Crítica de narrativa

Faustina, de Mario González Suárez

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Mario González Suárez

Faustina

Ediciones Era

2013

Por Yliana Rodríguez González

Yo a veces sentía unas soledades

terribles, de esas que los santos

 tenían en el desierto, donde

 el viento, la arena, las ponzoñas

 y el cielo son el diablo.

 

Mario González Suárez, Faustina

Faustina es un «no me hallo». Empieza así, con una voz que dice que siente la piel atada en un nudo de chorizo en la espalda y que termina en un orgasmo enquistado como un erizo. Faustina es la imposibilidad absoluta del abandono de sí. Es una confesión. Y si seguimos a María Zambrano, una confesión que es desesperación y huida, sentimiento de fragmentariedad y, finalmente, lo que no consiguen Faustina/Faustina, afán de reconocimiento en la unidad.

Con esta novela, Mario González Suárez se suma a una ya bien constituida tradición de narrativa coloquial en México, pero también a la de la novela monológica (imposible leerla y no establecer de inmediato vínculos con La princesa del Palacio de Hierro, Señorita México o Diablo guardián, o con autores como Ricardo Garibay o Elena Poniatowska y, desde luego, con Las batallas en el desierto y La región más transparente), tradiciones a las que es difícil integrarse como objeto único, sin embargo.

La novela se sostiene en la primera persona, en una confesión/declaración/monólogo interno que, en todo caso, es el modo que el inconsciente tiene de manifestarse. Dice Ricardo Piglia que Manuel Puig dijo que el inconsciente tenía la estructura de un folletín. Y esto dice de Piglia y de su obsesión por Joyce y Puig. Pero también dice de Faustina. En Faustina, el derecho a tener historia y su condición de drama latente confirman esta idea. El discurso de Fausti narra la visita de su padre a México y transcurre entre el día en que lo conoce (el de la piel estirada por la emoción) y el día en el que lo despide (el del orgasmo enquistado). Relatada desde el futuro, Fausti puede ir y venir temporalmente hacia y desde ese momento perturbador para decirse sus contradicciones, re-sentir sus emociones, recordar sus sueños y establecer relaciones, muchas veces desconcertantes, entre los elementos de su vida ahora hechos discurso. Se trata, pues, de la evocación de unos cuantos días que se convierten en todos los días de su vida. O en los más importantes, por lo menos. Por ello, esta novela parece que empieza y termina en ningún lugar y en ningún tiempo; es así por el malogrado pasaje iniciático de búsqueda del padre que se convierte, a su vez, en una frustrada búsqueda de la madre: el contrapunto que ejerce el padre favorece y anula a la madre a un tiempo.

González Suárez ha dicho que De la infancia (novela suya de 1998) es un asedio a la figura del padre, mientras que Faustina lo es de la madre. El epígrafe de la novela, ‘in tonan in tota tlaltecuhtli tonatiuh’ (nuestra madre y nuestro padre, la Tierra y el Sol), revela este propósito. Si bien en De la infancia la supremacía del padre es manifiesta, en Faustina es imposible precisar el peso específico de la madre, como imposible es determinar casi cualquier cosa en el texto. Esto es lo que me interesa de Faustina: su vaguedad, lo inacabado, lo indefinido.

Faustina es un híbrido, como novela y como personaje. Hay momentos en los que la indeterminación de la voz nos hace dudar de la identidad sexual de Fausti; hay historias sin terminar; hay información perdida o deliberadamente oculta, pero también hay ocasiones en las que no existe tensión entre la palabra y el personaje que la enuncia, pasajes en los que el verbo le pertenece: «…en ese momentito en la pozolería sentí que lo teníamos todo. Es posible tener una dosis de todo», p. 78. Nosotros, como lectores, irrumpimos en este desigual discurso interior que nos involucra —porque adopta la apariencia de un diálogo—, y al mismo tiempo nos aleja —porque no tiene principio ni fin. Llegamos a la mitad del monólogo, insisto, y abandonamos a la mitad de una frase. La novela es un relato trunco y eterno porque la voz de Fausti se obstinará en seguir hablando, pero se quedará sola.

