Crítica de narrativa

Indio Borrado, de Luis Felipe Lomelí

 

indio-borrado1

Luis Felipe Lomelí

Indio Borrado

Tusquets Editores

2014

Por Rafael Acosta

Todas las culturas están llenas de fantasmas, ancestros que entonan las canciones que sugieren cómo es que se debe ser. En Monterrey, allá en el 2004, 2005, antes de la guerra, el coro resonaba en una nota de progreso. Y construimos sueños como faraones:

En cada congal donde dos industriales se juntaban se erigía una esfinge con la cabeza de Don Eugenio Garza Sada; en cada salón donde dos políticos se reunían, se erigía una con la cabeza de Don Bernardo Reyes y en cada carne asada donde dos escritores se emborrachaban, se erigía otra con la cabeza de Don Alfonso, el hijo de Bernardo. La industria soñaba con dominar el ramo metal-mecánico a nivel mundial, la política con sus independencias de facto y hasta el mundo de la cultura se permitía soñar y cantar su propio corrido.

Había una escena musical vibrante, ya sea en el rock o en la cumbia o en la música norteña. Los museos crecían y la figura de Julio Galán nos ofrecía un pintor de primera clase. La escritura también creaba su obelisco de progreso, los escritores del Panteón y la Mancuspia nos mostraban que se podía ser escritor norteño y bien chingón. La ciudad crecía y en la cúspide de la ola de prosperidad económica que trajo el Tratado de Libre Comercio y los sexenios de Zedillo y de Fox, todo mundo quería esculpir el rostro del gigante y su fuerte torso.

Y nos olvidamos de los pies. Y se cayó nuestro edificio del orgullo.

Aquí entra Indio Borrado, la segunda novela de Luis Felipe Lomelí, ganador de multibecas y polipremios. Los fantasmas que en los sueños de Resistol asedian al Güerito, su protagonista, cantan nuestros orgullos:

Somos el orgullo, la patria clara, los ingenieros, los que empezamos desde abajo y no olvidamos nuestra tierra: nuestras botas cubiertas de tierra, nuestros rostros asoleados, nuestras manos curtidas. Somos los que no retroceden, los que no ceden a chantajes, los que dijimos primero muertos antes de pagar un rescate, porque un imperio no se yergue a medias tintas. Somos Monterrey.

El protagonista, el Güero, un hombre de 13 años, acaba de recibir su primer sueldo como asistente electricista en una obra. Con este espera poder mantener a su familia y ocupar el lugar de un padre que, cuando a la familia le va bien, es un padre ausente y que cuando está presente golpea a su madre y abusa de la hermana del Güero.

La situación en la que vive es de una violencia que, cuando tiene suerte, sólo amenaza, como los balazos que intercambian, nomás por convivir, las distintas bandas que rigen los cerros de Monterrey, en la colonia Revolución Proletaria (nombre real, no ficticio). Pero en esta situación encontramos que el Güero es todo lo que se pide de un regiomontano, un ciudadano ideal que se ve forzado a vivir en la ciudad que nuestros ideales generaron.

El estilo que utiliza Lomelí es rulfiano, dueño y señor de una economía del lenguaje que destila una de las mejores novelas de esta década en cien capítulos que son poco más largos que estampas de la vida regiomontana en la Sierra Ventana. En sus páginas converge la mitología de una ciudad que soñaba con sus cerros como gigantes y un indio rayo que los recorría; la historia de los héroes y villanos de la ciudad, desde Santiago Vidaurri a Eugenio Garza Sada; las promesas de una ética del trabajo que, como los deseos que cumple el diablo, cumplen con la letra y traicionan con el resultado; la génesis de la violencia que ahora vivimos, cuando aquellos que construyeron la prosperidad, que se vieron excluidos de ella para beneficio de unos cuantos herederos sin ética, encontraron armas para hacerse justicia con su propia mano. En esta novela vemos el génesis del mal desde el germen del bien.

El Güero es la imagen del ciudadano que genera nuestro país en medio de la guerra actual. Orgulloso, trabajador y responsable, vemos en qué se transforma. A través del tour de force técnico que nos muestra el autor, donde las líneas narrativas de lo que fue y lo que hubiera sido se entrecruzan entre los murmullos de la ciudad, vemos su transformación en Gigante, sólo que no en el Gigante que esperaba. Supurante, encendido de violencia, el Güero ofrece su mirada retadora a la ciudad que trató de humillarlo y ofenderlo. Creamos nuestros propios demonios con la carne de nuestros mejores ángeles.

En resumen, hay pocas cosas que un lector puede estar haciendo que ameriten posponer esta lectura. Lomelí nos propone un espejo en el que, descarnados, vemos nuestra imagen en toda su gloria y todo su terror.

_____________

Rafael Acosta (Nueva Rosita, Coahuila. 1981) Ha publicado anteriormente Mosquitos buscando luz,  (CONARTE, 2006) Premio Nuevo León de Novela y Conquistador, (Tierra Adentro, 2013). Ha gozado de varias becas del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en su edición de Jóvenes Creadores. Ha desperdiciado la vida escribiendo y estudiando literatura, en Monterrey, Madrid e Ithaca, a la que se hartó de volver. Conquistador es su segunda novela. Actualmente enseña literatura al ladito de la granja de los papás de Superman en la Universidad de Kansas. Sólo reseña cosas que le gustan. Aún si los críticos buscan formarse a través de deshacer los libros. Para Rafael, como lector, un libro malo no merece su tiempo para leerlo, menos aún para reseñarlo. Si se va a tomar el tiempo de reseñar, será por gusto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s