Crítica de poesía

El juego de la desacralización: Poetas parricidas (Generación entre siglos)

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Poetas Parricidas (Generación entre siglos)

Varios autores

Cuadrivio

2014

Por Bruno Ríos

Hace ya bastante tiempo que la poesía muestra señales de estar sana y salva en México. Incluso, diría yo, que está aún más sana y productiva que la narrativa en muchos sentidos. Habría que pensarlo seriamente: ¿dónde, en este territorio de enunciación ante la realidad o la indiferencia, se ubica la poesía; y dónde por su parte la narrativa? Tiendo a creer que el paso adelante, ese salto pequeñísimo pero importante que define un tiempo y su contexto, lo ha dado la poesía antes que la narrativa. ¿Será que siempre es así?

Me parece fundamental el gesto que hace Cuadrivio al publicar esta antología titulada Poetas parricidas (Generación entre siglos), sobre todo porque permite abrir una ventana hacia la producción que se está dando en este momento y que ha tenido pocas oportunidades de salir a la luz. Tendemos, casi siempre, a privilegiar la producción de la generación anterior, esa que ya publica y que se encuentra en plena circulación, sobre todo porque entendemos que el funcionamiento del artificio poético, dentro y fuera de su publicación, implica una puesta en escena: la prueba fehaciente de que su existencia dialoga directamente con su tiempo. La poesía contemporánea, que es un término que tendríamos que definir más sesudamente, va y viene entre sus condiciones de posibilidad y sus propias limitaciones. Es importante entender que todo presente implica un en medio, un intersticio en donde todavía no se ha podido definir, por obvias razones, la manera en que leemos ese presente. El desafío se encuentra en nuestra eterna dependencia con la historicidad; y la pregunta es la misma: ¿cómo elegir, en este panorama de posibilidad y de enunciación en donde todo se encuentra al alcance, lo que es y lo que no es, enteramente, poesía?

Los treinta autores que se presentan en la antología, en donde los de mayor edad se remontan sólo a los 25 años, precisamente dibujan el mosaico de la continuidad poética del presente. De los confines de un gran número de lugares en nuestro país, surgen estas voces que están en constante diálogo. Una antología es siempre problemática, claro está. Nunca nadie termina contento. Unos se quedan fuera, otros están ahí; pero su gesto fundamental es el de intentar dar un panorama más o menos arbitrado de lo que se está haciendo con respecto a un momento histórico, aunque sea el mismo presente inmediato. Quince hombres y quince mujeres escriben de manera conjunta algo que se constituye, sin quererlo quizá, como un testimonio audaz y arrebatado de algo que todavía no definimos, de algo que todavía está por suceder y que es promesa.

El título es afortunado: la muerte del padre por medio del asesinato. ¿Pero asesinato de qué exactamente? ¿De la tradición? ¿De la forma? ¿De los contenidos? ¿De los temas? Creo que es todo junto a la vez. Hay, en estos poemas, un hilo central que los une: una rebeldía que hila los textos no como una línea lisa y continua del tiempo, sino como una bola de estambre que se entrelaza y que deja de tener un inicio y un fin visibles. Existe, por ejemplo, una voluntad irónica de la cotidianidad como algo que se muestra por sí mismo como algo que siempre estuvo ahí. Escribe Luis Angulo en su poema «Desde que mi perra»:

Desde que mi perra

entró en celo

pincelando el pasillo

de carmín

un perro acampa

frente a la casa

no come y no duerme

en sus ladridos

podrían leerse

glosas de amor

y ante la expectativa

aullidos cruentos

de dolor

El encabalgamiento del corte de verso es sencillo. La complejidad no está en su forma, ni en el esfuerzo de poner a prueba los poderes de la extrema experimentación. Su estremecimiento está en eso que es siempre conocido, en una ironía que se ve en la calle, en una calle que es todas las calles, en una casa que es todas las casas, en la confusión precisa del sujeto-hombre y el sujeto-perro.

También, por otro lado, está la misma ironía hacia la escritura, o más bien, hacia eso que comúnmente entendemos como escritura y su performatividad (¿o entendíamos?). Lo hace Karen Cano en su «Carta a un escritor»:

Pues bien, escritor de sueños y esperanzas,

convierte mi cuerpo en letras y úsame a tu antojo.

¡Enróscame en tu pluma y arrástrame en papel!

Hazme, por ejemplo, una historia apasionada;

de esas que al final se resuelven en la cama.

¿Qué tiene que ver esto con Paulina Collado y su desacralización de la sagrada familia al decir: «El vino de mi Dios no es sangre:/es saliva, es semen, son lágrimas. / Su cuerpo no es pan ni me alimenta: / es pellejo, es pelo, son golpes / secos en el cuerpo de una niña» (18). El padre es también el gran Otro, el super-significante. Lo mismo hace Jessica Santiago al enunciar:

Ese Jesús dormía ensimismado en los sueños

del teléfono esquinero de una niña,

y desapareció las treinta monedas con la sonrisa

de quien estafa cristianos recién amanecidos.

La desacralización del Otro, del padre, de la tradición, de las formas poéticas o sociales, conlleva a su vez a una desacralización del cuerpo y el deseo, a una mera incorporación del cuerpo ya no al reino de los valores morales o del templo habitado por el alma, sino al de la simple existencia plena y común. Lo que veo, por ejemplo, en «Nymphomaniac», que dialoga bien con la idea de Lars Von Trier, de la pluma de Yolanda Segura, es precisamente la omnipotencia carnavalesca del deseo, que asume, en lugar de romper, la dicotomía prohibición/fiesta, y que demuestra, de nueva cuenta, que la poesía se aleja de la concepción romántica tradicional de la traducción de los humores del alma, sino que se constituye como un aparato delicado y funcional del pensamiento:

El deseo es siempre una prohibición.

Una fiesta en la que no sabemos comportarnos.

Enumeración de los azotes

sobre una vagina hambrienta

gemido que nos arranca del suelo,

un ir a casa

Queda entonces la tentación de definir una generación, de historizar un corpus determinado de textos que se unen por lo mismo que los separa, y que puede solamente ser un juego definido por un buen ojo editor y compilador. No me gustaría caer en esa tentación, creo que no es una labor crítica que pueda hacerse, por lo menos no todavía. Pero sí es necesario recalcar que esto es lo que están haciendo nuestros poetas más jóvenes, esos que llevarán a cabo la ardua tarea de probarse a sí mismos ante el otro, ante el lector, ante el editor, ante el crítico. Qué bueno ver tantas poetas en una antología, a la par. Y si es necesario que muera el padre, el Padre, y su tradición, para que volvamos a repensar lo que se escribe, pues que así sea.

_____________

Bruno Ríos Martínez de Castro es escritor, editor y crítico literario. Es Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por el Tecnológico de Monterrey y candidato a doctor en Literatura Hispánica por la Universidad de Houston. Es autor de los poemarios La blanca espera del tren (Editorial Foc, Barcelona, 2012) y Sequía (Editorial Foc, Barcelona, 2013).  Su obra crítica y literaria ha sido publicada en diversas revistas y antologías en México, Estados Unidos, Perú, Argentina y España. Se especializa en literatura mexicana contemporánea del norte, con énfasis en la poesía y narrativa que giran alrededor de temas relacionados con violencia, memoria y espacio. Actualmente es asistente de investigación en el Recovering the U.S. Hispanic Literary Heritage Project y editor de Frontal | Gaceta digital de crítica literaria.

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