Crítica de poesía

París sin luz | Eloísa, de Silvia Eugenia Castillero

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Silvia Eugenia Castillero

Eloísa

Aldvs, Universidad de Guadalajara

2010

Por Bruno Ríos

El trabajo de la poesía no es ni ha sido nunca ajeno al trabajo de la historia. De hecho, ambas disciplinas comparten el mismo objeto, o por lo menos, ven el mismo objeto desde distintos puntos de vista. Y es por ello que al momento de enfrentarnos con un libro o una colección de poemas que tratan directamente o indirectamente sobre alguna cosa, llámese suceso, lugar o situación, es imposible desprenderse por completo de la gran conversación que tiene el arte con la historia. ¿Cómo entonces definir una obra que es en sí un hipertexto de una historia en específico? ¿Cómo leer ante la infinita posibilidad de conexiones que se presentan cada vez que leemos un texto? En ocasiones la referencia es explícita y muy clara, se ubica dentro de sí misma para hacerse evidente y mostrarse entre líneas o en los hilos mismos que le dan cohesión a un texto en sí. Pero en otras, las referencias, las fuentes, están dispersas en un sinnúmero de interconexiones que son inteligibles solamente cuando escarbamos dentro de la estructura de una obra. Es quizá la labor del lector establecer estas conexiones, explícitas o implícitas, que determinan definitivamente la forma en que leemos un libro.

Las fuentes que utiliza Silvia Eugenia Castillero para construir su Eloísa son en sí mismas sumamente visitadas y conocidas. Podemos pensar que la historia de Abelardo y Eloísa, que data del siglo XII, es una de esas historias que han sido re-imaginadas una y otra vez por la literatura. Son historias que se convierten en hipotextos (podemos pensar en el Ulises de Joyce como un hipertexto de la Odisea y la Eneida; o en los evangelios mismos que han tenido representaciones contemporáneas como El evangelio según Jesucristo de Saramago, entre muchísimas otras) y que representan algo que sin duda es parte de lo que implica el puente entre Historia y Literatura: el principio de continuidad. Dentro de los nombres que vienen al caso en referencia a Eloísa están nada menos que Alexander Pope, François Villon, Christina Rossetti, entre muchos otros, por lo que el diálogo en la poesía no ha faltado durante el paso del tiempo. Y es que las Cartas a Abelardo, los pocos textos que sobreviven de la pluma de Eloísa, son parte de esos textos que dialogan con el tiempo, que están presentes aún hoy y que, no me cabe duda, seguirán apareciendo como fuentes directas de otras obras, otros textos.

En específico, Eloísa de Silvia Eugenia Castillero va más allá de una referencia directa a las cartas, o a la propia Eloísa histórica. Prueba que la poesía, así como la historia, se articulan desde un territorio siempre cambiante, un territorio que se ubica en el espacio intermedio entre lo fijo y lo móvil. Tanto la poesía como la historia están dentro de lo topológico, dentro del principio de continuidad. Si recordamos a Kierkegaard, la continuidad depende de una relación sana entre el pasado y el futuro, ser al mismo tiempo esperanza y memoria. Sin embargo, en la obra de Castillero entra otro elemento que es, precisamente, el punto de vista desde el cual enuncia: su propio presente. ¿Cómo reproducimos una historia que aparenta estar tan lejos en el tiempo y en el espacio? ¿Qué tiene que ver el París de Eloísa en el siglo XII con el París de ahora? La respuesta, creo yo, se encuentra en la ambigüedad de la representación. La poesía de Castillero se ubica en el presente, sí; pero juega, en un vaivén de voces, entre el pasado y, de manera indirecta, el futuro: abre la puerta para volver a imaginar a Eloísa, y por ende, al otro protagonista de la historia que es París.

El libro, dividido en dos partes, por un lado Eloísa Espera  y por otro El Regreso de Abelardo, va y viene entre el siglo XII y el presente. El truco está en que el lector sólo puede asumir desde dónde se enuncia la voz por diferencias que aparentan ser claras con un cambio de tipografía, pero que después se mezclan y se difuminan conforme avanzan los poemas. Dentro de la primera parte, se nos presentan una serie de textos en prosa poética que son referentes a París como geografía, como ciudad:

No puedo salir: la ciudad enfureció. Más allá de la muralla en forma de corazón no hay ciudad para mí, ni vías para el tiempo. En esta mansión los ecos y estucos son símbolos tuyos, los dejaste para cuando reclamara tu presencia (19).

El yo es ambiguo. ¿Quién enuncia? ¿El sujeto Silvia o el sujeto Eloísa? Es en esta ambigüedad en donde se da el vínculo en el tiempo, que aparenta sólo ser un don de prestidigitación, una mera distracción, pero que culmina en ciertas claves que viajan a través del tiempo:

Esa grúa oxidada, tan alta – a medio cielo – obstruye la vista de sus gárgolas de la tour Saint-Jacques, no podemos ver sus bocas llenas de ráfagas, hay un artefacto inmundo entre ellas y nosotros, una pieza como subastada por el Infierno. Y en un efecto de damero se multiplica por el espacio hasta el abismo (66).

