Criticar la crítica/Entrevista

Perspectivas de la crítica mexicana | entrevista con Malva Flores

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Malva Flores

En Frontal nos hemos comprometido con la generación de un diálogo fértil en torno a la crítica que no puede desatenderse a ella misma como objeto de reflexión, muchas veces (como en este caso), apasionada. Presentamos en esta ocasión la entrevista que tuvimos con Malva Flores, quien, además de ser poeta, se ha dedicado recientemente a documentar nuestra historia intelectual, con la firme idea de que otra crítica es posible.

El desprestigio del crítico como historiador de la literatura es una anomalía más de lo políticamente correcto, porque ya no podemos enjuiciar ni la obra ni su circunstancia ni, mucho menos, encontrar su sitio en la historia de las ideas: ahora sólo podemos teorizar a su alrededor y por eso las palabras canon, tradición, etcétera, están prohibidas. Es paradójico este mundo que dice respetar la diferencia y al mismo tiempo prohíbe y sataniza la distinción –que es la primera tarea del crítico– y la disensión. La historia intelectual de nuestro tiempo será criticada en el futuro como la de un momento en que los hombres, avergonzados de sí mismos con razón, depusieron las armas del pensamiento y vivieron en un mundo que se entonó en clave de Re: Yo reconfiguro, tú repiensas, él rearticula, nosotros reformulamos…

Por Roberto Bolaños Godoy

Hace poco, en Frontal, publicamos un ensayo de Héctor Iván González sobre Pasado en claro; en éste, el autor mencionaba que Octavio Paz no era ni el mejor ni el más importante de la literatura mexicana, pero sí el más trascendente, debido a la amplitud de su influencia. Lo retomo, por lo siguiente: a propósito del centenario de Paz, ¿cuál o cuáles deberían ser las formas o enfoques para leerlo críticamente hoy? ¿Es posible abordar a Paz y valorar su legado sin un filtro o prejuicio ideológico? ¿O sería una manera ingenua de hacerlo? ¿Qué opinas con respecto de este juicio sobre que «no es ni el mejor ni el más importante poeta, pero sí el más trascendente»?

En la crítica literaria ocurrieron transformaciones profundas después de la Segunda Guerra Mundial que hoy nos tienen –por lo menos en los países que somos satélites del pensamiento norteamericano, y que a su vez se apropió del francés, etcétera, etcétera– en un estado grave de postración con respecto a nuestras capacidades argumentativas. Hoy ya no somos capaces de imaginar o de pensar dos pasos más allá de nuestro marco teórico: deliberadamente repensamos (repetimos) lo que otros dijeron y ese acto nos parece brillante. No es difícil, entonces, que la falta de imaginación, la ignorancia y la crítica se hayan tomado de la mano y bailen con graciosos pasos de suficiencia (y un arsenal dizque ideológico de izquierda, de derecha, de lo que sea) que nos distancia no sólo de la obra de Paz sino de la de cualquier otro escritor. «Leer críticamente», en estos tiempos, significa pronunciar, docta y revolucionariamente, aquella vieja frase: «ajustícienlos, después virigüen». Ese «después», por cierto, no llega nunca porque creemos que ya hicimos una previa investigación exhaustiva que nos lleva a concluir que el poeta, el narrador o el crítico, a quien hemos sentado en el banquillo de los acusados, es culpable de antemano. En ese sentido, la crítica mexicana se parece mucho a la justicia mexicana. ¿Ha sido distinto en algún momento? La crítica fue siempre una variante de la carnicería, pero la diferencia entre la crítica actual y la que se producía antes del triunfo de la peor academia, estriba en la capacidad y amplitud de su lenguaje (que hoy se restringe a la repetición mecánica de fórmulas y etiquetas) y al barniz ideológico desde donde se produce. Digo «barniz», porque ni siquiera hemos sido capaces de asumir nuestra «ideología» más que como máscara de buenas intenciones: del mismo modo como antes éramos buenos católicos, nos confesábamos los domingos y el resto de la semana éramos capaces de las peores atrocidades; hoy todos somos buenos, políticamente correctos, defendemos las causas nobles, nos ofenden la miseria y el crimen que observamos (sentados en un café de la Condesa, en un cubículo de CU o de Yale) a través de la pantalla de nuestro ipad, iphone o cualquier otro dispositivo. Lo real no existe más que como discurso, aunque desde nuestra privilegiada posición planeemos nuevos movimientos libertarios o realicemos una marcha, lejos, lejos de los verdaderos muertos, de la injusticia real y cotidiana. He visto muertos colgando de los puentes por donde paso cada mañana; niñas de la edad de mi hija que son secuestradas diariamente. Frente a eso, el activismo promovido por escritores y profesores que defienden las buenas causas desde la Ciudad de México o desde algún campus norteamericano, sólo puede causarme rabia y asco.

