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Estamos hechos de palabras y las cosas también: una lectura contracultural a Palinuro de México a la luz de la literatura mexicana de los sesenta

palinuro

Iván Eusebio Aguirre Darancou

Washington University in St. Louis

 

As a myth, however, and particularly as a myth

with a valuable psychological interpretation,

Palinurus clearly stands for a certain will-to-failure

or repugnance-to-success, a desire to give up at

the last moment, an urge towards loneliness, isolation

and obscurity. Palinurus, in spite of his great ability

 and his conspicuous public position, deserted

his post in the moment of victory  and opted

for the unknown shore.

Cyril Connolly, The Unquiet Grave

Desde la publicación de Onda y Escritura de Margo Glantz en 1971, la literatura mexicana de la década de los 1960 y 1970 se ha visto encasillada, para bien o para mal, en los términos tan estrechos de la «Onda», emparentada con la juventud rebelde y egocéntrica que consumía sexo, drogas, rock’n roll, y la «Escritura», definida por un ímpetu de escribir la literatura desde la literatura misma al tensionar el lenguaje y buscar nuevas formas de expresión inspirándose en movimientos franco y anglófonos.[1] Más allá de la corta visión estética de Glantz, que ha sido criticada ampliamente, tanto por los mismos escritores que encasilló como por la academia, es necesario volver a su texto y reconocer su impacto en la lectura de obras dentro de la etiqueta de «escritura», obras que han seguido siendo leídas desde esa óptica estética. El problema fundamental con el legado de Glantz en la recepción, tanto académica como cultural, de los textos sesenta y setenteros radican en que el enfoque estético niega rotundamente la politización de los mismos, invitando a lectores a despolitizar(se) la lectura y textualizar la literatura como en ejercicio meramente estético, artístico y experimental.[2]

Para contestar y complementar esta lectura, iniciaré las siguientes páginas de esta lectura recuperando una idea del teórico y crítico peruano José Carlos Maríategui, quien en sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, específicamente en el que dedica al proceso de la literatura como fenómeno social-nacional fruto de una ideología particular, exhorta al crítico a considerar cómo

Para una interpretación profunda de espíritu de una literatura, la mera erudición literaria no es suficiente. Sirven más la sensibilidad política y la clarividencia histórica. El crítico profesional considera la literatura en sí misma. No percibe sus relaciones con la política, la economía, la vida en su totalidad. De suerte que su investigación no llega al fondo, a la esencia de los fenómenos literarios (221).

Para comprender entonces textos como Farabeuf o crónica de un instante de Salvador Elizondo (1965),[3] Larga sinfonía en D o había una vez de Margarita Dalton (1968)[4] o Palinuro de México de Fernando del Paso (1975),[5] materia central de este ensayo, es necesario recuperar las propuestas estético pero sobre todo filosófico-políticas de los textos a partir de las conexiones con un entorno particular. Partiendo de acercamientos como los de Ignacio Sánchez-Prado, quien lee Palinuro de México como una propuesta de crear una nueva subjetividad política en el México contemporáneo,[6] y yendo en contra de la lectura «glantziana» y despolitizada como las de Lilian Bendayán, donde las estrategias literarias usadas por Del Paso «diluyen lo narrado en palabras y la morosidad narrativa generada parece suspender toda acción, todo movimiento, todo cambio, todo tiempo» (64)[7], me propongo en las siguientes páginas llevar a cabo una lectura politizada de Palinuro de México a partir del lente de la contracultura como herramienta crítica y viéndolo como una continuación de la reflexión revolucionariamente política de los años sesenta en México y en el mundo.

Tomando en cuenta que Fernando del Paso escribe Palinuro de México entre 1966 (año en que publica José Trigo) y 1975, y que sus lugares de escritura son México D.F, Iowa y Londres (en un cosmopolitismo material y no idealista), enfocaré mi análisis de la novela como una propuesta contracultural que se nutre de la experiencia urbana moderna forjada en la década de los sesenta que vio el desarrollo industrial y tecnológico de la post-guerra. Para lo mismo, utilizaré una definición de contracultura en un ámbito filosófico-político y no descriptivo socialmente, donde la reflexión acerca de las revoluciones sesenteras se ha madurado teóricamente hasta concretarse en el espacio del individuo en su existencia material; en otras palabras, la contracultura en mi definición consiste en una revolución social que únicamente puede iniciarse en el nivel individual para evitar los peligros de crear nuevos regímenes autoritarios o invitar a la represión estatal.[8] Analizaré Palinuro de México como la maduración de un pensamiento revolucionario urbano y globalizado, en términos estéticos pero también materiales, que inicia en la década de los sesenta y apuntaré en las novelas Farabeuf  y Larga Sinfonía en D, ambas novelas que buscan romper con un establishment, de la literatura como institución en el primer caso y de las instituciones en general en el segundo.[9]

La contracultura no es una descripción de movimientos marginales que se definen en contra de un establishment o una cultura dominante específica, como la definición que José Agustín hace en su libro La contracultura en México.[10] Theodore Roszak establece que la contracultura norteamericana se compone de jóvenes que comprenden la revolución como una batalla psíquica más que social[11]. En este sentido, se define a partir de estar en contra no sólo de una serie  de instituciones materiales (Estado, editoriales, literatura) sino también inmateriales que están dentro de los sujetos sociales occidentales. Es decir, la contracultura podría entenderse como contraCultura, donde Cultura es la idea de la cultura, producto «natural» de cualquier sociedad, como institución organizada y controlada. Por otro lado, Gila Hayim señala cómo «the regaining of ‘authentic experience’ amounts to the undoing of culture. It is first of all a disengagement from that form of socialization that endorses a ‘shared solution’ predicated, as we have noted earlier, on the structure of violence».[12] La contracultura pone la experiencia su(b)jetiva y materialmente auténtica por encima de alguna definición esotérica o finalmente mediada por el lenguaje;[13] otra voz contracultural que diversos críticos como Sánchez-Prado y Robin Fiddian han señalado fundamental para la escritura de Palinuro de México es Herbert Marcuse, quien tuvo amplio impacto en México en los sesenta.[14] Los ejes contraculturales que analizaré en Palinuro de México serán entonces la revolución individual por encima de la revolución institucional, misma que hace del cuerpo el espacio concreto del cambio; el lenguaje como un espacio de control social que empuja a una revolución (contra)cultural del lenguaje; la presencia y uso de drogas como catalizadores de la revolución al llevar a cabo cambios contraculturales en el cuerpo mismo, cambiando así la experiencia su(b)jetiva; y la problematización y rechazo de la noción moderna y freudiana del sujeto occidental como individuo.

El uso en la literatura de sustancias alteradoras de conciencias, especialmente en los contextos de los años sesenta y setenta, ha sido estudiado muy poco, sobre todo en relación a las propuestas contraculturales de enfocar la subjetividad y la conceptualización de la vida a partir de la experiencia misma del individuo. En Palinuro de México aparece no sólo el consumo de sustancias como marihuana, dietilámida de ácido lisérgico o anfetaminas, sino sobre todo una reflexión precisa de los cambios que suceden al interior del cuerpo y mente del consumidor.[15] Estos cambios hacen que Palinuro se «libere» de preconcepciones culturales y alcance cierto grado de conciencia crítica que los personajes de la Onda canónica (Gabriel Guía, Menelao) no alcanzan con su consumo. Walter Benjamin señala «how deeply certain powers of intoxication [Rausch] are bound to reason to its struggle for liberation» (145).[16] Palinuro y Estefanía toman estas sustancias en el cuarto de Santo Domingo, un espacio separado momentáneamente del espacio urbano modernizado y modernizante que es México D.F al mismo tiempo que un espacio contenedor del mundo entero.[17] Esta modificación de su conciencia, aunado con una serie de reflexiones sobre el lenguaje que la Tía Luisa les enseña desde pequeños, los motiva a romper, como veré más adelante, con preconcepciones del cuerpo y del lenguaje.

Cuando Estefanía y Palinuro están en su cuarto hacen viajes que, con el contexto previo de la mención casi perdida en la verborrea de texto que es la novela, deben ser leídos como viajes psicodélicos. Y dicen

es cierto que cada vez que hacíamos un viaje los objetos, cuando recuperaban su peso, descendían nuevamente en nuestro cuarto. Pero también es cierto que nunca, o muy rara vez, caían en el lugar que ocupaban antes […] lo que es más difícil, casi imposible, es que las cosas vuelvan a ser lo que han dejado de ser o dejen de ser lo que han llegado a ser (648)

La reconceptualización que Palinuro y Estefanía hacen de su mundo, de su propia concepción de la realidad a partir de una filosofía es suscitada por estos viajes y debe ser comprendida como tal; con esto Palinuro de México se acerca más a una novela de la Onda, como señala Espinosa-Jácome, que a una novela de la «escritura», como ha sido comprendida.[18] Ahora bien, Del Paso es crítico del uso de drogas como escapismo y aunque Palinuro y Estefanía toman las sustancias en el cuarto donde están la mayor parte de la novela, al final salen a la Plaza y el parque con un amigo y le comparten su visión, misma que es incapaz de comprender simplemente leyendo llanamente la novela. Del Paso rechaza el escapismo como única salida y propone un diálogo con el resto de la sociedad, pero exige un diálogo que reconozca como válida las posturas lúdicas y liberadores suscitadas por el consumo y el cuestionamiento de la realidad.

