Criticar la crítica/De ida y vuelta/Entrevista

Crítica, teoría y literatura: de ida y vuelta | Entrevista con José Ramón Ruisánchez

JR RZ 2

La crítica, pensada como algo que no solamente se dialoga, sino que se propone como una negociación constante desde diferentes territorios de articulación, es algo que debería convertirse en una herramienta que mantenga la sana distancia necesaria para ver a ciencia cierta, para poder pensar(nos). Y es en este sentido en que Frontal propone esta nueva serie de entrevistas con críticos y autores que están leyendo a Hispanoamérica desde dentro y desde fuera, negociando constantemente con sus contextos y sus producciones culturales. En esta primera entrega dialogamos con José Ramón Ruisánchez, crítico mexicano y profesor de la Universidad de Houston.

Cualquier crítica hay que pensarla también como ecología. Cualquier crítica, o cualquier otro aparato burocrático, piensa en su conservación. Tú como crítico recibes una educación que te limita a preguntar ciertas cosas. Por ende, uno de los aspectos más difíciles de la crítica es rebasar el horizonte epistemológico, las preguntas que permiten tu preservación: que te permiten aprobar un grado, ganar una beca, conseguir un trabajo. Por decirlo a la manera de Spinoza, la crítica persevera. Claro, tiene que cambiar respecto a las prácticas de la generación anterior; por la crítica también atraviesan las lógicas de recambio del capitalismo. Pero lo que me interesa subrayar es cómo en cualquier momento dado hay una serie muy pequeña de preguntas que se consideran cruciales, que hegemonizan el campo.

Por Bruno Ríos

Para comenzar, me gustaría que me dijeras cuáles son tus intereses teóricos y críticos, y cuándo inician estos intereses.

Mis intereses empiezan en la preparación del doctorado, y a partir de ahí se dispersan. Trabajo obras canónicas del siglo XX en Historias que regresan, que originalmente fue mi tesis doctoral y luego la trabajé para convertirla en un libro. Juan Rulfo, Carlos Fuentes, José Agustín, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y Juan Villoro son los autores que leí en diálogo con momentos cruciales de la historia mexicana.

Después lo que me empezó a interesar fue tanto la literatura posterior al siglo XX como la literatura anterior; la del siglo XIX. En cuanto a la literatura del cambio de siglo, del paso al siglo XXI mis intereses actuales giran en torno a la obra de Roberto Bolaño quien cancela y por tanto refunda el canon mexicano, porque Bolaño es alguien que vive en México pero no es mexicano, que escribe mucho sobre México pero desde fuera de México. La lectura de Bolaño como un mirador desde donde releer la literatura, no sólo mexicana sino latinoamericana del siglo XX, me parece una labor urgente. Creo que a lo que nos obliga Bolaño es a releer los cánones de la literatura latinoamericana. Me interesa trabajar en serio el diálogo entre Bolaño y Borges, Bolaño y Lemebel, Bolaño y Gómez Peña, Bolaño y la literatura mexicana, sobre todo con ciertos poetas: Fabio Morábito, Juan Alcántara, Luis Felipe Fabre.

De otro modo, me interesan aquellas literaturas del siglo XIX que desembocaron en lo que conocemos como la «gran literatura latinoamericana», y que normalmente han sido menospreciadas. No sólo el género de la novela, que me interesa mucho, mucho más Los bandidos del río frío que las novelitas de Altamirano, sino cada vez más las formas sin forma, o sea, los textos que no tienen un género definido o prestigiado: la biografía, los inicios de la crítica, las entradas de diccionario. Textos muy célebres como el Facundo que al mismo tiempo es una biografía, una autobiografía intelectual, un programa político, un ensayo sobre la nación y otras cosas más. Pero también textos menos conocidos como esas estampas que escriben Joaquín García Icazbalceta o el Conde de la Cortina, y que empiezan a reconfigurar el pasado desde un siglo XIX, cuando ya se había consolidado la independencia nacional. Entonces, esos dos intereses son lo que me expulsa del centro del siglo XX, hacia adelante y hacia atrás, pero conversan con lo que había trabajado en el siglo XX.

