Criticar la crítica/De ida y vuelta/Entrevista

Crítica, teoría y literatura: de ida y vuelta | Entrevista con Juan Villoro

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Juan Villoro

¿Dónde está la delgada línea entre la creación y la crítica? ¿En qué consiste esa tan discutida división? ¿Es realmente una división? Estas son solamente algunas de las preguntas que surgen cuando estás frente a alguien como Juan Villoro, cuya obra se ha posicionado en prácticamente todos los géneros conocidos, y en muchos que, podría decir, no conocíamos. En esta entrevista, platicamos sobre este diálogo entre crítica y literatura, desde una perspectiva que es más de autor que de crítico. La brillante postura de Juan sobre su propia literatura, la literatura de los demás, y sobre el comentario crítico, nos hace ver una posible respuesta a algo que seguimos discutiendo: la creación y la crítica no son tan distintas, quizá solamente se alimentan de los mismos materiales, pero se vierten en recipientes diferentes.

La crítica opera en el sistema del escritor como un estímulo para sus propias fabulaciones, la manera en que entiendes la literatura es también la manera en que inventas tu propia obra, aún y cuando, al hacerlo, ya te metas en una zona un poco sonámbula, porque creo que es muy peligroso que el escritor tenga una concepción muy razonada de sí mismo. La crítica estimula mucho la concepción de la literatura, pero una vez que empiezas a escribir, lo haces desde la intuición y desde un estado en donde le das más peso a las sugerencias y a las conjeturas que a las certezas.

Por Bruno Ríos

Para iniciar, me interesa que me platiques un poco qué pasa, tras la muerte de José Emilio Pacheco, con la literatura mexicana contemporánea, ¿cómo seguimos o qué sigue? ¿Cuál es el estado de las cosas desde tu perspectiva?

Es un momento muy complejo porque, no es sólo la muerte de José Emilio Pacheco que por supuesto deja un vacío muy grande, sino también las muertes previas de escritores extranjeros que vivían en México como Álvaro Mutis y Juan Gelman, figuras decisivas de la cultura mexicana. Hace apenas unos años murió por ejemplo Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Carlos Montemayor, Federico Campbell más recientemente; ha sido un período de orfandad en la cultura mexicana, e incluyo en esto a algún periodista, como alguien tan importante como Miguel Ángel Granados Chapa. Se han perdido, pues, señas de referencia, es como un paisaje vacío, o pensando en términos náuticos, como una costa en donde los faros se van apagando. Desgraciadamente esto ha afectado muy fuerte en los últimos tiempos.

Pero entonces ¿cuál es el panorama? ¿Qué pasa con los jóvenes escritores o con los jóvenes críticos?

Yo creo que la generación inmediatamente posterior a la de José Emilio Pacheco, la de quienes ahora tienen desde 60 a 70 años, no es una generación particularmente propositiva dentro de la literatura mexicana; y la mía todavía está por probarse. Yo tengo muchas esperanzas en las generaciones que vienen abajo, me parece muy interesante lo que están haciendo escritores mucho más jóvenes, pero evidentemente todavía no están ocupando el espacio de alguien como José Emilio Pacheco. Me interesa mucho por ejemplo lo que hace con el cuento Guadalupe Nettel, me gusta muchísimo Álvaro Enrigue como ensayista y novelista, gente aún más joven como Valeria Luiselli que es muy propositiva, en la poesía María Rivera, Luis Felipe Fabre, Hernán Bravo Varela, Antonio Ortuño en la novela. Pero aun así creo que es un panorama un poco desierto.

¿Y qué pasa contigo? Quiero decir, creo que tras la muerte de José Emilio, tú te has convertido en lo que yo consideraría el autor más importante de este panorama, ¿qué significa esto para ti?

Mi generación sintió cierta sobrecarga y cierta saturación ante los temas de participación social y colectiva. Si la generación de los que fueron miembros del movimiento del 68 y de alguna manera fueron también sus herederos, es decir, la generación de Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Hugo Hiriart, el propio Federico Campbell, trataron de hacer revistas, editoriales, empeños colectivos, mi generación desconfió, y obviamente estoy generalizando, de las búsquedas colectivas y optó más bien por tentativas individuales.

