Criticar la crítica/De ida y vuelta/Entrevista

Crítica, teoría y literatura: de ida y vuelta | Entrevista con Christina Sisk

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El diálogo que se crea entre academias siempre termina por ser complejo, ya que cada una de las posturas tiende a ser autoreferencial, construyen su propio territorio de enunciación en donde el contacto directo se limita, en la mayoría de las ocasiones, a otras posturas que habitan dentro del mismo espacio. Sin embargo, uno de los diálogos que no se ha estudiado ampliamente y que, de una u otra manera, se ha quedado huérfano en el gran panorama de la crítica, es el diálogo México-Estados Unidos. Hay siempre una gran carga política y sociológica en los acercamientos que se han hecho hacia los fenómenos que genera el encuentro entre dos culturas que parecieran estar separadas por brechas irreconciliables. Lo que en esta entrevista platicamos con la doctora Christina Sisk es precisamente lo que se relaciona con estas brechas que, si las vemos de cerca, si les damos la atención que merecen y ponemos un pie de cada lado de la frontera, los tránsitos son mucho más orgánicos de lo que parecen.

El efecto de estas divisiones institucionales ha sido el de limitar el estudio de la migración, especialmente dentro de las humanidades y más en departamentos de inglés. El problema de la lengua es significativo porque marca la investigación que se incluye dentro de los estudios transnacionales. Si no existen traducciones de obras y estudios escritos en español, la mayoría de las veces terminan eliminándose por completo. Para mí, no es lo suficiente agregar el contexto mexicano, sino que las discusiones académicas generadas en México también deben formar parte de lo que se estudia desde Estados Unidos.

Por Bruno Ríos

Para comenzar, me gustaría que me comentaras cuáles son tus intereses teóricos y críticos en general, de dónde surgieron y dónde han culminado. 

El tema unificador de mi investigación es la migración mexicana a los Estados Unidos en distintas representaciones culturales incluyendo la literatura, el cine y la música. Mi libro ‒Mexico, Nation in Transit: Contemporary Representations of Mexican Migration to the United States (University of Arizona Press, 2011)‒ es un estudio transnacional sobre la migración en que intento mostrar que la identidad, o las identidades en plural, abren el espacio de la comunidad para incluir a personas de ambos lados de la frontera. Este espacio ya no es geográfico sino un conjunto de redes y relaciones que unen a familias y comunidades que se extienden desde México hasta Estados Unidos. La migración, entonces, no es sólo un proceso que afecta a los que se van a Estados Unidos, sino también a los que permanecen en México. La literatura, el cine y la música muestran cómo las identidades se van forjando para incluir a personas en distintos países, son obras hechas en México y en Estados Unidos que reflejan estos conceptos. El título del libro se refiere a una parte significativa de mi argumento sobre la transformación de la identidad mexicana. En vez de pensar que los migrantes dejan de ser mexicanos al cruzar la frontera, simplemente cambian el sentido de su identidad mexicana dentro de un contexto estadounidense. Al mismo tiempo en México, en los últimos años, también veo un cambio en el sentido de nación para incluir a la población mexicana que vive en Estados Unidos.

En mi proyecto actual, aunque sí es parte de la metodología de trabajo, cambio el enfoque sobre lo transnacional para analizar la migración en conjunto con el narcotráfico. Me interesa desestabilizar y desconstruir los conceptos de lo criminal y la criminalidad. Cuando se habla de la migración indocumentada, la mayoría de las veces se intenta sacar a los migrantes de la categoría de criminales sin cuestionar cómo se construye. Al fin y al cabo, lo criminal se define por las leyes creadas por el Estado, que es una institución imperfecta y que sin duda apoya un sistema mundial capitalista. Las representaciones que estoy analizando se enfocan en criticar la culpabilidad normalmente impuesta a individuos y redirigirla hacia el Estado, por apoyar la corrupción y por crear el mercado negro, que sin las leyes contra la droga no existiría. Las películas que analizo en este proyecto se produjeron en Estados Unidos y en México: Machete (2010) y Machete Kills (2013) de Robert Rodríguez, El infierno (2010) de Luis Estrada, Salvando al Soldado Pérez (2011) de Beto Gómez y otras por el estilo.