El segundo viaje que quiero señalar de la novela, sucede cuando Palinuro, Molkas y Fabricio (cuyo desdoblamiento resulta por demás interesante y será tratado más adelante en este mismo contexto de conciencias alternativas) se aventuran hacia la cueva de Caronte. En una conversación que se funde en una voz, los amigos discuten la lista de objetos necesarios para el viaje  antes de partir: «‘Ah, lámpara de cabeza, vértebra, papel, lápiz, costillas, mariguana…’ ‘¿Quién escribió aquí: ‘mariguana’?’ ‘Yo’, confesó Palinuro. ‘No hace falta. En el panteón de Dolores se da silvestre, como los cacomites y las caléndulas» (800). La parodia que se lleva a cabo de la historia y los héroes nacionales, desde Benito Juárez hasta Cuauhtémoc, con los huesos que se encuentra Palinuro en la cueva es entonces motivada por esta conciencia alternativa; el humor es humor, pero es humor catalizado por una sustancia. La parodia a la nación no se lleva a cabo de una postura simplemente erudita en el contexto de la novela, sino particularmente desde la postura de un desdoblamiento en personajes por demás lúdicos que además consumen drogas, cuestionando aún más no sólo los valores nacionales imperantes sino también las posturas críticas que participan en la lógica de la «seriedad.»

Sin embargo, hay que señalar que Del Paso plantea en Palinuro una postura madura y crítica hacia este consumo. Por un lado señala cómo las drogas pueden y serán usadas para controlar poblaciones y potenciales revoluciones sociales: «harán olvidar a los jóvenes y […] las drogas antimotines que serán empleadas contra los revolucionarios del futuro» (728).[19] En la novela, el personaje que más habla del consumo de drogas, en las citas anteriormente mencionadas, es el primo Walter, desdoblamiento de Palinuro que materializa la erudición, la retórica (el chaleco de rombos) y una politización que no se enfoca en asistir a manifestaciones o luchar contra el Estado abiertamente. Es además Walter el que deja a Palinuro un regalo de marihuana que, en el primer encuentro con Palinuro, se menciona como algo que compartirán después (74).

Walter apunta en su crítica a las drogas a uno de los fundamentos de la contracultura como postura filosófico-política y no simplemente actitud marginal; Roszak habla de la objective consciousness como una actitud filosófica nacida de la ilusión moderna del cogito ergo sum que sitúa al ego como el punto de partida de la conciencia, un ego cortado del resto del mundo que es objetivo.[20] Porque

¿de qué sirve un mundo único y personal, Palinuro, cuando se supone que hemos nacido para compartir nuestra vida y apacentar juntos nuestros sueños, cuando se supone que estamos aquí no sólo para compartir los caracoles y la cerveza sino también nuestras risotadas, nuestras guerras de colores y nuestras filosofías huecas (265).

Aquí reaparece la crítica que Walter hacía al consumo de drogas como algo que se queda en un «a nadie más» donde los «descubrimientos» o epifanías no se comparten. Por lo mismo, el hecho de que Palinuro consuma ácido lisérgico con Estefanía, de que comparta las experiencias con ella y con sus compañeros (aunque sean posibles desdoblamientos de él mismo) y que finalmente quieran hablar con su amigo anónimo, aunque éste los rechace, apunta hacia esta concepción de la conciencia alternativa como algo que no puede ser individual, al menos no finalmente y en términos políticos. En este sentido también la inclusión de referencias externas a México, a pesar del título geográficamente específico que Del Paso utiliza, hacen que tanto el personaje principal como la novela en su totalidad se entiendan a partir de esas conexiones establecidas con la cultura occidental en su totalidad. En la misma línea, en Larga Sinfonía en D, publicada en 1968, Margarita Dalton finaliza la novela con una separación textual del flujo de conciencia de los tres personajes en tres columnas que son esta separación del resto de la existencia en la conciencia objetiva. Sin embargo, al final y tras llegar al rechazo de la misma, las tres columnas se funden en una experiencia colectiva que apunta hacia este compartir de mundo al que que Walter/Palinuro invita, a la par de una destrucción o al menos desestabilización de la noción de sujeto moderno occidental.

Resulta significativo notar que en Palinuro de México se menciona a Spinoza varias veces de manera explícita pero no a Descartes; igualmente significativo resultan las reflexiones que Palinuro y Estefanía llevan a cabo en su departamento sobre el lenguaje y su relación con las cosas, una relación que podría calificarse de inmanencia ya que las cosas son y punto.[21] Este hecho invita a leer la novela desde una óptica no sólo explícitamente contracultural sino también una que incluya la desestabilización del sujeto moderno occidental en su concepción egocéntrica, individualista e identitaria especialmente a partir de las teorías de Deleuze y Guattari. Contra la idea del «ser» como un estado fijo, fundamento del «ego» cartesiano e iluminista, la idea del devenir contiene una fluidez ya que es un estado que nunca alcanza a cristalizarse como estático; más importante, a diferencia del «ser» que se fundamenta en el aislamiento individualista, el devenir es un estado colectivo que empuja al individuo primero a reconocer las multiplicidades en su interior, para a partir de esa existencia «anómala» unirse en alianza y no filiación identitaria con otro grupo de individuos.[22] Comprendo a Palinuro y sus cuarenta y siete encuentros con Palinuro, así como la idea de «varios Palinuros después» a partir de esta idea de devenir.

A pesar de que se han hecho lecturas que interpretan a Palinuro como héroe en el sentido campbelliano y psicoanalítico que supera obstáculos de desdoblamiento donde Molkas y Fabricio son en esencia Palinuro mismo y después supera otros obstáculos físicos como sobrevivir la manifestación estudiantil y subir las escaleras para alcanzar la victoria sobre el amor, la Historia y la «alta esfera de la trascendencia: su renacimiento como personaje literario,»[23] queda el hecho de que la identidad defendida por el psicoanálisis del cual se nutre Campbell es una singular/individual, así como el hecho de que hay un padre ausente en la infancia de Palinuro, lo cual complica su «terapia» literaria y además, sus relaciones con la sociedad que en teoría deberían finalizar la trayectoria del héroe. Si bien los episodios de las Islas Imaginarias de la Publicidad sí apuntan a una superación de obstáculos, tanto económicos y materiales como metafóricos y trascendentes, también apuntan a una disolución de Palinuro en el actual mercado de consumo que se forjó en los centros urbanos de medio siglo. Primero, Palinuro  «no compraba todos esos productos para hacer todas esas cosas, sino que hacía todas esas cosas para poder comprar todos esos productos» (360) indicando una relación de consumo que rompe con alguna idea trascendente de ser. Segundo, uno de los ejecutivo apunta cómo esa noche verá a «Perry Mason en mi televisión Admiral que es la extensión de mi sistema nervioso» (368); Palinuro y Estefanía también tienen una televisión Admiral en su cuarto de Santo Domingo. Estos hechos, si bien no impiden una lectura psicoanalítica y heroica de Palinuro como personaje, sí problematizan la noción de sujeto moderno que yace en la base de dichas teorías.[24]

Para comprender entonces el sujeto que Palinuro construye en Palinuro, conviene recuperar, como indica Sánchez-Prado (155-158) la apropiación que Del Paso hace de la tradición inglesa en la figura de Palinuro de Connolly. Para el escritor inglés, escribiendo en el vacío que la post-guerra deja en el viejo continente y que motiva de cierta manera el pensamiento contracultural, Palinuro es un Hombre Grupal que toma la forma «of a leap from the poorly organized wolf-pack and the sheep-flock into an insect society, a community in which the individual is not merely a gregarious unit, but a cell in the body itself. Community and individual are, in fact, indistinguishable.»[25] En el primer encuentro con Palinuro, éste presenta una fotografía donde aparecen Molkas y Fabricio, donde «esto que ves en la foto no es desde luego, la vesícula, aunque esté tan amarillo. Es mi amigo Fabricio […] Este otro no es el hígado, sino mi amigo Molkas» (77).[26] Palinuro es Palinuro (con sus cuarenta y siete variantes) y también Fabricio, Molkas y Walter, al menos; el sujeto es uno y al mismo tiempo varios. En otras palabras, es un sujeto grupal «that respects the heterogeneity of its component parts and does not try to subsume them under an illusion of unity […] one that multiplies rather than subtracts potential [and tries] to abolish the very fact of domination.»[27] La coexistencia, contradictoria e inexplicada, de varios sujetos en un mismo cuerpo (Palinuro), de varias corporalidades en un mismo espacio (Palinuro más sus amigos) y de varios espacios en un mismo lugar (el cuarto de Santo Domingo) es la creación contracultural de esta multiplicidad que rompe drásticamente con la unidad moderna y freudiana de subjetividad. Por otro lado, esta inclusión de múltiples en uno mismo rememora a Larga Sinfonía en D en cuanto a la epifanía que el consumo de ácido lisérgico ocasiona en el personaje mexicano que aparece en la novela sobre su ser: «Pero nada conciliatorio con lo que se puede llamar ser uno. UNO. Y ahora me doy cuenta que no lo soy, estoy detrás de todos» (118). La experiencia mística, catalizada por el consumo de una droga alucinógena presente también en Palinuro, ocasiona esta desestabilización y reconocimiento de varios sujetos dentro de un cuerpo.[28]