Entonces creo que entre la gente de mi generación hay personas que han hecho cosas notables en la poesía como Fabio Morábito, Coral Bracho, o Luis Miguel Aguilar, gente que se ha dedicado de manera muy interesante a la crítica de arte desde la literatura como Jaime Moreno Villarreal o Alberto Ruy Sánchez, o Alberto Blanco también; gente que ha hecho divulgación científica como Carlos Chimal; novelistas muy interesantes como David Toscana. Pero una característica común a casi todos los libros de mi generación es la poca o casi nula participación en las discusiones sociales. Muchos de estos autores trabajan muy bien en algún género preciso, Pancho Hinojosa en el cuento infantil por ejemplo, pero no siempre hay una percepción de ellos en un sentido más amplio, y creo que esto también ha limitado que se les conozca mejor. Pero bueno, los que hacemos periodismo y al mismo tiempo escribimos ficción, de alguna manera hemos tenido una mayor centralidad porque no hay muchos autores de mi generación que intervengan en la discusión social. Digo, todo el mundo está en su derecho de prescindir de opinar o pronunciarse sobre las cosas que están pasando en México. Somos pocos, como Sergio Gonzáles Rodríguez y algunos cuantos más, que de pronto hablamos de los temas de los que antes hablaban Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis o José Emilio Pacheco. Quizás esto nos ha dado una centralidad que no necesariamente tiene que ver con una mayor calidad de la obra, sino con una posibilidad de interlocución social más amplia.

¿Crees entonces que el autor, o el crítico, tenga una cierta responsabilidad de participar en esta discusión, o es solamente una decisión personal?

Para mí es muy claro que es una decisión personal que corresponde con una ética individual, el enfrentar temas sociales y pronunciarse al respecto. A mí me parece por otro lado completamente legítimo que un poeta viva en una torre de marfil y escriba magníficos poemas místicos o amorosos, o que haga extraordinarias obras del teatro del absurdo, o que haga una investigación erudita sobre la crónica en el siglo XIX. Yo creo que en eso no debemos de exigirle al autor. En lo personal, creo que un país con tantas desigualdades sociales, con una asimetría muy grande en el acceso de la letra, donde hay muchas personas que son analfabetas, otras que son analfabetas funcionales, que pueden leer los nombres de las calles pero poco más, me parece que la persona que se dedica a escribir y que puede vivir de esto tiene una responsabilidad añadida porque domina una forma de la dificultad, o sea, no todo mundo tiene acceso al objeto libro, que es un objeto complejo, muy rico en significados. Me parece que en un país como el nuestro, alguien como yo, y lo asumo a título personal, debe hacer comentarios de su realidad. Por otra parte, como yo escribo crónica, que a fin de cuentas la crónica es parte de entender la realidad, trato de entenderla y comentarla, por lo que a mí me parece muy natural hacer esto.

Está también, por otro lado, Rafael Pérez Gay, Sergio González Rodríguez, Guillermo Fadanelli que es un poco más joven que nosotros, pero son pocos los que se involucran en la discusión social.

¿Dónde crees que está esta delgada línea entre el crítico y el autor, y en qué consiste esta diferencia o esta línea?

