Crítica de ensayo

Entre aliens y replicantes: Kant y los extraterrestres, de Juan Pablo Anaya

kant

 

Juan Pablo Anaya

Kant y los extraterrestres

Fondo Editorial Tierra Adentro (FETA)

2012

Por Oswaldo Zavala

Kant y los extraterrestres es una afortunada meditación sobre la identidad y la memoria, o sobre la memoria como identidad, diseminada en cuatro ensayos narrativos o narraciones disfrazadas de ensayo con afinada lucidez, precisión verbal y luminosidad intelectual. En el primero, «Canción de amor para una androide», Juan Pablo Anaya ofrece una reinterpretación de Blade Runner, la película de ciencia ficción de Ridley Scott que marcó un antes y un después en la intersección del cuerpo humano y la tecnología, para adentrarse en la posibilidad de reconfigurar la identidad al reordenar el sentido y el significado de la memoria. Estudiando el personaje de aquella hermosa replicante que renegocia su experiencia amorosa capitalizando en sus recuerdos ajenos implantados, Anaya propone dispersar la unicidad cronológica de la memoria para escapar a la tiranía de la identidad. Con un implícito comentario borgeano a Funes el memorioso o al inmortal Homero que ha olvidado su propio nombre, Anaya inscribe las reglas de lectura de su libro hacia el final de esa primera intervención. Primero el corolario esencial: «Haré de mi memoria un animal mutante», y luego sus mecanismos: «Poblaré mis recuerdos de fantasmas ajenos», «Fagocitaré todo tipo de historias y trozos de información basura»; y finalmente: «Ejecutaré un procesamiento de datos a nivel de superficie» (26-27).

Anaya lleva este programa crítico hasta sus últimas consecuencias en «Ahab en el diván», acaso el mejor de los ensayos del libro. Allí se nos dice que leeremos un homenaje al desaparecido profesor Aníbal Acha-Benavides, experto en Moby Dick. Uno de sus más avanzados estudiantes se propone retomar la lectura crítica de su maestro para reinterpretar la gran novela norteamericana del siglo diecinueve. El ensayo pronto se torna en la dolorosa historia personal de Acha-Benavides, quien confunde su reflexión literaria con la tragedia de haber perdido a su hijo recién nacido. Con elegancia y conmiseración, el estudiante retoma la labor inconclusa del maestro para completar su proyecto intelectual: una teoría comparatista que hurga en los efectos de la intertextualidad para proyectar los deseos intermitentes entre autores y lectores. El resultado de este brillante ensayo es una reflexión sobre los ecos de la reescritura y los afectos, articulando al mismo tiempo un elogio de la ficción y un ataque contra su pernicioso poder de intervención en la realidad. Me basta como ejemplo una de las notas atribuidas al profesor Achab-Benavides: «Para Descartes la mente (inmaterial e indivisible) sigue siendo la misma a pesar de que el cuerpo sea amputado. El capitán es una prueba de que tal afirmación es falsa. Fue esta mutilación la que permitió a Ahab devenir un animal marino» (38).

La cuarta de forros del libro de Anaya anota que este ensayo tiene «la osadía de mandar al mítico capitán Ahab […] al diván», pero habría que matizar esa osadía advirtiendo que algo perverso e impersonal mueve el impulso de su autor, como si hacia el final del ensayo él mismo se percatara de un secreto odio edípico por su maestro, como si irremediablemente el estudiante tuviera que asesinar a su padre intelectual, quien sobrevivía a falta de un hijo carnal que le diera la muerte. El estudiante no sólo es capaz de corregir a su maestro, sino de hacer caer en picada sus vuelos teóricos y mostrarle la vulgar materialidad íntima de su itinerario crítico, los límites infranqueables de la miseria familiar que condicionan la supuesta libertad del creador, ignorante de las trampas invisibles de su inconsciente.

En «Kant y los extraterrestres», Anaya retoma los recursos borgeanos y reproduce las ideas de un extraño libro homónimo de un tal Miguel Alfonso Chinchilla, quien discute las reflexiones filosóficas con las que Immanuel Kant exploró su interés en la vida extraterrestre como herramienta de su epistemología antropológica. Anaya aprovecha las inusuales ideas de Kant en su Historia general de la naturaleza y teoría del cielo para subrayar la limitación filosófica que implica creer en nuestra excepcionalidad existencial como especie inteligente. Y aunque su ensayo comienza como un paródico comentario sobre una delirante pero sofisticada reinterpretación de Kant, el escritor Chinchilla adquiere repentinamente un tono siniestro y consecuente con la perversa historia del siglo XX entre guerras mundiales. Así, en lugar de intentar remontar las alturas del imperativo categórico, lo reescribe en la inmundicia de la condición humana más básica, es decir, su implacable necesidad de supervivencia:

El temor a sufrir una muerte cósmica hará que en nuestra alma se marque un hierro incandescente que diga: «Obra de tal modo que la máxima de tu acción pueda ser válida para la humanidad ante la invasión alienígena». Cualquier traición a nuestra especie será tanto como rebajarse a un estado de animalidad que merecería ser liquidado sin remordimientos (53).

