Artículos/Teatro mexicano

Cruces y perspectivas. Reflexión sobre el estado del teatro en Tijuana

gris

Por Griselda Hernández

De cruces.  Así es Tijuana.  En la literalidad: cruces símbolo de decesos en la malla metálica que divide la frontera, primer encuentro del extranjero, primera imagen de bienvenida; en la percepción: cruces entre muchas culturas que llegan, van, regresan; y cruces también entre manifestaciones de lo artístico que, como la ciudad que los cobija, generalmente se vuelven efímeras.  Pienso que la naturaleza de esta ciudad alejada de todo se reproduce en el hecho escénico que, como tal, carece de documentación que haga posible comprender desde el ojo teórico qué es lo que está pasando en las visiones estéticas y, de ese modo, dibujarnos un mapa general de lo que se vive y desde dónde se vive.  Atar cabos. No considero que esto tenga un devenir trágico porque, como he dicho, así es por antonomasia este lugar donde se entra en comunión con todo lo que se acerca, se sostiene en la cama de esta tierra árida que se antoja encantadora para todo aquél que reposa unos instantes en ella.  Pero sí podría ser, sin duda, una manera de profesionalizar el teatro nutriéndolo desde el campo de la investigación para generar con ello una historicidad en el área que tanta falta hace o, por lo menos, una forma de entender la escena.

Debo reconocer que hasta hace poco tiempo compartía el hastío que muchos originarios de Tijuana hemos sentido en algún momento; temas recurrentes de narcotráfico, migración, violencia, el «bordo», la «migra» y todos estos conceptos que son mencionados  una y otra vez por las manifestaciones artísticas para hablar de «algo», que de tan hablado se vuelve una especie de violencia auto infringida, a veces simulada, para hacerse notar como arte tijuanense o de la frontera.  Después de mucho analizar de dónde venía este pensamiento y de tratar de observar mi contexto con la mayor objetividad (como si esto fuera posible), deduje que esta visión era producto de mi propio prejuicio ante «lo tijuanense», así como de una saturación aparentemente gratuita.  Todo este análisis me hizo ver que entre la impregnación de aquél imaginario y la indiferencia, hay una línea muy delgada.

Recurro a esta reflexión para volver al asunto de la investigación y documentación del teatro en Tijuana, hay signos tan utilizados, que a veces se quedan en la superficie y se nombran sin un fundamento teórico que los respalde, volviéndose un pretexto para hablar de la frontera como si ésta fuera sinónimo de la ciudad o una bandera que da oportunidad de tratar dichos temas con autoridad.  Nacer en Tijuana no te hace experto en la materia.  Venir a Tijuana y hacer teatro, no te hace descubridor de sus esencias. Ser teatrero en este contexto se vuelve un compromiso muy grande y una responsabilidad que no puede quedar en la inercia.  Por ello es preciso mencionar que hay dimensiones que deberían complejizar y remover, provocar también estos encuentros entre el artista-teatrero, el tijuanense, el espectador, el potenciador. Allí radica la importancia de la investigación.

Vayamos a lo que considero es acierto y desacierto, en tanto a lo que acontece en la ciudad.  Creo como espectadora, que estamos diversificando las temáticas y las técnicas con las que se aborda el teatro (al menos en el punto de la exploración) y pienso que esto no estaría nada mal si no fuera porque las butacas están mayormente vacías en muchos de estos montajes y ejercicios.  Aquí es donde creo que caería acertadamente un poco de investigación y un mucho de autocrítica.

¿Hacia dónde apunta el artista de teatro en Tijuana? ¿Hacia dónde apunta el público? ¿En dónde está ese encuentro? Sin ánimos de ser fatalista porque, por el contrario, creo que hay muchos nichos de oportunidad en esta joven ciudad, es necesario hacernos estas preguntas para encontrar el punto en el cual nos comprometemos con nuestras exploraciones artísticas pero al mismo tiempo nos comprometemos con el otro que necesariamente debe ser parte de estos discursos estéticos; de otro modo esto se vuelve un monólogo que encuentra eco porque hay pared donde puede rebotar el sonido: un teatro vacío.

Es muy interesante leer investigaciones referentes al imaginario tijuanense en la literatura o la música, análisis que recrean toda una época y pensamientos en una obra poética, pero poco o casi nada se ha dicho sobre este reflejo de lo social en el teatro.  A veces se aprecia este arte como una necedad de quienes lo hacen, no tanto como una demanda de quien lo aprecia.  Afortunadamente esto sigue siendo arte, y las personas que se abren a él serán tocadas y significadas por el momento en que entran en contacto con quien, a pesar de todo, realiza el trabajo honestamente.  El artista que palpa esto tendrá mayor obligación ante lo que hace y de este modo, buscará también la investigación como forma de potenciar y sustentar su discurso.

Existe desde hace pocos años una licenciatura en Teatro en la Universidad Autónoma de Baja California, que aunque no ha definido a bien una línea de investigación dentro del perfil de sus egresados, sí pudiera ser el punto de partida para mirar a un futuro donde se generen primeros indicios de trabajos que apunten a esta rama.

Me gusta pensar en la idea de una universalidad de propuestas teatrales que convergen en el marco de una sociedad que demanda también su propia idea de lo que es teatro; este diálogo es el que me entusiasma. Una dialéctica de teatro-sociedad-teatro que no sé por qué nos empeñamos en separar como si fueran entes ajenos.  No dejaré de imaginar que de alguna manera esto se está dando ya en nuestro contexto de idas y vueltas, de propuestas estéticas y abandono de las mismas, de exploraciones que claudican ante encuentros con otras disciplinas y personas que las vuelven aún más interesantes, desafiantes e impredecibles; como la ciudad en la que vivo.  Tijuana es eso, el prejuicio (porque lo es, así nació) y la impredecibilidad, la sorpresa perpetua.

Vuelvo a decir que no hay tragedia que perseguir en este escrito, porque se cae en una especie de violencia auto infringida que, como mencioné, no viene al caso.  Pero hay que evaluar constantemente nuestras rutas trazadas y visualizar este rumbo como cruces constantes de personas-lugares, de experiencias-estrategias.  Sólo así, con perspectiva, podremos separarnos de nosotros mismos y comenzar a vernos como una comunidad que se busca a sí misma en el arte escénico.

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Griselda Hernández es licenciada en Comunicación por la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), diplomada en Teatro por el Centro de Artes Escénicas del Noroeste (CAEN) y diplomada  en Neuroartes y Tercera Edad del Instituto Neuroartes e Instituto de Cultura de Baja California (ICBC). Su trabajo ha estado siempre relacionado con la cultura, el teatro y la comunicación. Actualmente está a cargo del taller de teatro de la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas, en el Centro de Artes Escénicas como profesora de actuación y titular del taller de teatro de sordos co producido por CECUT, Seña y verbo y Proyecto ABordo. Es fundadora del proyecto cultural ABordo, donde trabaja en co-dirección. Fue beneficiaria del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Baja California 2012-2013 en la categoría de Jóvenes Creadores con el proyecto de dirección “La mancha de clown Quijote” un montaje escénico para público sordo y oyente.

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