Crítica de narrativa

Cosas sobre las que escribir | Tratado (de una zona privada), de Aguillón-Mata

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Aguillón-Mata
Tratado (de una zona privada)
Pictographia Editorial
Colección Poéticas Contemporáneas
2013

Cosas sobre las que escribir

Por Jorge Téllez

Recuerdo al profesor de la universidad que, en su estudiado tono de sabelotodo, se burlaba de quienes comenzaban el comentario del libro asignado en cualquier otro lugar que no fueran las primeras líneas. Su razonamiento era, según él, infalible: «¿por dónde vamos a empezar si no es por el principio?». Sus ideas no eran más que una versión de la tiranía textual a la que muchos lectores deciden someterse –desde la religión hasta la ecdótica– sin importar que muchos de los valores predeterminados que se le asignan a los libros puedan convertirse en tema de otras y más interesantes reflexiones. ¿Dónde empieza El Cid, por ejemplo? ¿En el primer verso que hoy se conserva o en los anteriores perdidos? ¿Qué y cuál es exactamente el principio de un texto?

Por todo esto posible decir, aunque sea de manera tentativa, que el libro de cuentos Tratado (de una zona privada) –editado por Pictographia Editorial, 2013– de Aguillón-Mata empieza un verano de 2002 cuando el autor visitó la casa de Salvador Elizondo para hacerle una entrevista; o en la «Nota del autor» –situada en las últimas páginas del libro– donde se cuenta esta historia; o en el epígrafe de Elizondo, que la resume: «Yo leí a Wittgenstein hace mucho, hace cuarenta años más o menos, leí el Tractatus, pero con el criterio de que era una novela, no un tratado filosófico». El juego que Aguillón-Mata propone se trata de esconder el tratado de Wittgenstein en los siete cuentos que componen el libro, de manera que las siete proposiciones del filósofo estén relacionadas con «las ideas originarias de las historias de este volumen». No con las historias, sino con las ideas que originaron esas historias: un principio más.

Dónde están esas historias, de dónde vienen, es un preocupación que recorre el libro completo y que se hace evidente en las siguientes líneas: «Lo difícil no es contarlas o escucharlas: se cuenta o se escucha una historia cuando lo difícil ya ha sucedido, que es hallarlas, reconocerlas entre la intrascendencia de los días, entre bostezos y charlas banales, entre las caminatas al trabajo y las esperas, entre el sopor procurado durante las horas de entretenimiento» (p. 32).

Se puede leer este libro siguiendo esta idea: que cada una de las siete historias ofrecen una alternativa, una segunda historia que el lector debe hallar, reconocer, que no está oculta sino sugerida ya entre paréntesis en el título del libro, porque cada una de ellas se compone igual de una parte pública, social, y de otra privada, individual. El cuento «De una zona privada», por ejemplo, puede resumirse como la narración de una extranjera en México que, resignada con su papel de esposa-trofeo de un millonario, se acuesta con cuanto hombre se cruce en su camino. La misma historia cambia si consideramos su aspecto individual: que la narradora está embarazada y que es a su futuro hijo a quien le cuenta la historia.

Lo mismo sucede con el protagonista de «Arrullo», un viejo de paso en un balneario a las afueras de la ciudad que cuenta la historia de cómo acosa a un muchacho que trabaja de mesero. La narración está dirigida al mismo tiempo a sí mismo –en forma de introspección– y al muchacho con el que finalmente termina cogiendo en un baño.

Este vaivén entre lo público y lo privado se desarrolla estructuralmente en los lugares de las historias. La norma, al parecer, es la movilidad, que no sorprende al recordar que el libro empezó en el barrio de Coyoacán en 2002 y terminó, según la firma, en Cincinnati en 2013. Los personajes siempre están en otro lado: una mujer estadounidense en México; un mexicano en Berlín, Miami y Austin; un viejo de la ciudad en el campo; un hombre del campo en una cantina de la ciudad de México; dos amigos en una carretera. Si es que hay un centro, quizá éste pueda encontrarse siguiendo el otro epígrafe del libro, esta vez de Roberto Bolaño: «Así que yo le explicaba quién era yo y de paso le explicaba quién era él». Esta doble alusión especular –yo soy tú y tú eres yo– está en movimiento en todos los textos.

Además de la movilidad y el sexo, otro elemento constante es el del dinero, o mejor, la transacción y la manera en que ese intercambio define a los personajes. La mujer de «De una zona privada» reflexiona constantemente sobre las conductas sociales a las que obliga «su posición». Para el protagonista de «Bahía de Cochinos», un hombre que se ha mudado de Berlín a Austin, el dinero es en primer lugar el medio para conseguir abrigo, sexo, calor y casa, pero después cada una de esas transacciones es el pretexto para narrar la vida cotidiana en medio del cambio de países. El viejo de «Arrullo» obtiene al muchacho que desea, pero fracasa en retribuirle el servicio sexual; lo que se puede interpretar también como un fracaso menos anecdótico y más profundo. En «Las fugas», una mujer finge estar tullida para pedir limosna y una vendedora se sorprende al descubrir lo nuevo que es un billete mientras, al mismo tiempo, dos amigos discuten sobre nacionalismo en una cantina de la Ciudad de México. En los cuentos de este libro, cada cosa que los personajes intercambian –dinero, tiempo, sexo, conversación, hastío o silencio– es una manera de definirse frente a los otros.

El título del último cuento, «Un poema de Lope» responde a la pregunta que uno de sus personajes hace: ¿sobre qué escribir? El poema que uno de los dos amigos recita es un poema de ocasión, como si el interés mismo del libro fuera narrar la vida desde lo cotidiano y lo privado. Si es correcto leer este volumen desde la preocupación general por lo que se escribe, por la forma en que se encuentran y se eligen y se cuentan las historias, este libro quizá empiece muchos años antes de lo que he dicho, en 2004, con el primer libro de Aguillón-Mata –Quién escribe (paisajista)– que en esos momentos se preguntaba no sobre las historias, sino sobre la persona que las escribe.

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Jorge Téllez es doctor en Literatura Hispánica por el Colegio de México. Colabora frecuentemente en la versión impresa de la revista Letras Libres y en la versión electrónica con el blog El Grafólego. Actualmente cursa el programa de escritura creativa en la Universidad de Nueva York, donde también da clases de español.

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