Crítica de poesía

Gris urbano, de Luis Flores Romero

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Luis Flores Romero

Gris urbano

Universidad Autónoma de la Ciudad de México

2013

yo escribiré un poema
con forma de poema, y haré otro
que hable de la idiotez
con forma de idiotez
.

LFR

¿Cómo debiera ser una ópera prima? ¿Debe perfilar una poética? ¿Sugerir influencias? ¿Expresar obsesiones? Cómo leer Gris urbano  de Luis Flores Romero (Ciudad de México, 1987), al ser su primer libro publicado, su primera aportación poética a la tradición o a la contra-tradición o al panorama literario o al catálogo editorial de la UACM o al librero de sus amigos de la Fac. Cómo leer sin condescendencia el primer libro de un autor porque, pues «está empezando y hay que darle chance».  ¿Cómo leer un libro que peca de ocurrente?

Me explico. Gris urbano es lo que se le suele llamar un feliz «catálogo de ocurrencias». El tipo de libros que se forjan al calor de los talleres literarios complacientes (como casi todos los talleres literarios habidos y por haber), con la cercanía de los amigos que impide críticas sinceras, a la cara, de su parte, o bajo la tutela de maestros que le hicieron más mal que bien al autor por no señalarle las flaquezas de su libro. O de su método de composición. Aún es pronto para saber eso.

En cualquier caso, debo hablar de este libro, en concreto. Un volumen compuesto por cinco apartados. Cinco apartados disímiles en cuanto a tono y temática: un catálogo caótico más que heterogéneo.

En «Gris urbano» el poeta apela a la capacidad de asombro del lector, que a juzgar por la frivolidad de las imágenes poéticas, asume que es más bien pobre. Sus poemas no sólo son elementales ejercicios de estilo (que, por cierto, abusan de la prosopopeya), sino la expresión de una suerte estética de la ocurrencia, en la que hay una tentativa de observación reveladora de la realidad (que busca ser trasmitida de forma asombrosa), pero que resulta ridícula o rebuscada, o ambas. Cito, por ejemplo, «Muchachas del metro Universidad»:

En el esperadero, muchas veces,

están llenas de olor, firmes, ajenas;

asedian sus relojes, no hacen ruido;

con su hermosura sísmica o pasiva,

están ciertas muchachas que no sé;

ciertas en donde no hundiré mis dedos,

Penélopes furtivas,

mujeres que jamás he de saberlas,

gozarlas más allá de sus zapatos,

herirlas labialmente

o derramarlas o dormir con ellas;

están ciertas muchachas,

pacientes o punzantes,

¿a quién esperarán y cuánto tiempo?

 

¡Yo fuera su esperado!

El yo poético, fracasado flâneur, intenta ser agudo pero es un ironista ineficaz, creo, porque depende demasiado de su perspectiva citadina, chilanga, que no le permite tener la suficiente distancia crítica como para aportar un testimonio más profundo o, por lo menos, no tan ingenuo.

Algo peor ocurre con «Lotería», una sección compuesta por una suerte de haikus que intentan ser imaginativos pero, en su bobería, son la quintaesencia de esa estética de la ocurrencia, misma que el poeta Luis Flores Romero predica con insólita seguridad y muy poco temor al ridículo. Aquí dos ejemplos:

Pasto

Si me acuesto en el pasto

tengo miedo de hundirme

en el enorme sexo

de una mujer inmensa.

[…]

 

Hamburguesas

Estas hamburguesas al carbón

son tan exquisitas que parecen

hamburguesas al diamante.

Estos ocurrentes ejercicios de estilo buscan pasarse de listos o de graciosos, sin serlo. Porque Luis Flores Romero es un poeta con sentido del humor, sólo le hace falta tener gracia.