Estas dos fugas, hacia adelante y hacia atrás, están cimentadas, tensadas,  por la permanente conciencia de ser un mexicanista y un mexicano que trabaja de fuera. Esto me permite trabajar desde una serie de inflexiones teóricas a las que la crítica mexicana es muy reacia.  La crítica que se practica en los dos bastiones que son la UNAM y El Colegio de México hace muy bien un trabajo de recuperación histórica, de edición de obras completas, anotación erudita; pero, ya formado este corpus, en general hace muy mal el trabajo de diálogo teórico que implica pensar cierta escritura en una cierta época, sobre todo el de tensar la teoría haciéndola atravesar un corpus.

Desde mi interés por la teoría de avanzada es que llego, o mejor: regreso a la poesía. No hemos sabido repensar la función de la poesía que para Octavio Paz era fundamental, que acaso en su centenario, habría que pensar como su mejor herencia. Después no supimos seguir ejerciendo esa exigencia de residir en la palabra en estado de gracia. Me interesa pues pensar la poesía desde la función teórica, como algo que constantemente se resiste a la teoría pero que al mismo tiempo constantemente está produciendo teoría.

En resumen, las tres puntas de mi pensamiento teórico-crítico actual son el siglo XIX en tanto un lugar donde se producen una serie de preguntas que se contestarán, o no, en el XX; el siglo XXI en tanto el lugar desde donde tenemos que releer tanto al XX como al XIX; y en la punta teórica tanto enunciaciones que provienen del psicoanálisis, la teoría crítica, la filosofía y los estudios culturales como enunciaciones que provienen del poema pero que se convierten, pueden convertirse, en teoría. Son tres puntas que son economías, fluidas; vamos de una a la otra. Ciertas cuestiones sobre el siglo XIX no pueden contestarse con la teoría que tenemos, pero nos deja contestarlas una práctica novelística o ensayística del siglo XX o XXI. Un ejemplo: ¿Y si leemos la autobiografía del esclavo cubano Francisco Manzano desde las coordenadas del flujo de conciencia? Ciertos aspectos de la novelística del siglo XXI no son pertinentes desde la teoría de la novela tradicional, sino que es más útil cuestionarlas desde la punta teórica y desde su especificidad poética. Pienso en el diálogo entre Bolaño y los poetas que te mencionaba antes. Es lo que procuro hacer entonces, tanto en mis clases que oscilan en estos temas, como en mis escritos, sobre todo en zonas en donde, en el mismo texto, circula más de un área.

Hablabas un poco del tránsito que hiciste del siglo XX y XXI al XIX. Me gustaría que ahondaras un poco en cómo fue este paso de instalarse en el XX y a partir de ahí ir hacia atrás, así como del salto del trabajo con la poesía y otros textos literarios mexicanos, al espacio latinoamericano.

Finalmente uno se puede ir tan atrás como quiera, entonces empiezo con lo latinoamericanista. Yo crecí en la Ciudad de México en una época en donde hay una intensa migración uruguaya, argentina, chilena. Mi México ha sido siempre latinoamericano. Mis maestros desde la primaria han sido, por ejemplo, de la última generación del exilio español, que es la generación de mis abuelos, así como maestros extraordinarios que salen del Cono Sur por el terrorismo de Estado. Eso me corre por las venas. Por otra parte, los grandes momentos del medio siglo y los grandes autores del medio siglo hacia adelante, sostienen un diálogo latinoamericano y, por supuesto, con el exilio español.

El otro paso puede ser más interesante. El paso hacia el XXI es un paso natural, porque empieza a suceder conforme yo estoy estudiando el final del XX. Comienzan a publicarse, junto con la avalancha de porquerías que marca cualquier presente, obras extraordinarias. Creo que Bolaño es un acontecimiento en el sentido en que piensa este término Badiou: algo que ninguno de las reglas del mundo que lo rodea puede explicar; no deriva de nada. Es algo que le sucede a la literatura en lengua española completa: le sucede a la literatura española, le sucede a la literatura mexicana, le sucede a la literatura chilena; o sea, algo que le pasa a la literatura y la cambia. El nombre de Bolaño me hace querer seguir estudiando mi presente.