En relación con la crítica a Paz, aunque parezca o sea ingenuo, yo practicaría un ejercicio diferente: despojemos la obra poética de Paz y la de sus detractores del nombre de su autor. Reunámoslas azarosamente. Descubriremos que muchos de los poetas que antes y hoy defenestran a Paz, tienen una misma marca de origen formal, escriben versos que Paz habría firmado, pero tienen una parafernalia diferente: su show expositivo es muy distinto. Hagamos entonces lo mismo con Paz y los poetas que lo anteceden: descubriremos un hilo no tan invisible y al que no llamo tradición porque esa palabra hoy está proscrita por las buenas conciencias críticas. Por eso no me considero lo suficientemente capacitada como para poner ese tipo de estrellitas en la frente de Paz. ¿Es el mejor, el más importante, el más trascendente? Sólo puedo hablar desde mi gusto: no es el poeta mexicano que más me gusta. Sí es el ensayista mexicano que más admiro.

¿El debate literario es solamente estético o debería suponer una postura política? ¿Cómo afecta la militancia ideológica en la recepción de la literatura? ¿Las respectivas dicotomías Paz-Revueltas y Paz-Huerta son paradigmas sin solución para la crítica mexicana?

Somos animales políticos y todo lo que hacemos, hasta por omisión, es político. No está ahí el problema, sino en la indigencia crítica y en la simulación; en nuestra incapacidad para advertir la incongruencia entre lo que defendemos ideológicamente, nuestra actividad real en el mundo cotidiano y el lenguaje que utilizamos. Pero estoy hablando desde un nosotros que no tiene nada que ver con el mundo real. Nosotros, los que discutimos sobre la recepción de la literatura, no somos todos. No somos, ni siquiera, el adolescente que en la secundaria se topa con un poema de Efraín Huerta o de Paz y se deslumbra. No somos la muchacha que lee El luto humano y siente una empatía profunda con el dolor de los personajes. Nos hemos olvidado de que la literatura es eso: empatía, y somos –los que a esto nos dedicamos– una minoría arrogante. Siempre ha sido así. Pensar lo contrario es parte de la simulación de quienes forman el círculo de las piadosas almas biempensantes que utiliza un lenguaje impenetrable, una jerga que distancia de forma irreversible al lector común de su profunda disquisición que nos dice todo el tiempo que existen «categorías», no literatura, no empatía. Entonces, me cuesta mucho trabajo contestar tu última pregunta, pues de inmediato me asalta otra: los paradigmas, ¿tienen solución? En todo caso, me parecen falsos problemas, esos que la mala (pero abundantísima) academia ha planteado para, «problematizando» la literatura, tener algo que decir y así poder «insertarse en el campo cultural», ingresar al SNI u obtener su tenure.

A partir de tu experiencia con la publicación periódica de crítica en revistas literarias y suplementos, ¿qué opinas sobre la distinción artificial que tanto tiempo existió sobre la crítica periodística y la crítica académica (ambas mutuamente escindidas y ninguneadas) y con respecto a los recientes atisbos de conciliación que comienzan a verse, sobre todo por el contacto con la crítica norteamericana?

