Crítica de poesía

Era hombre Era mito Era bestia, de Iván Vergara

eramito

 

Era hombre Era mito Era bestia / Man Myth Beast

Iván Vergara

Editorial Ultramarina, Cartonera & Digital 

2013

Por Bruno Ríos

La poesía tiende puentes, de eso no tengo duda. Tiende puentes geográficos, simbólicos, temporales, alegóricos, históricos. Lo importante es leer desde esos puentes, o quizá, también, escribirlos.

Iván Vergara construye estos puentes durante años en su poemario, publicado por la Editorial Ultramarina, Cartonera y Digital en 2013. Y son puentes que se erigen de manera intencional a través del atlántico, entre México y Sevilla, pero también como una búsqueda de un pasado original que no existe, o que tal vez se encuentra en constante creación. Era hombre, era mito, era bestia es, como se dice en varios de sus poemas, una luz de estroboscopio que mira hacia afuera, por la mirilla de una puerta, tratando de develar lo que sucede.

«Era hombre», la primera sección del poemario, es una de las tres búsquedas del libro, una búsqueda que termina por definir una esencialidad indefinible, la irremediable conclusión de que esa diferencia entre civilización y barbarie es, vaya, pura ficción:

Calcamos al revés el origen de las especies

para que saliera la vida, torva y estúpida,

imitando al animal que nacimos siendo (18)

Hay una estirpe heideggeriana en Iván, un Dasein que no puede aprehender del todo y que está ahí, mirando al mundo que le rodea, que está a la mano. La ciudad es el contexto del hombre, del mito y de la bestia, que es lo mismo: el espacio que contiene y que revela a su vez la dualidad de un sujeto sin pasado original, que engendra y es su bestia. Lo vemos en «Poema de las cinco de la tarde»:

la avenida abre el asfalto en dos

mas me detiene un cíclope cruel con fiereza escarlata,

el único refugio, su espigado cuerpo, su línea de sombra

 

cuenta en silencio para abrir paso,

inclusive que hubo tiempos mejores:

tiempos de tonos sordos y balas ciegas (28)

A su vez, «Era hombre» es una angustia existencial de no asir al mundo, la angustia de perder la manera en que nos arraigamos a un espacio que se nos escapa entre las manos todo el tiempo. ¿Cómo leer este puente, el del sujeto-ahí y el ahí mismo? Vergara construye un espacio liminal entre ausencia y presencia, un espacio que es puro entremedio, que está y no está. El espacio que habita la voz se niega a revelarse, y se le niega también al lector:

Algunas llaves olvidaron

cómo abrir las puertas,

algunas de ellas se esconden

o fingen no escuchar

– los gritos –

el llamado a casa,

cómo cerrar la entrada

a este mundo (56)

En «Era mito», la segunda sección, Iván da un salto a lo profético. El lector encontrará una especie de explicación cosmogónica general que siempre se queda corta, como todas las visiones del mundo. Escribir desde la primera persona del plural, es decir, desde el nosotros, es sumamente complicado, y uno se da cuenta rápidamente que hay textos que se quedan truncos. Hay una intención que no se logra, que no llega a término, pero ¿no es esta precisamente la manera más adecuada de describir un pasado original, un mito de creación? Leemos en el texto «Un águila se pierde»:

un águila caprichosa,

nunca más sagrada

ni tristemente profana

lo pierde todo, usualmente,

y es recordada una vez al año

como herida absoluta

como herida absurda,

como la herida del altar (66)

Aquí está el puente con México, un puente simbólico e histórico hacia la comunidad imaginada. Es el mito, y su construcción, desde una nostalgia, mas no es una nostalgia hacia el pasado original, sino que es eso, pura melancolía. El águila es, precisamente, una herida absurda, una nostalgia que viaja hacia ese mito de creación del águila sobre el nopal. Pero no devora una serpiente: se devora a sí misma, o como lo dice Iván, antes «era suficiente ser tierra» (76).

Finalmente, «Era bestia» es un desdoblamiento, una clarividencia de la animalidad. Y es, quizá, también, lo que lo hace increíblemente actual. Dice Vergara:

pedimos perdón a la bestia, por enseñarle juegos de dolor y abandono,

continúa tras el arrojo tardío de la sombra,

como antorcha viva frente a la ceguedad de los soles

esta bestia vive con silencios de todas las lenguas,

como el odio albañil de rascacielos y su celo de islas,

como la quietud de unos senos que no alimentan (102)

Esta es la búsqueda última de una verdad a voces. La animalidad del hombre es el hombre mismo, es la bestia que surge en una hermandad que se autoficcionaliza en el ejercicio puro y claro de la violencia. Hay un intento por hacer tabula rasa, por la igualdad de uno que es todos: «¿por qué cuando pienso en tus muertos / bajan del monte todos los difuntos? / fieles llamas que aterran y abrigan, / voces que festejan la sombra y su luz» (106). La contradicción no es gratuita: es su artificio. Iván Vergara entiende muy bien que la separación se falsifica al momento de nombrar al otro. El puente se revela rápido, y tiene dos vías. Va hacia atrás y hacia adelante, de una patria a otra que es siempre puro imaginario:

Todas nuestras oraciones

todo nuestro perdón,

a los ángeles de la guerra;

defendieron una patria con sangre,

sin saber que ella murió hace siglos (122)

Creo que, al final, Era hombre Era mito Era bestia es, irónicamente, una desmitificación, una búsqueda hacia atrás que define el presente. Seguimos reproduciendo el discurso original que es, y seguirá siendo, impuesto. Si deconstruimos el mito, si lo desarmamos y lo ponemos sobre la mesa, pieza por pieza, lo que nos une es sólo la nostalgia de su sentimiento. Esa es la bestia, la misma que somos todos. Y es la brutalidad de su aseveración la que nos lleva no a la desesperanza, sino, tal vez, en un sueño guajiro, a la rebeldía, al verdadero sentido de comunidad: «no es suficiente que duela, / también tiene que dolerte a ti» (44).

En una edición en que la traducción tiene sus flaquezas, y en la que hay poemas más logrados que otros, el primer libro de Iván se sostiene en el puente: ese puente que se traza sobre el atlántico y que nos une, tal vez no hacia un pasado original, pero sí a un sentimiento de comunidad sin aderezos, sin romanticismos, con pura y brutal humanidad.

Dense la vuelta al sitio de Ultramarina para ver el libro.

_____________

Bruno Ríos Martínez de Castro es escritor, editor y crítico literario. Es Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por el Tecnológico de Monterrey y candidato a doctor en Literatura Hispánica por la Universidad de Houston. Es autor de los poemarios La blanca espera del tren (Editorial Foc, Barcelona, 2012) y Sequía (Editorial Foc, Barcelona, 2013).  Su obra crítica y literaria ha sido publicada en diversas revistas y antologías en México, Estados Unidos, Perú, Argentina y España. Se especializa en literatura mexicana contemporánea del norte, con énfasis en la poesía y narrativa que giran alrededor de temas relacionados con violencia, memoria y espacio. Actualmente es asistente de investigación en el Recovering the U.S. Hispanic Literary Heritage Project y editor de Frontal | Gaceta digital de crítica literaria.

 

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