Criticar la crítica/Entrevista

Perspectivas de la crítica mexicana | entrevista con Gabriela Damián Miravete

GabrielaDamián

Gabriela Damián Miravete

Entender que hay distintas formas válidas de ejercer la crítica literaria, ha sido una de nuestras principales inquietudes para los miembros de Frontal. En esta ocasión presentamos la entrevista que tuvimos con Gabriela Damián, acerca de las razones particulares que la orillaron a participar en el debate literario, acerca de sus intereses y su concepción de la crítica, y sobre su perspectiva que, como escritora, tiene con respecto a la participación femenina en nuestro campo literario. Un tema que no deja de tener pertinencia y no debe dejar de discutirse.

Nuestra república de las letras no es desigual, ni esencialmente masculina porque la constituyen muchas mujeres, pero sí es desigual la representación y visibilidad de quienes la ejercen.

Por Roberto Bolaños Godoy

¿Cómo termina metiéndose uno en la crítica, a pesar de su generalizado descrédito? ¿Cuál fue tu experiencia al respecto?

Estoy muy tentada a responder que todavía no sé qué hace un espécimen como yo en un lugar como éste (la crítica literaria, se entiende). Pero sí puedo hablar de mi experiencia al respecto. Cuando comencé a interesarme por escribir literatura, lo que yo extraía de ciertos textos a veces era completamente distinto a lo que valoraban mis compañeros de ruta: ¿Por qué les parecía disparatado que Otra vuelta de tuerca también pudiera ser una historia de fantasmas? ¿Por qué no les incomodaba la misoginia de historias como Rayuela o de autores como Mario Vargas Llosa? Al parecer, la forma correcta de leer requería ponerse los lentes más convencionales que hubiera a la mano. Empecé a escribir acerca de mis relaciones con los libros para ordenar mi propia lectura y comprender de dónde venían mis inquietudes, también con el deseo de aportar una aproximación alternativa a quien pudiera interesarle. Pronto descubrí que mi incomodidad no era gratuita, que otras personas habían encontrado lo mismo que yo y ya lo habían expresado mejor, pero no tenían los reflectores encima, o sus opiniones no tenían eco en el panorama local. Encontré que compartir la crítica es placentero, constructivo y, me atrevería a decir, necesario. Supongo que estoy en la crítica a causa de un optimismo ambicioso, de la necia creencia de que si una no se siente representada por lo que ya está dado, tiene que construir su propio espacio de representación.

¿Cómo compaginar el trabajo de creación, de cualquier género literario, con el de la crítica? ¿Se trata de facetas diferenciadas o guardan más relación de la que se cree?

En mi caso tienen puntos de contacto. Después de todo, quienes escribimos solemos garabatear nuestras propias creaciones a partir de un sentido crítico de la lectura (el famoso «yo podría haberlo escrito de esta otra manera»). Una parte de mí disfruta los textos con gozo infantil (para mí ésta es una cualidad), otra faceta se divierte al desarmar el mecanismo del texto, la estética, otra se empeña en argumentar las implicaciones históricas y culturales de lo que enfatiza u omite; y la última piensa en cómo estos hallazgos pueden enriquecer la comprensión y composición de la escritura en general, y de la creación propia en particular. Pero esto último ocurre sólo dentro de los márgenes de mi bitácora personal: en la crítica destinada al público procuro hablar desde la posición de una lectora atenta que manifiesta su experiencia con el texto utilizando las herramientas de la creación literaria. Me produce desconfianza y me da un poco de vergüenza ajena cuando quienes crean utilizan su obra para ejemplificar cómo debería escribirse una novela, un libro de cuentos o un poema. En todo caso, planteo las preguntas e inquietudes que me surgen como creadora para compartirlas con quienes también escriben y leen.

¿Cuál es el criterio en el que te basas para elegir un libro que juzgas digno de comentario?

Me gusta hablar desde el entusiasmo que un libro me provoca como lectora porque para mí es importante contagiar ese gozo, sobre todo al lector no especializado. Pero me interesa también diseccionar la obra para argumentar por qué es relevante o fallida más allá del gusto, y qué relación tiene esto tanto con el panorama literario, como con la cultura mexicana en general. Disfruto el hecho de señalar las sutilezas en torno a la construcción de las identidades de género, tanto si una obra transgrede como si reafirma ciertos estereotipos, me gusta valorar formas novedosas o atinadas de narrar, y de manipular el lenguaje. Me interesa, en fin, compartir el disfrute o explicar una desilusión lectora que sé que podría pasar desapercibida para quienes leen (o critican) desde lo canónico.