Por otra parte, el siglo XIX mexicano, en la medida en que es un misterio, me empieza a resultar fascinante desde las enunciaciones teóricas que provienen de los estudios del XIX, tanto europeo como argentino, cubano; los grandes cambios de la década de los 80 y 90. Enunciaciones altamente teóricas que me enseñan a leer el siglo XIX mexicano y decir ¡por qué no hemos hecho esto, por qué no hemos tenido un Piglia leyendo a Sarmiento! Y no carecemos del talento crítico. No es que nadie en México tenga ese nivel intelectual, sino simplemente habíamos aprendido a leer la literatura del XIX como parecida a sí misma, como una literatura de manual.

Al reconocer  nuestro realismo pobre, nuestro naturalismo pobre, nuestro romanticismo tímido, seguíamos esa afirmación de Paz que habla de la difícil adolescencia de la poesía mexicana es el siglo XIX; y no supimos dónde estaba nuestra riqueza, preferimos leer las novelas cortas de Altamirano que las largas de Inclán, o de Payno, porque son más cómodas, porque tienen una practicidad escolar, cuando la riqueza de Altamirano está, en realidad, en su crítica literaria. No hemos sabido leer al enorme poeta popular que es Prieto. Tenemos una admiración por Sabines, o por Efraín Huerta, pero no se ha leído de manera decidida a Prieto, desde ese mirador retrospectivo. Prieto es un gran poeta del habla, es un gran diccionario del habla viva, que reproduce y modifica, que captura e inventa. Y este además, entre paréntesis, ¡es también el mayor mérito de Paz! Paz es el habla viva llevada a su máxima expresión: son sus muchachos los que fuman marihuana, es su Eloísa la que le dice a Abelardo: «déjame ser tu puta».

No es que nuestro XIX sea menos rico que digamos el argentino. Aunque haya diferentes tesoros. La poesía gauchesca realmente no tiene un equivalente en México, como poesía nacional, pero esto nos lleva a preguntarnos cómo estos huecos se llenaron. La literatura está ahí, pero las preguntas no, por lo que hay que volver a cuestionar nuestro XIX, no como una literatura pobre, imitativa, derivativa;  hay que leerla en su propia riqueza. Finalmente, desde luego, pero en la cima de la importancia, el haber tomado clases con José Emilio Pacheco y Jorge Aguilar Mora, que son los dos que sí pensaron el XIX, fundaron mi interés.

¿Cómo piensas el puente que se hace entre México y Chile, o el Cono Sur, sí desde el XIX pero también desde el XX con Bolaño, que se está haciendo ahora tanto en literatura como en crítica?

Creo que el puente chileno no es algo que haya acabado de suceder con el exilio. Está sucediendo, y tiene muchas vertientes. Por ejemplo, hay críticos chilenos trabajando en México, y que trabajan Bolaño en México, lo cual se vuelve muy interesante. Aquí en los Estados Unidos, debido a presiones políticas y económicas, siempre encontrarás un profesor chileno dando clases a alumnos mexicanos, a alumnos chilenos y mexicanos en el mismo espacio, y sus formaciones son tan radicalmente diferentes que es difícil pensar en alumnos tan diferentes como alguien que estudió en la UNAM en México y otro en la ARCIS de Santiago. Es radicalmente distinto. Estas polinizaciones cruzadas, están empezando a suceder. Críticos como Miguel Valderrama o Willy Thayer son inimaginables en México, porque el tipo de enunciación que producen, altamente filosófica y muy teórica, no son bienvenidos en México; no hay una editorial en México, que esté habitada por este tipo de enunciaciones. Y de nuevo: la explicación es política. Como no hubo un golpe de Estado, tampoco se produjo una escena de avanzada. Todavía no se produce del todo el contacto, porque es difícil comprar un libro de la editorial argentina La Cebra, o de la chilena Metales Pesados en la Ciudad de México. Y, si algún joven estudiante de la UNAM compra ese libro, le es casi inaccesible; está escrito en otro idioma.

