Crítica de narrativa

Distraer al destino y otros relatos, de Emilio Mendoza de la Fuente

Distraer al destino y otros relatos

 

Emilio Mendoza de la Fuente
Distraer al destino y otros relatos
Edufam Ediciones
2013

Por Luis Bugarini

El hecho literario es el misterio.

Prueba de ello son las tantísimas teorías que intentan explicarlo. Comparto la que señala —y aquí habla el lector que sigue maravillándose con líneas atesorables, y no el crítico que sugiere taxonomías y mapas de valoración—, que estamos en presencia de su destello cuando al leer despegamos la vista de la página y meditamos una frase. Es un corte de espada que se experimenta como un golpe de luz. Al hallar una de esas líneas nuestra cabeza va a dar al suelo y esto nos obliga a meditar sobre nuestro lugar en el mundo, al que damos por hecho. Sucede en apenas una fracción de segundo. Algo dentro de nosotros se pregunta qué sucedió e ignoramos qué responderle.

Es imposible, por ejemplo, transmitir el entusiasmo que nos produce un libro. «Es que tienes que leerlo», le reiteramos a nuestro interlocutor, que nos mira de reojo abrumado y opta por callar lo poco que le interesa siquiera saber quién lo escribió. Pero algo dentro de nosotros, vuelvo, sufrió una alteración. Sucedió una transmutación alquímica, lo mismo como intuición mística en sentido clásico que como reacción natural del organismo. Al hallarnos ante un párrafo intachable, el cerebro reacciona. Abrimos los ojos, expectantes, y pensamos que esa frase no pudo haber sido escrita de otro modo. Es un hecho incontestable y cruzará la historia del mundo. Esto lo sabe quien persigue los libros y además se encarna con ellos en un abrazo permanente.

Encuentro que Emilio Mendoza traza un recorrido personalísimo de su trayecto como lector y, en un acto de reciprocidad por los parabienes recibidos, la envuelve en forma de historia y además nos la comparte. Distraer al destino y otros relatos persigue su estirpe narrativa en esa forma de la ficción, que enlaza su razón de ser a la perplejidad de enfrentar la vida cada mañana. ¿Alguien ha meditado sobre la vida entendida como el ejercicio de un arte? ¿O se han preguntado sobre el delgado hilo que separa vivir de sobrevivir? Da la impresión de que nos dejamos vivir y así andamos. En algunos cuentos del libro la realidad que se presenta ante nuestros ojos admite un desgarramiento para vislumbrar la otra realidad, que no es producto imaginario. Lo «otro» existe: son los sueños, las ilusiones —perdidas, inacabadas o apenas entrevistas—, las ensoñaciones —que se distancian del sueño—, los planes inconfesados, el ir y venir de cada uno de nosotros a lo largo de un día.

El ajedrez de la vida moderna es fortuito y genera tensiones que obligan a replantear el consabido movimiento de las piezas y, al paso, si no seremos otra de ellas en este tablero diabólico que nos compele a la acción. El gran teatro del mundo, según Calderón de la Barca. Estos relatos son cinematográficos sin ser ligeros y resueltos sin llegar al dispendio. Es un deambular pormenorizado que avanza a golpe de falsas certezas y relaciones insólitas. Stefan Zweig los aprobaría por la temeridad de arrojarse a cartografiar el laberinto sentimental, acaso el más difícil de sugerir porque nadie se encuentra fuera de él. Es una mirada interior que revuela sobre sí misma. Observamos la tragedia humana desde nosotros mismos y por tanto la conclusión es parcial y acaso equívoca.

En otra vertiente, menos pasional aunque más descarnada, el dilema ético se planta en el centro de la historia y el lector observa admirado las decisiones de los protagonistas. «Eres, hasta cierto punto, una persona decente», le dice un personaje a otro, que lo mira asombrado. Y es que todo admite una variación de voltaje y lo que es puede dejar de serlo al minuto siguiente. Heráclito y la impertérrita imagen del río. En otro relato, por ejemplo, se narra un encuentro con el diablo, algo que no había sucedido desde B. Traven y José Rubén Romero y su Pito Pérez y que, en su dimensión más amplia, entabla un diálogo con la tradición literaria mexicana del siglo XIX, tan cerca de los númenes. Y es que el diablo abandonó su sitial de oficiante de la maldad. Se vio sobrepasado, es lógico pensar. Ahí están los niños-sicarios y el pozolero para probarlo.

Pero el libro de Emilio, además, es un acto de fe en esa forma excluida de la actual estrategia editorial: el cuento. Es la hora de la novela larga, con su hilera larga de personajes garabateados, que se confunden unos con otros y acaso cometen los mismos errores sin que el lector pueda desenmascarar la estafa. Porque lee y trabaja y tiene hijos y vacaciona en la playa. Libros gruesos para la bolsa de la señora, de camino al libro-club con las vecinas, y para que el licenciado llegue al trabajo con un libro bajo el brazo. Él, tan devoto de la cultura clásica. Libros enormes para lustrar el afecto que las series de televisión nos hacen perder por el trayecto supino de vida que nos es dado vivir. Son las 24 horas de Jack Bauer en contraste con los 24 años de trabajo ininterrumpido para lograr una pensión. Y sin embargo se vive.

Ante la luz tenue del escenario, queda el consuelo del hecho literario, que no de la literatura, que lo engloba. Es el mérito de este libro: reinventar a Emilio, a través de la imaginación, y sugerirnos un dibujo en medio de un panorama remoto aunque extrañamente familiar. Otra forma del espejo, al final. Él no será el mismo después de haberlo escrito, y nosotros tampoco luego de leerlo: contagio de hechizos.

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[Texto leído en la presentación del libro Distraer al destino y otros relatos de Emilio Mendoza de la Fuente. 19 de febrero de 2014.]

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Luis Bugarini (ciudad de México, 1978) es escritor y crítico literario. Realizó estudios de Derecho y Letras hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cursó el diplomado en la Escuela Dinámica de Escritores, en donde fue becario, y el certificado en Teoría Crítica del Instituto 17. Textos suyos han aparecido en suplementos culturales del país —El Ángel, Performance, La Nave, Crónica Cultural—, en revistas electrónicas —AedaeSpiral—, y en impresas como Letras LibresIstor, Replicante, La Tempestad yNexos, de la que es colaborador regular desde 2006, y en donde alimenta un blog de autor hospedado en el sitio web de la revista: asidero.nexos.com.mx

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