Crítica de poesía

Días animales, de Almudena Vidorreta Torres

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Almudena Vidorreta Torres
Días animales
Prensas de la Universidad de Zaragoza
2013

Por Oswaldo Zavala

En uno de los primeros poemas de La tierra más ajena, el primer libro de poesía de Alejandra Pizarnik, se anota algo parecido a un arte poética:

acumular deseos en plantas ingratas
referir lo tuyo
en verdor solemne
y entonces vendrán diez caballos
a tirar la cola al viento negro
moverán las hojas
sus crines mojadas
y vendrá la escuadra
redondeando versos

Esa escuadra mínima que redondea versos ilustra para mí el torrente que fue la poesía de Pizarnik: deseos acumulados a punto de estallar en guerra, intensidades a tropel, hojas al viento sacudidas por el paso de los caballos a punto de embestir.

En el primer poema de su colección Días animales, Almudena Vidorreta Torres (Zaragoza 1986) asume una directiva igualmente peligrosa para toda joven poeta:

Ya sabes, como una mujer naciente,
que no hay más verdad bajo mi ropa
que el deseo que profeso en un poema.

El deseo como el verdadero nombre del poema. Si pienso en Alejandra Pizarnik es porque la poesía de Almudena Vidorreta se suma a esa genealogía que acaso inician Delmira Agustini y Alfosina Storni: la inscripción de una subjetividad que transforma la crisis personal en verso, las fisuras de la experiencia en un ritmo agudo que reclama la libertad de la joven poeta en un mundo afectivo rebosante de hostilidad y melancolía. Si la poesía de Pizarnik es una escuadra de soldados que cimbra un bosque, la poesía de Vidorreta es el pasión bestial que signa toda relación amorosa, la ineludible y permanente capacidad que dos tienen de hacerse daño.

Almudena Vidorreta nació en Zaragoza, España, y a pesar de su insolente juventud ha publicado otros tres libros de poemas: Tintación (2007), Algunos hombres insaciables (2009) y Lengua de mapa (2010). Entre la escritura de esos versos, se las arregló para terminar un doctorado en filología hispánica en la Universidad de Zaragoza y recientemente ha comenzado otro doctorado en el Graduate Center de CUNY. «Pero yo no he venido a ver el cielo», como ella misma consigna en un epígrafe para Días animales tomado de Poeta en Nueva York de Lorca. Esta nueva colección, que la crítica futura anotará como el inicio de su periodo americano, anota la reflexión de un presente en el que irrumpen las primeras pérdidas importantes, los desplazamientos que asombran porque por primera vez parecen definitivos, porque por primera vez algo parece definitivo. Su mirada no busca el cielo neoyorquino aturdido de hierro, sino que hurga entre los escombros de lo inmediato íntimo que ya ha comenzado a desmoronarse. Escribe Almudena:

El poema es la evidencia de la pérdida
y un clavo ardiendo al que sujetarse
para evocar lo que no tuvimos

El gran José Emilio Pacheco recuerda que en el núcleo secreto de la poesía de Ramón López Velarde está lo que Denis de Rougemont llamó «posesión por pérdida», acaso el principal mecanismo de la poesía moderna mexicana de principios del siglo XX. El periodo americano de Almudena Vidorreta no podría ser de otro modo: voces que reclaman su señorío sobre aquello que jamás tuvieron, la más absoluta de las posesiones:

El amante con el que no-quedé
al que amaré toda la vida
me espera en un buen restaurante
y le digo que somos incompatibles
tanto que nuestros cuerpos
encajan a la perfección sin apenas tocarse
y saben el camino exacto
para mantener el equilibrio
al borde mismo de una escalera

El deseo es el poema, no la concreción del deseo. El deseo realizado ha dejado de ser poesía y se convierte en algo harto más sencillo: dos cuerpos que renuncian a la secreta perfección de nunca haberse tocado. El desdoblamiento entre la experiencia y el deseo es una de las principales estrategias en la poesía de Días animales. El sujeto advierte su dispersión entre lo largamente añorado por ella y por otros, el ensueño real de lo incumplido. No hay mejor apunte biográfico que éste:

Una toda yo y diversa
colegida de tus notas
como un poema o un sueño largo
que se rima por mirarte.