No creo que sea una distinción artificial, aunque en los últimos tiempos ya no es posible distinguir los gatos de las liebres. Aun habría que hacer una distinción más: la crítica periodística no es, necesariamente, la crítica literaria. A mí no me importa cuál es la «adscripción» del crítico, siempre y cuando no pretenda imponerme categorías donde no las hay y un lenguaje cuyo léxico mínimo sólo es muestra de una incapacidad verbal. No ensanchan el pensamiento: lo angostan al tamaño de su vocabulario. Esto puede parecer una perogrullada pero ¿qué pasaría si elimináramos de nuestra crítica todas aquellas palabras que, suponemos, dicen por sí mismas? Son etiquetas que utilizamos a diestra y siniestra para que nuestro trabajo parezca objetivo, apoyado en un lenguaje no «impresionista». La mayoría de los críticos académicos –no estoy hablando aquí de filósofos, pensadores o de los grandes críticos literarios surgidos de las universidades– escriben un discurso pseudocientífico para dar cuenta de su pertenencia a un gremio y demostrar así que su trabajo no se trata de una apreciación nacida de la intuición, la experiencia y la erudición. Al mismo tiempo, en sus escritos se sienten obligados a elaborar un discurso alterno que corre a la par del discurso especializado: una traducción que el discurso científico elabora por única vez mediante el establecimiento de algunas convenciones (un ejemplo sencillo: sea a los libros, b los cuadernos). La ciencia llega a una definición a partir de la observación, la experimentación y la comprobación. Las definiciones formales de derivada e integral, que fueron formuladas por Weierstrass en el siglo XIX, no han sido modificadas ni su nombre ha cambiado de acuerdo con la moda o la escuela «interpretativa». Otra cosa sucede con el lenguaje actual de los estudios literarios y probablemente pone en evidencia un problema que socavaría, desde dentro, la orgullosa fortaleza cubicular: la legitimidad de su discurso, su legibilidad, es puesta en duda por sus propios autores incesantemente, pues lo que se quiere científico no es otra cosa que la expresión de términos dizque teóricos que necesitan de acotaciones (a pie de página, como cláusula entre comas o guiones) cada vez que los enuncian. La revisión de cualquier paper puede comprobarlo.

Por otro lado, la hegemonía de la crítica académica es tan aplastante que ha contaminado incluso a los escritores y a su escritura (su «forma de producción», dirían ahora). Y ocurre algo muy gracioso: disentir de ese tipo de crítica, defender la capacidad verdaderamente revolucionaria y liberadora de la lengua, de la literatura y el arte que no se ajustan al lenguaje esquemático, institucional, oficial, de la academia, te convierte en «hegemónico» o en ignorante. Como sabes, soy una profesora en la academia. La conozco desde que nací pues mis padres y mis abuelos fueron académicos (físicos, ingenieros, matemáticos) de la UNAM. Trabajé más de quince años en CU y desde hace diez, en la Universidad Veracruzana. No hablo, entonces, desde fuera. La conozco muy bien y sé de sus enormes y valiosas aportaciones en muchos campos; pero no ignoro o paso por alto la enorme mezquindad de los «doctores», el esquema piramidal de su estructura y la charlatanería y corrupción que se esconden atrás del velo dorado del conocimiento (que ahora ya no es conocimiento, sino «saberes»). La crítica literaria que se produce en las universidades fue derrotada, en su mayoría, por el imperio que dice combatir: la homogeneidad del pensamiento. No dudo, entonces, que se crea que existen atisbos de conciliación gracias a la crítica norteamericana. No es conciliación, es rendición: nos derrotaron con un arma poderosa: el lenguaje, al que se le ha raspado su verdadera carga crítica. Hoy todos pensamos igual, hablamos igual, de acuerdo con la moda que nos imponen desde el cubículo y ese poder, disfrazado de bondad teórica, es el que nos explica desde Nueva York y en boca de latinoamericanos, los padecimientos que sufrimos a causa de la «neocolonización». El chiste se cuenta solo, pero el verdadero imperio siempre encuentra la forma de mutarse, de conseguir feligreses y adeptos: muchos académicos (y también ahora, increíblemente, algunos escritores) se han convertido en sus mejores voceros y sacristanes.

