Crítica de narrativa

Muerte súbita, de Álvaro Enrigue

muerte súbita

Los vaivenes de la Historia

Álvaro Enrigue
Muerte súbita (Premio Herralde de Novela)
Anagrama
2013

Por Bruno Ríos

Esto no es una novela. Pero es una novela. Esto más bien es un libro, o un texto a secas que habla sobre muchas dimensiones de otros textos. ¿Será que todos los libros hablan de otros libros? Muerte súbita, la nueva entrega del escritor mexicano Álvaro Enrigue (1969) pone en problemas la definición de lo que tradicionalmente se entiende como novela. Sin duda es una narración. Pero ¿no es también una renarración, una vuelta a otros textos, otros libros, otros acontecimientos que no se encuentran aislados sino que dialogan? ¿O es este un libro sobre el tenis?

Estas son algunas preguntas que hay que hacerle a Muerte súbita, un libro que explora los límites de la novela, así como la expansión de sus propios significados. Este libro es un hipertexto y un hipotexto al mismo tiempo, una búsqueda de los puentes que unen mundos, tradiciones, costumbres, lugares comunes. Pero hay un hilo conductor, algo que siempre está ahí en el fondo, que cohesiona las partes que divergen en apariencia: el juego. Con gran agilidad, Enrigue nos adentra en la partida de tenis que juegan Caravaggio y Quevedo, el poeta y el artista, trenzados en un duelo a muerte en donde las bolas no sólo son las que marcan los puntos. La novela entonces se convierte en un juguete: «Hubiera sido interesante que la Historia se hubiera dado vuelta por ese circuito» (150). Este es el nombre del juego.

¿Qué hacer entonces con la Historia, con esa que, nos han dicho, es infalible y demuestra los recovecos más perfectos de los vencedores? El hallazgo de Muerte súbita es que la Historia, la institución de la Historia sobre todo, tiene juego, está llena de vaivenes como un partido de tenis: «Tal vez sea un libro que se trata solamente de cómo se podría contar este libro, tal vez todos los libros se traten sólo de eso» (201). Los puentes están ahí, como las parábolas que hacen las bolas al cruzar sobre la red, o sobre el techo de antaño con el que jugaban los tenistas del Renacimiento o del Barroco. Pero luego, como si esos puentes pudieran extenderse hasta cruzar el océano, los siglos, las palabras ya escritas, aparecen Hernán Cortés, Moctezuma, Cuauhtémoc y la Malinche para narrar, de nuevo, la Historia que todos conocemos. Aunque no es la historia que todos conocemos. ¿O lo es?

La Historia no es más que otra ficción en el horizonte, y la renarración ocurre desde esta premisa: no hay más Historia que la ficción. El nombre del juego, el what if?, termina por recurrir de manera profunda a los silencios que han dejado las historias oficiales y las revitaliza, las pone sobre la mesa para hacerlas, quizás, más humanas. Al narrar a un Quevedo borracho, un Caravaggio en formación al modo más puro de las bildungsroman, un Cortés indiferente, una Malinche que piensa, que dice, que aprovecha; unos indígenas que nada tienen de inocentes, lo que Enrigue ha hecho es jugar, sí un juego de tenis, pero también un juego de textos. Los textos son las borlas de pelo de Bolena que permean este libro.

Quizás lo que más me interesa de Muerte súbita es su operación, su funcionamiento, su irrupción y autorreferencia de saberse escrita. Lo que pareciera simple y sencillamente una estructura subyacente, el símil de la novela como el juego de tenis, se deriva a algo mucho más complejo: los puentes de la novela, esos que pueden unir las distancias más amplias entre los anales de la Historia, son irremediablemente metonímicos. La digresión, el salto en tiempo y espacio no es una regla del juego, es el juego en sí. El puente es lo que nos lleva a nosotros los lectores a la metonimia, a darle un significado adyacente a algo que ya conocemos, algo que está dicho para después, huir del significado original. Muerte súbita es una rescritura, una (re)significación de los vínculos que tenemos con nuestros afectos.

Este libro es una novela, o no es una novela, pero es un texto que busca apostarle al lector, a su búsqueda artera del tiempo: «Individualidades gigantescas que se enfrentan. Todos cogiendo, emborrachándose, apostando en el vacío. Las novelas aplastan monumentos gracias a que todas, hasta las más castas, son un poco pornográficas» (201).

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Bruno Ríos (Hermosillo, 1988). Escritor, periodista de opinión y crítico literario. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por el Tecnológico de Monterrey. Es autor de los poemarios Los últimos días (Hoyo Negro Editores, 2011), La blanca espera del tren (Editorial Foc, 2012, Barcelona) y Sequía (Editorial Foc, 2013, Barcelona). Su obra ha sido publicada en diversas revistas y antologías en México, Estados Unidos, Perú, Argentina y España. Actualmente es candidato a Dr. en Literatura Hispánica por la Universidad de Houston, así como asistente de investigación en el Recovering the U.S. Hispanic Literary Heritage Project.

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