Por otra parte, en la parte no teórica, lo que ha empezado a suceder es que Aldvs, Filodecaballos, FCE Chile, han llevado en oleadas a la poesía chilena a México. Ya no sólo Neruda y Gonzalo Rojas. FCE Chile permitió la llegada de Nicanor Parra. Lo que está sucediendo es que, por ejemplo, un poeta como Tomás Harris acaba de aparecer ahora en México.

O reaparecer, ¿no?

Mira, Harris o un poco antes Diego Maquieira fueron leídos minoritariamente acaso en fotocopias o en antologías. Sobre todo en los círculos en torno a Hugo Gola y Eduardo Milán (de nuevo las bendiciones de quien recibe exiliados). A pesar del acceso a internet y la supuesta distribución perfecta de lo virtual,  siempre es un artefacto diferente el libro físico. Lo que importa en una editorial hoy en día no es tanto la accesibilidad de un número de páginas, sino la garantía, o sea, el hecho de que la editorial esté dispuesta a apostarle a imprimir el libro. Pagas por lo que tiraron a la basura o postergaron para elegir este libro. Lo que está sucediendo es que la generación que publicó en los años ochenta en Chile ha empezado a aparecer en México. En cierta medida, hay ciertos autores mexicanos que aparecen también en Chile, por ejemplo la Universidad Diego Portales es la primera en publicar los ensayos de De eso se trata de Juan Villoro. Antes de que aparezcan en Anagrama están publicados en la Diego Portales, que tiene una cátedra a Bolaño y la mejor colección de ensayo latinoamericano del mundo. Entonces, este diálogo tiende sus lazos nuevos.

Y entonces, ¿crees que el vínculo es Bolaño, es decir, el vínculo es el suceso Bolaño, el inicio del surgimiento del interés por Chile en México?

Yo creo que sí. El nombre de ese acontecimiento, incluso en los odiadores o ignoradores profesionales de Bolaño, es Bolaño. Aunque digas: «¡No!, lo que importa no es Bolaño, hay que leer a Tomás Harris», o: «No, no seas idiota, Bolaño no importa nada, hay que leer a Diamela Eltit», no importa. El nombre sigue siendo Bolaño.

Lo que hay que pensar es que la diferencia fundamental entre México y Chile que es el golpe de Estado. Ambos países, que son represivos, tienden a la derecha, etcétera, tienen una serie de rasgos en común, muy importantes. Pero no hay un 11 de septiembre de 1973 en México. Ni siquiera la matanza de Tlatelolco del 2 de octubre se puede comparar. El acontecimiento histórico y la reflexión que genera este acontecimiento, tanto a nivel poético como teórico ha causado que la poesía chilena de finales de los setenta y los ochenta sea al mismo tiempo deslumbrante y difícil de asimilar, por eso ha tomado treinta años o cuarenta asimilarla. Porque ha tenido que aguardar la educación teórica del público mexicano. Todavía hay poetas fundamentales como Rodrigo Lira  que no existen en México.

El asunto es que el diálogo posible tiene que atravesar una salida. Explico: la densidad del discurso chileno sobre el golpe es tal, que de repente se vuelve un monólogo, se vuelve ombliguista, una cosa que se deja de comprender; o intenta que no se comprenda fuera de Chile. Se convierte pues en un tesoro, un trauma que es un tesoro. Si se sale de esta propiedad y se entiende, como propone, por ejemplo Sergio Villalobos, que el Golpe chileno es un desenmascaramiento de algo que venía sucediendo y que el golpe revela tanto para Chile como para el resto del continente, entonces el diálogo es no sólo posible sino urgente. En Chile lo que se muestra es la verdad de lo que venía, y que nos tocó a todos después. Y de nuevo, en Bolaño hay una cifra importante de esto: si leemos su obra como un arco completo, sus novelas chilenas sientan las bases del momento-mundo de la violencia tardocapitalista en el norte de México como condición de posibilidad de los bienestares que los países del Atlántico del Norte exigen.

¿Y cómo lees estas dinámicas, las coincidencias y diferencias entre la crítica que se hace sobre México en Chile o sobre Chile en México?