Pero ocurre algo distinto cuando el autor intenta no ser sólo contemplativo sino verdaderamente reflexivo. El breve apartado titulado «Naturaleza en pausa» se distingue por revelar rasgos más acertados de la escritura de Luis Flores. Su facilidad para generar aliteraciones sugerentes o la naturalidad sonora de sus endecasílabos, por ejemplo. En esta parte, el poeta se vuelve un adorador de la naturaleza, tanto como lo es de la feminidad, en tanto que asocia ambas entidades, como ocurre en el poema «Jacaranda»:

Ese árbol son dos árboles:

el primero es una mujer,

una mujer vestida de morado,

esa mujer que en pétalos se expande,

sin una pincelada de verdor,

sin una sola hoja, sólo pétalos,

mujer hasta que se quita el vestido

y lo deja caer de gota en pétalo,

entonces ya desnuda

y desjacarandada,

de su dura desnudez

le sale el otro árbol,

le crece un árbol muy distinto,

enteramente verde,

un árbol que es un loro,

un loro despeinado y sinestésico

que canta con su verde

multitud de hojas,

con su plumaje fuertemente verde,

y canta hasta caerse de lo verde,

hasta poder al fin,

desentebrecerse de ese verde,

y el loro es un montón

de otoño sobre el sueño,

y de sus huesos nace una mujer vestida de morado.

Se trata de una sección muy alejada de las torpezas compositivas anteriores, pero además de una solemnidad desconcertante, casi un proyecto poético distinto de aquella fallida poesía burlesca mencionada antes. Su ejecución está mejor lograda y hasta hay más de un hallazgo poético genuino, tal como sucede en la sección más interesante de todo el poemario.

«Carrusel para Emilia» revela un poeta distinto: más sincero, menos artificial. Sobre todo, se expone contradictorio. Porque adula y violenta, ama pero somete, desea pero no comprende a la criatura que lo tiene fascinado. Aquí se retrata una relación intempestiva y compleja. Los poemas han sido depurados hasta conseguir el magnetismo idóneo que condense la intensidad de la experiencia. Se nota el compromiso puesto en su composición, pese a que cae en algunos lugares comunes de mucha de la poesía erótica que suele escribirse: el imperativo hacia la amante abstracta, el sometimiento y la posición de poder, cierta exaltación pornográfica en contraste con una romántica y anacrónica, o el «don» de la escritura como incentivo de la autoestima sexual. Aunque, acoto: el poema «VIII», sobre escribir sobre el cuerpo y sobre el cuerpo, lo admito, es una imagen de dualidad poderosa, a continuación un fragmento:

Escribiré en tus ojos

sílabas temblorosas,

escribiré en tus labios movimiento,

signos de exclamación en cada muslo;

pintaré un pez fogata en tu columna,

haré que cobre vida y te recorra;

por cada lunar tuyo

te pintaré otros cinco,

y pintaré en tus pies

mariposas monarcas

y las haré emigrar hasta tu frente;

[…]

«Origen de la muerte», por último, deja en claro que el autor es un poeta que se siente cómodo escribiendo versos largos, algo muy poco común en nuestra poesía. Luis Flores, sin embargo, confunde la reflexión con agravar el tono solamente y, entonces, poemas interesantes son inevitablemente leídos a la sombra de las tentativas anteriores, tan desiguales como desconcertantes. Transcribo un fragmento del poema «Noche para algún muerto»:

La noche detiene sus astros, sus nubes, su clima, su cuerpo,

la noche nos mira y es tuerta,

es tuerta y nos mira sin miel, sin olor, sin sonido, sin tacto,

vigila mi muerte, tu muerte, qué importa, cualquiera, la tuya;

tu muerte equivale a una muerte cualquiera: la mía,

la noche nos mira y succiona un cordero al azar,

y es agria su boca y oscuro el trayecto de su cabalgata lentísima y muda,

y es largo su luto y es largo su frío y es largo su rítmico océano de muertos;

[…]

Porque la estética de la ocurrencia no opera en todo el libro, por fortuna, pero tampoco permite la autonomía del resto del poemario que sí vale la pena. Saltar de hacerse el gracioso a ponerse a hablar en serio, en tan poco tiempo y espacio, eclipsa al libro entero.

Gris urbano quizá sea un libro inquieto, no dinámico. Ubicuo y a la vez extraviado. De amplias pretensiones y pocos logros poéticos concretos. Me queda claro ahora. En concursos, talleres, encuentros de jóvenes escritores, en publicaciones de redes sociales que se vuelve ¡libros! En nuestro campo literario todo. Si un fantasma recorre hoy la literatura mexicana, muy probablemente sea el de la estética de la ocurrencia. Que el fusilamiento crítico de libros como Gris urbano permita ahuyentar a todos los fantasmas.

_________________

Roberto Bolaños Godoy (Aguascalientes, 1989) es ensayista, crítico literario y editor en Frontal.

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