Crítica de ensayo

El pez no teme ahogarse, de Luis Vicente de Aguinaga

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Luis Vicente de Aguinaga

El pez no teme ahogarse. Lecturas de poesía mexicana

Arlequín

2014

Por Ismael Lares

Cada crítico va formando un corpus a partir de las lecturas que lo marcan, acaso como una suerte de tradición personal o de cartografía íntima. En mi caso, he ido construyendo un canon alrederor de ciertos autores, de los temas que me interesan, o incluso sin tener en cuenta ningún criterio en especial más que simple y llano gusto. Si el crítico es un escudriñador y supera los criterios convencionales (géneros literarios, generaciones, épocas) para seleccionar las obras que lo motivan a reflexionar, estará llamado a trastornar los lugares comunes de la crítica.

El pez no teme ahogarse (Arlequín, 2014) se funda bajo la anterior idea, es el resultado de una visión que aborda no sólo distintos movimientos, sino que, a su vez, corresponde a las obras y a las relaciones propias del oficio literario. Luis Vicente de Aguinaga, poeta y crítico, publica un volumen de reseñas motivado, a mi entender, por una pretensión. Valgan estas palabras de Xavier Villaurrutia: «…pretextos para iluminar, destacar, relacionar, poner a prueba las dimensiones, las cualidades o la falta de cualidades propias». Más que una nota declaratoria, este epígrafe sirve a de Aguinaga como base orgánica y fundacional de su crítica.

Resulta obvio que se publique un volumen de reseñas, ya que, de otro modo, la mayoría de ellas quedarían a merced de la fugacidad, ora diseminadas en suplementos culturales, ora extraviadas en revistas especializadas. Celebro pues cualquier compilación de textos críticos. Y si los mismos están dedicados a reflexionar el hecho poético lo aplaudo aún más. También me parece encomiable que una editorial se atreva a publicar un libro con estas características. ¿Por qué? Sencillo y evidente. La cantidad de poetas que publican es avasalladora en comparación con la cantidad de lectores de poesía. Por lo tanto, las compilaciones críticas siempre serán necesarias para hacer un recuento de los libros más característicos de la lírica en México o en cualquier otro lugar.

En este sentido, Luis Vicente de Aguinaga sitúa en el umbral de su propia lectura un canon tan personal como su estilo crítico. El pez no teme ahogarse está conformado por seis apartados que, a su vez, agrupan textos similares en su intención, y que van, sobre todo, encaminados a entablar un diálogo con autores como González de León, González Martínez, López Velarde, Octavio Paz y Arreola, además de los congregados en aquel grupo denominado La Espiga Amotinada, entre muchos más. Por si fuera poco, Luis Vicente aborda con determinación el caso suscitado en torno a la «prosa de Guadalajara» (97), noción que fuera acuñada, a decir de nuestro crítico por el poeta sinaloense Mario Bojórquez. En esta parte escribe acerca de la invención del concepto (prosa de Guadalajara) y las diferencias surgidas en torno a su legitimidad, su justificación y su presunta vigencia.

Lo que cumple con la condición heterogénea de este volumen es la elección y selección de los apartados. «Entrada en materia» (9) se refiere, entre otros temas, a la importancia del grupo La espiga Amotinada como relevo generacional y generador de una poética colectiva, sin embargo, el crítico escatima al mencionar que no todos sus integrantes maduraron como portentosos poetas. Digo lo anterior porque uno quisiera leer un juicio más elaborado que sustente dicha aseveración. Posteriormente, da paso a repasar algunas de las antologías más importantes sin ser este apartado «un catálogo de nombres» ni tampoco «una fotografía de grupo», por ejemplo: Poesía joven de México, La poesía mexicana del siglo xx, Poesía en movimiento y Asamblea de poetas jóvenes de México, entre otras. Más adelante acrecienta su comentario con una observación que apunta a lo acontecido hacia el final de la década de 1980, no sin distinguir y valorar los pasos de Juan Domingo Argüelles y Víctor Manuel Mendiola como compiladores, además de iluminar con intermitencia el recorrido de otros autores, compiladores, críticos y poetas que dirigían revistas y suplementos culturales. Asimismo, de Aguinaga hace un apresurado recuento de catálogos y premios como el otrora Nacional de Poesía.