La crítica es en sus mejores momentos una forma de la creación literaria. Hay escritores que aprecio mucho cuya obra de creación es inseparable de sus comentarios críticos. Pienso por ejemplo en Borges, o en Piglia, en Sergio Pitol, que son autores que no solamente te interesan por lo que han escrito sino por lo que han leído y lo que han comentado. Cuando a mí me interesa mucho un escritor, sea quien sea, de inmediato quiero saber cuáles son los libros que lo han afectado. Muchas veces los autores carecen de una obra que explicite estas pasiones o fervores literarios, el caso de Hemingway por ejemplo, que es un autor que evidentemente leyó mucho y muy bien, pero que no escribía ensayos y que tenía una actitud anticulterana; un poco para protegerse del gran público se convertía en un personaje que sólo le interesaba hablar sobre cacería, de box o de mujeres, pero obviamente era una pose protectora. Aún en escritores así, me interesa mucho tratar de averiguar qué fue lo que leyeron y cómo los influyó esto. Por eso a mí me interesan mucho los libros de ensayos, y yo en lo personal he escrito dos libros de ensayos hasta la fecha, próximamente publicaré un tercero, y me interesa también transmitir esta manera de entender la literatura, que creo que es decisiva para lo que yo hago.

La crítica opera en el sistema del escritor como un estímulo para sus propias fabulaciones, la manera en que entiendes la literatura es también la manera en que inventas tu propia obra, aún y cuando, al hacerlo, ya te metas en una zona un poco sonámbula, porque creo que es muy peligroso que el escritor tenga una concepción muy razonada de sí mismo. La crítica estimula mucho la concepción de la literatura, pero una vez que empiezas a escribir, lo haces desde la intuición y desde un estado en donde le das más peso a las sugerencias y a las conjeturas que a las certezas.

Sí, estoy completamente de acuerdo. De hecho, hay una idea que ha surgido en mis propias pláticas con críticos y autores, que es la de que cuando un autor, sobre todo un poeta, cuando es crítico también o cuando empieza a pensar en teoría crítica y quiere volver a escribir literatura, hay una trabazón, como un choque contra una pared. ¿Es por esto mismo que tú estás diciendo?

Sí, yo creo que es muy importante tener una idea de la literatura, creo que no hay manera de escribir sin tener no solamente una experiencia de lector, sino una valoración bastante clara de lo que has leído. Tener una idea de la literatura es central a tu experiencia como escritor. Pero la paradoja, a mi modo de ver, es que es muy peligroso escribir de acuerdo a esa idea de la literatura, es decir, vale la pena razonar el mundo de lo escrito, pero una vez que tú escribes es peligroso que lo hagas tratando de seguir un método o un modelo según lo que tú has leído. ¿Por qué? Porque uno de los grandes asombros del proceso creativo es que muchas de las cosas que van apareciendo son ignoradas por el propio autor, ya que van apareciendo por el propio diálogo de los materiales. Digamos que para encontrar el camino te tienes que perder primero. Una vez que te extravías, te dejas ir, encuentras el camino, te confundes de tren en una estación y tomas un tren que no pensabas tomar, y probablemente ése es el que te lleva a la ruta espiritual que necesitabas.

Esto es complejo porque, un escritor como James Joyce, tiene una idea bastante clara de la literatura desde el principio, escribe obras bastante canónicas, y muy buenas y renovadoras de un modo tímido, como Retrato del artista adolescente, que es una educación sentimental, Los exiliados su obra de teatro, música de cámara, su poesía, y yo creo que él mismo no está plenamente consciente de lo que va a hacer después con el Ulises. Y en el larguísimo proceso de construcción del Ulises, el primer sorprendido es él mismo, es decir, todo autor verdaderamente renovador está escribiendo en una variante literaria que él mismo ignora, y que en algunos casos esto es muy claro: el caso de Gogol en la literatura rusa, o de Cervantes en la española, o de Defoe en la inglesa, que están escribiendo un género que todavía no existe para ellos que es la novela contemporánea. Eso es muy interesante, cómo un escritor es capaz de adentrarse en un género que él mismo ignora. Ahora, eso sólo se puede hacer si, teniendo una idea de la literatura, la suspendes para atreverte a hacer algo a través de ciertas intuiciones que tú tienes. Hay que tener un orden para leer el mundo y un desorden para escribirlo.

Ya para terminar, me interesa mucho la figura del testigo, no solamente en tu novela del mismo nombre, sino en la totalidad de tu corpus literario. En tu propia posición como autor, ¿cómo ha sido este proceso de ya no ser solamente un testigo, que hasta cierto punto es partícipe de la acción, sino de ser ahora un protagonista de la escena literaria?