Espinosa-Jácome interpreta «la muerte de nuestro espejo» como un guiño lacaniano que Del Paso hace, donde con una interpretación libre y surrealista (y no hay que olvidar las relaciones estrechas entre este movimiento y las teorías freudianas) el espejo es significante de «los seres queridos que mueren, en los cuales ya no nos podemos ver más: porque éstos son como espejos que nos dicen con amor los defectos y virtudes» (123). Cierto, pero regresando a Palinuro de México, si se muere el espejo en el cuarto de Santo Domingo (y el espejo que Palinuro quiebra al caerse de sentón mientras se rasura el culo), ¿entonces qué sucede con el (auto)reconocimiento psicoanalítico? ¿Hay espejo en el cuarto? ¿Hay noción de subjetividad psicoanalítica, sea freudiana o lacaniana? Si no hay espejos en Palinuro, ¿cómo leer la novela desde la óptica freudiana o surrealista que está subsumida a esta corriente? Pocos críticos han señalado la profunda relación que Del Paso establece con otra corriente artística, el pop art, que rompe con el enfoque exclusivamente ego-céntrico del surrealismo para subrayar la presencia del mercado y su impacto en las subjetividades.[29] Los objetos que el pop art y Palinuro de México consume a través de la fabricación artística son refuncionalizados, tomados del mercado y sujetados a una concepción de subjetividad que explota la unicidad de un ideal a partir de estas líneas de fuga.

En contraste, recupero Farabeuf o la crónica de un instante de Salvador Elizondo (1965) que también lleva a cabo una (con)fusión de subjetividades donde nunca es posible asir un sujeto concreto a través de desdoblamientos constantes, pero a partir de espejos: «un hombre que sólo existe como la figuración de otro hombre que no conocemos, el reflejo de un rostro en el espejo, un rostro que en el espejo ha de encontrarse con otro rostro» (15). Aunque la crítica se ha esforzado, en la estela glantziana, de leer Farabeuf y este desdoblamiento como una manifestación de la «escritura» en su punto más elevado y estéticamente filosófico,[30] me atrevo a hacer una lectura político-filosófica de la novela que, si bien no concreta una subjetividad grupal como Del Paso, sí presenta una reflexión en México, diez años antes de la publicación de Palinuro, sobre los problemas de una identidad individual y aislada de otras subjetividades. Aunque Elizondo no establezca como espacio geográfico México sino París y China, sí exhibe su texto para un público mexicano en una editorial que distribuye en el territorio nacional; en contraste con Del Paso que por la crítica dual en la novela al movimiento estudiantil como al Estado mexicano, y por su movilidad cosmopolita como persona, se ve forzado a publicar inicialmente en España.

A la luz de los dos últimos capítulos (XXIV: «Palinuro en la escalera o el arte de la comedia» y XV: «Todas las rosas, todos los animales, todas las plazas, todos los planetas, todos los personajes del mundo»), Robin Fiddian hace una lectura mítica de resurrección del héroe que es Palinuro, cumpliendo con un mensaje idealista y esperanzador en la voz del abuelo Francisco.[31] En la misma línea Carmen Álvarez Lobato lee en «Palinuro en la escalera» el triunfo de Palinuro sobre la historia nacional, donde «a pesar de la furia del estado, permanece despierto, construye la memoria histórica y hace un llamado a que México despierte […] héroe y nación reconstruyen su identidad y se salvan» (133). [32] Sin embargo, Palinuro como novela incita al lector a una relectura, especialmente desde el último capítulo. El amigo anónimo, lector de la novela que escribe Estefanía, quiere imponer al texto un orden temporal preciso con fechas concretas con la intención de ordenar la narración.[33] Así, un lector leyendo desde la historia y la identidad nacional impone a Palinuro, tomando el final como finalmente definitivo, una identificación con la nación y la historia. Pero el abuelo Francisco está muerto; Palinuro está muerto y Palinuro está vivo en la escalera y el cuarto de Santo Domingo con Estefanía; Walter, Fabricio y Molkas siguen vivos.

Lo que es más, la futilidad de una discusión sobre los posibles efectos de movimientos nacionales que se ven truncados por el mismo Palinuro, quien (en su versión revolucionaria y manifestante) resalta al señalar la incapacidad institucional y estatal de competir con un mercado globalizante que se impone sobre los estados-nación modernos:

el presidente, con los crines de la República en mano, despepita sus mandatos trompetarios para enfilar todo el mundo a la derecha o a la izquierda según el humor de Washington o los presentimientos numismáticos de los jerarcas del partido (797).

PALINURO: Nadie se despierta en este pinche país (sube un escalón más.) Los que no están cogiendo por lo tanto, perdidos en un remolino de iliacos y piernas, están soñando con Zapotek y las banderas de las Naciones Unidas…

LA PORTERA: ¡Ah, las banderas, tan bonitas! La que más me gusta es la de Turquía, con su estrella y su media luna. Pero no han contestado a mi pregunta, jóvenes. (824).

Palinuro-manifestante reconoce la ingenuidad de luchar institucionalmente contra un Estado que se sujeta a intereses internacionales; Palinuro-publicista reconoce la imponente presencia del mercado en la nueva organización nacional; Palinuro-moribundo increpa a la pareja Palinuro-Estefanía por tener relaciones sexuales en vez de politizarse en manifestaciones; y finalmente la Portera hace patente la incapacidad de acción de una organización como las Naciones Unidas. La nación, así como la inserción de Palinuro en la narrativa nacional, no puede ser el punto de partida para comprender la relación que Palinuro establece con la sociedad mexicana.[34]

Como señala el mismo Fiddian en otro ensayo anterior a su acercamiento a la politización palinuresca, queda el lenguaje, ya que «Del Paso expounds the standard Saussurean principle of the arbitrariness of the linguistic sign, and demonstrates throughout Palinuro de Mexico the possibilities which exist for an ambitious author to turn that arbitrariness to his advantage and create a self-sufficient world of words paradoxically free.» [35] Un lenguaje libre de la relación significante-significado, como se ve en el capítulo VIII «La muerte de nuestro espejo,» pero libre también de ataduras estrictamente políticas o ideológicas con una narrativa de la nación o la revolución. Del Paso se aboca entonces a hacer del lenguaje mismo, literario pero también cotidiano y revolucionario, un campo de batalla contracultural.

Si la literatura se reconoce como institución cultural, entonces la afiliación que Del Paso hace con una tradición anti-institucional, como Tristam Shandy y The Unquiet Grave, inscribe a Palinuro de México en una lucha contra las instituciones (políticas, culturales, morales, etc.) imperantes en México.[36] Ahora bien, el lenguaje puede ser considerado como una institución más, en el sentido de la palabra-orden que Deleuze y Guattari conceptualizan como la utilización del lenguaje en una función performativa unidireccional que impide una lucha (de clases) y una resistencia: «the compulsory education machine dos not communicate information; it imposes upon the child semiotic coordinate possessing all of the dual foundations grammar […] language is made not to be believed but to be obeyed, and to compel obedience.» [37] El capítulo central en Palinuroque problematiza está lucha es «La muerte de nuestro espejo», donde no solamente se desecha al sujeto moderno sino también el uso plano del lenguaje al subrayar la teatralidad inherente en la arbitrariedad: «De manera que durante un bueno tiempo nos orinamos en el lavamanos, limpiamos los zapatos con mayonesa, comimos sopa con tenedores, dormimos abajo de la cama y dejamos de contestar el teléfono» (231). Podría ser que Palinuro y Estefanía estén realmente utilizando esos objetos con otros fines, o podría ser que más bien estén usando las palabras con otros significantes, como ya lo habían hecho antes. Esta incertidumbre es lo que libera a la pareja de esa palabra-orden que busca imponer a los sujetos una sola función del lenguaje y con ello una sola forma de comprender al mundo y sus propias subjetividades.

