Correspondencia/De ida y vuelta

¿Para qué aún la reseña? | Correspondencia: Rubén Márquez Máximo y Luis Bugarini

Rubén Márquez Máximo y Luis Bugarini

18 de junio, 2014
Rubén Márquez Máximo

El camino del lector es tan diverso como los granos de arena que pudiéramos contar cualquier tarde de verano. Cada lectura nos va configurando de determinada manera. Y no sólo la elección de leer un libro y no otro sino también el momento en que nos acercamos a ellos. Las posibilidades que tenemos para adentrarnos a la literatura son infinitas, por lo que pensar en cuál sería el mejor camino a seguir como lectores por momentos parecería irrisorio. Bajo esta premisa, ¿para qué hacer reseñas, para qué tratar de indicar un camino? Pienso en mi querida Laura, que es amante de los mapas, y comprendo que la reseña, o cualquier otro género cuyo objetivo sea referirse a la literatura, se emparenta con la cartografía. El antiguo arte de la elaboración de mapas quería sobre todo ofrecernos ubicaciones que nos servirían para trazar posibles rutas de comercio, convirtiéndose de esta manera, en un quehacer tan útil como la arquitectura. Escribir sobre una obra literaria es precisamente ubicarla en el mapa general de la literatura estableciendo un diálogo con otras obras para trazar una ruta de significados. De esta manera, el lector atento que busca un camino, porque sabe a dónde quiere llegar, podrá elegir el mapa que mejor lo ayude a formar su propia bitácora de viajes.

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21 de junio, 2014
Luis Bugarini

La idea del mapa me parece muy acertada. Aunque sucede que una literatura se escribe desde los afectos y la política grupal. Quizá en ninguna otra disciplina artística existan tantas filias y fobias como en la literatura. De ahí que la idea de mapa pueda llevar a error, porque cada uno dibujará su forma de entender el hecho literario y el consenso es esencial. En mi caso, practico la reseña como una forma de dialogar con el libro y sus alcances, presentes o sugeridos. Dudo que pierda vigencia porque sólo derivado de una miopía irremediable es posible determinar que hay libros sobre los que no puede decirse nada. El reseñista —y esta no es una actividad exclusiva del inicio de cualquier carrera literaria— dedica sus energías a seguir formando su gusto literario, que será su capital de cambio. Resulta paradójico comprobar que los escritores leen poco o leen sólo lo que deben por determinados motivos. La sed renacentista de conocimiento es infrecuente y en el reseñista aún hay ese arrojo para descubrir tierras sin ley.

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8 de julio, 2014
Rubén Márquez Máximo

Si bien es cierto que la crítica literaria a fin de cuentas es un discurso y un quehacer que difícilmente se puede deslindar de la búsqueda del poder, es decir, del apoderamiento de la palabra para decir qué vale la pena y qué no, no creo que toda la crítica se escriba desde la política grupal y los afectos. Existe una crítica que nace de la transparencia de la emoción que produce la alegría de leer un poema, un cuento, una novela o una obra de teatro que nos ha cambiado la vida porque hemos vislumbrado la belleza en un instante de infinita plenitud. Esa emoción que nos lleva a escribir sobre lo ya escrito no puede provenir de ninguna relación afectuosa o de política o de grupo, nace de algo más profundo y verdadero. Si lo que leo no me produce este arrebato no veo motivo para escribir sobre ello. ¿Por qué hablar de la muchacha que no me gusta? En mi caso, escribo poemas de las mujeres que despiertan mis sentidos, no veo para qué escribir un poema de la muchacha que no llama mi atención, ahí sólo queda el silencio.

Comprendo que con esta perspectiva sólo existirían trabajos destacando los valores positivos de una obra, pero repito, ¿para qué perder el tiempo escribiendo sobre lo que no nos gusta? En este sentido, efectivamente, entiendo la crítica literaria como la construcción de tu propio gusto que puede ser o no el mismo del lector. Al final de la jornada es él quien elegirá a los críticos que le trazarán la mejor ruta para llegar a su destino. Con respecto a tu comentario de escritores que paradójicamente leen poco yo diría que entonces difícilmente podrían llamarse escritores. Los escritores que admiro y respeto son devoradores de libros, si fuera de otro modo sería tan lamentable y triste como no estar enamorado de tu propio oficio. El inicio de la escritura está en ser un buen lector.

Por el lado del reseñista se corre el riego de que también suceda algo triste, tanto puede buscar esas nuevas tierras sin ley como también perderse en lecturas que no ayuden a completar rutas favorables para sus objetivos; por ello la importancia del mapa que nos guíe, pues no podemos leer todo. Por tal motivo, mis descubrimientos trazan rutas hacia el pasado, hacia lo ya dicho por los clásicos. Como lector no ando buscando el hilo negro o la novedad artificiosa, quiero entender a mi manera la tradición literaria que me toca y sólo me interesan escritores contemporáneos en la medida que me permitan establecer caminos con ese pasado que seguirá perdurando. Entiendo la literatura como la entendía Borges, como la escritura comunitaria a lo largo del tiempo de un solo poema o tal vez de una sola metáfora.