El pueril llamado a las armas que tergiversa las ideas de Kant para anticipar una invasión extraterrestre se transforma, en el último ensayo, en un retorno al sentido humanístico de la epistemología kantiana. Allí Anaya retoma las preocupaciones finales de Kant en el último libro que vio publicado: Antropología desde un punto de vista práctico (1798) y reconsidera la importancia crucial que implicaría para la humanidad el encuentro con su otro extraterrestre. Escribe Anaya:

Únicamente cuando la primera nave de otros planetas establezca contacto con nuestra especie, comenzará a existir el Hombre. Entonces los habitantes del planeta Tierra serán el sujeto colectivo de una Historia en común y sus lazos de hermandad estarán motivados por la otredad de los seres extraterrestres (57).

Como ha hecho en los ensayos anteriores, Anaya juega con la solemnidad que invoca el nombre de Kant y lo puebla de humor y asociaciones inesperadas, lamentando por ejemplo, que mientras seguimos esperando la máxima revelación existencial de la modernidad con la llegada del primer alienígena, Jaime Maussán, el célebre y controvertido ufólogo mexicano, esté pasando de moda. Anaya se toma así la libertad de interpretar un conocido cuadro de Caspar David Friedrich como el signo romántico que moverá a la población mundial hacia el futuro, cuando por fin ocurra el avistamiento de una nave nodriza que sólo verá la legión de «vigilantes», esos ufólogos aficionados seguidores de Maussán que videograban obsesivamente el cielo mexicano en espera de que lo cruce un platillo volador de evidente soberbia. El mundo del futuro, nos advierte Anaya entre la seriedad analítica de su humor, será de esos «vigilantes», pues sólo a ellos les ha sido dado «profetizar el advenimiento del fin de la historia» (61).

Juan Pablo Anaya pertenece a una generación de ensayistas que escribe desde la indistinción genérica, es decir, que deliberadamente inscribe en sus textos una dimensión biográfica entrecruzada con una tensa dramatización, una luminosa analítica y una inesperada humorística. En sus mejores momentos, el libro se apropia de la multiplicidad referencial de Borges y su estrategia textual fundamental para la modernidad latinoamericana de establecer un ejercicio dialógico comentando textos inexistentes. Así, los ensayos de Anaya son desde luego breves narraciones, entradas de diario, delirantes artículos periodísticos y entrañables y melancólicas viñetas de una memoria evanescente.

El nombre de Borges es sin duda el eje que cruza a lo largo de la genealogía literaria a la que pertenece el libro de Anaya. Esa genealogía incluye las misteriosas páginas de El plano oblicuo de Alfonso Reyes, la memoria reinventada del Ulises Criollo de José Vasconcelos, la voluntad de descentramiento de El arte de la fuga de Sergio Pitol, la acidez crítica de Los rituales del caos de Carlos Monsiváis, y la aguda economía verbal de Efectos personales de Juan Villoro. Anaya asume de este modo un lugar distinguido al lado de una generación de ensayistas que, como «Kafka y sus precursores», prefigura retroactivamente esa genealogía y que ya conforma acaso el colectivo de escritura que rendirá la mejor ensayística mexicana de las próximas décadas. Pienso aquí en libros y autores como Papeles falsos de Valeria Luiselli, Pequeños actos de desobediencia civil de Fabricio Mejía Madrid o La vida triestina de David Miklos. Kant y los extraterrestres se suma a este emergente canon con la certeza de que nada quedará de él cuando por fin llegue la primera flota invasora de extraterrestres y su crueldad no perdone ninguna biblioteca de nuestro insignificante mundo.

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Oswaldo Zavala (Ciudad Juárez, 1975) es profesor asociado de literatura latinoamericana en The College of Staten Island y en The Graduate Center, City University of New York (CUNY). Obtuvo un doctorado en letras hispánicas en la Universidad de Texas en Austin y en literatura comparada en la Universidad de París III, Sorbonne Nouvelle. Su trabajo académico ha sido publicado en México, Estados Unidos, Francia y España. Se ha enfocado en la narrativa mexicana de los últimos veinte años, la construcción de imaginarios nacionalistas, el agotamiento de los discursos sobre la modernidad literaria latinoamericana y la representación y conceptualización de la frontera entre México y Estados Unidos. Es autor de la novela Siembra de nubes (2011). También es coeditor, con José Ramón Ruisánchez, de Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica (Barcelona: Candaya, 2011) y con Viviane Mahieux, de Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea (México: Tierra Adentro, 2012).

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