Sin embargo, es Walter (otra vez Walter) quien señala cómo al final «estamos hecho de palabras y las cosas también […] todas esas palabras no nos sirven para designar algo que no está ni en el espacio ni en el tiempo, porque espacio y tiempo son también palabras» (268).[38] Y Palinuro epifánicamente comprende esta relación completamente subjetiva con el lenguaje, porque «no había una sola palabra a la que yo pudiera llamar mía, a la que yo pudiera poseer a tal punto y con tal prepotencia que me fuera posible dársela a mi prima» (909). Esta resistencia entonces al «embrujamiento de las palabras» (231) pero también a su negación es lo que permite a Del Paso construir una novela extensa donde el lenguaje mismo se tensiona para cortarlo de una institución que lo controle, reconociendo al mismo tiempo que sin compartir esas palabras en sociedad sería imposible la comunicación. En este sentido una vez más, Palinuro de México se acerca a Larga Sinfonía en D, donde las palabras son vistas también en esta dualidad construida y constructiva del ser: «Somos los instrumentos de conceptos abstractos que hemos creado» (Dalton 135).

Insertando a Palinuro una vez más en la tradición de reflexión contracultural en México, reaparece Farabeuf como un cuestionamiento anterior de esta relación del lenguaje con el ser. Elizondo obliga al lector a dudar constantemente de la existencia de los personajes, hasta el punto de ser posiblmente sólo «esa carta encontrada por casualidad entre las páginas de un viejo libro de medicina» (93), es decir sólo palabras. En el capítulo medular de la novela «escritural», Elizondo personifica a un Geómetra que aparentemente es capaz de acercarse a la mente del supranarrador que mueve los hilos:

me refiero al hecho posible, aunque desgraciadamente imposible, de que nosotros no seamos propiamente nosotros o que seamos cualquier otro género de figuración o solipsismo […] o que seamos los personajes de una novela o de un relato, o, ¿por qué no?, que estemos muertos […] un solipsismo más, la creación de un novelista fantasioso e inhábil (61).

Una vez más, la crítica se ha avocado a leer cómo este juego de escritura hace que la literatura sea un «instante mínimo y carente de toda posible trascendencia y exterioridad» (Becerra 76). Pero si la líteratura sólo es capaz de decir la nada, ¿entonces qué sucede con la (des) politización del texto por parte del lector/crítico?[39].

En una entrevista con Juan Bruce-Novoa, Salvador Elizondo explica oblicuamente las técnicas narrativas de Farabeuf a partir del uso de técnicas cinematográficas, donde hay «determinados puntos en Farabeuf que justamente son los que dan lugar a muchas combinaciones fijas, como de cámara fija, y que no pueden registrar más que los acontecimientos que suceden en esta línea de visión» (6).[40] Este hecho revela, más que un juego dentro del esquema escritural a la Glantz, una ruptura con el lenguaje puramente literario y una inclusión de otros discursos y otros lenguajes, además de señalar una incapacidad del lenguaje literario como institución de dar cuenta de una existencia subjetiva; esto desde una postura netamente institucional desde la cual escribe Elizondo, en los años antes de la irrupción de la Onda tardía y Palinuro.

Sin embargo, tal vez la ruptura institucional más grande que Farabeuf lleva a cabo, en la estela del éxito que Rayuela de Julio Cortázar tendría en Latinoamérica, será la obligación de la participación de un lector activo que, en términos de Gabriel Enrique Linares González, se define como un lector-detective que debe cumplir la función de resolver el crimen a partir de una lectura activa que reorganize el texto para darle sentido (92).[41] A partir de las pistas, hexagramas, ilustraciones y fotografías, así como de los reflejos especulares que se multiplican en la novela, el lector se ve forzado, si quiere comprender algo más allá del placer (despolitizado) del texto, a leer varias veces para reacomodar el texto y darle forma. En este acto, Farabeuf da un gran paso en la tradición de lecturas activas en la literatura mexicana, misma que continuará Larga Sinfonía en D  y que Palinuro de México llevará a otro nivel con sus más de 900 páginas que deben ser releídas y reorganizadas para ser comprendidas en su carga política. En este sentido, el «lector amigo» que aparece al final da la clave de lectura obligando al lector activo a politizar al texto y releer desde la óptica no sólo de una inclusión temporal precisa, que sería la lectura plana de Palinuro-manifestante en el capítulo XXIV, sino sobre todo desde una inclusión en las propuestas contraculturales, pero maduras ahora, del final de los años sesenta.

Al problematizar el lenguaje hasta tal grado, Fernando del Paso recupera la noción de cuerpo como espacio de lucha ideológica y resistencia institucional. Tomando en cuenta esta misma tensión de la signifiación, es necesario ver los cuerpos que aparecen en Palinuro como cuerpos físicos y metafóricos; se trata en realidad del cuerpo de la juventud revolucionaria a la que pertenece Del Paso y no de un cuerpo nacional ni social.[42] En este sentido, Del Paso toma la bandera de Parménides García Saldaña, otro escritor de la Onda que plantea al cuerpo como espacio de revolución y no sólo la lucha institucional:

¿Cuántas de las que andaban desfilando han hecho una revolución interna? ¿Cuántas le han dicho a sus papás: ‘Papá, mamá, les presento a mi amante’? A ver, ¿cuántas? ¿Cuál es su sentido de libertad? A ver, ¿porqué no han hecho una manifestación contra sus propios prejuicios? (Parménides García Saldaña en Poniatowska 96).[43]

Se trata de liberar al cuerpo físico de valores morales impuestos desde el lenguaje y las instituciones sobre él, de hacer una revolución (contracultural) en un nivel individual y pasar de ahí al colectivo. La celebración y parodia eróticamente pornográfica (¿o pornográficamente erótica?) que Palinuro presenta es, como establece Fiddian, una superación del lenguaje artístico surrealista que hace del cuerpo una metáfora y una aceptación del cuerpo como espacio físico de existencia su(b)jetiva («A Case of Literary Infection» 224).[44]  Porque el cuerpo, en tando fisicalidad, está tan presente que sobrepasa la memoria: «ese cuerpo que tanto amé y conocí, que hoy podría esculpirlo, de memoria y con la lengua, en un bloque de sal» (Del Paso 99).[45]

Para comprender mejor la exuberante liberación sexual que aparece en Palinuro, conviene regresar una vez más a Farabeuf y hacer una lectura política de la denuncia que Elizondo hace del control corporal a través de la medicina y la tortura. Hacia el final de la novela, se narra el instante en el que una mujer es exhortada a entregarse y sacrificar su poder y su cuerpo al «contacto de estas manos cubiertas de hule» e inicarse en «un misterio cuyo arcano te ha obsesionado sin que nunca lo hayas entendido» (171). Al mismo tiempo, los espejos hacen que el Dr. Farabeuf se multiplique en una infinidad de representaciones, todas inasibles pero presentes, que reminiscen en 1965 al crecimiento de una burocracia estatal capaz de controlar, a través de instituciones cada vez más fuertes, los cuerpos de sujetos sociales. El Dr. Farabeuf, además, «ama la pompa de sus palabras y los gestos» (172), como un Estado que se fascina con sus ritos y los utiliza para autojustificarse; su presencia es «en realidad, un factor secundario. La importancia real está en lo que él significa» (174). Sea el Estado, o la institución médica, o el lenguaje como palabra-orden, el Dr. Farabeuf busca controlar el cuerpo erótico de la mujer que anteriormente se había dejado llevar por su excitación sexual y someterlo a un proceso quirúrgico-tortura, controlando su capacidad erótica y por lo mismo liberadora.

Elizondo no habla de un cuerpo concreto, sino de cuerpos anónimos que representan, si se quiere ver políticamente, los cuerpos de sujetos que se someten pasivamente al control de las instituciones (literarias, médicas, estatales). En este sentido, la fisicalidad y corporalidad de la novela misma, que en su forma hace del texto literario una serie de cuerpos en la fotografía, las imágenes y los caligramas que le dan una fisicalidad de sujeto-cuerpo, contrasta con la idea de sujeto-mente en el que permanece la crítica de la escritura.[46] El erotismo que Elizondo quiere rescatar de Bataille y que aparece en los cuadros y los instantes de orgasmo en la novela se vuelven entonces una imposibilidad de liberación política y la materialidad del texto inscribe al cuerpo en un orden de control social que Elizondo denuncia, pero que es incapaz de resistir activamente ya que permanece en el terreno de la literatura como institución escritural.

