Artículos/Literatura infantil y juvenil

Ensayar la crítica de libros para niños y jóvenes (Segunda parte)

LIJ1

Por Áurea Xaydé Esquivel Flores

Entonces, ¿cómo articular un trabajo crítico que obedezca tal reconfiguración? Debe haber muchas propuestas, sin duda, pero aquí yo sólo puedo ofrecer una.

En principio, habría que recordar que el lenguaje y la literatura son juegos de exploración de posibilidades y me parece que uno de los quehaceres que más se acerca a este principio lúdico es el del ensayista[1].

Un escritor de ensayos literarios se ubica en un aquí y ahora que justifica y le da valor a su parcialidad, busca compartir sus puntos de vista a partir de su propia experiencia, sin buscar imponer «verdades» (porque en literatura hay convenciones, no existen las verdades en términos filosóficos). La visión que ha de ofrecer un crítico nace, idealmente, de la interacción con un texto y sus efectos tanto emocionales como intelectuales[2]; por más que intente presentar un estudio «objetivo», éste se construirá alrededor de la obra con base en los antecedentes vivenciales, artísticos e históricos del enunciante, ¡de eso se trata el juicio!

El ensayista, dice Liliana Weinberg en su libro Pensar el ensayo, «[…] por una parte, aspira a darnos su versión del mundo; por la otra, a recordarnos que esta presentación del mundo requiere necesariamente de él. […]». El crítico, al hacer público su trabajo, nos invita (con mayor o menor tacto) a compartir su visión sobre el texto. El silencio es lo peor que puede sucederle a un individuo social, es el «infierno», como bien dice la autora argentina en su libro El ensayo, entre el paraíso y el infierno.

Cuando el ensayista ofrece su visión del mundo, se abre al diálogo de manera voluntaria: «Yo lo veo así, ¿cómo lo ves tú?». No existen los puntos finales en estos intercambios, ni siquiera en crítica, aunque haya quienes pretendan dar la última palabra. Muchas veces, la diferencia entre ambos quehaceres se relaciona con la disposición para participar en un diálogo abierto y en el reconocer al otro como un interlocutor «digno».

Cuando Weinberg habla de la función del ensayo y pone los textos de Borges sobre el escritor argentino como ejemplo, propone un análisis brillante que funciona también para la crítica de la literatura infantil y juvenil. Ella señala que se trata de «[…] someter a crítica ciertos lugares comunes y prejuicios […]», que «para repensar una tradición es necesario atender al quehacer específico de la creación literaria y no a las exigencias propias del tradicionalismo y el nacionalismo […]». En el caso de la LIJ, podemos sustituir los dos últimos sustantivos por «didactismo y el mero entretenimiento» con el fin de «[…] desautomatizar y obligarnos a reexaminar cualquier enfoque dado ya como natural o indiscutido».

La literatura infantil y juvenil es problemática, entre otras cosas, por la cualidad de los receptores de ser «algo en potencia». La tentación de ser los primeros en llegar a un lector que apenas comienza sus andanzas es enorme y en esa conveniente realidad de que «los niños son como esponjitas», hay quienes pretenden acapararlo todo. Por eso es tan fácil que se cuele tanta doctrina en vez de juegos y experimentos literarios, tanto «así debe ser» en vez de «así es», tanta gramática prescriptiva en vez de gramática descriptiva.

Es muy cierto: los adjetivos «infantil» y «juvenil», al interior de la dinámica de producción y distribución cultural, se usan como etiquetas de mercado para facilitar las ventas, como pretexto para censurar, mutilar, dulcificar y diluir contenidos, como excusa para eliminar lo literario.

Siendo así, al crítico le toca repensar esos adjetivos para hacer un trabajo más integral y subversivo; si dice ahí «infantil y juvenil», ¡entonces hay que preguntarles a los niños y jóvenes qué piensan, aunque sea de vez en cuando! No sé los amables lectores, pero cuando yo era pequeña, si algo odiaba de los adultos era que me trataran como tonta, que me mintieran, que me ocultaran las respuestas, que no me preguntaran.

El crítico, como lector y como ensayista, tendría que contemplar la posibilidad de entablar un diálogo con los jóvenes lectores, de incorporar sus opiniones e impresiones al análisis de una obra que supuestamente está dirigido para ellos, tendría que respetar su condición de lectores y de copartícipes del texto. Por el sólo hecho de ser otros, los niños y los adolescentes también pueden ofrecer interpretaciones literarias desconocidas para el especialista[3]. El silenciamiento de esas voces implica un acto político que consiste en participar de un manifiesto social hipócrita: «Los niños son el futuro y todo lo que hacemos es para ellos. [Pero no importa lo que digan, no importa lo que piensen, no importa lo que sientan al respecto]».