En Faustina, la voz pesa; no es un logro despreciable que un habla interior caótica se pueda seguir con soltura. Pero hay mucho más. Faustina pone en crisis una idea fija y sagrada a propósito de la maternidad y la paternidad; evoca con precisión y una dosis de encanto un México inmediato y perdido y es educación sentimental con paseo sensorial. La complejidad de Faustina no descansa, entonces, exclusivamente en la voz; la coexistencia en el texto de historias y tiempos simultáneos la alimentan. Frente a una historia en apariencia superficial hay otra profunda; opuesto al tiempo de la visita del padre (que va de la Navidad al año nuevo), y a una Fausti niña, está el futuro anterior a la enunciación, y una Fausti adulta. Pero, además, hay un espacio y un tiempo mitológicos con entidades mitológicas habitándolos (como el Mostro de Ecatepec, un chofer de pesero causante de la muerte de los pasajeros de su unidad, o el padre y la madre de Fausti, encarnados de súbito en penacho de cenizas, uno, y en madre de piedra, la madre de todas las piedras, otra). Estas entidades brotan aquí y allá mientras transcurre el relato de los paseos por la ciudad con el padre. El sustento del espacio mitológico lo otorga la esquiva historia familiar: los antepasados de la madre trabajaban la obsidiana, hacían cuchillos; los del padre eran carniceros y antropófagos, y, para terminar, Fausti soñaba que veía el Anáhuac en el principio de todo.

Faustina es una excursión culinaria. La comida es el motor del relato; en consecuencia, los encuentros con el padre son un constante andar y comer. El menú de estas jornadas incluye pollo rostizado (a propósito del cual se hace una espléndida apología, de la que transcribo sólo el inicio: «el pollo rostizado es como comerse un corazón latiente dorado con caramelo», p. 16, moles, tacos, cervezas, huevos rancheros, tortas, mariscos, Mundets rojos, barbacoa, coquitas, birria, donas sabor a humo. Y toca al padre revelar los secretos de la mitología culinaria: el origen de la barbacoa y de todos los caldos que se toman en México es la antropofagia, sostiene «El pozole no se comía con cabeza de puerco, porque no había, y mucho menos con pollo, sino con cabeza de tlaxcalteca. La pancita no era de res, sino de xochimilca, y luego de obispo», p. 65. Las comidas con el padre, en Faustina, son el obligado rito de paso de la infancia al fin de la infancia; pasaje que se evoca en la novela como un conjunto de sabores y de imágenes, como un determinado sentir y estar en el mundo.

Mario González Suárez apuesta en Faustina por la omisión y el desbordamiento. Y la jugada es riesgosa, pero gana la mano. Paradójicamente, en un discurso que parece no tener pausas, el silencio es decisivo: lo que no se sabe, lejos de oscurecer la lectura, intensifica la fragmentariedad de la historia y de la identidad del sujeto que la enuncia. «¿Quiénes son estos señores que son mis padres?», se pregunta Fausti. Si la madre es un constante «cállate y no moleste a su padre», si es un reproche mudo; el padre es un incontable andar y comer en silencio, una ausencia desde siempre. «¿Y si yo en serio no tenía papá, ni mamá?», insiste Fausti.

Faustina es un «yo nunca supe» y es la historia de una traición y es, por fin y, sobre todo, un naufragio: «Quienes hayan tenido esta sensación de naufragio saben que es real, que con un poquito de mala suerte te vas al fondo, allá de donde ya nadie podrá sacarte, ni aunque regrese quien te dejó, ni aunque reviva el que se murió o las cosas vuelvan a ser como antes» (p. 113). Tras el año más desdichado de su vida, buscando la pertenencia, Fausti abandona la infancia en soledad, sin refugio y sin salvación.

_____________

Yliana Rodríguez González es doctora en letras con especialidad en literatura mexicana por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es profesora-investigadora de tiempo completo del Programa de Estudios Literarios de El Colegio de San Luis desde 2013. De 1994 a 2013 fue investigadora de proyecto en El Colegio de México y secretaria de redacción de la Nueva Revista de Filología Hispánica; se desempeñó como profesora de asignatura en el Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE), de la Universidad Nacional Autónoma de México, de 2006 a 2013. Su línea de investigación, la literatura mexicana hacia el final del siglo XIX y principios del XX, se dirige principalmente al estudio de las prácticas lectoras, con énfasis en la relación entre imagen y lectura.

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2 pensamientos en “Faustina, de Mario González Suárez

    • Sin duda es un libro que debemos seguir pensando. Gracias especialmente a Yliana por su colaboración y sus siempre puntuales atenciones con nosotros.

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