Criticar la crítica/Entrevista

Criticar la crítica, entrevista con Evodio Escalante

Foto: Pascual Borcelli Iglesias

Foto: Pascual Borcelli Iglesias

En un afán por seguir promoviendo el diálogo y la discusión en torno a la crítica mexicana actual,  presentamos una breve pero sustanciosa entrevista con el doctor Evodio Escalante, uno de los críticos literarios más reconocidos de nuestro país.

Para mí la crítica literaria es una forma de la acción social, no importa que no se adviertan en ella efectos inmediatos. Es una forma de incidir en la actitud de los lectores. Es un intento, acaso imponderable, para cambiar al mundo. La crítica cambia al mundo, de esto estoy convencido.

Por Ismael Lares

¿Hacia dónde se encamina su interés por la crítica actual?

Concentro mi trabajo principalmente en la poesía mexicana del siglo XX, aunque de momento incursiono en una lectura e interpretación de El sueño de sor Juana y no dejo de regresar a la obra siempre inquietante de José Revueltas, uno de los grandes narradores de nuestro país.

En su libro Las metáforas de la crítica cuestiona que, tanto a la literatura como a la crítica, se les impongan los términos condicionante y condicionado. ¿Acaso se puede hablar de ausencia como presencia en ambas representaciones?

Comúnmente se piensa que la crítica es derivativa pues depende en primer lugar del texto literario para poder operar. La obra de arte, el Gran Texto sería entonces el término condicionante, y la crítica sería lo condicionado, lo pasivo, lo secundario. Se trata de una verdad de Perogrullo que sin embargo puede resultar engañosa, ya que la crítica a su vez puede influir a la creación. La crítica establece una atmósfera que es en la que respiran los creadores, sean novelistas o poetas. Al final, todos los grandes escritores vienen de la crítica y están condicionados por ella.

¿Sigue teniendo vigencia esa concepción de Alfonso Reyes que considera al impresionismo y al juicio como los únicos polos del eje crítico? ¿Podríamos agregar otro clasificador?

Reyes en realidad no habla de dos sino de tres instancias diferenciadas entre sí: el impresionismo, la exégesis y el juicio. La impresión es el contacto más inmediato con el texto literario, y la base de todo lo que viene después. Al leer un libro nos hacemos una impresión de él. Todos ejercemos, lo sepamos o no, el impresionismo crítico, es la base de la que partimos. La exégesis es el trabajo de la crítica académica, la cual obedece a una metodología. Es la crítica universitaria, por decirlo en una palabra. La exégesis la ejercen los especialistas en literatura, a diferencia del impresionismo que es propio del lector común y corriente. El juicio –según Reyes– sería la evaluación que la posteridad, o lo que los grandes genios de la crítica formulan en torno a las obras literarias.

¿De qué manera utiliza la crítica sus propios conceptos, y cómo relacionarlos con las valoraciones que definen la relación entre sujeto y literatura con la actividad estética?

Cada época crea sus propios conceptos y herramientas de análisis literario, aunque algunos de ellos son tan viejos como la Poética de Aristóteles. Sin duda los conceptos determinan nuestros gustos y nuestras valoraciones literarias. El concepto de mímesis, por ejemplo, ha sido de una prolongada eficacia en el terreno de las artes y de la literatura. Hay conceptos más específicos, el narrador, el tipo de focalización que éste emplea, la analepsis, la prolepsis, la noción de metáfora, etcétera.

¿Es posible hablar de nuevos criterios y enfoques de la crítica contemporánea?

Los formalistas rusos y luego los estructuralistas en Francia definieron en lo esencial lo que serían los nuevos enfoques literarios que todavía dominan en nuestros días. El dialogismo de Bajtín también causó un fuerte impacto que perdura hasta nuestros días en la noción más refinada de «intertextualidad» que elaboró Julia Kristeva. La famosa «muerte del autor» trabajada tanto por Roland Barthes como por Michel Foucault es un derivado de estas posiciones de la crítica estructuralista y post-estructuralista, y pienso que se trata de conceptos fecundos y muy valederos el día de hoy.