Dice Weinberg: «Si bien podemos pensar al ensayista como un especialista de la interpretación, en rigor todo participante en la interacción social posee una competencia interpretativa y los procedimientos interpretativos son básicos en cuanto proporcionan a los miembros de una comunidad hermenéutica un esquema compartido de interpretación.» Entonces, reconocer el carácter lector de los niños y los adolescentes es reconocer su lugar dentro de una comunidad hemenéutica, un lugar al que tienen derecho vitalicio (si pensamos en ellos como seres humanos plenos, ¿verdad?). Pero también es necesario recordar que, así como no hay una sola forma de ser mujer, negro, indígena, gay o lo que sea, no hay un modo a priori de ser niño o adolescente porque los contextos individuales y el devenir histórico de cada pueblo son diferentes.

Como un niño, el crítico y el ensayista están en permanente formación, nunca terminan porque siempre tienen algo nuevo que aprender y cada nueva experiencia ayudará a moldear su perspectiva. Lo importante es que el peso de la experiencia no aplaste la capacidad de reconocer y decir con sorpresa y gusto: «¡No había pensado en eso!»

Ahora, en este punto tendría que mencionar algunos ejemplos ilustres y apelar al argumento de autoridad. Así ha de ser, en voz de una gran personalidad del campo, quien, en algún punto de su vida, creyó que su palabra era la única:

La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos: arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio. Prosperamos con las críticas negativas, divertidas de escribir y de leer, pero la triste verdad que debemos afrontar es que, en el gran orden de las cosas, cualquier basura tiene más significado que lo que deja ver nuestra crítica. Pero en ocasiones, el crítico sí se arriesga cada vez que descubre y defiende algo nuevo (el mundo suele ser cruel con el nuevo talento); las nuevas creaciones, lo nuevo, necesita amigos. Anoche experimenté algo nuevo, una extraordinaria cena de una fuente singular e inesperada. Decir sólo que la comida y su creador han desafiado mis prejuicios sobre la buena cocina subestimaría la realidad. Me han tocado en lo más profundo.

En el pasado, jamás oculté mi desdén por el famoso lema del chef  Gusteau: «Cualquiera puede cocinar», pero al fin me doy cuenta de lo que quiso decir en realidad: No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista puede provenir de cualquier lado. […]

Hagamos a un lado prejuicios absurdos sobre el origen del discurso. La evolución y las palabras de Anton Ego reflejan esa necesidad de transformación del quehacer crítico: Éste, si en realidad busca abrir las puertas a la experiencia literaria, individual y colectiva, no puede prescribir, no puede ordenar desde una posición vertical qué sí vale y qué no sin tomar en cuenta los contextos de otros y las múltiples formas de desarrollo lector; no puede abordar un texto de forma legítima si éste primero no le provoca algo en los ojos, en la garganta, en el pecho y en las tripas. Por desprestigiado que sea el acercamiento impresionista, las respuestas emocionales reflejan en gran medida los niveles de comprensión de un texto (¡qué común es escuchar que un libro molesta o aburre porque no se entiende!). Anton Ego, quien creía saberlo todo, se enfrenta a una obra (porque la comida también lo es) muy particular que trastoca todas sus certezas intelectuales y, sin poder evitarlo, es devuelto a un estado donde no existían las expectativas sociales, el abuso de poder, las teorías, los nombres o las trayectorias, sino la seguridad y el placer de lo privado, de lo nutritivo, de lo que sana, de lo que también forma parte de su identidad. Soltar la pluma y sonreír mientras recupera la memoria representan el momento justo de su liberación y de su apertura a todo lo que pueda provocarle asombro, venga de donde venga: «¡Sorpréndeme!», le dice emocionado a Remy casi al final de Ratatouille.