Tal vez, en este caso, no sea Roma la ciudad eterna, sino París, que ha permanecido también en el tiempo, y que sigue con las mismas cárceles, las imágenes que veía Eloísa desde su celda o el convento (que es lo mismo), que son las mismas que ve la poeta, con simples guiños de realidad:

No hay otro París tras la montaña, hay reflejos en un ramillete, el pasado acumulándose en boca de alguien como surtidor de espejos. París se despoja de luces falsas y se deja poseer por una mirada en ruinas. En parcelas París muestra sus grietas, sus fríos hierros, sus árboles que se vuelven mantos negros (59).

Otro de los recursos que Castillero usa en el libro para mostrar la ambivalencia del punto de vista y de quien mira se encuentra en la intercalación de poemas. Dentro de otros, poemas titulados y otros sin título, están los poemas sobre el Río Sena, seguidos de lo que yo llamaría una acotación entre paréntesis en el siguiente orden: (añil), (ocres), (sepia) y (bermejo). Estos poemas son los referentes al paisaje del pasado que ve Eloísa, como se ve en el poema Del Árbol: «Era tuyo el paisaje: / dichosa la alabanza.» (35). La clave de la ambigüedad se encuentra también en la estructura de la representación. La poesía tiene la virtud de alejarse de la descripción pura, o de la pura percepción. Su representación está en un segundo nivel que requiere a su vez el manejo claro de un sistema simbólico. Creo yo que dicho sistema simbólico está directamente relacionado con la imagen poética por un lado, y por otro con el elemento indispensable que hace a la poesía ser lo que es: los afectos. El Sena de Castillero no es en sí un río, no es un río cartográfico; es un río que está dentro del sistema simbólico de los afectos, que le dan valor a sus características. Lo vemos en Río Sena (sepia):

Camino y me hundo:

los puentes alargan su desmesura,

trastocan el relieve del pasado.

Regreso siglos hasta mirar

al agua tallar mi propia historia. (…)
El recuerdo quebrado se hunde

templo invertido.

Y sólo queda este caminar de canoa

sobre las nervaduras del tiempo (36-37).

Hay un yo poético que enuncia, que huye de la descripción, se escapa de la narración simple o de la percepción pura. Las imágenes del Sena son las del río que atraviesa París. Pero también son las del río que atraviesa la historia, que sigue ahí después de los siglos. El movimiento es entonces transversal, no paralelo. El corte de la imagen de Castillero es el del pasado y el presente, así como el de su territorio. Sin embargo, el último de los poemas da la clave para entender el juego:

Era la canícula.

Los muros conventuales

se percibían desde el Sena,

aroma de viñedos y añoranzas

se encharcaban al paso por el río.

Ahí dejé – entre la agitación

de mujeres y risas

de niños – una historia anegada:

al fondo del Sena vi por última vez

mis ojos ávidos, y flotando

– suspendidos – los amoríos de la piel.

El caballo galopaba y Eloísa enmudecía,

para llegar a las puertas del monasterio

adusta y recatada. (46)

Ambas ven el río, y ambas cuentan la historia.

La segunda parte del libro, que supone el regreso de Abelardo, se queda corta ante la espera de la parte anterior. Abelardo muere en 1142, mucho antes que Eloísa en 1163. Los poemas de Castillero muestran un regreso más bien fúnebre, un regreso a lo perdido:

Es Abelardo que vuelve

y trae hasta la celda de Eloísa

una ciudad con calles de seda:

la estrecha arácnida

en el balanceo del viento,

de hilos y alas muertas,

allí al fondo de Eloísa, dentro. (71)

El regreso de Abelardo no es exclusivo o único de su cuerpo, trae consigo una ciudad que no puede verse desde la celda. ¿Cuál es la verdadera cárcel de Eloísa, su celda o París? ¿O es París el regreso a la libertad?

Tal vez el momento más afortunado de la segunda parte, y que da la clave del principio de continuidad de la historia, es un poema en prosa que revela de nuevo su artilugio: «Esta es la historia nueva, soy un túmulo, montón de tierra sin luz. Aquí no traslucen ni los ángeles, sólo el chirriar de  tierra sobre la tierra. Abatido el cuerpo y sus órganos, aterrados los oídos, los espasmos de esperanza son cada vez menos. Quedaré aquí, sin respiro – un terrón.» (78). Tal vez es este el quiebre de la continuidad, aunque no terminé aquí la historia. Eloísa se abre a la posibilidad de la rescritura, de la reinterpretación, de entender no en los hechos sino en los afectos el vínculo que tienen el tiempo y el espacio, la poesía y la Historia. En este poemario son muy aplicables las palabras de Humboldt, que lo corroboran, la idea de que la imaginación no es solamente “la madre de toda poesía, sino también de toda la historia”.

_____________

Bruno Ríos Martínez de Castro es escritor, editor y crítico literario. Es Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por el Tecnológico de Monterrey y candidato a doctor en Literatura Hispánica por la Universidad de Houston. Es autor de los poemarios La blanca espera del tren (Editorial Foc, Barcelona, 2012) y Sequía (Editorial Foc, Barcelona, 2013).  Su obra crítica y literaria ha sido publicada en diversas revistas y antologías en México, Estados Unidos, Perú, Argentina y España. Se especializa en literatura mexicana contemporánea del norte, con énfasis en la poesía y narrativa que giran alrededor de temas relacionados con violencia, memoria y género. Actualmente es asistente de investigación en el Recovering the U.S. Hispanic Literary Heritage Project y editor de Frontal | Gaceta digital de crítica literaria.

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