Crítica de narrativa

El canto circular, de Adán Medellín

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Por Héctor Iván González

El libro de cuentos El canto circular, cuyo título podría hacernos pensar en un poemario, está compuesto por seis cuentos que exploran situaciones donde la realidad cotidiana es asediada por presencias o existencias que influyen en los personajes. Alejado de las temáticas de muchos narradores de su generación, donde la fiesta y el desmadre juvenil ocupan el primer plano, en este libro Medellín nos muestra una geografía compuesta por dos hemisferios, el primero estaría constituido por «El canto circular», «Atélier», «Aves como bisturíes en la frente» y «Niño perdido», mientras que, por otra parte, estarían «Soledades de Lucio» y «Los demonios».

Me refiero a que en el primer grupo hay una suerte de realidad fantástica profundamente cortazariana. Ahora que a Julio Cortázar se le ha encajonado como un autor de dos libros –menores según mi opinión– Rayuela e Historia de cronopios y de famas, algunos cuentos de Medellín nos acercan a cuentos geniales como «Un sueño compartido» o «La noche boca arriba». El aspecto fantástico es introducido por Cortázar y por Medellín, no para hacer un simple alarde o una evasión de la realidad, sino para sacar otras situaciones más profundas y más próximas al conflicto psicológico. Me gustaría pensar que Medellín desplaza la versión surrealista del sueño, y encara el fenómeno frontalmente, no como la voz del «inconsciente» o del «subconsciente», sino que lo ve como una fuente imaginativa por donde se expresa el ser del hombre. Incluso esta es la manera en la que surgen otros diálogos no tan reales, pero sí intensos.

Sus personajes son parejas consolidadas, con hijos, que empiezan a presenciar lo ominoso, aquel rasgo inquietante que puede ser detonado de un momento a otro. El primero de estos, «El canto circular», retoma de cierta manera un mito clásico de la usurpación de un ser por otro, el cual Plauto materializó en la comedia Anfitrión. El dios Júpiter suplanta el lugar de un mortal, Anfitrión, que ha ido a la guerra para yacer con la esposa de éste. Por su parte, en el cuento, Medellín sugiere una situación que se presenta en el tiempo actual y que está aderezada con varios elementos de nuestra cultura. Algo que salta a la vista es esta intención experimental, la seriedad con la que Medellín emprende cada uno de los cuentos, no se trata de pinceladas en un café como a veces lo hacen algunos autores incipientes, lo mismo que algunos consagrados. Lo que se percibe es un diálogo con toda la literatura donde la mente puede estar siendo traicionada por sí misma. En «El canto circular» también está presente Balzac y su Piel de zapa, pues el conflicto de saber si uno puede obtener todo, incluso la muerte de alguien, con el simple hecho de desearlo también está en juego.

La voz narrativa del tomo de cuentos está dotada de una madurez notable, el narrador pareciera un hombre de mayor edad que recuerda cosas que quizá para un joven pasarían de largo; se percibe que hay una sensibilidad de las que llegan con el tiempo y los años y que permite valorar cosas esenciales. Los personajes de Medellín siempre tienden puentes emocionales con otras personas, tíos, padres, pareja o hijos, es como si el individualismo egoísta hubiera pasado ya hacía mucho y las prioridades se reconfiguraran. Me llama la atención que los personajes son testigos y cuidadores de los demás, una y otra vez.

Por otra parte, puedo decir que en este libro se ha corrido una buena cantidad de riesgos, pues si pienso en un cuento como «Niño perdido», no puedo dejar de considerar que las situaciones problemáticas entre familias son más difíciles de narrar que la muerte de todo un ejército, digamos que, entre más probable y personal es un accidente, es más arriesgado porque exige del autor un grado mayor de honestidad y de compromiso dramático. En esta geografía, Medellín es un autor muy valioso porque se involucra con apuestas narrativas en las cuales es difícil engañar al lector o a sí mismo. Recuerdo que en una ocasión durante su taller de narrativa, Daniel Sada nos explicaba las diferencias entre el cuento y la novela, al autor de Casi nunca le gustaba decir que el personaje del cuento siempre tiene pocas posibilidades de acción, mientras que al de la novela todo le es posible, y terminaba diciendo: «El personaje de la novela inició un incendio, y el personaje del cuento está dentro del departamento que empieza a ser consumido por las llamas. Ese personaje tiene muy pocas posibilidades, por eso debe actuar rápido».

Así funciona la maquinaria de los cuentos de Medellín, por una suerte desconocida los personajes están implicados en una circunstancia, psíquica o físicamente, y tratan de salvarse de algún modo, en unas ocasiones con éxito y en otras no.

En el otro aspecto del mapamundi que quise trazar están dos textos que me han llamado mucho la atención por dos razones. Se trata de «Soledades de Lucio» y «Los demonios», los cuales, más que cuentos, son relatos reflexivos donde la voz narrativa explora la situación de dos personas mayores, incluso, no sé si la manera en que el personaje de Lucio con Julián, del cuento de «Los demonios», nos hablaría del trasunto de una misma persona de la vida real. No me compete entrar en esa hondura, sin embargo, como lector me enternece la capacidad que tiene el narrador para compadecerse de sus personajes. Creo que es una virtud un tanto olvidada en la narrativa percibir un lazo profundo entre el escritor y sus personajes. Pensaría lo entrañable que se vuelven estos al serlo para sus propios creadores, casos como el de Fernando del Paso con Carlota o el de Nabokov con Humbert Humbert me confirman que un guiño de amabilidad es imprescindible para formar esta empatía. La voz que nos va construyendo ese rompecabezas narrativo no dudó en buscar dentro de su subjetividad para encarar la escena o la hondura emotiva, eso se palpa y se debe agradece. Si hay una definición de honestidad, creo que tendría que ser ésta, el rasgo de humildad en el cual el autor nos abra las puertas de su teatro personal. Es por esto que «Los demonios» es un relato entrañable donde uno puede presenciar un tremendo homenaje a un escritor caído en enfermedad por el cual el autor siente una profunda admiración, un cariño innegable que se traduce en un deseo bienaventurado.

No me queda más que retomar una idea que dejé de soslayo, la cual consiste en que el libro de cuentos El canto circular tiene mucho de poema y mucho de poema en prosa, porque Medellín ha puesto bastante cuidado en la escritura de la que consta este tomo. Estoy seguro que, más que un libro que se pueda despachar en una lectura rápida, es una obra que merece atención y necesita algunas relecturas si queremos estar a la altura del talento y horas de trabajo que confluyen en El canto circular.

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Héctor Iván González (Ciudad de México, 1980) es escritor y traductor. Hizo estudios de Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja su tesis sobre Qu’est-ce que la littérature de Jean-Paul Sartre. Colabora en medios como Laberinto del diario MilenioNexosTierra AdentroEste País, entre otros. Coordinó y prologó el libro La escritura poliédrica. Ensayos sobre Daniel Sada (FETA, 2012). Obtuvo la beca para Jóvenes Creadores del Fonca en el género de novela en el periodo 2012-2013. Mantiene el blog: hombresdeagua1.blogspot.com

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