Crítica de narrativa

Nadine (algo más que una novela porno), de Pablo Paniagua

Pablo Paniagua

Pablo Paniagua
Nadine (algo más que una novela porno)
Sediento Ediciones
México, 2014

 

Por Luis Bugarini

Espirales de la identidad

 

El dadaísmo no agotó la estética del extremismo. Aún hay espacio para la trasgresión y el claroscuro que incomoda. «Las vírgenes no curan la sífilis», escribió Francis Picabia. Pintarle bigotes a La Gioconda terminó como un acto pueril. Nos queda el consuelo de que la moral es un gabinete de curiosidades interminable, lo mismo que las opciones para ponerlo de cabeza. Las buenas conciencias, que jamás se alejan de la opinión a quemarropa y la condena sin examen, buscan su refugio en alejar la vista de los aspectos perturbadores que nos aniquilan, estremecen o llaman a la clarividencia. Resignación, ante todo.

Pablo Paniagua escribió la novela que Alex de la Iglesia y Quentin Tarantino se arrebatarían por llevar al cine: Nadine (algo más que una novela porno). Una esperpéntica secuencia de acciones aderezada con los comentarios de quien la escribe. El autor, según da vida a sus golems, glosa tal o cual aspecto de su creación. Bob Ross pintando un horizonte de pinos o Víctor Frankestein que nos explica, a la manera de un reality show, cómo logró coser los miembros del monstruo y dónde los halló. La «antinovela del futuro», como bautiza el narrador a su tentativa literaria, es un remanso para quien busca ese libro que se atreve a cruzar las fronteras de lo indecible y con ello crear una historia estrambótica y despeinada, que ganaría la celebración entusiasta de los decadentes fin de siècle —porción de láudano y absenta incluidos— y también de los punks de Piccadilly Circus.

Esta forma narrativa en espiral continúa la tradición de novelas que se comentan mientras desnudan sus páginas, o luchan para no ser escritas —en nuestras letras Salvador Elizondo es un practicante de este cruce de miradas, lo mismo que Josefina Vicens en El libro vacío—, pero lo que hace Paniagua es ovacionar este ejercicio con tantas penetraciones anales y escurrimientos de semen que no es difícil que el lector mismo termine desangrado. Aquí la identidad, además, es un vestigio del pasado. Más allá de su carácter trasgresor, que puede tenerlo o no, según las prácticas de su lector potencial, Nadine transcurre ante nuestros ojos impávida y las risas o muecas de asco son infinitas. El humor negro le da cuerda y pocos terminarán su lectura. Es fácil que alguien se fastidie con los comentarios del narrador, los desdoblamientos de identidad del personaje, todos inexplicables y retozones, o los destellos de una sexualidad que no se parece a la suya. El ejercicio de la diversidad aún es una victoria contra la inmovilidad.

La novela reclama su estirpe en el primer John Waters y Divine, ese personaje que desbordaría a cualquier psicoanalista, que la leería sentada en un escusado de gasolinera. El primer Almodóvar, autor de Patty Diphusa y sacerdote de la sexualidad atribulada de la Movida madrileña, contrataría a una joven Carmen Maura para ser otra prostituta. Luego tendría tiempo de arrepentirse. Un espectáculo similar sería imposible en la literatura mexicana, de rostro grave, angustiada por el Zeitgeist de los pueblos indios y la fugacidad de los homenajes, que nunca serán tantos porque siempre tendremos otro muerto. Nuestro humor es facilón, pende de la anécdota efectista —lo mismo en Salvador Novo que en Ibargüengoitia—, y es raro que no termine en un cruce de albures, esa puerta falsa hacia la autofagia. Paniagua rescata de la tradición española la picaresca y esa tipología del sarcasmo que termina en una bofetada. Y más: se quita a tiempo para evitar una respuesta. Relato que es match de box en donde los personajes terminan noqueados, el lector sorprendido y el autor perplejo ante su hallazgo. Win-win para todos excepto para la infortunada Nadine original, que termina sin nariz y consumida por las llamas.

Nadine es la historia que todo espíritu trasgresor desearía leer en la adolescencia, pero a ninguno intentar sobrevivir en carne propia. Quizá no lo logren. No todas las puertas abren.

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Luis Bugarini (ciudad de México, 1978) es escritor y crítico literario. Realizó estudios de Derecho y Letras hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cursó el diplomado en la Escuela Dinámica de Escritores, en donde fue becario, y el certificado en Teoría Crítica del Instituto 17. Textos suyos han aparecido en suplementos culturales del país —El Ángel, Performance, La Nave, Crónica Cultural—, en revistas electrónicas —AedaeSpiral—, y en impresas como Letras LibresIstor, Replicante, La Tempestad y Nexos, de la que es colaborador regular desde 2006, y en donde alimenta un blog de autor hospedado en el sitio web de la revista: asidero.nexos.com.mx

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