En «Las encinas tutelares» (27) abona sobre la idea según la cual se considera a González León un epígono de López Velarde, pero, para Luis Vicente crítico, entre ambos poetas hay varias diferencias destacables, entre ellas confirma la reconstrucción de la memoria. Por un lado, el poeta de Lagos «desarrolla un método, endereza un imaginario y compone un mundo que posteriormente le sirven a López Velarde para ilustrar, por analogía, en qué consiste su propio método…» (38). Después, evoca a González Martínez en respuesta a esa poética firme que lo caracterizó. Aquí, más que medir al poeta con sus antecesores y predecesores, el crítico jalisciense hace un recuento de los pasos poéticos que diera González Martínez. Atraviesa su obra y la lee con tersura y sin exaltación. Asimismo, retoma a López Velarde a partir de un cuestionamiento: «¿interesa hoy en día esclarecer si disfrutamos a López Velarde a pesar de sus misterios o gracias a ellos? Al final, el crítico alcanza un punto harto conocido por los lectores del jerezano, que la provincia de López Velarde es fundada por los territorios de la inocencia y el deseo.

«Plaza de cinco fuentes», por su parte, propone, en primera instancia, una lectura exigua de Octavio Paz que considera a su libro Ladera este un libro «felizmente inestable» (59). Con mayor profundidad recorre al Eduardo Lizalde de Caza mayor y El tigre en la casa demostrando su verdadero gusto por este poeta de la introspección. Al mismo tiempo nos adentra en la intensidad del fraseo y del yo asertivo que practica David Huerta en Versión (70). Luego, exige rigor y ordena el conflicto que surge al declarar Luis Armenta Malpica que: «La poesía no narra, sueña» (76). De Aguinaga clarifica la naturaleza lírica de la palabra sueño y confirma el interés que, como entendiemiento del otro, da fe de uno consigo mismo. Posteriormente, y a diferencia de lo que pensara Evodio Escalante acerca de Tríptico del desierto, Luis Vicente ilumina el imaginario poético del poeta Javier Sicilia. Con esto no quiero decir que el crítico haga una apología del poemario en cuestión, sino que avanza remitiendo a los versos del poeta y puntualiza: «Conviene subrayar cómo Sicilia se adueña del pensamiento del tsimtsum en palimpsesto, como traduciendo y reescribiendo un texto anterior […] interpreta y reelabora el comienzo del tercer pasaje de “East Coker”, segundo de los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot» (83). El comentario anterior acaso da cuenta de un respaldo a los empeños líricos presentes en Tríptico del Desierto, o bien, respeta uno de los misterios que encubren el aliento mismo de toda poética. A mi juicio, este acercamiento a la obra de Sicilia debió formar parte del siguiente apartado, pero, supongo, a riesgo de equivocarme, que para el crítico no hay controversia en lo que se da por añadidura.

«Puntos de controversia» (87) abre con una demanda a algunos editores de la obra de Juan José Arreola por el poco cuidado que ponen a tan importante asunto; también alega a favor de Arreola al observar su más amplio registro lírico y propone un esbozo de una poesía completa del autor. En seguida, reflexiona sobre la pertinencia de las antologías en Jalisco para dar paso al tema, desde mi óptica, más polémico del conjunto, la noción de «prosa de Guadalajara» al que con anterioridad dediqué un par de consideraciones; agrego solamente que, aquí, Luis Vicente desarticula dicho concepto con precisión.

El apartado «Mesa de noche» (107) descansa en una visión impresionista y menos vehemente, las observaciones que de Aguinaga hace de la poesía no son azarosas, proceden de la empatía, por lo mismo recomienda y decanta, además de libros, ciertas particularidades propias de la tradición lírica jaliscience.

Finalmente, «Coda» aglutina una serie de textos que, justamente, como lo indica el título del conjunto, no temen ahogarse en su propia experiencia. Poeta y crítico, en los sentidos más rigurosos de tales palabras, Luis Vicente de Aguinaga proclama los tinos y destinos de sus lecturas, enriqueciéndose de la recepción, mencionando toda inconformidad y nutriendo con pluralidad los fenómenos que plantea la inspección de su propia conciencia poética, de sus dudas, convicciones y fidelidades. He disfrutado la lectura de este volumen y doy cuenta de que el crítico no teme ahogarse en sus propios juicios.

_________

Ismael Lares (Durango, 1979) es ensayista. Publicó un artículo sobre el escepticismo y lo místico en José Revueltas en El vicio de vivir (Tierra Adentro, 2014), volumen editado por Vicente Alfonso. Asimismo, es autor del libro Abigael Bohórquez. La creación como catarsis (ensayo, Tierra Adentro, 2012).

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