Por contraste, tres años después y en plena Onda, Larga Sinfonía en D presenta a tres personajes que hacen de su cuerpo el espacio central de la novela al consumir ácido lisérgico y textualizar los efectos corporales con cambios tipográficos que si bien habían sido llevados a cabo anteriormente por la vanguardia, no habían sido cambios explícitamente corporales sino estético-mentales. Es decir, la propuesta «vanguardista» de Larga Sinfonía en D, como las nuevas metáforas e imágenes que Palinuro presenta, no son simplemente cambios estéticos sino textualización de cambios en el cuerpo en sí, cuerpos que son biopolíticamente controlados por un discurso y una serie de instituciones estatales. Así, en la novela de Dalton, dos de los tres personajes llevan a cabo un acto sexual (aunque no tan explícito como los de Palinuro y Estefanía), rompiendo con la narrativa de  la Onda y presentando cuerpos «libres» o en búsqueda de una liberación: «dos dioses en copulación que no se deciden al acto elemental de crear» (Dalton 51) observados por el tercer personaje, Roberto, quien funge por un momento de narrador al describir cómo «Ana es bella desnuda. Nadie lo sabe, ni siquiera ella, sólo yo» (51). La escena sucede durante el viaje psicodélico, rompiendo con los valores morales a la par que los valores sexuales; los efectos corporales de la sustancia hacen además que el acto se convierta en un momento de epifanía y exploración de subjetividad que sobrepasa tanto los lineamiento de la escritura como los de la Onda.

Por su parte, en Palinuro de México Del Paso retoma tanto la crítica del control estatal y discursivo sobre el cuerpo, especialmente a través de la ciencia médica y sus aparatos de control pero también retoma la capacidad liberadora contenida en el cuerpo mismo, llevando a Bataille más allá de lo Elizondo puede hacerlo. En una comparación entre Del Paso y Proust, Lynn Jane Roberts señala cómo en el capítulo XVIII o ‘La última de las Islas Imaginarias: esta casa de enfermos’ «la crueldad humana se manifiesta en el efecto malévolo de la medicina sobre las vidas de los hombres y Palinuro se presenta […] angustiado, pero impotente en ofrecer remedio.»[47] Este capítulo, uno de los más largos en la novela, complementa las anteriores Islas Imaginarias de la Publicidad, lo cual equipara el discurso médico con el discurso del mercado que coloniza la existencia de sujetos sociales en un mundo cada vez más globalizado y sujeto a leyes económicas por encima de leyes estatales. En el capítulo se presenta primero un paseo por un hospital, donde un doctor enseña a Palinuros pabellones dedicados a todo tipo de enfermedades, reales e imaginarias, que afectan al cuerpo humano llevándolo al borde de la descomposición física;[48] la última sala, «inmensa como una ciudad que no tiene nombre específico» (620), es el pabellón de los sanos, donde de tanta popularidad «cientos de personas comenzaron a golpear las puertas del pabellón pidieron que las admitiéramos» (622).

Al final de este recorrido, el Doctor guía de Palinuro se ha vuelto viejo, tan viejo que es incapaz de seguir a Palinuro cuando éste huye del hospital, como el anterior Palinuro estudiante de medicina había huído de la sala de disección ante el cuerpo en autopsia. El hecho de que Palinuro, a pesar de adquirir tanto conocimiento médico huya de la operación física de la cirugia, es inmensamente significativo y reconfigura su relación con la medicina. Palinuro no es igual a Farabeuf ya que no abraza la cirugia (tortura) como control sobre el cuerpo, ni la medicina como discurso de control. Al contrario, su conocimiento, más que dirigido como un control, se utiliza para una comprensión de la fisicalidad pero sobre todo para una carnavalización y parodia de la ciencia misma como discurso incuestionable.[49] Finalmente, Walter en su estancia en Londrés, después de recoger un ejemplar de La tumba sin sosiego, visita el Museo Wellcome donde describe cómo en la planta alta está el museo de la historia de la medicina abierta al público que muestra personajes históricos en el momento de hacer descubrimientos importantes para el desarrollo científico, todo en ambiente esterilizado y limpio. Pero en la planta baja, Walter denuncia la medicina como una ciencia colonizadora y cruel que no exhibe pero no puede negar su historia:

las fotografías de las víctimas de los nazis […] los indochinos asesinados por los franceses y los norteamiercanos […] los convictos filipinos en los que el coronel Strong produjo el beriberi y los convictos de Misisipi en los que el doctor Goldberg produjo la pelagra […] y debería estar la historia de las medicinas de patente y de los laboratorios como Abbott, Squibb, Lederle, Lakeside, Parke Davis y tantos otros que se han enriquecido brutalmente comerciando con la vida y las enfermedades, con el hambre y con la muerte (772-74).

Con este cuestionamiento del cuerpo en mente, un cuerpo que está sujeto ya no sólo a una operación quirúrquica como en Farabeuf sino a todo un aparato de discurso médico que se vuelve cada vez más imponente, Palinuro no puede recurrir como la mujer anónima de Elizondo al erotismo de Bataille para revitalizar al cuerpo: «La France a perdu un Georges Bataille: elle n’a pas perdu la guerre» (Del Paso 791). Aparece entonces el discurso pornográfico y el acto sexual como una celebración del cuerpo que busca superar al erotismo, sin caer en la pornografía como discurso falocéntrico y machista ya que reconoce la presencia de y da voz a Estefanía en el acto.[50] El capítulo IV: «Unas palabras sobre Estefanía» está dedicado a describir el cuerpo de Estefanía en relación con Palinuro pero también en relación con el resto del mundo, lo que conecta al sujeto femenino e impide una objetivazión de su cuerpo como mera propiedad que da placer al hombre: «Además, me gustaba ver a Estefanía en relación no sólo conmigo, nuestro cuarto y nuestros objetos, sino también en relación con las otras personas y los otros objetos» (895).[51] Es importante subrayar que todas las escenas sexuales suceden dentro del cuarto de Santo Domingo, otorgándoles entonces un carácter privado y erótico que aunque explícito hasta causar el rubor en diversos críticos (Alvarez Lobato, Jane Roberts) no dejan de ser un discurso erótico sobrecargado que busca politizar una liberación sexual más allá de los límites de valores morales pero también institucionales.

Por otro lado, están los episodios de Palinuro donde Molkas habla de su exploración onanista, todo «En nombre de la ciencia» (Capítulo VII). La exploración de la sexualidad masculina y sobre todo su textualización sin tintes moralistas, a través de una parodia del discurso científico que por un lado ridiculiza al recuperar nociones científicamente válidas en su momento histórico pero por el otro valida las acciones presentes de Molkas al ser una refutación o comprobación de dichas teorías, rompe radicalmente con el discurso erótico como algo exclusivo o privado, a la vez que libera al cuerpo masculino de valores opresivos en un sistema heteronormativo de género. En el mismo capítulo, Palinuro, Molkas y Walter hablan de dónde se masturbarían en una serie de espacios y tiempos que situan a sus seres fuera del cuarto pero además, igual que sucede con los huesos del Panteón de Dolores que son reconfigurados como héroes nacionales en un viaje de marihuana, donde aparecen personajes históricos e ideológicos que son parodiados a través del discurso sexual: «Gagarin en el espacio […] Carlos Marx en el Museo Británico […] El conde de Zeppelin en sus dirigibles […] Adán en el paraíso» (199), todos masturbándose. En este sentido, el lenguaje pornográfico sirve no sólo para liberar al cuerpo físico de Palinuro y Estefanía del control biopolítico del discurso médico, al que ambos pertenecen (uno como estudiante y otra como enfermera), sino también se extiende para cuestionar, de igual forma que sucede con el uso de drogas, la tensión lingüística o multiplicidad de seres, el control Cultural de sujetos en la estela de la década de los sesenta. Presenta además una estrategia de resistencia que permite al lector, si participa activamente de la lectura así como Palinuro y Estefania participan activamente en el lenguaje, el sexo y el uso de drogas, reconfigurar su relación con la cultura y plantear una nueva subjetividad política que sobrepase las instituciones estatales y culturales.

En conclusión, Palinuro de México es una novela que se inserta en una tradición de resistencia y contracultura en México, tradición que a lo menos desde 1965 con Farabeuf hace una crítica certera y concreta al control de sujetos a partir de estrategias e instituciones biopolóiticas y que en 1968 con Larga Sinfonía en D (y en cierta medida con ciertos textos anteriores de la Onda) comienza a formar una serie de estrategias de nueva subjetividad a la luz de las revoluciones sociales y contraculturales de los años sesenta. Fernando del Paso reúne el ímpetu rebelde de la juventud mexicana de los sesenta, crecida en el auge del milagro mexicano,[52]  con una erudición propia de la generación anterior como Fuentes o Rulfo que pone a trabajar para su escritura, además de fundir sus textos con un cosmopolitismo material producto de sus viajes que lo acerca a los movimientos contraculturales en Estados Unidos y Europa, al menos en proyectos políticos, más allá de las manifestaciones estudiantiles en México. Así, Palinuro (de México) se desdobla en Walter quien vive en Londres y desde ahí educa a su contraparte mexicana; Palinuro y Estefanía se aíslan de su generación para establecer una comunidad alternativa; Molkas y Fabricio forman una subjetividad nueva.