Pero si la transformación del personaje de Ego no basta, nada más les digo que Alfonso Reyes, en «Sobre la crítica», también defendió los acercamientos emocionales a las obras como primera escala[4] válida:

La impresión, ya se entiende, es la condición indispensable, la receptividad para la obra literaria. Sin ella no hay crítica posible, ni exégesis, ni juicio; ni conocimiento, ni amor. Ahora bien, la manifestación de esta impresión general y humana a nadie se podría vedar. Es un derecho natural, si se me permite un lenguaje anticuado. Cuando esta manera de manifestación informal y sin compromisos específicos se atreve a hablar en voz alta o se atreve a la letra escrita, suele llamársele impresionismo. Los filólogos, los maestros exégetas, miran el impresionismo con desdén y sonrisa.

Con todo, habría que reconocer que la ciudad letrada sigue siendo muy real y el ejercicio de poder (investido por siglos de prestigio histórico) implica una decisión ética que se actualiza con cada nuevo juicio, para bien o para mal.

Ahora, volvamos al principio: ¿por qué hacer crítica de literatura infantil y juvenil? Las respuestas, desde donde yo lo veo, son múltiples, pero sencillas: porque los adultos necesitan aprender a leer libros para niños y jóvenes, porque tienen derecho a conocer lo que un mercado vasto y homogeneizador  no deja ver, porque –como padres y habitantes de un mundo enorme– tienen que poner a prueba sus valores éticos y estéticos sin miedo o a pesar del miedo, porque pueden comenzar otra vez cada vez que lo necesiten, porque los hijos merecen compartir con gusto y emoción sus lecturas con su familia, porque, como cualquier otra literatura, les pertenece.

Los adjetivos son lo de menos.

Al final, no se trata de «superar» etapas literarias, sino, como afirma Andruetto, de ampliar el canon personal y hacer más rica la propia existencia. La buena literatura, la que muestra la complejidad de la experiencia humana, no tiene edades, la podemos leer todos. Así nos decía Virginia Woolf: «Pasemos ya. La literatura no es propiedad privada, la literatura es territorio público. No está dividida en naciones, y en literatura no hay guerras. Pasemos libremente y sin miedo, y descubramos por nosotros mismos el camino.»

La mejor sensación como lector de literatura, creo yo, es detener la mirada sobre el texto y que nos nazca del alma decir: «No sabía que eso se podía hacer con las palabras». Si, como críticos, ayudamos a que otro lector también lo piense, podemos decir que estamos haciendo bien nuestro trabajo.

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[1] «¡Obviamente!» dirán algunos y tendrán toda la razón, pero son obviedades que por ese mismo hecho, se olvidan con facilidad.

[2] Digo «idealmente» porque también hay críticas que nacen a partir de otras críticas, sin apenas considerar el texto original y que se elaboran por pura obligación, con una carga de hastío e indiferencia que las vuelven una tortura. Por otro lado, suele hablarse de «goce» en abstracto y como si sólo se tratara de cosas buenas, pero la variedad de experiencias estéticas también abarcan lo trágico, lo grotesco y lo sublime, que también producen placer.

[3] Los lectores silvestres pueden ofrecer una cantidad extraordinaria de nueva información sobre la experiencia literaria si el lector de invernadero sabe elaborar las preguntas correctas. Pero el intercambio no es unidireccional; al entrar en contacto, datos y modos de pensar del lector de invernadero también pueden pasar al lector silvestre. Con las plantas sucede lo mismo.

[4] «Hay tres grados en esta escala: 1° La impresión; 2° La exégesis; 3° El juicio. A través de la escala, juegan diversamente la operación intelectual, el mero conocer, y la operación axiológica o de valoración, que aquí podemos llamar de amor; juegan diversamente la razón y la “razón de amor”.»

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Áurea Xaydé Esquivel Flores (Ciudad de México, 1987) es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde se desempeña como ayudante de profesor en la materia de Filología Hispánica por cuarto año. Se tituló con la tesis Recepción y crítica de una novela para niños: La domadora de miedos de Guadalupe Alemán. Fue becaria PAPIME en el proyecto «Herramientas bibliográficas electrónicas e impresas para la enseñanza de las teorías literarias» para después ser colaboradora con el núcleo temático «Literatura infantil y juvenil». Participó en el programa de televisión Agenda Pública con el fin de promover la LIJ como objeto estético (no didáctico) y ha dado talleres de ensayo literario en el Plantel Sur del Colegio de Ciencias y Humanidades. Se presentó como ponente en la Jornada Académica del 4° Festival del Libro Infantil y Juvenil, UNAM. Coorganizó las primeras Jornadas LIJeras de la FFyL José Martí y actualmente participa en el proyecto editorial XocNa de libros para niños y jóvenes, del Instituto de Investigaciones Filológicas.

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