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17 de julio, 2014
Luis Bugarini

Cuando hago referencia a «los afectos y la política grupal» no me limitaba al aspecto anecdótico de amigos que se reúnen para compartir un entusiasmo. Hablaba de hallar una familia anímica en los escritores del pasado. Algo que George Steiner resume de manera ideal en Tolstoi o Dostoievsky, pues en esos dos escritores rusos se encarnan dos maneras antípodas del oficio y el espíritu. Uno apolíneo y otro dionisiaco, para utilizar la taxonomía de Nietzsche. Desde ese hallazgo de nicho se proyecta una modalidad del oficio literario. Henry Miller, por ejemplo, fue necesario para ciertos autores, mientras que otros lo consideraron una banalidad. Mismo caso de Ezra Pound o Gregory Corso. Me entero de que Harold Bloom integró a Amy Tan a su canon de la novela, junto a Paul Auster o Thomas Pynchon. Un desplante crítico que me parece insostenible. El ejercicio de la reseña me parece un primer balance de cómo lo que se ha leído determina nuestra visión del mundo y del oficio literario. Es un corte de caja o un inventario. Tengo el privilegio de reseñar lo que me gusta. Leo por placer y sólo dejo alguna reflexión de un libro que me inquieta. Aquí veo la función del crítico. La profesionalización de la lectura y, por tanto, de la reflexión, es una especialidad de la academia. Mi relación con la lectura es hedónica y la reseña me ha permitido ejercerla con más herramientas de comprensión. He llegado a la conclusión de que un autor es mejor escritor si ejerció la crítica literaria. Por supuesto es un amuleto personal, pero leer a otro con atención esmerada te da más elementos de juicio para tramar tu propia literatura. Los genios unipersonales se extinguieron en el siglo XX. Ahora bien, por lo que hace a los escritores que no leen, hay muchos casos de ese tipo de autores. Pienso en Miguel Hernández o Blas de Otero. Severo Sarduy, por ejemplo, hablaba de sí como el escritor más analfabeto del mundo, pues sólo leía a Lezama Lima. Una declaración paradójica en un escritor más bien barroco. En fin, creo que los caminos para llegar a una obra son tan variados como la propia naturaleza humana.

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29 de julio, 2014
Rubén Márquez Máximo

La lectura debiera ser por antonomasia un ejercicio de la crítica. De esta manera, el lector obtendría una mejor consciencia tanto del mundo real como del mundo de las ideas, y en el caso específico del escritor, también de los modos de articulación del discurso literario para ejercer con mayor eficacia el arte de su oficio. Pienso que lo que sucede con escritores que no han tenido una formación a través de los libros es que en realidad son grandes lectores pero de otro modo. Ellos han desarrollado la maravillosa sensibilidad de leer el mundo que los rodea y sobre esa lectura nutren su imaginario poético. También es cierto que el acto de leer no es trascendente por la cantidad de libros que pasan por nuestros ojos sino por la profundidad que logramos al estudiar ciertas obras o autores. En este sentido, un buen lector del Quijote podría ser tan completo como otros que hubieran abundado un mayor número de obras.

Finalmente, pienso la crítica como una puesta en juego de las emociones, es decir, de nuestra parte subjetiva que mueve y fundamenta toda experiencia estética, con la precisión del arco y la flecha del espíritu apolíneo que nos permite agudizar la mirada. Entonces, el trabajo del crítico consiste en tratar de explicarse los motivos que lo llevaron a la conmoción del espíritu tras el acercamiento a la obra literaria. En este momento, recuerdo a Octavio Paz en La llama doble cuando afirma que la crítica, tanto propia como ajena, no es otra cosa que un examen de consciencia de nosotros mismos. En resumidas cuentas, desde la crítica o la creación literaria, nos enfrentamos a la página en blanco por la necesidad de extender un diálogo con el tiempo y vislumbrar nuestra imagen es ese espejo que es la escritura.

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4 de agosto, 2014
Luis Bugarini

Celebro que ambos enfaticemos la importancia de la lectura como vehículo de autoconocimiento. Esto es una modalidad de enriquecimiento que queda ignorado en un mundo veloz de exigencias materiales. Ahí aparece la crítica, de nuevo, agazapada y expectante. He llegado a pensar que un escritor que es también un crítico es un autor más completo. Es una fe personal que me ha llevado a ciertos autores y, claro, me ha distanciado de tantos otros. Al final, la literatura es una gran arena de afectos y desamores que nos quita el sueño con sus posibilidades. Queda poco por agregar aunque mucho por leer.

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Rubén Márquez Máximo. (Puebla, México. 1981) Poeta y ensayista. Es egresado del Colegio de Lingüística y Literatura Hispánica y de la maestría en Literatura Mexicana de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Sus poemas han aparecido en revistas nacionales impresas como Alforja. Revista de poesía, Crítica y Casa del tiempo, así como en diversas publicaciones electrónicas nacionales y extranjeras. Ha sido incluido en las antologías de poesía mexicana: La luz que va dando nombre (1965-1985): Veinte años de la poesía última en México (2007), El oro ensortijado. Poesía viva de México (2009) y Antología de poesía contemporánea. México y Colombia (2011). En Ediciones Alforja ha publicado el poemario Pleamar en vuelo (2008). Es fundador de la revista electrónica y la editorial “Círculo de poesía”, donde escribe la columna Pleamar. Actualmente labora como Director del Departamento de Lengua y Literatura del Tecnológico de Monterrey, Campus Puebla y Coordinador de la Cátedra Alfonso Reyes de la misma Institución.

Luis Bugarini (Ciudad de México, 1978) es escritor y crítico literario. Realizó estudios de Derecho y Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cursó el diplomado en la Escuela Dinámica de Escritores, en donde fue becario, y el certificado en Teoría Crítica del Instituto 17. Textos suyos han aparecido en suplementos culturales del país —El Ángel, Performance, La Nave, Crónica Cultural—, en revistas electrónicas —Aeda, eSpiral—, y en impresas como Letras Libres, Istor, Replicante, La Tempestad yNexos, de la que es colaborador regular desde 2006, y en donde alimenta un blog de autor hospedado en el sitio web de la revista: asidero.nexos.com.mx Es autor de los libros Estación Varsovia (2013) y Hermenáutica (2014).

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