Entrevista/Teatro mexicano

Teatro mexicano actual: entrevista con Enrique Olmos de Ita

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Hablar de crítica literaria en México es limitarse a unas cuentas ópticas que en ocasiones parecen más pasionales que sensatas, tanto del lado que juzga como del que se analiza. Si en los rubros considerados como espacio propicio para ejercer la crítica (ensayo, cuento, poesía y novela) se torna cada vez más complejo encontrar nuevas voces, en teatro, tanto puesta en escena como en texto dramático, éstas son casi inaudibles.

Es por ello que Frontal, como nicho emergente para el diálogo y la reflexión, propone una serie de entrevistas en torno a la situación actual del teatro. Esta compilación de tesituras busca arrojar luz sobre una oferta teatral cada vez más invadida por las producciones extranjeras y la publicidad televisiva. Para comenzar, presentamos esta conversación con Enrique Olmos de Ita.

Por Iltze Bautista

Si preguntas en una carrera de arte dramático, en el último semestre, por cinco críticos teatrales mexicanos, el silencio se apoderará del aula y entenderás que desde la formación existe una negación a la crítica y monumentales esfuerzos de los maestros (la mayoría, creadores escénicos sin obra) por repetir y citar a los investigadores extranjeros que hablan de otro teatro, de otro público, de otro tiempo.

¿Se puede hablar de un estado del teatro mexicano? De ser así, ¿cuál es su situación actual?

Se puede. En función de tres círculos o categorías; diría que primero está el teatro mexicano que sucede en la Ciudad de México, aquel que tiene una cartelera nutrida, editoriales, apoyos institucionales, foros públicos e independientes y mucha calidad, así como espectáculos decadentes, que nacen de dramaturgias abigarradas y conservadoras, pero este movimiento tan heterogéneo tiene poco público en proporción con los esfuerzos económicos y artísticos que le preceden. Después están las capitales teatrales de México: Guadalajara, Xalapa, Mérida, Tijuana, Querétaro y Monterrey (en ese orden de importancia). Donde la profesionalización ha ganado terreno a la improvisación; la respuesta del público es mayor pero faltan apoyos institucionales para sacar al teatro del teatro (es decir, llevarlo a la vida cotidiana de la gente). A muchos creadores les falta  estar en sintonía con las poéticas escénicas y literarias más complejas discursivamente, además de crear compañías de largo aliento y no grupúsculos efímeros. El tercer grupo es el teatro del verdadero interior del país, ciudades y municipios donde no hay apoyos o muy pocos, el teatro es semiprofesional y la dramaturgia sigue atada al canon del realismo y del teatro puramente dialogado. Salvo casos excepcionales, ahí ocurre el desierto teatral, dramatúrgico y de creación y renovación de públicos; el desencanto.

¿Qué sucede con la crítica de teatro en México?

Nada, prácticamente desde Ibargüengoitia no ha sucedido nada. No existe a gran escala, y lo peor es que son los propios creadores, infundados en un miedo o ignorancia feroz frente a las posturas analíticas, quienes censuran esfuerzos reflexivos que transiten más allá de la complacencia. La crítica de teatro en México se encuentra en estado terminal. Sólo un puñado de valientes (todos viejos, casi ciegos y sordos al teatro del presente, siguen levantando sus voces).

Si preguntas en una carrera de arte dramático, en el último semestre, por cinco críticos teatrales mexicanos, el silencio se apoderará del aula y entenderás que desde la formación existe una negación a la crítica y monumentales esfuerzos de los maestros (la mayoría, creadores escénicos sin obra) por repetir y citar a los investigadores extranjeros que hablan de otro teatro, de otro público, de otro tiempo.

¿Cuál deber ser el papel del Estado hacia las artes escénicas?

Su obligación es incentivar el teatro, la danza, el circo y la ópera de mejor calidad, los esfuerzos más notables. Y contribuir a que las artes escénicas lleguen a la mayor cantidad de habitantes. Estas premisas se cumplen a medias, un poco por la incapacidad de nuestros funcionarios culturales y las políticas públicas oscurantistas que los circundan y otro poco por la vanidad del artista de la escena mexicana: la urgencia de reconocimiento entre pares; hacer teatro para tus maestros, no para el público.

¿Cómo se ha modificado la escritura dramática a partir del cruce de disciplinas artísticas? ¿El teatro sigue contando historias?