Considerando que has escrito recientemente sobre los hábitos de lectura sexistas y la poca o nula atención de la crítica hacia las mujeres escritoras: ¿cuál sería el lugar de las mujeres en la literatura mexicana actual? ¿Y en la crítica? ¿Se puede trasladar el debate, con respecto a la desigualdad de género, al campo literario mexicano? ¿Nuestra república de las letras es desigual y esencialmente masculina aún?

Creo que la literatura mexicana actual cuenta, por fortuna, con un rango amplio de mujeres que escriben. Como sucede con los escritores varones, varias son excelentes, otras, regulares o en la búsqueda de su propia voz; pero tienen en común que –independientemente de la calidad de su trabajo– no están tan a la vista como sus colegas masculinos debido a mecanismos culturales complejos: desde la actitud de las mismas autoras hacia su propio trabajo (la modestia, prudencia y discreción femeninas son valores muy interiorizados en determinados contextos), hasta los criterios que hacen a una obra digna de atención, en los que ciertas preconcepciones de lo femenino no son muy valoradas –tanto formas expresivas como temáticas–. Y cuando sí se califica su obra, no pocas veces se le juzga en términos que provienen de una idea masculina de la escritura. Un halago que todavía es común en nuestros días es el que Octavio Paz le hacía a Elena Garro: Escribes tan bien que no se nota que eres mujer. En la crítica, me parece que existe en las autoras, por un lado, preocupación por no desacreditarse ante los colegas al usar herramientas argumentativas que se perciban como demasiado feministas. Es comprensible, con la mala fama que tiene la palabra con «F», y el desconocimiento generalizado de lo que persiguen los feminismos actuales. Y por otro lado, hay una crítica inteligente que toma en cuenta la perspectiva de género para construir sus argumentos sin reservas, pero que sigue percibiéndose como «parcial», «fuera de lugar» (el reclamo de que no pertenece al ámbito de lo estético) y «exagerada» tanto por los otros críticos como por ciertos lectores, que no tantas lectoras. También es comprensible, porque es difícil reprogramar esta educación para los roles, lo que está en juego es nada menos que nuestras identidades y nuestros privilegios. Si no es fácil percatarse de las prácticas inequitativas en las que incurrimos cotidianamente (están tan normalizadas) no lo será tampoco en el campo literario. Nuestra república de las letras no es desigual, ni esencialmente masculina porque la constituyen muchas mujeres, pero sí es desigual la representación y visibilidad de quienes la ejercen. El debate de la equidad de género se puede trasladar a cualquier otro ámbito: lo que sucede en la literatura, en las leyes, en la publicidad, en la oficina, en la calle, es una consecuencia de lo que determinan nuestras políticas del día a día.

¿Cómo abordar, desde la crítica literaria, el problema de género? ¿Cuáles son los prejuicios que, como comunidad cultural de este país, debiéramos superar con respecto a la literatura escrita por mujeres?

Antes que nada, hay que saber reconocer los privilegios con los que se cuentan y desde los que se realiza la escritura y la lectura. Se requiere empatía, autocrítica y la duda razonable de que la autonomía con la que parecemos escoger nuestras lecturas y hacer crítica no es tan libérrima después de todo. Los prejuicios son automáticos, se requiere un esfuerzo para ser conscientes de cuándo somos presa de ellos, y no mucha gente está dispuesta a hacerlo. Les parece una hipocresía más de la «corrección política», (Luigi Amara, por ejemplo, lo llamó «pensamiento ONG»). Me llaman la atención quienes reconocen abiertamente lo engorroso que les resulta pensar en términos más incluyentes, «¡Ash, qué lata!», parecen decir. Muchos aplauden la comodidad irreverente que ofrece la incorrección política y no se dan cuenta de que adherirse a ella es una posición aún más conservadora, una que sólo perpetúa el estado de las cosas. El costo lo acabamos pagando los que viajamos en segunda clase.