La verdad es que yo no escribo pensando demasiado en lo que ya he hecho, en lo que voy a hacer, en la forma en que puedo ser visto, por supuesto que a través del tiempo tienes más respuestas de lo que has escrito, sabes que ya cancelaste ciertas vías porque ya las transitaste. A mí me preocupa más que nada la posibilidad de repetirme a mí mismo y que se agote la fuente. Es una cosa que le oí decir a Fogwill, el escritor argentino, a propósito nada más y nada menos de Vargas Llosa que es un escritor torrencial, muy prolífico, pero él decía «a todo escritor se le acaba la fuente». Las novelas que escribe hoy Vargas Llosa, son un ejemplo de ello, son mucho más delgadas desde el punto de vista de la tensión intelectual que las que escribía cuando empezó su trayectoria; es un escritor mucho más convencional, y mucho menos arriesgado. Y en parte esto viene del agotamiento que puede tener la fuente. Esto lo ves muy claramente por ejemplo en las retrospectivas de ciertos pintores, que a partir de una época encuentran un estilo y lo recuperan hasta que se acaba. Eso no parece tan grave porque la obra de un pintor suele ser dispersa, va para muchos lados, pero cuando se reúnen las obras pareciera que hay variaciones mínimas sobre un mismo tema. A mí eso me preocupa mucho, y tiene que ver con una tensión al interior de mi propia obra, no tanto en cómo me vean a mí o que si «yo soy más protagonista de la literatura y se espere cierta cosa de lo que estoy haciendo», sino más bien el posible agotamiento de los recursos. Quizá para curarme de esto, he acudido al cambio de método, lo cual no sé si es realmente un método o una simple superstición, pero tengo la impresión de que cuando escribo un libro para niños después de haber escrito una novela para adultos, o un ensayo después del libro para niños, o una obra de teatro después del ensayo, no puedo seguir avanzando con el mismo impulso adquirido, y tengo que cambiar de códigos, someterme a otras tensiones y otros desafíos. Es entonces una manera en la que yo estoy luchando con esto: mi verdadero enemigo es la reiteración, el que se acabe lo que tengo que decir, y eso me parece más preocupante.

Claro, al cambiar de género se asumen riesgos, por ejemplo empecé a escribir teatro después de los cincuenta años. Pero también me pareció absolutamente fascinante ser principiante en un género, que es una de las maravillas que pierdes. Cuando eres principiante lo que quieres es publicar por primera vez, y tener una cierta trayectoria, y luego poder publicar un segundo libro. Pero una vez que has hecho este camino, extrañas la posibilidad de que todo sea nuevo, la posibilidad de ser aprendiz. Esto tiene riesgos porque evidentemente hay muchas cosas que no dominas, y obviamente no será bien recibido lo que hagas porque en general al ambiente cultural la diversidad lo desconcierta. O sea, si Fito Paez, el músico de rock dirige una película, la gente lo ve con desconfianza, que hizo algo que no es de él; o si Woody Allen publica un libro, bueno, a fin de cuentas lo suyo es el cine. En el caso de la literatura, lo que yo estoy  poniendo como ejemplo son cambios menores porque no es pasar de una forma del arte a otra completamente distinta, sino simple y sencillamente cambiar de género. Pero aun así, no siempre es fácil que esto se acepte. La verdad es que a mí lo que me importa es combatir al enemigo interno, y el enemigo interno es, no tanto el silencio, sino la rutina: el convertirte en una repetición de ti mismo, el ser un poco tu propio personaje.

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2 pensamientos en “Crítica, teoría y literatura: de ida y vuelta | Entrevista con Juan Villoro

  1. Pingback: Juan Villoro en Frontal - Los Herrajeros

  2. Gracias Juan, gracias por tu sinceridad en como te ves, leo y la pongo al paralelo con la pintura, con el pintor, conmigo.

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