Crítica de narrativa

La sonámbula, de Bibiana Camacho

sonambula

Bibiana Camacho
La sonámbula
Almadía
2013

Por Emilia Bautista

A finales de los 50, un grupo de intelectuales, filósofos y artistas tomaron por asalto lo cotidiano, su propuesta consistía en mirar desde ópticas distintas la realidad circundante. Durante la década siguiente las cajas de cerillos se convirtieron en arte, las piezas musicales se volvieron silentes y los escritores anduvieron por las calles como si nunca antes las hubieran recorrido. La deriva, el instante y la ruptura con lo cotidiano fueron piezas clave en la construcción de una existencia casi ficcional. Con el paso del tiempo, nuevos modelos, tanto económicos como sociales, sustituyeron la performatividad callejera, la unión pacifista y el supuesto amor libre, por el vértigo de la imagen, el capitalismo extremo y el narcisimo exacerbado.

El cruce de realidades, entrelazado con la desilusión de los fallidos ideales sesenteros, aún hace eco en nuestros días. De ahí que no sea del todo sorprendente toparse con libros cuyos relatos estén plagados de personas solitarias e historias apocalípticas. Tal es el caso del compendio de cuentos reunidos en La sonámbula, de Bibiana Camacho, ex bailarina, becaria del Sistema Nacional de Creadores, encuadernadora, cuentista, novelista y colaboradora en diversos medios nacionales. La Ciudad de México es personaje central de su primera novela y de sus más recientes relatos, no sólo porque aquí ha transcurrido la mayor parte de su vida, sino también porque lo chilango no se desprende con facilidad de quienes habitamos este caótico universo de callejones oscuros y personas desconfiadas.

La vejez, el desconocimiento, los ruidos indefinibles, el extravío y el descontento, son fantasmas recurrentes en las páginas insomnes de la autora. En textos anteriores, tanto memoria como ciudad han sido personajes centrales, tal como sucede en su más reciente volumen, donde el crujir de los espacios recubre el silencio de las palabras. Se trata de un libro que pide perderse en rumbos ajenos, andar las hojas con la misma errancia con que los personajes deambulan por las calles del Distrito Federal.

La agilidad narrativa que posee para dibujar metáforas sobre lo que consideramos anormal arroja luz sobre nuestros prejuicios, el segundo relato de esta breve colección da cuenta de ello. En «La casa propia», se refleja la autoreclusión en que vivimos ahora que la violencia se ha apoderado de las calles, el pretexto es la locura contagiosa que obliga a los personajes a vivir encerrados en el sótano de una casa habitada por sus temores. Otro acierto es la descripción de una ciudad convertida en ruinas, finales posibles de una gran urbe cuya decadencia puede desembocar en la inversión de roles, donde los vagabundos se convierten en dueños del territorio, e incluso en la desaparición de sus habitantes como sucede en «El fuego».

Bibiana Camacho pone en entredicho todo aquello que consideramos normal, juega con la idea de que todos poseemos un otro casi irreconocible cuya cordura puede largarse en cualquier momento. Confirma que las separaciones convierten en extraño al hermano con quien compartiste las aventuras de infancia, el regreso del hijo pródigo pierde gloria en «Rodo en casa» y «El regreso de Irene», donde el retorno de los desaparecidos no se celebra, al contrario, se teme e incluso se castiga.

Los personajes que pueblan los catorce textos de La sonámbula alteran nuestro día a día no por sus rarezas sino por la facilidad con que los encontramos en el camino. Como ex alumna cuya vida universitaria transcurrió en los alrededores de Izazaga e Isabel la Católica, es imposible no identificarme con los vagabundos delirantes con un destino que se liga al nuestro de manera casi íntima. Como residente de una colonia peligrosa de la delegación Iztapalapa, comparto el miedo de los caminantes postapocalípticos. Como defeña conozco con rigor casi científico la sensación asfixiante de las fallas en el metro. Pero como lectora que vive dichas rutinas, la mayoría de los textos resultan demasiado digeridos.

Si bien el libro gira en torno al caos citadino, gran parte de las imágenes que lo conforman parecen ser mero montaje. Mientras en algunas líneas se hace palpable la atmósfera de suciedad y vacío propia de una sociedad hipermoderna, en otras las explicaciones son tan sobradas que parece que la imaginación del lector ha sido suprimida por la autora para que éste vea lo que ella ve sin permitirle un respiro de interpretación. El cuento que da nombre al libro es el relato más débil, no sólo por la historia poco creíble (aunque tampoco fantástica), sino por las situaciones forzadas.

Los trayectos trazados por Bibiana en este libro invitan a mirar con nuevos ojos nuestra cotidianeidad. Todo aquel que haya visitado la Ciudad de México reconocerá los aromas de las personas sin casa, identificará el vestir de las mujeres autoritarias que reproducen estereotipos machistas, verá en la compañera de asiento a la mujer cansada de la rutina, pero también hallará en el libro el desencanto de pasar de un relato capaz de quitarnos el sueño a uno sumamente predecible.

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Emilia Bautista (Ciudad de México, 1989), ha colaborado en la revista digital Cuadrivio, en Literal Magazine y en el proyecto editorial Universo Inverso.

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