Otro prejuicio a desechar es el de que hay una sola forma de «escribir como mujer», y que esa forma es, por artes de la genética, la «naturaleza humana» o la cultura, generalmente más suave, poética, romántica, erótica o bien, inferior. Hay tantas formas de escribir como autoras originales, y si bien la perspectiva femenina ofrece, como diría Virginia Woolf, una versión diferente acerca de «la mancha del tamaño de un penique en la nuca del otro», no necesariamente hay que entrar en ella pensando que abordará temas «de mujeres» porque, ¿cuáles son esos temas hoy en día? De igual manera, son tan variados como las experiencias cotidianas o las imaginaciones estrambóticas de sus creadoras. También creo que estorba esa mirada condescendiente y ofensiva sobre el universo tradicionalmente femenino (la maternidad, lo familiar o doméstico), esas opiniones despectivas sobre ciertas obras al calificarlas como para «Amas de casa» o «Señoras que». Deberían preguntarse, tanto autoras como autores, por qué les parecen aburridas o limitadas, y por qué no juzgan con esos mismos criterios a las obras tradicionalmente masculinas. La clave está en las relaciones de poder que construimos todos los días sin cuestionárnoslo.

Otro asunto hacia el que creo que existe una actitud no oigo-no oigo-soy de palo, es el de las cuotas. Favorecen la mediocridad, según la gente que no se ha preocupado en informarse acerca de cómo funcionan, para qué sirven y qué resultados comprobables arrojan. Esto significa que, de entrada, dan por hecho que no hay calidad en lo que escriben las mujeres, si no, ¿por qué les temen? ¿No podrían otorgar, al menos, un voto de confianza? La finalidad de las cuotas es dar la oportunidad a quienes poseen las mismas cualidades que quienes por lo general ocupan esos espacios, pero que históricamente no han tenido la misma facilidad de acceso ni visibilidad en ese ámbito. Si estuviéramos en condiciones equitativas, no serían necesarias, desde luego, pero no se puede ignorar el hecho de que las mujeres todavía tenemos que esforzarnos el doble para obtener las mismas retribuciones y reconocimientos que nuestros pares masculinos. Podemos abrirnos camino a través de espacios creados a partir de esta toma de conciencia, o podemos esperar sentadas a que el bonito mito de la meritocracia sea una realidad.

¿Qué críticos te han influido más en la forma de leer y acercarte a la literatura?

Desde la academia, Mijaíl Bajtín, Roland Barthes, Terry Eagleton, desde la perspectiva de género, Julia Kristeva y Laura Freixas. Desde la crítica ejercida junto con el oficio creador, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Verónica Murguía, Alberto Chimal y Cristina Rivera Garza. Y desde la mirada fantástica, J.R.R Tolkien, Ursula K. Le Guin, Jo Walton, Kate Bernheimer y Magali Velasco. Y espero que me estén faltando un montón.

Finalmente, ¿qué le falta a la crítica literaria mexicana?

Incertidumbre. Creo que una ventaja de las acomplejadas como yo, que no estudiamos Letras y dormimos con la Antología del Horror y Misterio bajo la almohada en lugar de los apuntes de Saussure, es que tenemos la certeza de que no sabemos nada. Hay que documentarse de la forma más completa posible y tomar en cuenta las diferentes perspectivas antes de creer que estamos autorizados para emitir una opinión acerca de algo que, en realidad, nunca nos ha interesado conocer (como la literatura de subgéneros o el feminismo). Humildad, capacidad de asombro y valentía para no seguir ni las leyes del mercado, ni las del esnobismo, sino las de quien lee con atención, y al mismo tiempo, es capaz de conmoverse. Sentido del humor y empatía (aunque ahí están, por ejemplo, Elisa Corona Aguilar y Eduardo Huchín Sosa). Aceptar la variedad, tanto en el material que se critica como en las funciones de la crítica: que podamos aspirar a compartir el entusiasmo por los buenos libros a quienes tengan menos herramientas para valorarlos, ofrecer una mirada que ayude a leer los textos con recursos distintos a quienes leen de forma especializada, y quizá también a funcionar como un espejo útil para quienes escriben.

_________________

Gabriela Damián Miravete (Ciudad de México, 1979) estudió Comunicación y Creación Literaria en la Universidad Autónoma de Barcelona y la Escuela de Escritores de la SOGEM. Su trabajo ha sido reconocido con el Premio de Cuento FILIJ y la beca Jóvenes Creadores del Fonca en la especialidad de cuento. Historias suyas forman parte de diversas antologías de fantasía y ciencia ficción, entre ellas, Three Messages and a Warning, finalista del Word Fantasy Award. Coordinó el número dedicado a la literatura fantástica de la Revista Digital Universitaria de la UNAM y el especial de Equidad de género de la revista Tierra Adentro, en reconstrucción. Hace crítica para diversas publicaciones y dentro del Sensacional de libros del programa Ecléctico, transmitido por Código CDMX.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s