Crítica de teatro

Roma, de Gabriel Álvarez

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Por Enrique Olmos de Ita

Fiel a mi costumbre, en una de mis últimas visitas a la capital de Jalisco, en el imperio de la torta ahogada, entré al Teatro Experimental de Jalisco para ver una puesta en escena que, como me ha ocurrido anteriormente con otros montajes, estimule no sólo mi interés como espectador, también la necesidad de atisbar cada cierto tiempo desde la óptica crítica el crecimiento natural de un teatro (o de una comunidad de hacedores, mejor dicho) que se ha desarrollado en cantidad, calidad y visibilidad pública.

La escena tapatía –que no del estado de Jalisco al completo, todo hay que decirlo, sino de su capital– despierta interés y buenos comentarios más allá de los espacios habituales, porque han sabido renovar lenguajes y multiplicar los avances temáticos y formales para llegar a un público cada vez más amplio desde diferentes poéticas, sin casarse con una escuela, sin sacrificar a la ficción; ahora que está de moda en el teatro posmoderno mexicano prodigar la ausencia de sentido ficcional y dejar todo a manos de la improvisación, la investigación endogámica o el traslado infructuoso de lo noticioso a la escena.

En la cartelera llama la atención Roma de Gabriel Álvarez, producción de la propia Universidad de Guadalajara. Estamos frente al montaje unívoco de un actor consagrado en las tablas del teatro local que perpetra una puesta en escena total. Él actúa, dirige y escribió el texto a partir de la metáfora del mito fundacional de Roma, usando a Rómulo y Remo, los gemelos amamantados por Luperca como el origen de la propuesta temática que encierra a dos hermanos en la vieja casona de los padres. Un regreso a la intimidad, a la infancia, a los miedos y terrores de la primera edad.

El juego promete, de inicio quedan claras las perspectivas: El hermano mayor y el hermano menor; desapegado. Un divorcio en común. La vieja mesa del comedor. La silla vigilante del padre. Las perspectivas de ambos cuando el padre ha muerto. Los restos de la herencia (moral, más que material). Sin embargo, a poco de transcurrida la obra la cualidad inicial del texto (el personaje, del hermano mayor, completamente ascético y desconfiado), su precisión para plantear una situación se disuelve en pequeños conflictos que no crecen, en una obra monotemática que parece un coche nuevo y resplandeciente –el diseño de espacio, de inicio, es muy sugerente– pero que no logra pasar de la primera velocidad, que se atasca en sus primeras revoluciones. El ritmo se va apagando, a pesar del esfuerzo de los actores –el propio Gabriel Álvarez– y Manuel González, quienes se ven prolijos en la elaboración de sus gestos, en la apropiación de sus personajes, absolutamente verosímiles, pero no basta con presencia y buena voz para cautivar a un público que lentamente se apaga, se pierde en los enredos de dos hermanos que acaso van comentando anécdotas que no generan un conflicto que verdaderamente los modifique, los cimbre, los engrandezca. La grandilocuencia de la obra, su carga verbal a ratos impostada, a veces poco cuidada en el uso consecuente de un lenguaje propio de los personajes –cambian de tono con facilidad– pero sobre todo la poca pericia del director para articular con mayor originalidad –sí, esa palabra tan desprestigiada, controversial por necesaria– al uso de un multimedia plano, innecesario, con una cámara en tiempo real que se limita a mostrar lo que ya vemos en escena, es francamente desalentador. Un diseño de espacio que tampoco evoluciona, con pocas virtudes en tanto que la disposición espacial no convencional proponía la tentativa hacia otros espacios, se queda en un simple decorado. Un decorado (con iluminación incluida) vistoso para el deleite de fotógrafos y artistas visuales, pero poco útil para los riesgos del actor y para aportar algún cambio de disposición al malogrado entrecruce de diálogos.

Roma es un montaje decepcionante desde la perspectiva temática y su origen mítico no atiende a una dramaturgia que prodigue esos valores de fraternidad e intimidad al interior de una familia desde los ojos de dos de sus integrantes, ni actualiza la leyenda, ni la convierte en un mito refundado desde la provincia mexicana. La anécdota no es sorprendente, aunque tiene destellos de ir hacia lugares más interesantes para el devenir de los personajes (su propias rupturas familiares, la indagación sexual, la relación con sus hermanas, la negación de la figura patriarcal).

A pesar de los indudables méritos actorales y del inicio prometedor del espectáculo, además de su interés por indagar en un mito poco revisitado en el teatro mexicano, Roma podría haber sido, hace una década, una de las mejores muestras del talento teatral tapatío. Al nivel de los últimos años es un montaje incompleto, con muchos huecos por llenar; aunque valiente el esfuerzo de Álvarez, no le alcanza para convertir su Roma en algo memorable.

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Enrique Olmos de Ita (Llanos de Apan, Hidalgo, 1984) es dramaturgo, crítico de teatro y narrador. Fue colaborador del periódico Milenio como crítico de teatro, habitualmente colabora en la revista La Tempestad y mantiene la columna Purodrama en la revista Replicante. Estudió la licenciatura en Humanidades en la Universidad del Claustro de Sor Juana de la Ciudad de México y en la Escuela Dinámica de Escritores de Mario Bellatin. Recibió la beca Fonca de Jóvenes Creadores 2005-2006 y 2011-2012.

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