El asunto es este, todavía hay muy poca crítica. Por ejemplo, Rodrigo Cánovas pasa un sabático en México con El Colegio de México estudiando escritores judíos.  Entonces, no es que no exista pero todavía es parca, pobre. Siempre ha habido ese ir y venir, pero lo interesante es que la poesía se ha adelantado a la crítica. La poesía que está haciendo alguien como Luis Felipe Fabre ha viajado muy rápidamente a Chile. Fabre ha leído en la Biblioteca Nacional de Chile, y Germán Carrasco, el gran poeta chileno de mi generación, es alguien que tiene muchas referencias a México, y las suyas son referencias informadas, es decir, no habla como un turista.

En la poesía, hay una serie de coincidencias muy importantes. Sergio Villalobos, en su libro muy importante que acaba de publicarse, señala que el golpe de Estado también marca la imposibilidad de lo que él llama el long poem latinoamericano, refiriéndose sobre todo a Canto General de Neruda. Pero, lo que sucede, y que no ha terminado de explorar en su libro y que me interesa es el surgimiento de libros que no aspiran a, la nueva épica, ni como lo intentó Neruda ni a la manera de Cardenal. Lo que intentan es crear un libro cuya unidad mínima no es el poema sino el libro mismo; un libro en que los poemas sean bloques de fabricación en el libro. El poema, en lugar de ser autosuficiente se vuelve modesto, se vuelve algo que va a servir de manera funcional, para construir un libro. Pero el poema corto abandona, renuncia a su autosuficiencia, por lo que genera libros en donde el diálogo entre poemas es el poema mismo. Y esto está sucediendo tanto en Chile como en México, y para mí está subteorizado. Nadie, ni los jóvenes críticos chilenos ni la crítica mexicana, ha pensado esto de manera colectiva. Decir que, por ejemplo, esto ya no es una reacción al Golpe. ¿Por qué?, porque también está sucediendo en México. Lo está haciendo Mónica de la Torre que es una poeta mexicana que escribe primordialmente en inglés en NuevaYork, pero lo está haciendo también Yanko González en Chile, Martín Gambarotta en Argentina, así como Maricela Guerrero en México. Tenemos una serie de poetas que están escribiendo libros que no se sabe si son un poema largo, pero con toda certeza no son long poems ni épicos ni poemarios en el sentido tradicional, o sea agrupaciones de poemas independientes. Están escribiendo un género que me gusta pensar desde ese término que es «intersubjetividad». Donde el hecho poético se produce en el espacio que se crea entre poemas.

Y creo que ahí se está dando un diálogo; un diálogo que ya es teórico pero que no ha sido conceptualizado por los críticos, sino que ha sido llevado a cabo de una manera pre-teórica por los poetas. Probablemente en los ensayos de poetas sobre poetas haya más de posible crítica que en el diálogo de los críticos, que siempre se tardan una generación en darse cuenta de lo que sucedió, sobre todo si se trata de algo supranacional, peor si sucede en un género huérfano, pobre, como la poesía. Estos poetas están escribiendo una poesía que ya rebasó cualquier posibilidad nerudista o anti-nerudista (por pensarlo en chileno) o paciana cotrapaciana (si lo decimos en mexicano). Ya no son pequeños «nicanoritos parra» que escriben anti-poesía y por lo tanto antinerudianamente. Ya no están en un «anti». Están usando materias fragmentadas, otras moléculas, que ya no son ni los protones nerudianos, ni los electrones de Parra. Están en una partícula subatómica que no tiene nada qué ver con lo anterior.

Esto es de mi interés porque quiero leer al gran articulador de lo épico que es Bolaño —que nos lega una novela de 1,200 páginas, 2666 que es el arranque del siglo XXI para la literatura en español— desde estos poetas de la fragmentación, de la interrupción. Lo que pasa es que estas dos cosas no se pueden dar la espalda, en el sentido en que 2666 es una novela sin protagonista. De alguna manera el mayor protagonista está ausente durante cuatro de las cinco partes, es una presencia ausente; y lo demás es una multitud de personajes. Esta multitud de personajes actúa de la misma manera que estos pre-poemas. Estas partes se intercalan, hacen eco el uno de las otras. Piensa en Archimboldi, que al mismo tiempo es pura ausencia, que renuncia a su propio nombre, que elige el nombre de un pintor que fabrica sus retratos con elementos mínimos: frutas, vegetales comestibles, piezas de caza.