El crítico Christopher Domínguez Michael suele relacionar a la crítica literaria (a la labor del crítico) con la de hacer historia de las ideas. ¿Pero qué tan cercana está la crítica de la historia intelectual?

Antes que nada, el crítico literario es –como cualquier poeta o narrador– un lector. Cuando es un gran crítico –es decir, un gran lector–, puede compartir con claridad no sólo su reflexión sobre la obra que critica o estudia (sea una jarcha medieval o la última novela en el estante de novedades), sino también las ideas expuestas allí en relación con el resto de ideas que circundan, influyen, dialogan con la obra en sí. El desprestigio del crítico como historiador de la literatura es una anomalía más de lo políticamente correcto, porque ya no podemos enjuiciar ni la obra ni su circunstancia ni, mucho menos, encontrar su sitio en la historia de las ideas: ahora sólo podemos teorizar a su alrededor y por eso las palabras canon, tradición, etcétera, están prohibidas. Es paradójico este mundo que dice respetar la diferencia y al mismo tiempo prohíbe y sataniza la distinción –que es la primera tarea del crítico– y la disensión. La historia intelectual de nuestro tiempo será criticada en el futuro como la de un momento en que los hombres, avergonzados de sí mismos con razón, depusieron las armas del pensamiento y vivieron en un mundo que se entonó en clave de Re: Yo reconfiguro, tú repiensas, él rearticula, nosotros reformulamos…

¿Qué tan actual o qué tan anacrónica es la crítica literaria que se escribe hoy en México?

Cuando la crítica es concebida como otra forma de la creación –que es como yo la pienso–, como otra expresión del pensamiento, me parece absurdo endilgarle esos términos. Ahora, si la crítica literaria se basa en «tendencias», será tan anacrónica o actual como la moda a la que se adose, pero no será crítica: será moda, regulada por los imperativos del mercado.

¿Qué tan cierto es ese discurso apocalíptico sobre que la literatura mexicana (y la crítica) está en crisis?

Voy a responder con un ejemplo que se refiere a la poesía, pero que tal vez sea adecuado: concediendo que es la poesía (y no los poetas) quien se encuentra «en crisis», recurrentemente intentamos salvarla como intentamos salvar al país, al sistema bancario, al carcelario, también a los enfermos. Confundidos, lo que no sabemos es a quién salvar: si a la niña que imaginamos ahogándose en el pozo, al niño que la tiró jugando o al pozo mismo. La actual postración de la crítica, de la que te hablaba al principio, no creo que signifique realmente nada en el tiempo del arte. Breton no estaba equivocado: «la poesía tiene todo el tiempo por delante».

¿Cuáles son los críticos que más te han influido en la forma de leer y acercarte a la literatura?

Me gustan muchos críticos. Si me han influido o no, ni siquiera lo pienso. De todos ellos, prefiero a George Steiner.

Finalmente, ¿qué le falta a la crítica literaria mexicana?

Una terapia de desintoxicación. Un diccionario. Leer literatura sería pertinente.

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Malva Flores (Ciudad de México, 1961) es poeta y crítica literaria. Sus últimos libros son Aparece un instante, Nevermore (Bonobos/UNAM, 2012) y Viaje de Vuelta. Estampas de una revista (Fondo de Cultura Económica, 2011), Es miembro de los consejos editoriales de Literal. Latin American Voices y Letras Libres.

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