En este sentido, la crítica filosófico-estética de Farabeuf se une con las propuestas político-filosóficas de Larga Sinfonía en D para concretarse en Palinuro de México en una serie de líneas de fugas contraculturales que fundamentan la existencia a partir de la corporalidad. El consumo de drogas, la liberación sexual y el uso consciente y contracultural del lenguaje permiten así la creación de una nueva subjetividad que acepte la multiplicidad como punto de partida y rechaze la unidad, con ellos obligando una nueva relación con las ideas de nación, instituciones y mercado. Quedan por investigar a profundidad los capítulos de las Islas Imaginarias como críticas al consumismo capitalista, así como la reconceptualización de este consumismo como hecho innegable de la vida contemporánea que puede, llevado a cabo de una forma «contracultural» dar forma a nuevas subjetividades en tensión con el mercado y las formas de consumo capitalistas.

Notas

[1] La «Onda» se define a partir del «imperialismo del yo», donde «el dinamismo de la acción y el lenguaje creado por el propio adolescente para apartarse de los demás, de los adultos y del mundo que él cree establecido, nos llevan a su mundo en el momento en que se encuentra sumergido en esa visión que lo desdibuja al tiempo que pretende estampar su efigie» ; mientras que la escritura es una «novela como experimentación del lenguaje [que] se efectúa en un territorio distinto al de la poesía y plantea una estética novelística que se erige en el cuerpo mismo de lo narrado, o en la materia narrativa misma, en la ‘escritura.» Margo. Glantz “Estudio Preliminar”. Onda y escritura en México: jóvenes de 20 a 33. (Ed.. Margo Glantz. México, DF: Siglo XXI): 9, 32-33. Las itálicas son mías.

[2] Ignacio Sánchez-Prado hace el mismo llamado en su lectura de Palinuro de México, resistiendo la inscripción de la novela en el esquema argumentativo que sigue imponiéndose en la comprensión de la literatura mexicana de medio siglo (157).

[3] Salvador Elizondo, Farabeuf o la Crónica de un Instante. (México: Vuelta, 1992).

[4] Margarita Dalton, Larga sinfonía en D y había una vez…. (México: Editorial Diógenes, 1968).

[5] Fernando del Paso, Palinuro de México. (México: Punto de Lectura, 2010).

[6] La intención final de la lectura de Sánchez Prado, quien estudia las relaciones entre Palinuro de México y la tradición anglófona en la cual se inspira Del Paso, es observar cómo el autor utiliza autores anti-institucionales ingleses dentro del (con)texto mexicano y el horizonte de producción de Palinuro para «create a new relationship between the novel and the construction of a political subjectivity in contemporary México.» “Dying Mirrors, Medieval Moralistas and Tristram Shandies: The Literary Traditions of Fernando del Paso’s Palinuro of Mexico” (Comparative Literature. 60.2. 2008): 143.

[7] Lilian Bendayán concluye con la idea central que el humor es la única arma ideológica que Del Paso usa en su novela, donde «se constituye en un arma de poderosa crítica y la risa generada se ve contaminada de un sabor amargo […] la adopción del humor como óptica regidora del proceso de creación verbal dio a luz a Palinuro de México: un barroco acertijo, un monstruo verbal» Palinuro de México.(Caracas: Universidad Simón Bolívar, 1990), 64. Aunque certera en una apreciación estilística, el aislamiento político del texto, que lleva cabo al separar los capítulos dedicados a las manifestaciones y asesinatos estudiantes como los únicos donde se politiza al texto, cancela su lectura más fructífera, lectura que como señalaré más adelante el mismo Del Paso advierte como la intencionada para su novela.

[8] En este espíritu, Joseph Berke observa los movimentos contraculturales y busca definir sus propuestas políticas, señala cómo éstos plantean el cambio individual como el cambio social: «It is at this level that the revolution really takes place, for if people cannot find some way collectively to destroy – destructure this system of operations inside themselves – then the overthrow of the state degenerates into a simple power struggle between X and Y with the nature of society remaining the same. And it is at this level that what is now happening is qualitatively different from previous attempts at revolution», “The Creation of an Alternative Society.” en (Counterculture. Ed. Joseph Burke. London: Peter Owen Limited, 1969), 34.

[9] José T. Espinosa-Jácome señala Palinuro de México como una maravillosa parodia de la literatura de la Onda a partir de el uso del lenguaje que caracteriza a Del Paso: «si fuese desvestida de su exuberante ropaje gongorino-quevedesco posmoderno, es muy posible que se registrara como una obra que cae dentro de la corriente de la Onda; mas son precisamente sus atavíos y la profundidad que adquiere al involucrarse en lo social y lo sentimental, lo que la rescatan de sus modelos urbanos, ejecutando con ellos la parodia y trascendiendo hacia lo universal», De Entre los Sueños: El Espectro Surrealista en Fernando del Paso. (México: Ediciones Eón, 2008),13. Aunque estoy de acuerdo con la lectura de Espinosa-Jácome, considero que esta universalización de la novela, que en su mismo título invita al lector a insertarse en un contexto por demás específico, impide una lectura politizada y crítica. Palinuro puede ser una parodia de la Onda, pero más bien es una continuación madura de sus propuestas estético-filosófico-políticas.

[10] En este texto, que señalo como un excelente catálogo de culturas marginales en las décadas de los sesenta y setenta en México, Agustín cataloga todas las manifestaciones «contra» algo bajo el término contracultura, sinónimo de «onda»: «una onda podría ser cualquier cosa, pero también un plan por realizar, un proyecto, una aventura, un estado de ánimo, una pose, un estilo, una manera de pensar e incluso una concepción del mundo.» Aunque el gesto de catalogar merece ser reconocido, la definición ausente de una politización precisa cancela una vez más su potencial revolucionario en el sentido de cambio concreto. La contracultura en México. (México: DeBolsillo, 2004), 84.

[11] Theodore Roszak establece que una generación que «see, and many who follow them find the vision attractive, that building a society is not primarily a social but a psychic task»,  The Making of a Counter Culture. (Berkeley: University of California Press, 1995), 63. Al mover el campo de batalla al individuo, Roszack señala el ímpetu contracultural de luchar en contra de una interiorización de conceptos emitidos desde instituciones estatales pero también culturales que solidifican una definición de Cultura como una institución social misma.

[12] Gila J. Hayim. “The sense experience in the legacy of counterculture”. Counterculture and social transformation (Ed. Seymour Leventman. Springfield, IL: Charles C. Thomas, 1982), 112.

[13] Rompo el término de subjetividad para poner énfasis no sólo en la idea subjetividad contrapuesta a objetividad sino también en la noción de sujeto sociales que, a partir de estas estrategias de resistencia y consumo cultural activo, rearticulan una subjetividad política que hace del sujeto social un personaje en constante redefinición contra instituciones. Es innegable el hecho de que actualmente no hay posibilidad para estar fuera de algún sistema social, por lo cual todos somos sujetos sociales que sin embargo, podemos subjetivar nuestras experiencias y resistir una articulación plana a un serie de narrativas nacionales, institucionales y de mercado.

[14] Como se habrá leído entre líneas hasta ahora, la contracultura tiene también fundamentos filosóficos emparentados con Walter Benjamin en On hashish, (Trans. Howard Eiland. Cambridge: Harvard UP, 2006) quien indaga en el pensamiento filosófico a partir de una conciencia alternativa catalizada por el uso de sustancias, así como Michel Foucault en su trabajo de vida contra el pensamiento estatal y autoritario y finalmente Gilles Deleuze y Félix Guattari en  A Thousand Plateaus. (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2011) y otros textos colaborativos. Retomaré algunos de estas fuentes más adelante, pero quiero señalar cómo la contracultura en una definición político-filosófico no es evento aislado sino una idea concreta que circula en la década de los sesenta y setenta, aunque a veces con  otros nombres.

[15] Así, el primo Walter dice, «producen no sólo un dedo gordo que no existe, sino más que eso: una visión particular del mundo, o más todavía, la visión de un mundo exclusivo que pertenece al epiléptico, al loco o al drogado, al elegido o al poeta y a nadie más pero que es tan verdadero como cualquier otro mundo,  por la simple razón de que la relación que existe entre las neuronas auditivas, olfatorias, gustativas y táctiles que de pronto entran en actividad espontáneamente y el mundo alucinante que producen y la relación entre las neuronas que se portan bien y el mundo real que nos rodea y que más o menos creemos compartir, es una y la misma» (264). El subrayado es mío, porque regresaré a este punto más adelante. Véanse también pps. 74, 264, 521, 647, 728, 800.

[16] Walter Benjamin. On hashish.