A pesar de que este año es el año del boom de los libros de Bolaño por ser el 2014, la primera década de 2666. Se publica pronto el libro de Chris Andrews, uno de los traductores de Bolaño al inglés; se publican un multitud de libros en Chile, colectivos o individuales. Se publicará también el libro de Oswaldo Zavala supongo que este año o el siguiente. Pero aún queda mucho por hacer.

Eso hace que este momento, como amparo de la crítica, sea muy emocionante. Este diálogo México-Chile que planteas es un ejemplo solamente. Otro es el que te mencionaba: nuestra tarea pendiente con el siglo XIX. Pero otro aspecto crucial es el del diálogo académico México-Estados Unidos. El gran defecto de la academia de los Estados Unidos es que no lee fuentes mexicanas, y viceversa. Digamos, en un libro mexicano importante de autores sumamente bien preparados sobre el siglo XIX mexicano, es como si Doris Summer, Julio Ramos y Walter Benjamin no hubieran escrito. Pero pasa lo mismo acá: lees The Mexican Exception y es como si sólo se hubiera escrito sobre Rulfo en inglés. De pronto, pues, se te cae el corazón a los pies cuando vez que, en la época del préstamo interbibliotecario, en la época del Kindle, en la de la circulación perfecta de lo académico, no hay circulación perfecta. Hay un rechazo al discurso del otro.

Finalmente, volviendo un poco al tema de la crítica y de lo que hablabas al principio, ¿cómo podemos pensar en una crítica que va más allá de la exégesis, tomando en cuenta a la poesía como un aparato teórico también?

Cualquier crítica hay que pensarla también como ecología. Cualquier crítica, o cualquier otro aparato burocrático, piensa en su conservación. Tú como crítico recibes una educación que te limita a preguntar ciertas cosas. Por ende, uno de las aspectos más difíciles de la crítica es rebasar el horizonte epistemológico, las preguntas que permiten tu preservación: que te permiten aprobar un grado, ganar una beca, conseguir un trabajo. Por decirlo a la manera de Spinoza, la crítica persevera. Claro, tiene que cambiar respecto a las prácticas de la generación anterior; por la crítica también atraviesan las lógicas de recambio del capitalismo. Pero lo que me interesa subrayar es cómo en cualquier momento dado hay una serie muy pequeña de preguntas que se consideran cruciales, que hegemonizan el campo.

Me parece que en la medida que es una antena sumamente fina que capta las variaciones, los ambientes, no sólo académicos, desde luego, sino de muy diversos campos, en el poema muy rápidamente empiezan a surgir zonas que la crítica no sabe ver ni articular ni cuestionar ni nada por el estilo. Para mí el poema es un instrumento híperdelicado de futuridad, es decir, apunta hacia lugares de ceguera crítica. El poeta es alérgico a la academicidad de la crítica, porque hay un acartonamiento del lenguaje; y en la medida en que rehúye ese acartonamiento académico, se interna en zonas que la crítica olvida, desprecia, y sobre todo teme. Creo que el poeta se instala en el lugar en el que la crítica siente miedo, el lugar en el que la tesis de doctorado se hunde, en el que el trabajo en una universidad se vuelve poco viable.

Obviamente como en todo, el diálogo del poeta con lo académico está muy presente; los poetas hacen posgrados, dan clases en universidades, no es que vivan en alguna Ultima África. Evidentemente saben cruzar eso, pero saben cruzarlo también yendo más allá. Y desde ese más allá hay que recomenzar a hacer la crítica siempre.

 ___________

José Ramón Ruisánchez (México D.F., 1971). Ha publicado cinco novelas, así como el libro de ensayos sobre literatura mexicana Historias que regresan (FCE 2012). A finales de este año aparecerá Pozos, un nuevo libro de ensayos en editorial ERA.

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