Crítica de poesía

Maverick 71, de Luis Paniagua

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Luis Paniagua
Maverick 71 (Premio Literal de Poesía 2013)
Literal Publishing
2013

Por Bruno Ríos

Nunca he visto un Maverick 71, quizás porque no sabía que era el hijo despreciado del Mustang. Lo que sí he visto es el cariño desmedido que le tiene uno de mis mejores amigos a su Javelin 71, rojo como el de Paniagua, cuidado y siempre reluciente bajo el sol del desierto. Y es que un auto puede convertirse en ese depositario emocional del movimiento, de una libertad que se experimenta sólo al pisar un acelerador al tope sobre una carretera sin fin. Algo así sucede cuando leo el Maverick 71 de Luis Paniagua, que le valió el Premio Literal de Poesía en el 2013, un libro que parte su operación desde el movimiento constante, de la aceleración: «Salimos ya de noche/ sin hacer caso a la memoria/ que nos recordaba en viaje/ desde entonces» (19).

Pero el viaje de este Maverick rojo, bólido y firme, derechito hasta donde el horizonte esconde al sol, no transita en la carretera más amplia, ni la más feliz, ni la más dulce. La carretera es el lenguaje, ese territorio lleno de huecos y salidas sin número, una carretera que se asemeja más a los llanos de sal en donde la aceleración, el espacio y sus límites, el tiempo, pues, son infinitos: «(el Maverick rojo,/ a lo lejos,/ es una herida abierta,/ un charco de sangre que la noche/ incorpora a su torrente.)» (65). Quizás el acierto más grande de este poemario es su actitud de revisión, su ir y venir entre lo general y lo particular, la voz que pareciera estar ahora y antes, adentro y afuera: esa operación tan liberadora y tan absurda a la vez de sentarse tras el volante de 115 caballos a galope. Y es que Maverick 71 no nos devela el punto de viaje, el final de su road movie hacia el Magreb, ese código que los árabes le han puesto al extremo más occidental del horizonte, hacia donde se esconde el sol. En un gesto de mesura, de saber callar cuando se debe, Paniagua nos deja en el trayecto y sus consecuencias, en ese espacio liminal en donde la poesía puede suplir, antes de que se desborden los afectos, el gesto prosaico del recuerdo:

Un golpe no es la coincidencia
de dos puntos que chocan
en un determinado momento
en un espacio común,
es la posibilidad de una campana
dando las ocho en punto
y la caravana familiar subiendo
al Ford Granada. (27)

¿Qué hacemos con la retórica del viaje, cómo la leemos en un trayecto intermedio, que no llega nunca pero que, además, no pretende llegar? La idea de que hacer un viaje es siempre un ir o un volver se queda corta en esta obra. El viaje es hacia atrás y hacia adelante a la vez. Quiero creer que leo el Maverick 71 como este gesto de esperar una respuesta en el Magreb, en ese lado más occidental que pudiera esconder los secretos de una historia que ya se conoce.

A pesar de que la traducción al inglés tiene algunos gazapos, los poemas caminan en ambas carreteras. Paniagua enuncia desde un territorio que nos lleva hacia adentro: un tú que nunca se define pero que permea los poemas, que vuelve siempre hacia algo que se ha dejado atrás en ese highway a 120 kilómetros por hora, o a 75 millas, o más: «contra tu rostro:/ una posibilidad que hizo blanco/ a medias: no diste en tierra/ ni su ego paladeó el dulzor/ de la fruta caída» (33). La pérdida es el trayecto. Pero el trayecto también permite su revisión, su visita. Pareciera que Paniagua propone, desde la poesía, que el solo hecho de ir hacia enfrente sin rumbo, del eterno movimiento, puede aprovecharse como un entremedio, como un intersticio en el tiempo que nos da acceso a la memoria.

Hay un extrañamiento del cuerpo dentro de un auto: nos vemos a nosotros mismos suspendidos, viendo pasar cuerpos externos como una película a gran velocidad. Y es la cercanía de las cosas lo que las hace más veloces, la lejanía lo que disminuye su aceleración. Lo mismo con la poesía de este libro. Mientras avanzamos, vemos de lejos sus propios motivos; pero también, de cerca, vemos los golpes, los escombros que arrastra su mera enunciación. El Maverick rojo es, pues, la posibilidad de la conservación, y la conservación es, vaya, su eterno movimiento.

«Si Dios tuviera un auto/ este sería, seguro,/ un Maverick rojo» (95), o un Javelin 71 que brilla en una cochera en medio del desierto, esperando a emprender, otra vez, el viaje.

_____________

Bruno Ríos (Hermosillo, 1988). Escritor, periodista de opinión y crítico literario. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por el Tecnológico de Monterrey. Es autor de los poemarios Los últimos días (Hoyo Negro Editores, 2011), La blanca espera del tren (Editorial Foc, 2012, Barcelona) y Sequía (Editorial Foc, 2013, Barcelona). Su obra ha sido publicada en diversas revistas y antologías en México, Estados Unidos, Perú, Argentina y España. Actualmente es candidato a Doctor en Literatura Hispánica por la Universidad de Houston, así como asistente de investigación en el Recovering the U.S. Hispanic Literary Heritage Project. También es editor de Frontal.

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