Crítica de poesía

Álbum Iscariote, de Julián Herbert

álbum iscariote

Julián Herbert
Álbum Iscariote
Ediciones Era
2013

Por Paco Estrada Medina

Hay epígrafes que son alardes, adornos insustanciales, muestras de erudición vacías. Afortunadamente éste no es el caso. Aquí el epígrafe funciona más bien como un juego de lentes desde donde se puede enfocar la lectura. Álbum Iscariote (2013), de Julián Herbert, recibe al lector con una larga cita científica. Curioso: no es un verso de tal o cual poeta ni un postulado de teoría literaria, sino una reflexión biológica la que anima el libro. «Un híbrido es una cruza sexual entre dos especies diferentes». Resulta, si seguimos las palabras del Dr. Frank Ryan, físico y biólogo evolutivo, que el concepto de hibridación genérica no sólo pone en jaque los sistemas rígidos de clasificación literaria (que si novela, que si poema, que si ensayo), sino también los de la ciencia: pese a que Darwin trató el tema con ambigüedad, los evolucionistas encasillan a los híbridos como callejones sin salida para poner a salvo el supuesto de que el mecanismo de aislamiento reproductivo es lo que vuelve singular a cada especie biológica.

Trasladado a nuestro campo, al de la cultura, ¿qué se intenta poner a salvo cuando se niega la capacidad transemiótica del arte? Si la respuesta es la pureza, la esencia o la distinción entre artes «bellas» y «mecánicas», Álbum Iscariote hace como si la discusión hubiera sido resuelta hace tiempo a favor de lo transgenérico, de lo impuro y lo desjerarquizado. Aun así, no veo el libro tanto como una apología simplista de la mezcla, sino como un cuestionamiento práctico, una puesta en escena del principio que echa a andar el libro. ¿Es la hibridación un proceso que da a luz nada más que a mulas estériles? ¿Lo que vemos aquí son poemas que no son capaces de (pro)crear ni sentido ni emotividad?

Con la analogía de los procesos de las ciencias naturales tan a la mano, el siguiente paso podría ser adoptar el punto de vista morfológico para determinar con qué especies se cruza sexualmente este libro que se nos presenta como un poemario. Aquí hay fotografías, fragmentos en prosa, reproducciones de un códice náhuatl, un chismógrafo, bloques de código de programación informática, entradas de diccionario y, sí, también hay versos como los conocemos (o más o menos). Ya se ha dicho: el libro es una hibridación de apropiaciones lingüísticas y visuales. Me detengo en la palabra «apropiación». Con ella me refiero a que el peso del trabajo no se centra en la producción, creación de materia original; más bien, el énfasis está en la posproducción, en el trabajo de manipulación y recontextualización de objetos ya existentes. El Álbum emparenta, pues, con las obras de los conceptualistas norteamericanos [véase Uncreative Writing, de Kenneth Goldsmith; Notas sobre conceptualismos, de Place y Fitterman; o Los muertos indóciles, de Cristina Rivera Garza]. Y no extrapolo. Herbert reconoce explícitamente —en unas notas aclaratorias al final del libro, a la manera de The Waste Land, que muestran las tripas del texto, los «secretos» de su confección— la influencia de las prácticas de Bill Morrison, cineasta foundfootage, en la concepción del libro. Aunque normalmente los detractores de este tipo de procesos creativos los tachan de facilistas, hay que notar una postura más ética en estas estrategias artísticas. La premisa no es sólo aprovecharse (en clave gandaya) del trabajo «ajeno», sino hacer algo relevante (estética, comunicativa, culturalmente) del desecho, de lo descartado. En Álbum Iscariote, esta actitud se materializa al poner en la página, al nivel de los versos, «fragmentos humanos» (p. 133) representados en fotografías anónimas encontradas al azar en un tiradero de Berlín.

A la mitad del libro, aparece la «Tira de la peregrinación», la pieza central y la más ambiciosa del Álbum. Se trata de una interpretación de las 22 láminas del Códice Boturini, un relato pictográfico náhuatl que narra la peregrinación del pueblo azteca hacia el Valle de México. Me parece un acierto que la manufactura de los poemas no se deje a la pura «inspiración» interpretativa del poeta; hay una preparación: lectura de textos de divulgación científica, al parecer divergentes, sobre los significados de la Tira. Y tampoco es un ejercicio estrechamente programático, pues no hay una estrategia fija para elaborar cada fragmento, lo cual termina arrojando poemas heterogéneos, muy diversos entre sí. El trabajo de esta serie de poemas parece descansar en el entendido de que, al final, todo signo, incluso si se ha perdido la clave para decodificarlo, sugiere algo al receptor que lo interpreta desde su contexto. Así, por ejemplo, Julián Herbert actualiza el documento mediante la comparación entre las migraciones míticas fundacionales mexicas y, movimiento inverso, las migraciones contemporáneas de los mexicanos radicados en Estados Unidos que atraviesan la frontera para visitar a sus familiares, para regresar temporalmente a su origen.

Pero no todo está cargado hacia el terreno del concepto. En esta cruza sexual entre poesía y tantas otras cosas, aún quedan rastros de la secuencia genómica de la tradición lírica. No hay renuncia ni a la música ni al delirio poético en versos como «La quemadura es el lenguaje con que juro, manos abiertas sobre el hielo» («Aníbal Superstar», p. 14) y «No lo queremos/ acá/ a este Rimbaud mesié tan quebradizo./ A este viejo./ Que los blancos se lo lleven a su casa». («Abisinia desktop», p. 55). Aunque, habrá que decirlo, ejercicios como «Se hace tú y alumbra oscura», un cadáver exquisito/chismógrafo escrito a distancia con otros 5 poetas mexicanos, no convencen —al menos a mí— si se miran desde su plasticidad.

Álbum Iscariote puede disfrutarse, como cualquier otro libro de poesía, leyéndolo de cerca, sin modificar nuestras estrategias de lectura habituales. Pero la otra dimensión receptiva que el Álbum conquista a través de la mezcla genérica se percibe alejando un poco la mirada, contemplando y pensando en la confección del libro, valorando sus elementos sintéticamente, como lo quería cierta poesía de Tablada. Apreciar de golpe, por ejemplo, los epígrafes, codo a codo, de Calle 13 y Rubén Darío; la mezcla de fotografías «robadas» digitalmente, fotos azarosas de un mercado de pulgas alemán y las reproducciones del códice prehispánico; las diferentes tipografías, puntos y colores empleados en la composición del texto… Es decir, la hibridación de toda esa materia verbal y visual —reunida en una edición notable, por cierto— me resulta estimulante, muy capaz de engendrar emotividad y sentido, lo mismo desde zonas convencionales que atípicas.

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Paco Estrada Medina (1988). Estudia la maestría en estudios de literatura mexicana en la Universidad de Guadalajara. En Twitter: @pacoestradam

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