[17] Cuando Estefanía está preocupada con el embarazo y las posibles monstruosidades que podrían ocurrir, Palinuro la reconforta diciéndole «que no estaba probado que el LSD modificara los genes» (481).

[18] En la novela Larga Sinfonía en D y había una vez, los personajes consumen ácido con el mismo fin de desaprender las preconcepciones sociales que impiden una revolución real: «existe la posibilidad de desaprender. Imagínate que desde que naces has estado encerrada en una casa sin puertas. Tu conocimiento del universo se recude a eso. Lo que entra en la casa es parte del cosmos, lo otro no. Has creado una organización alrededor y la sostienes a rajatabla. Puedes imaginar o sospechar, quizá, que fuera de esas cuatro paredes hay algo más. Pero nunca ha pasado por tu cabeza la posibilidad de tirar una pared. Una mañana despiertas y encuentras que hay una puerta. ¿Con qué te encuentras? Con un mundo que no estaba dentro de tu organización, pero que no la excluye. Te das cuenta de lo absurdo de tus paredes, porque no las necesitas. Te parece que lo pasado ha sido un sueño. Despiertas. Pero para despertar, tienes que estar realmente despierto, quiero decir con los ojos abiertos. Porque, ¿de qué te servirá abrir la puerta y cerrar los ojos?» (108).

[19] No hace falta subrayar el estado actual del consumo de drogas en el mundo occidental, donde la venta de drogas legales como antidepresivos y sustancias para concentrarse anulan la posibilidad de rebelión al someter a la juventud a las instituciones modernas a la par que el trafico masivo de drogas ilegales como metanfetamina mantienen poblaciones explotadas o discriminadas con la siempre disponible posibilidad de escape; parecería que el primo Walter además de erudito resulta sociólogo atrevidamente certero.

[20] Definida como una separación entre el In-here (ser) versus el Out-there (cosmos), la conciencia objetiva busca establecer la objetividad el lenguaje objetivo (o la racionalidad moderna) como la única manera de existir. Materializada mejor en el discurso científico, la conciencia objetiva engaña al sujeto y lo hace creer que está completamente separado del mundo externo al cuerpo mismo. Roszak especifica cómo esta alienación extrema es llevada a cabo por los tecnócratas en su ímpetu hacia la objetividad y el ordenamiento social, pero también señala cómo puede ser luchado con un cambio psicológico y epistemológico más que con una revolución científica o social (217).

[21] «La diferencia, naturalmente, es que nuestras cosas no estaban muertas, aunque no por eso estaban vivas, sino que simplemente estaban, como una referencia a sí mismas, como las palabras que las llaman por su nombre y sabes bien que no hay palabras cuadradas, ni palabras que estén contentas, ni palabras transparentes como el agua. Y estaban, sencillamente, porque de todos los universos posibles que nos guardaban al fin de nuestros viajes, había uno … pero no, no era un universo posible y no era tampoco un universo imposible: era, simplemente, un universo donde los adjetivos, en una época perdida en la noche de los tiempos… o ni siquiera en una época perdida o encontrada, o en una época pasada o futura, inmerecida o dorada, sino más en una época, los adjetivos, te digo, se habían rebelado y desaparecido. Y no es porque estuvieran ausentes, sino simplemente porque no estaban» (641).

[22] «If the writer is a sorcerer, it is because writing is a becoming, writing is traversed by strange becomings that are not becomings-writer, but becomings-rat, becomings-insect, becomings-wolf, etc.», Deleuze y Guattari, Thousand Plateaus, 240; en este etcétera se pueden contener todos los Palinuros, más Molkas y Fabricio y Walter y si se quiere, como apunta Sáenz.

[23] Alfredo Lugo Nava, “La Construcción del Héroe en Palinuro de México de Fernando del Paso” en Noticias del Intertexto. (comp. Carmen Álvarez Lobato. México:UNAM, 2008), 167.

[24] En otra reflexión, hace falta una aproximación más completa de la propuesta que Del Paso presenta del consumismo capitalista y el consumo como acto creativo, a la que Sánchez-Prado apunta con la idea de una relación activa con la cultura y no simplemente una adopción pasiva (153). Las Islas Imaginarias, hasta donde he investigado, no han sido trabajadas como un capitulo central de la novela, aunque indudablemente forman parte medular de la formación de subjetividad que Palinuro lleva a cabo (y se podría decir que Del Paso mismo, con su labor de quince años en agencias de publicidad).

[25] Cyril Connolly. (The Unquiet Grave. New York: Persea Books, 1999), 27. En la misma línea, Connolly incita a Palinuro a tomar partida (política y no sólo estética) hacia un compromiso social que rompa con la idea de individualidad aislada: «Well, which side are you on? The Corn-Goddess or the Tractor? The Womb or the Bulldozer’ Christ, Freud, Buddha, Baudelaire, Bakunin, or Marx, Watson, Pavlov, Stalin, Shaw. Come clean, moody Palinurus, no synthesis this time and no Magic Circle either? We need men like you in the Group Age. Will you take the helm as you used to?» (100). Parecería que Del Paso le contesta a Connolly y sitúa a su Palinuro (de México) propiamente del lado del hombre grupal, dejando de lado el burgués formalista en un intento de creación de una subjetividad activamente colectiva.

[26] Lugo Nova establece la diferencia entre Molkas como libertino y «onanista hasta alcanzar cierto grado de estupidez» comedor compulsivo y bebedor en exceso en contraste con Fabricio, cuyo nombre deriva de faber o el que fabrica, «alejando del mundo objetivo, defensor de la omnipotencia divina» (159). Si bien concuerdo con sus interpretaciones, hace falta hacer un estudio más profundo de la pareja como lo que son literalmente, órganos. Por un lado esto corporaliza la existencia de Palinuro aún más y por otro apunta a una conceptualización más sencilla de la pareja a partir de las ideas clásicas de los órganos donde el hígado (Molkas) es la sede del alma concupiscible o corporal y la vesícula como reguladora de energías.

[27] Brian Massumi. “Deleuze and Guattari’s theory of the Group subject, through a Reading of Corneille’s Le Cid”. (Discours Social: the international working papers series in comparative literature. 4. 1998), 440.

[28] Walter Pahnke y William Richard estudiaron en condiciones clínicas y de laboratorio las correlaciones entre las experiencias alucinógenas del ácido lisérgico y la experiencia mística desde las diferentes tradiciones del mundo. Su resultado fue una lista de nueve posibles categorías para describir ambas: unidad, objetividad y realidad, trascendencia de espacio y tiempo, sentido de lo sagrado, sensibilidad profundamente positiva, paradojicabilidad (paradoxicality), supuesta inefabilidad, transitoriedad (impermanencia) y cambios positivos en la vida después de la experiencia (177-182). No hace falta mencionar dónde se presentan cada una de éstas en Palinuro de México, ya que subyacen bajo el texto entero; por un lado textualizan estas categorías pero también busca causarlas en el cuerpo mismo del lector.  

[29] «Y solíamos reproducir de bulto en una mesa de esquina la naturaleza muerta de Wesselman; una cajetilla de Lucky Strike, una Coca-Cola, una leche malteada, las nueces, la pera, las rosas de plástico, etc. En fin, teníamos todo lo que hace precisamente que las casas de hoy sean tan diferentes y seductoras» (Del Paso 207).

[30] Por ejemplo, María Insúa Cereceda que aunque escribe desde Chile se fundamenta en las nociones de ser heidegerrianas y pazianas del sujeto existencial moderno o Eduardo Becerra, quien establece que no hay nada más allá del texto mismo y que la escritura existe por ella misma.

[31] Robin Fiddian, “Palinuro de México: Entre la Protesta y el Mito.” en Literatura Mexicana Hoy: del 68 al Ocaso de la Revolución. (ed. Karl Kohut. Frankfurt am Main: Verveurt, 1991), 221. Por otro lado, Mónica Mansour señala cómo, si en Palinuro se recogen los personajes juveniles de Molkas, Fabricio, Walter y los cuarenta y siete Palinuros, el abuelo Francisco «es una sola persona si se juntan el viejo con el capitán, el mayor, el coronel, el senador, el gobernador interino, el general, el general de los cien ojos de vidrio, don Próspero (con su mitad triste y su mitad alegre), que no es –en conjunto- sino la historia de México y su Revolución (tiempo, espacio y persona»,  Los Mundos de Palinuro. (Xalapa: Universidad Veracruzana, 1987), 41.

[32] “Joyce, Connolly y Sterne como Fundamentos de la Poética de Fernando del Paso” en Noticias del Intertexto. (comp. Carmen Álvarez Lobato. México:UNAM, 2008. pp.119-138) e “Identidad y Ambivalencia : Una Lectura de Palinuro de México desde el Grotesto” Nueva Revista de Filología Hispánica. (56.1, 2008: 123-139).