¿De dónde surge el interés por lo transnacional, sobre todo antes de tu libro? ¿Por qué no hay más crítica y estudios que trabajen ambos discursos y sus tránsitos? 

Comencé mi investigación cuando era estudiante de doctorado porque me interesaba ver las visiones mexicanas en cuanto a la migración. En aquel momento, todo sobre el tema se analizaba como parte de los estudios chicanos/as, o sea en un contexto estadounidense que se enfocaba en la entrada de los migrantes a Estados Unidos (la inmigración). Al pensar en mi propia familia en México, veía que la emigración les afectaba a ellos también pero de distinta forma. Se hablaba de este contexto dentro de la sociología pero no en las humanidades. Casi todo lo que se escribía sobre las representaciones culturales se enfocaba en el cruce de la frontera o la identidad migrante frente al nativismo estadounidense. Mi tesis de doctorado fue para mí una respuesta a esta carencia o vacío, y me enfoqué en las representaciones culturales de la emigración en México incluyendo el cine fronterizo mexicano, la literatura de la frontera y el rock mexicano. Esto después formó parte de mi libro que amplía el análisis para incluir la literatura y el cine producidos desde Estados Unidos.

El estudio de la migración y de lo transnacional se tiene que entender dentro de un marco institucional. Los estudios chicanos, como campo académico estadounidense, son bastante nuevos porque fueron creados en los años setenta para suplir el vacío académico sobre un grupo marginalizado en los Estados Unidos. Se creó precisamente por la intervención política de los académicos y los estudiantes que presionaron a las universidades estadounidenses para que crearan un espacio para poder estudiar y entender la marginalización de este grupo étnico. Entender el contexto estadounidense era fundamental en ese momento por la necesidad del cambio dentro y fuera de la academia. Aunque lo chicano se articuló como un tercer espacio, que no era ni Estados Unidos ni México, el campo de estudio se estableció principalmente como parte de los estudios estadounidenses, o como se llaman en inglés, American Studies. La contraparte mexicana nunca se quedó fuera por completo, visto en la inclusión de ciertas lecturas mexicanas, como El laberinto de la soledad de Octavio Paz, pero quedó en un segundo plano o relegada a otros departamentos. La contraparte mexicana se estudia en Estados Unidos en los programas y departamentos dedicados a los estudios latinoamericanos, que están marcados por necesidades políticas en Estados Unidos para entender y negociar con su vecino. Otra división que se hace es la de incluir lo latino en Estados Unidos dentro de los departamentos de inglés y lo latinoamericano en departamentos de español. Estas dinámicas van cambiando con el tiempo. Nuestro programa en la Universidad de Houston no está dividido de esta forma y lentamente se está incorporando lo latino de Estados Unidos en departamentos de español en otras universidades.

El efecto de estas divisiones institucionales ha sido el de limitar el estudio de la migración, especialmente dentro de las humanidades y más en departamentos de inglés. El problema de la lengua es significativo porque marca la investigación que se incluye dentro de los estudios transnacionales. Si no existen traducciones de obras y estudios escritos en español, la mayoría de las veces terminan eliminándose por completo. Para mí, no es lo suficiente agregar el contexto mexicano, sino que las discusiones académicas generadas en México también deben formar parte de lo que se estudia desde Estados Unidos.

En este sentido a mí me ayudó mucho estudiar lo chicano y lo latino de Estados Unidos en la Universidad de Tulane desde un programa fuerte en estudios latinoamericanos. Manejo mi carrera con un pie en cada lado de la frontera tratando de crear un balance con mi participación en congresos enfocados en lo latino y otros dedicados a lo latinoamericano. No ha sido fácil navegar entre estas divisiones académicas porque la gente tiende a querer catalogarlo a uno dentro de un área de estudio y me cuesta explicar que habito ambos lugares.

¿Cómo piensas este tránsito, cuando se da, entre la crítica que se hace en México, la que se hacen los mexicanistas en Estados Unidos, así como la crítica meramente estadounidense? 