Es usted uno de los críticos que ha ejercido desde dos distintas trincheras, por un lado está el académico y por otro el crítico de divulgación. Ante esta coyuntura, ante el desdén que se ha dado entre una y otra ¿cómo reconciliar ambos discursos?

Me considero un ser anfibio que trata de combinar sin conflicto el periodismo y la crítica académica. La academia significa rigor, un rigor envidiable que hay que tratar de alcanzar para elevar el nivel de la crítica en nuestro país, pero igualmente puede ser sinónimo de acartonamiento, de rigidez interpretativa, de grisura intelectual. El periodismo es un tanto más frívolo, si se lo quiere decir así, es más circunstancial e inmediato, pero tiene un pulso vital que la academia debería envidiar. Mis orígenes están en el periodismo y creo que debo permanecer fiel a esta procedencia inicial: hay que escribir para todos, no sólo para que te lean los especialistas. Yo me inicié como crítico literario en los años setenta a invitación de Carlos Monsiváis quien dirigía entonces el suplemento de México en la cultura de la revista Siempre! Ahí publiqué reseñas de libros. Una nota mía sobre un libro de ensayos de Hermann Broch despertó el interés infundado de José María Pérez Gay: creyó que yo hablaba alemán y que conocía al dedillo la literatura germánica. Muy pronto se desengañó y no me volvió a dirigir la palabra. Reseñé la traducción que hizo Paz de William Carlos Williams y la Antología de la poesía surrealista latinoamericana de Stephan Baciu. Mi texto no sólo no le gustó a Octavio Paz sino que se burló de mí en la revista Plural poniéndome unas «orejas de burro», como escolapio castigado y mirando al rincón. Son los gajes del oficio.

Tomando en cuenta la popularidad de los estudios culturales ¿cuál es el compromiso del crítico con la sociedad, si es que lo tiene?

Servir a la verdad. No olvidar que la crítica social es uno de los nervios constitutivos de casi toda la gran literatura. Nuestros grandes poetas terminan siendo poetas críticos. La poesía de Vallejo, la de Neruda, la de Juan Gelman es en lo esencial una poesía crítica, no podía ser de otro modo.

A propósito de esta actualidad de los estudios culturales, ¿qué podrían aprender la crítica de divulgación o periodística y los críticos de, precisamente, los estudios culturales?

Quien se interese por los estudios culturales debe leer a Marx. Marx, que escribió un libro tan complejo y difícil como El capital, también escribió mucho para los periódicos. Su mejor libro, El 18 brumario de Luis Bonaparte es en realidad una recopilación de artículos periodísticos. No hay que temerle al periodismo, es una forma de estar en contacto con un lector amplio y democrático.

¿Qué valor tiene el discurso crítico en la literatura contemporánea?

Todo el que le queramos conceder. Es el oxígeno que nos sirve para respirar y para no ahogarnos en la mediocracia.

¿Es posible hablar de una redención social a través de la crítica literaria?

Sí, por supuesto, para mí la crítica literaria es una forma de la acción social, no importa que no se adviertan en ella efectos inmediatos. Es una forma de incidir en la actitud de los lectores. Es un intento, acaso imponderable, para cambiar al mundo. La crítica cambia al mundo, de esto estoy convencido.

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Evodio Escalante Betancourt (Durango, Dgo., 1946) es profesor fundador de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, donde imparte cursos de «Historia de la crítica literaria» y de «Poesía mexicana del siglo xx». Ha publicado diversos libros de crítica y ensayo entre los que se encuentran Las sendas perdidas de Octavio Paz (2013); José Gorostiza. Entre la redención y la catástrofe (2001); La vanguardia extraviada (2003); Breve introducción al pensamiento de Heidegger (2007) y José Revueltas, una literatura del lado moridor (1979); entre otros. Promueve actualmente la edición facsimilar de la revista Irradiador que publicaron a principios de los años veinte el escritor Manuel Maples Arce y el pintor Fermín Revueltas.

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