[33] «Ustedes no pueden decir: ‘Íbamos al parque, nos sentábamos bajo los manzanos en flor y comíamos a sus sombra’ y pretender que yo me interese en todo lo que hicieron si no me dan más datos concretos, por ejemplo: el 21 de abril –o cualquier otro–, y dicen entonces ‘el 21 de abril fuimos al parque, comimos bajo un árbol, etcétera’.» (896).

[34] En la misma línea, la siguiente novela de Fernando del Paso, Noticias del Imperio (1987) presenta una relectura de la historia nacional a partir del enfoque en una serie personajes y personalidad completamente fuera del concepto de nación: Maximiliano y Carlota pero también soldados extranjeros, sujetos paupérrimos que reportan sus experiencias, jardineros, y otros, todos en el mismo nivel que el discurso «histórico» oficial.

[35] Robin Fiddian, “A Case of Literary Infection: Palinuro de México and Ulysses.” (Comparative Literary Studies. 19.2. 1982), 231.

[36] Sánchez-Prado, “Dying Mirrors”, 152-3.

[37] Deleuze y Guattari, Thousand Plateaus, 75.

[38] Fiddian interpreta ese pasaje como prueba final del potencial lingüístico-filosófico (pero agrego, también político) de Palinuro: «language constitutes consciousness and endows the world of objects with authentic and ‘truthful existence, thereby demonstrating humankind’s capacity for entering into a constructive, creative relationship with the circumstantial world», The Novels of Fernando del Paso. (Gainesville, FL: Florida UP, 2000), 84.

[39] Contestando esta tendencias, las interpretaciones más recientes de Farabeuf se han esforzado en localizar las propuestas políticas y críticas institucionales que Elizondo lleva a cabo más allá de la escritura misma: «el narrador mexicano reflexiona sobre la imposibilidad de una mimesis literaria del horror, probablemente sobre las limitaciones de cualquier lenguaje – literario o no – de comunicar, de reflejar sentimientos, ideas, de contener algo. […]en otras palabras: Farabeuf cuenta una historia que individualiza y concreta el horror, le otorga un aspecto ético (moralizador si se quiere) que, en las elucubraciones teóricas de Bataille et al., se halla en peligro de extinción. el novelista retoma las tendencias violentas producidas por el ennui decimonónico, mas logra de manera paradójica, sobre todo mediante el cuestionamiento de la función mimética de lenguaje y literatura, un realismo que va mucho más allá́ de lo propuesto por Flaubert o Sade, cuyas imágenes cruentas siempre se inscriben en un ámbito esencialmente fantasioso por ser deliberadamente inverosímiles»,  Andreas Kurz, “Representaciones del Horror en Elizondo, Cortázar y Rebolledo.” (BHS. 89. 2012), 419.

[40] Para más información sobre estas técnicas y la transferencia del lenguaje de imágenes fílmicas al texto, consúltese Adriana de Teresa, Farabeuf: escritura e imagen (México: UNAM, 1996) donde la crítica aplica las imágenes-movimiento deleuzianas para comprender la complejidad narrativa como una serie de imágenes y no narraciones textuales en sí.  

[41] Gabriel Enrique Linares González, “La trampa del taumaturgo o al taxonomía de instantes eternos en Farabeuf.” (Actual.40:1999).

[42] Así, Walter describe al cuerpo como compuesto de órganos en un plano físico que resiste ser transcendentalizado en una idea del cuerpo: «nuestro cerebro, al igual que nuestro cuerpo, no es otra cosa que un pequeño agregado de órganos: uno que sirve para oler, otro para defecar, otro para sentir hambre o recordar un poema, y así sucesivamente aunque claro, ésta era una explicación muy elemental y las cosas, agregó, son muchísimo más complejas pero no por eso más alentadoras, sino al contrario, y por supuesto, cuando rebanas un cerebro […] no te encuentras adentro una nariz minúscula, unos ojos en miniatura o un estómago de juguete, y mucho menos y por fortuna una ilusión con la forma y el color mostaza de un suéter universitario o un pensamientos con alitas anaranjadadas» (234). El suéter universitario hace del cuerpo descrito uno que pertenece a la generación de Palinuro y Estefanía. La conceptualización del cuerpo de esta manera acerca también a Palinuro a las ideas que Deleuze y Guattari plantean sobre el cuerpo sin órganos, que si bien no he desarrollado explícitamente quiero señalar como pertinentes para una comprensión de la propuesta política de la novela.

[43] Elena Poniatoska, La Noche de Tlatelolco. (México: Ediciones Era, 2006)

[44] En contraste están las lecturas «letradas», reminiscentes de Glantz, que hacen por un lado el arte como la respuesta final ante la encrucijada revolucionaria: Alvarez Lobato dice «en la novela no hay esperanza desde el cuerpo; Del Paso insiste en la posición de no futuro que se deriva del aborto del hijo de Palinuro y Estefanía; si existe la trascendencia, ésta se da desde el arte», (“Una lectura,” 135). Y por el otro la del acto sexual como escapismo o «refugio para Palinuro ante su fracaso. Y, por medio de la voluptuosidad, del deseo violento, se desemboca en lo monstruoso» (Bendayán 31). La lectura de Inéz Saénz también se inserta en esta línea, al interpretar Palinuro como heredero del «barroco y surrealismo […] fundiéndose en las exuberancias de un lenguaje que insiste en trascender sus limitaciones», Hacia la Novela Total. (Madrid: Editorial Pliegos, 1994), 156.  Más que trascender creo que se trata de abrazar la inmanencia del lenguaje y la existencia misma.

[45] Las itálicas son mías.

[46] Kristov Cerda. “O Farabeuf: Escribir el Cuerpo”. (Alpha. 22 2011), 89.

[47] Lynn Jane Roberts Lemley, La Índole Proustiana de Palinuro de México. (Masters Thesis, Texas Tech University, 1987), 42.

[48] En un análisis sobre el tratamiento y la disección del cuerpo, Gerardo Gutiérrez Cham señala cómo «Del Paso nos muestra que todo este complejo trayecto de pugnas vitales también está habitado por los ámbitos del asco, heredados desde hace siglos, mediante conjuntos muy amplios de enseñanzas perturbadoras que se vinculan a sentimientos de repulsión y obscenidad, pero que finalmente constituyen los movimientos pródigos de la vida» (83).

[49] Gerardo Gutiérrez Cham, “Palinuro sobre una mesa de disección (el cuerpo y sus representaciones)”. (Literatura Mexicana. 20.2 2009), 84.

[50] Fiddian, The Novels, 80.

[51] Los personajes de Estefanía, así como de Mamá Clementina y la Tía Luisa no han sido trabajados desde una óptica feminista, pero su presencia e impacto en el texto permiten vislumbrar una postura radicalmente diferente en Fernando del Paso que rompe tanto con la postura elitista de Salvador Elizondo quien objetiviza al cuerpo femenino a través de la medicina como con los escritores más canónicos de la Onda como José Agustín o Gustavo Saínz quienes sí objetivizan a sus personajes femeninos en función de los protagonistas masculinos. En Palinuro, la mujer aparece como matriarca en el caso de Mamá Clementina, iniciadora de Palinuro y Estefanía en los juegos lingüísticos en el caso la Tía Luisa o compañera (en el sentido de formar una sociedad diferente y revolucionada) en el caso de Estefanía.

[52] «Claro, como todo hijo de vecino de la colonia Roma, Narvarte o Polanco que puede darse el lujo de pagarse los libros y perder el tiempo estudiando los bajorrelieves de anhídrido carbónico, en lugar de ponerse a chambear y llevar unos pesos a su casa. Pero ésta no es la ocasión de hablar de estas cosas…» (Del Paso 786).

Referencias

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Iván Eusebio Aguirre Darancou (Sonora 1987). Licenciado en Letras Españolas, con honores, del Tecnológico de Monterrey en mayo del 2011. Durante su estancia en dicha institución laboró como asistente de dirección de carrera y traductor; asimismo participó en la coordinación y locución de un programa de radio cultural. Estudió un verano de excelencia académica en UC Berkeley en el 2009. Continúa actualmente sus estudios de doctorado en el programa de literatura hispanoamericana en Washington University at St Louis, trabajando también en un Certificado de Estudios Latinoamericanos. Enfoca sus investigaciones actuales en manifestaciones contraculturales en América Latina y España en la década de los 60 y 70, especialmente a través de la presencia de drogas en literatura y productos culturales, así como los cambios en roles de género y sexualidades. Ha participado en congresos académicos en Monterrey, University of Texas at El Paso, Emory University y University of California-Irvine, presentando investigaciones sobre alucinógenos en la literatura mexicana e innovaciones textuales y culturales en la narrativa mexicana contemporánea. Actualmente cuenta con un artículo publicado sobre Augusto Monterroso y otro en imprenta sobre Guillermo Cabrera Infante.

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