Crítica de narrativa

Estación Varsovia, de Luis Bugarini

Luis Bugarini
Estación Varsovia
Sediento Ediciones
2013

Por Cristian Lagunas

Las ciudades son espacios inestables y aglutinantes. Asientan la historia, pero también permiten la transitoriedad ordinaria. Invitan a extraños a internarse en sus calles y después los expulsan. Sobre sus ruinas se reconstruye con la certeza de que la pérdida sólo permite una reedificación fragmentaria, plagada de resabios. Como escenario central, las ciudades son espacios recurrentes en la literatura: se les conoce por medio de andanzas y lo observado se traduce en la escritura. Así, en textos como Estación Varsovia (Sediento Ediciones, 2013) la ciudad es representada como un ente paralelo a la experiencia del narrador.

Un narrador que no tiene nombre y que comienza una corta estancia en Varsovia después de un divorcio que lo ha dejado agotado emocionalmente. Dispuesto a recuperar la sensibilidad por medio de un bálsamo, el vino, esta novela –escrita desde el yo, que concede a los lectores la introducción a un relato de naturaleza íntima– es un recorrido por algunos puntos específicos de la capital polaca. A excepción de sus recuerdos, que lo acompañan durante todo el viaje, para el protagonista «todo está sujeto a la cadena inclemente de la fugacidad, a ese instante deshilado que nos recuerda que la vivencia de los días es apenas ceniza».

De la misma forma en que Varsovia fue reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial, este hombre busca regenerarse en sus cafés, en su cama de hotel, en los bares y en las plazas; con prontitud nota que la urbe en la que se encuentra es ambigua y salta con facilidad del encanto al desencanto. Gran parte de la construcción de Estación Varsovia se basa en los opuestos: el anonimato de la noche contrasta con la multitud de una plaza a medio día; las dos mujeres que conoce durante su estancia parecen contrarias en actitud y las oposiciones están presentes incluso en actos simples como la decisión de tomar un vaso de leche después de una botella de alcohol o un café.

Otra característica destacable es que a pesar de la perspectiva total, que puede implicar el uso de la primera persona, Varsovia no es aquí retratada sólo por una voz aislada: se recrea en folletos de turismo, que son guías de la misma forma que las voces de una recepcionista, un taxista o las mujeres que –en encuentros íntimos y breves, destinados al fracaso desde el principio– acompañan al anónimo extranjero durante una visita que lo lleva al mismo sitio donde comenzó. La circularidad del relato reafirma la premisa de que es imposible deshacerse de un pasado que, como amplía uno de los epígrafes, bloquea las esperanzas de mirar hacia adelante.

Al ser ésta su primera novela, Luis Bugarini demuestra, entre otras cosas, que la crítica literaria y la creación no tienen por qué ser actividades desligadas entre sí. El resultado es una historia elaborada con minuciosidad –el proceso de escritura demoró diez años– y que, por ser tan breve, permite la concentración de ideas que permanecen indelebles tanto en el narrador como en el lector, quien, tras abandonar el texto, se lleva consigo la sensación de haber observado con mirada melancólica el invierno polaco durante algunos días.

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Cristian Lagunas (Metepec, Estado de México, 1994). Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Participó en la antología 25 golpes de suerte, publicada por Lectorum en 2013. Sus textos exploran las posibilidades del lenguaje como sistema creador de vertientes narrativas.

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