Si bien la joven poeta dialoga consigo misma y las metamorfosis subjetivas de la experiencia, ese diálogo tiende también un puente directo a la poesía de Pizarnik: en «Madrugada», un poema de la argentina contiene en sí la relectura/reescritura que dará título al libro de la joven española y que en buena medida define el proyecto poético de ambas:

Desnudo soñando una noche solar.
He yacido días animales.
El viento y la lluvia me borraron
como a un fuego, como a un poema
escrito en un muro.

La fuerza de la poesía ante la conciencia individual, los días animales son en Pizarnilk momentos de borraduras ontológicas. Vidorreta lo relee y vuelve a imaginarse los alcances de esa metáfora y su noche solar con el poema que da título a la colección:

Días animales:
una bestia a oscuras
y a la mañana siguiente,
un insecto en la lámpara.
Mariposa muerta.

Como ocurre de hecho con toda la poesía en lengua española, Días animales no escatima el legado borgeano en sus poemas intertextuales, ese espacio en el que el sujeto se apropia del deseo ajeno. Dos piezas sobresalen: el poema «Adorno», en el que el holocausto y la derrota de la poesía que lamentó el mayor intelectual de la Escuela Frankfurt sólo existen al nivel más personal, acaso el único posible:

Aquí, después de Auschwitz,
después de tus ojos azules,
ya no vienen los poemas.

Recordando los recursos narrativos de los poemas cervantinos de Borges, Almudena traza el entrañable destino de Casilano el Solo, el personaje más triste de Clarisel de las flores, un libro de caballería del siglo XVI, perdido a través de los siglos y milagrosamente recuperado por la Hispanic Society de Nueva York. Casilano ha tallado en mármol la imagen de su amada muerta, pero esa imagen, que es misteriosamente también la suya, es robada y termina en una corte griega. Y anota Casilano en el poema:

y yo te encontraré
y al mismo tiempo
nunca más me iré de mí.

El amante que se encuentra en la imagen del otro que es también la suya, el verso que se encuentra en el poema del otro que nunca seremos pero que poseemos justamente en el instante de su pérdida. Y así, dice Alejandra Pizarnik: «Me pruebo en el lenguaje en que compruebo el peso de mis muertos». El verso lo continúa ahora Almudena Vidorreta:

y rezo una oración a nuestros muertos
para que los vivos nos perdonen
por haber soñado.

Las páginas de Días animales son ante todo el canto terrible y gozoso a los laberintos de la experiencia, a la violenta residencia de nuestros días en la tierra que no esconden su lado salvaje, como también lo entendió Roberto Bolaño. Facilito, a modo de conclusión, los versos que Alejandra Pizarnik acaso habría ofrecido para acompañar el entusiasmo por el nuevo libro de una joven poeta, páginas donde podría haber reconocido su propia voz:

¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Aún quedan ensueños rezagados.
¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces!
¡Y mis pocos años! ¿Por qué no?
La muerte está lejana. No me mira.

_____________

Oswaldo Zavala (Ciudad Juárez, 1975) es profesor asociado de literatura latinoamericana en The College of Staten Island y en The Graduate Center, City University of New York (CUNY). Obtuvo un doctorado en letras hispánicas en la Universidad de Texas en Austin y en literatura comparada en la Universidad de París III, Sorbonne Nouvelle. Su trabajo académico ha sido publicado en México, Estados Unidos, Francia y España. Se ha enfocado en la narrativa mexicana de los últimos veinte años, la construcción de imaginarios nacionalistas, el agotamiento de los discursos sobre la modernidad literaria latinoamericana y la representación y conceptualización de la frontera entre México y Estados Unidos. Es autor de la novela Siembra de nubes (2011). También es coeditor, con José Ramón Ruisánchez, de Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica (Barcelona: Candaya, 2011) y con Viviane Mahieux, de Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea (México: Tierra Adentro, 2012).

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