El contexto institucional mexicano es distinto al que tenemos en Estados Unidos. Hago lo posible de incorporar lo que se publica en México sobre la migración, la literatura, el cine, etcétera. Tengo que ser bastante creativa al buscar mis libros en México porque muchos los encuentro en las secciones de sociología, antropología y de letras. Aunque he podido incorporar una metodología transnacional en cuanto a mi investigación y mi análisis de la migración, ha sido muy difícil entrar al espacio académico mexicano porque la estructura universitaria es distinta. Primeramente, los estudios culturales generalmente se entienden de distinta forma dependiendo de los temas. El Colegio de la Frontera Norte (COLEF) es una de las pocas instituciones con un departamento dedicado a los estudios culturales. Lo chicano tampoco ha llegado a figurar en la academia mexicana al mismo nivel que en Estados Unidos. Mi conexión con México además es con la clase baja y casi totalmente fuera de los ámbitos académicos. He asistido a varios congresos y he conocido a muchos académicos mexicanos pero nunca he tenido un acceso más directo a las universidades mexicanas porque estudié en Estados Unidos. No creo que me toque a mí cambiar estas estructuras. Intento abrir el diálogo y estoy dispuesta a participar con otros en discusiones en la medida que se van presentando las oportunidades, como con esta entrevista, por ejemplo.

Me da la impresión que los académicos que tuvieron parte de su formación en México y la otra en Estados Unidos son los que pueden circular entre ambos sistemas académicos, aunque no sea tan fácil ese cruce. Por un lado el acceso a la publicación se abre y tienen algunas oportunidades adicionales pero viene con su costo, que desafortunadamente no siempre se reconocen esas publicaciones al mismo nivel que las estadounidenses. Es bastante complejo este tema porque en Estados Unidos existe una jerarquía en las publicaciones, que uno aprende a manejar, pero que no necesariamente incorpora un sistema mundial de publicación.

No sé qué es la crítica «meramente estadounidense». Si es «American Studies» y cómo representa lo estadounidense, entonces la brecha más grande es con este campo porque todavía no ha llegado a desarrollarse lo suficiente para incorporar a lo chicano/a o lo afro-estadounidense lo suficiente, porque se tratan como áreas separadas en vez de incorporarlas a lo que se considera lo estadounidense. La brecha es aún más grande con México. En Estados Unidos, por ejemplo, no es como en México que se estudian las letras de una forma más amplia para incluir obras de distintos lugares. La literatura mexicana se estudia en departamentos de español o en traducción en programas de literatura comparada y la literatura mundial.

¿Qué pasa con el cine, que sé que te interesa mucho, como una producción cultural que participa también en este tránsito? Quiero decir, ¿cómo lo pensamos y por qué nos cuesta tanto trabajo adjudicarlo a un cierto territorio? 

Nunca existió una forma concreta para clasificar el cine nacional y ahora es aún más difícil medir estos parámetros, ya que la producción cinematográfica se ha dispersado para incluir a diferentes países. En vez de contestar con una explicación concreta, me parece más útil presentar una serie de preguntas: ¿Clasificamos una película por la nacionalidad del/ de la directora/a? ¿Quién es el creador de una película cuando se incorporan tantas personas en su producción? ¿Cuál es el papel del guionista? ¿Es importante que la temática cinematográfica sea nacional para clasificarse de tal forma? No podemos contestar estas preguntas de manera sólida y de allí surge la complejidad del tema. El cine es un producto mundial que incorpora un equipo internacional y el financiamiento de distintos países. Me detengo a explorar algunas de las preguntas fundamentales para mi investigación: ¿Qué pasa cuando un emigrante dirige una película en otro país? ¿Forma parte del cine nacional de su país de origen? No creo que haya una respuesta fácil a estas preguntas y me detengo en una figura importante al cine mexicano, Alfonso Cuarón.

