Bitácora-Tangente

Humor: desdoblamiento ético. El ejemplo de Louis C.K.

Por Aguillón-Mata

1

Los antiguos juzgan natural la búsqueda de conocimiento, según se nos recuerda a menudo. Pero la filosofía –entendida como la sistematización tradicional de principios elementales para organizar el conocimiento de la realidad y del individuo– no brota espontáneamente de un impulso natural, sino de una profunda decepción. Hallar el modo de cubrirse del frío o de reducir el hambre –cierto tipo de conocimiento– es parte de la naturaleza, pero pensarse sujeto no sólo tras la satisfacción de necesidades básicas sino quizás incluso debido a dicha satisfacción es tanto el principio de la filosofía como un acto esencialmente anatural, y se debe a la punzante certeza de que el estómago lleno y el abrigo no colman nuestra existencia. Lo dicho: decepción. Esto, en términos fundamentales. Pero la actual filosofía –que es estética, lógica, epistemología y ética, el interés de estas líneas– exige aproximaciones más específicas.

En tiempos de redes sociales, durante los cuales la acumulación de interacciones deviene moneda corriente, la popularidad precede cualquier valor, con lo que se genera una crisis ética. Contra la decepción del individuo que debería devenir pensamiento, hemos opuesto una ideología de mercado, quimérico placebo cuyo bien de cambio es la popularidad en línea: los likes, los RTs, los favs. La inevitablemente amarga afirmación ética –amarga en tanto que objeta un problema– siempre caerá derrotada en la arena de la popularidad ante el desplante, la fingida autosuficiencia, la risotada o la evasión, expresiones que Simon Critchley llama «nihilismo pasivo» (en Demanding Approval, Verso, 2007).

Es en este contexto que la necesidad ética ha desarrollado nuevos portavoces en línea, generando lenguajes. Puesto que la intención es no traicionar la indagación ética –respuesta a decepciones de distintas índoles, desde existenciales hasta políticas– durante la búsqueda de popularidad virtual, la comedia ha alcanzado un nuevo estatus entre pensadores. Aunque los medios masivos del siglo XX se encuentren supeditados a la red, es evidente que hay antecedentes del humor ético en los periódicos –caricatura política, tira cómica– y en la televisión –programa de revista, falso noticiero. Pero existen también muchos referentes anteriores en las literaturas de los siglos pasados: en el desdoblamiento cómico del Über-Ich freudiano, en las ácidas columnas periodísticas de Larra, en las comedias y entremeses del Siglo de Oro, en la «risus purus, the laugh laughing at the laugh», de Beckett, y quizá principalmente en la tradición novelística que desde Rabelais hasta Pynchon –pasando por Cervantes, Sterne, Diderot, Joyce, Gombrowicz y cuanto más– ha desarrollado un profundo pensamiento ético codificado entre carcajadas. Internet, no obstante, cuenta con sus propios campeones. Es casi imposible imaginar el éxito mediático de Slavoj Zizek, Pussy Riot o Rap News sin la red, por ejemplo. Las características de su discurso podrían existir en libros, fanzines y performances –aunque es imposible determinar hasta qué punto– pero en tal caso su audiencia se reduciría a círculos de entendidos. No es mi interés señalar la exposición que Internet permite; después de todo, cada usuario tiene acceso a la misma exposición, si bien sólo potencialmente. Cómo el humor se ha convertido en refugio para la declaración ética, en particular, es lo que aquí interesa.

2

En mayo de 2014 la revista GQ nombró a Louis C.K. nuevo e indiscutible rey de la comedia norteamericana. En tanto tal, pero también debido al peculiar progreso de su carrera, el suyo es un ejemplo significativo. Su trabajó comenzó décadas atrás y, hasta el momento, sigue desarrollándose en la televisión: Louie (2010) cuenta ya con cuatro temporadas en FX y todo indica que habrá al menos una quinta. A menudo se le invita a los más populares programas nocturnos de entretenimiento en toda la industria, como los de David Letterman, Jon Stewart y Jay Leno. A pesar de esto, su éxito no parece deberse a la televisión, a juzgar por los muchos años que este medio usó a C.K. como relleno –dinámica sobre la cual Louie ironiza en tres de los últimos capítulos de su tercera temporada. Internet tiene un ritmo y una lógica diferentes. Las apariciones de Louis C.K. en televisión recorren la red en fracciones, una broma a la vez, pero multiplicadas hasta la enfermedad –de ahí la pertinencia del término «viral». Es en esa dinámica que C.K. ha podido medrar, pero no como mero comediante –muchos de ellos han fracasado en busca del tono correcto– sino como la conciencia ética del proyecto democrático-liberal del siglo XXI estadounidense. Inmigrante, ordinario, bienintencionado, presuntamente fracasado, su personaje intenta confirmar la buena voluntad del izquierdista que votó por Obama y se opuso a la guerra de Irak. Hay en él una voluntad quijotesca y una sabiduría sanchopancesca con las que el proyecto liberal se identifica, por lo que el consuelo que su trabajo brinda, equidistante de la catarsis trágica, encuentra en la risa ya un modo de acción política que no irrita.

