación. Según el autor de Naturaleza de la novela, la revolución tecnológica –específicamente la internet– convertirá al libro impreso en un objeto de coleccionismo, y no sólo eso, además vaticina que la cultura literaria terminará siendo prescindible. ¿Acaso no es prescindible desde hace décadas? ¿Cuándo ha sido imprescindible?

En este libro tenemos un ensayo compuesto por cinco capítulos y un epílogo.  En estos capítulos se explica de manera breve la historia de la novela desde su fundación. Habla, por ejemplo, de la connotación que tuvo la imprenta como invento; menciona también la importancia de la primera traducción de la Biblia; asimismo, va desgajando la evolución del género novelístico a partir de extensas citas; analiza una nómina de temas, recursos narrativos y autores; repasa obras imprescindibles, digamos, de un corpus tradicional.  Este libro se antoja idóneo para ilustrar la evolución de la novela en un vistazo, pero jamás podrá ser un ensayo que abunde en la vorágine que implica el título.

Aunque Goytisolo no se adentra en otros géneros, por obvias razones, sí tiene en cuenta algo que atañe a la literatura en general, me refiero a la naturaleza de los géneros como entidades autónomas. No es exclusivo de nuestra época tocar ese tema, pues, bien sabido es que lo que hoy entendemos por novela no es similar al concepto que se tuvo de ella siglos atrás. También es cierto que lo mismo se puede aseverar de la poesía, el teatro, el ensayo, etcétera. Aquí hay una evocación por cuestionar los conceptos, por desdibujar los contornos que han definido a un género como inmutable.

Resulta interesante entender y destacar, ante todo, cuáles son los elementos que conforman las distintas manifestaciones narrativas, aunque resulta evidente, pues resulta evidente que pese al papel denominativo de éstas, habría que destacar la intención y el significado de cada una de sus expresiones. Así encontramos los siguiente: «la evolución interna de los géneros literarios raramente puede ser desvinculada del entorno social en que se produce, de un público nuevo que, en cierto modo, parece estar esperándola». Un punto elusivo a la evolución interna de los géneros literarios lo podemos encontrar en libros tan antiguos como los que componen la Biblia, o los mismo evangelios. Y para estar centrado en las obras que se destacan mencionemos, por decir, al Tristam Shandy, de Sterne. ¿Acaso no es una obra de género indescifrable? Los géneros están mutuamente relacionados, esa es la premisa; sin embargo hay que tener en cuenta que a pesar de ello no dependen unos de otros.

Vayamos más allá. La capacidad que tiene un texto literario de transformar al lector, o de suscitar en él una emoción, no es distintiva de un solo género, sino de lo que parecía «plantearse como objetivo en la antigüedad grecolatina». ¿De qué objetivo se habla? En este sentido se refiere a la capacidad de sublimar las emociones para ser transmitidas en el texto, que pudiera parecer más cercana a la poesía que a la prosa. Tal capacidad emotiva no es determinada por el género, sino por lo que bien plasma el pensador Longino en De lo sublime: «Lo sublime, usado en el momento oportuno, pulveriza como el rayo todas las cosas y muestra en un abrir y cerrar de ojos y en su totalidad los poderes del orador».

En el tránsito del capítulo I al V, Goytisolo repasa los factores que propiciaron la aparición del género novelístico hasta lo que hoy entendemos por novela propiamente. A su entender, el triunfo del Humanismo es el acontecimiento más representativo para que, en definitiva, el género trascendiera. Además, la progresiva secularización, las reformas y contrarreformas, y, finalmente, la aparición de la imprenta, influyeron de forma decisiva en la historia de la literatura. A su vez, repasa obras como El Lazarillo de Tormes, Gargantúa y Pantagruel hasta llegar a la obra que define como «piedra angular»: El Quijote. Shakespeare, Montaigne, Stendhal, Flaubert, Dickens, Dostoievsky, Melville, Proust hasta Faulkner, entre otros, desfilan por las páginas de este libro.

Luis Goytisolo no profundiza demasiado en las obras que repasa, al contrario, elige una ruta y escoge lo que mejor le parece, pero no trata por entero una obra en especial, y no es que uno quiera encontrar aquí un estudio riguroso de cada libro que comenta, pero apenas nos brinda un roce del objeto, y aunque intenta penetrar en él, es notorio que incide más en lo accidental, en detrimento de lo sustancial.  Por este motivo, en estos ensayos, debe justificar el autor que, hay un tema demasiado amplio, por eso busca profundizar lo más que puede. Si logra su objetivo o no, es algo que cada lector tendrá que juzgar.

También conviene puntualizar que, en la última parte del capítulo V , el autor se centra en la misión de denominar y describir dos modalidades conceptuales, «dos tipos bien diferenciados de relato», el bíblico y el evangélico, respectivamente. Caracteriza ambas modalidades a partir de la cercanía que un relato tiene, según sea el caso, con los planteamientos narrativos del Viejo Testamento, o del Nuevo. Así pues, el relato bíblico es para él «un plano superior que, a modo de fresco ilustrativo desplegado allá en lo alto, se abate sobre los personajes en de forma inapelable código de conducta». A su vez, el relato evangélico «se centra más bien en la misión o tarea que emprende el protagonista… un difícil camino cuyo mero recorrido supone ya en sí mismo la redención y, en cierto modo, el desenlace».

Que Goytisolo quiera incluir el tema de actualidad es comprensible, me refiero a la ¿preocupación? por el futuro del libro. Si desaparece o no el libro como formato es una cuestión que siempre dará tema. Sin embargo, nos muestra que su interés está orientado a la extinción de la novela, y lo que se entiende por literatura. Aquí, su premisa resulta interesante, pero no por ello genuina: «Hay géneros que por su propia naturaleza y por la relación de ésta con los hábitos sociales imperantes en cada época, se han quedado no ya sin cultivadores sino también, prácticamente, sin público», y nombra a la epopeya y los autos sacramentales, por mencionar algunos. Partiendo de esa idea, quizá en su argumento tenga razón, sin embargo es una perspectiva personal, pues, cultivadores y público, está demostrado, hay tanto para géneros, subgéneros como para productos y subproductos. Habría que pensar más que en la muerte de los géneros en su metamorfosis, en la hibridación que, ciertamente, no es nada nuevo en lo que se refiere a géneros literarios. En mi opinión, éste es el destino de la novela, el mismo que comparte con sus coetáneos. Que su duración es similar a otras formas de arte, es cierto; que la naturaleza de su contenido obedece a un progreso, es verdad; pero también lo es el hecho de que «ni todas las artes ni todos los géneros literarios corren la misma suerte».

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Ismael Lares (Durango, 1979) es crítico y ensayista. Publicó un artículo sobre el escepticismo y lo místico en José Revueltas en El vicio de vivir (Tierra Adentro, 2014), volumen editado por Vicente Alfonso. Asimismo, es autor del libro Abigael Bohórquez. La creación como catarsis (ensayo, Tierra Adentro, 2012).

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