La última polémica sobre Gravity me ha parecido fascinante porque surgieron generalmente dos reacciones opuestas a su inclusión a un cine nacional mexicano y ambas respuestas me parecieron mostrar un chovinismo nacionalista. Por un lado, se celebraba el éxito de la película por la nacionalidad de su director y fácilmente se incluyó la película dentro de un canon cinematográfico mexicano. El resultado de esta reacción al Oscar que se ganó el director es de borrar ese cine que sí se produce en México y que sí muestra temas mexicanos. Fue importante en este sentido que el mismo director declarara que Gravity no era una película mexicana para poder reconocer el espacio de ese otro cine. La otra respuesta parece un eco de Cuarón pero es más complicado al decir que la producción de este director mexicano no forma ninguna parte de lo que es el cine nacional mexicano. En la superficie puede parecer que es una respuesta que reconoce los procesos globales pero termina siendo una imposición de lo nacional como algo territorial y definido. Sale el chovinismo nacionalista otra vez al imponer una clasificación estricta de lo que es lo nacional, y que rechaza las contribuciones de los emigrantes que salen a mejorar sus situaciones de trabajo. Prefiero entenderlo yo como un espacio gris, tomando en cuenta que este director mexicano ha logrado entrar al cine hollywoodense, que implica un acceso mundial que no deja de ser mexicano por completo. Este poder que ha logrado Cuarón es importante porque incluso le ha dado la voz para cuestionar al presidente Enrique Peña Nieto sobre la reforma energética. La noticia sobre las diez preguntas de Cuarón circuló mundialmente en revistas y periódicos como Forbes, The Guardian, and US News.

¿Y la literatura? Es evidente que la literatura de frontera, que se escribe desde ambos lados, trata directamente las problemáticas de un ir y venir, o en muchas ocasiones sólo de un «ir». Pero, ¿qué pasa con la que se escribe en los Estados Unidos y que en gran medida no se lee en México, o incluso diría yo, se ningunea? ¿Dónde está la herida o la brecha que las separa?

Contesto con una anécdota personal que no tiene nada que ver con la literatura. Hace años decidí preguntarle a mi abuelo mexicano si yo era pocha y su respuesta fue inolvidable.

‒‒Tú sabrás.

Mi abuelo sabio no quiso contestar lo obvio sobre su nieta gringa-mexicana porque sería una respuesta dolorosa para una pregunta innecesaria.

Se rechaza y se ningunea lo que no se entiende, pero esto va cambiando porque tanta gente mexicana ha sido afectada por la migración, aunque sea de un ser querido o de un amigo. Ya no es un proceso cultural que afecta a cierta clase social porque la violencia ha impulsado a muchas familias de clase media y alta a buscar refugio en los Estados Unidos. Estos procesos se van reflejando en la cultura y con el tiempo espero que se lea más literatura chicana en México.

Finalmente me gustaría que ahondáramos un poco en la manera en que pensamos la crítica, sobre todo teniendo en cuenta nuestro territorio de enunciación. ¿Crees que haya una diferencia, una «sana distancia» al momento de ver desde acá hacia allá o viceversa?

No sé si haya una «sana distancia», como dices tú. Muchas veces estamos limitados por nuestra formación y nuestros prejuicios sobre «el otro lado». Una trampa que veo de ambos lados es de juzgar la manera que se hace la crítica en el país vecino y lo que implica es que «nosotros lo hacemos mejor». Juzgar la diferencia de tal manera limita nuestra capacidad de entender cómo se analiza la producción cultural y cómo funciona la academia en el otro lado. Si aceptamos que todos estamos limitados por nuestras circunstancias, nos abrimos al diálogo y al aprendizaje. Es por esto que el diálogo es necesario para romper con estas barreras. No quiero sonar utópica sin dejar de ser optimista sobre el futuro académico.

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Christina L. Sisk (El Paso, 1974). Es la autora de Mexico, Nation in Transit: Contemporary Representations of Mexican Migration to the United States (University of Arizona, 2011), que se enfoca en las representaciones culturales de la migración mexicana a Estados Unidos y profesora del departamento de Hispanic Studies en la Universidad de Houston. Está en proceso de escribir un segundo libro titulado The Criminal Alien.

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