El teatro sigue contando historias, sigue siendo ficción, claro que sí, no todo, pero sí en lo general. También es muchas otras cosas: espacio de experimentación visual, reflexión científica sobre la persona y el personaje, articulación sensible entre lo corporal, lo textual y el multimedia. Investigación documental, cuestionamiento al teatro dentro del teatro. Y desde la dramaturgia en México, la aparición de un híbrido entre la novela y el teatro, la llamada narraturgia oxigenó la estructura tradicional propuesta por Usigli, que era un molde de uso ya rebasado en otras latitudes.

¿Se puede hablar de un teatro de riesgo o se trata del riesgo de hacer teatro?

Hacer teatro en Reynosa, Nuevo Laredo, Piedras Negras, Ciudad Juárez; gran parte de Michoacán o en algunos pueblos de Sinaloa; en general donde reine la estupidez y el crimen haya suplantado al Estado o el Estado sea cínicamente criminal (la mitad del país), hacer teatro contemporáneo es un riesgo. Hacer teatro mediano, de entretenimiento, musicales y obras vacías de sentido es la comparsa ideal que los dueños de estas localidades precisan. Ahí la paradoja, ¿poner en riesgo tu vida por hacer cierto arte escénico o ser cómplice de la frivolidad? Existe también un riesgo implícito a la hora de proponer una ficción teatral: la absoluta soledad. El teatro en México está acompañado sólo por su sombra. Únicamente la danza nos supera en indiferencia del prójimo.

Existen creadores escénicos que aseguran que el proceso de escritura no se completa hasta que se ha llevado a cabo la puesta en escena, ¿es cierto? ¿Por qué?

Es cierto en gran parte del teatro moderno. Porque no responde a un afán puramente literario sino escénico.

¿Es el teatro un nicho olvidado para la crítica y la investigación? De ser así, ¿a qué se debe y cómo puede rescatarse?

No lo es. Tenemos críticos e investigadores, incluso un centro de investigación teatral, el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral «Rodolfo Usigli» (CITRU), del Centro Nacional de las Artes, que vive en el (auto)ostracismo, pero la endogamia hace imposible que se vean estos esfuerzos más allá de los 500 amigos en Facebook que nos dedicamos a hacer teatro. El único rescate posible vendrá del reconocimiento del público en cada ciudad, pueblo o colonia olvidada en la cual el teatro sea parte de la vida cotidiana y no un arte para unos pocos. Por suerte, desde campos cada vez más diversos el teatro ha suscitado un interés genuino, quizá porque pasan los siglos y sigue ahí, como el cadáver lustroso que exhibe Orfeo, el famoso taxidermista de las artes.

¿Qué le hace falta al teatro en México?

Espectadores. Creadores interesados en buscar y alcanzar a esos nuevos espectadores (teatro para niños y jóvenes, por ejemplo). Contenidos que salten la barrera estúpida del posdrama y la endogamia que ha provocado: hacer teatro para teatristas. Dejar de ver a la Ciudad de México como La Meca del teatro nacional. Dramaturgos que lean, que verdaderamente conozcan la literatura de su tiempo, para no repetir las historias, los personajes y los temas que otros han abordado mejor. Destruir el modelo hegemónico de la compañía nacional de teatro y todas sus mezquinas reproducciones estatales. Actores, directores, diseñadores y autores menos complacientes, más críticos, no solo con el Estado, también con sus propias creaturas escénicas y literarias. Y en la formación teatral: pensamiento científico. La actuación es antes que nada una técnica, debe ser verificable. Menos Jodorowsky y más Richard Dawkins. Menos Luis de Tavira y más Jorge Vargas. Menos Muestra Nacional de Teatro y más Programa Nacional de Teatro Escolar. Menos teatros en el corredor Roma-Condesa y más en la(s) frontera(s).

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Enrique Olmos de Ita (Llanos de Apan, Hidalgo, 1984) es dramaturgo, crítico de teatro y narrador. Fue colaborador del periódico Milenio como crítico de teatro, habitualmente colabora en la revista La Tempestad y mantiene la columna Purodrama en la revista Replicante. Estudió la licenciatura en Humanidades en la Universidad del Claustro de Sor Juana de la Ciudad de México y en la Escuela Dinámica de Escritores de Mario Bellatin. Recibió la beca Fonca de Jóvenes Creadores 2005-2006 y 2011-2012.

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