Cabe destacar que hasta el final del siglo pasado el pensamiento político conservador reclamaba la moral como bien exclusivo; los supuestos valores familiares, la presunta justicia de la división entre clases sociales y la negación del vicio eran trincheras morales del conservadurismo. Hoy la moral es nicho de la izquierda, que blande los banderines del matrimonio homosexual, la redistribución económica y la abierta circulación de sustancias recreativas, por nombrar tres ejemplos que en la actualidad están ganando terreno. Este drástico movimiento en la brújula moral de la masa estadounidense está al centro de la afirmación que Louis C.K. representa. El héroe trágico personifica el modelo opuesto y tiende a idealizar valores reaccionarios; sus atributos son importantes porque elevan la pena del público. Edipo sufre y nosotros con él, pero sobre todo porque no merece tanto sufrimiento: es –parafraseando a Aristóteles– un hombre mejor. El personaje trabajado por C.K. a lo largo de dos décadas no es virtuoso, y no busca la pena de su audiencia, sino la camaradería, la identificación de sí y, eventualmente, del otro. Critchley: «…el paradigma trágico deforma la idea de finitud humana al crear personajes demasiado heroicos». En cambio, en el paradigma cómico «El sujeto mira en sí mismo un objeto abyecto ante el cual, en lugar de derramar lágrimas amargas, ríe, hallando consuelo interior». Tal es el paradigma de C.K. en general y de su personaje homónimo, Louie, en particular: un padre responsable de clase media, pero divorciado; onanista compulsivo, pero con aspiraciones feministas; un comediante exitoso, pero repelente en persona; un agudo observador del mundo a quien la ciudad –a manera de espejo encantado– le revela constantemente sus límites; una madeja de contradicciones, una imagen de la finitud humana que palpita.

El héroe trágico, en cambio, no ofrece sabiduría alguna. Imaginar en cada atributo del héroe una virtud es una fórmula sencilla, pueril incluso, y como ideal inalcanzable sirve sólo a propósitos reaccionarios; la tragedia en sí misma es en el fondo un género dedicado a la idealización de quienes ostentan el poder, en palabras de Aristóteles: «hombres mejores». Sólo la voluntad de quienes como lectores nos hemos maravillado con sus historias puede rescatar ingredientes del género para parodiarlos (pienso ahora en la película The King Is Alive, 2000, de Kristian Levring, a manera de ejemplo). En oposición, el personaje –no ya héroe– cómico insta al reconocimiento de uno mismo en sus límites. Este reconocimiento se extiende enseguida al otro y destruye el complejo de superioridad desde el que el reaccionario del siglo XX había falazmente reclamado la moral como su fuero exclusivo.

3

Jean Baudrillard nos recuerda que sinergia deviene alergia (en The Spirit of Terrorism, Verso, 2002). Pero estas palabras están cargadas como los dados de un mago de feria. La moral democrático-liberal de Norteamérica también busca respuestas definitivas en que refugiarse, pilares de autoridad. En principio, el paradigma cómico –sinergia– no puede respetar ninguna de estas respuestas –alergia. Pero Louis C.K. no es el paradigma cómico, sino un comediante. Su popularidad ha creado un ambiente en el que sus bromas ya no son indagación, sino confirmación de una ideología. Es notable el cambio de curso que la cuarta temporada de su programa de televisión ha procurado: C.K. sabe lo que se espera de él, por lo que –maniatado por el temor de perder sus likes, sus RTs, sus favs– se dedica ya a repetirse, a dar la razón a su audiencia por anticipado, a ofrecer supuestas respuestas definitivas. No sorprende que, al mismo tiempo, su programa cause menos gracia y más consuelo ideológico-masturbatorio: es el mismo, pero no es el mismo. Ideología es el acatamiento tácito y entendimiento –ya implícito, ya explícito– de los pilares abstractos en que se sostiene el mundo de cada individuo; sin embargo, a mayor rigidez en el razonamiento teórico de la ideología, mayor riesgo de que ésta se convierta en mero militantismo. Esto –exacerbado por la tiranía del mercado– ha pasado con Louie. La culpa de este cambio es sin duda de todos nosotros: hemos confundido el paradigma cómico con el comediante, esperando ya más lecciones de C.K. que honesta risa. Pero es el mecanismo de la risa lo que brinda cierta sabiduría, no el comediante. Sin importar de qué lado de la balanza ideológica se incline, el consenso siempre será el enemigo, en tanto representa el cese de pensamiento. La alergia de que habla Baudrillard es, en cambio, el objetivo. Auténtica, espontánea, feroz, como la carcajada.

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Aguillón-Mata es narrador y ensayista mexicano. Estudió literatura en la Universidad Autónoma de Zacatecas y en El Colegio de México, y realizó una estancia de investigación en la Universidad de Potsdam, en Alemania, auspiciado respectivamente por el Conacyt y por el DAAD. En 2003 obtuvo una beca del FECAZ en la categoría de ensayo creativo, y en 2011 una beca del Fonca en la categoría de cuento. Colabora con ensayos, ficciones y traducciones en medios impresos y electrónicos de México y de los Estados Unidos, entre los cuales destacan las revistas Armas y Letras, Avispero, MAKE Magazine y Letras Libres en línea. Es autor de los libros de ficción Quién escribe (Paisajista) (IZC, 2004) y Tratado (De una zona privada) (Pictographia, 2013). Mantiene un blog bilingüe en http://aguillon-mata.com

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