Crítica de narrativa

Prender la luz | Mar negro, de Bernardo Esquinca

image_1165_1_173421

Por Guillermo Fajardo

El terror funciona porque ciertos tipos de males nos parecen tan transgresores de nuestro andar cotidiano que es necesario invocarlos a través de diversos artefactos. Los hay para comunicarse con los muertos, quizá para detectar presencias, para santificar lugares o simplemente para imaginarlos mediante el entretenimiento. El miedo es un cliché, de eso no hay duda, sobre todo porque contrataca desde azoteas, áticos o pisadas en la tierra en un día de lluvia de modo inesperado, siempre como un rayo, un devaneo que luego olvidamos porque hay cosas más importantes que hacer. El terror, hay que admitirlo, es un apéndice de nuestra vida y ya no nos rige y no porque no nos falten miedos primigenios sino porque estamos demasiado ocupados como para escanciarlos.

Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) ha querido devolverle al terror –o así lo veo yo– este sitio primigenio en el altar de nuestra condición como seres humanos. Y es que en los tres libros de horror que ha publicado con Almadía Editorial –Los niños de paja, Demonia y Mar Negro– hay un hilo de continuidad que bien entendido nos provee de una literatura escamosa (al tocar los cuentos el lector tiene la sensación de estar ante un aparato duro y primitivo), cuasi testimonial (pareciera que los cuentos de Esquinca tienen este aliento de rumor del tipo de «…fue escuchado por ahí») y en los linderos de las obsesiones del escritor y el saber público: ahí está el Centro Histórico, los insectos, los sueños, los manicomios, las muñecas, los muertos. Bernardo Esquinca ha resucitado y los ha puesto a bailar: esta trilogía de terror es un jaloneo intenso entre actualidad e imaginación que se agita y que nos momifica porque reconocemos situaciones o lugares familiares que pueden albergar secretos. Esquinca ha sacado la mano por la ventana y ha agarrado una serie de objetos de túnicas oscurecidas, de pinturas descarapeladas, con bordes inciertos.

Especial reconocimiento para La vida secreta de los insectos, incluido en Los niños de paja, un cuento que pone sobre la mesa la tesis de que el terror puede ser un aparato nostálgico, amoroso pero con resonancias siniestras. Escritos en un lenguaje que prefiere darle concesiones a la narración a adornarla sin propósitos, el lector verá que la moneda de cambio que Esquinca propone es contar las cosas desde el día a día: en cualquier situación pueden encontrarse vestigios de esa brutalidad primitiva que es el terror, y que nos mueve a querer comprenderlo para comprobar si efectivamente nos abarca.

El último de estos libros, Mar negro, sigue con un Esquinca buscando temas desde donde espantar al lector: la luna puede ser un objeto siniestro que guarda secretos, una mutación genética e invisible en la tierra puede chocarle a ciertos espíritus que prefieren ver en el planeta una conquista inevitable del ser humano, el tema del tiempo como factor condenatorio hacia ciertas desgracias está presente, y el pulso de la sangre que se acelera porque el escritor no deja salidas, siempre condena, el terror es una cárcel, es destino que no deja escapar, sentencia y maldición. Los cuentos de este libro nos dejan con la pregunta incontestada de si el horror nos busca o viceversa. ¿Dejar volar nuestras supersticiones las convierten en prófugas buscadas por el mal?

El terror funciona porque no hay que nombrarlo explícitamente para saber que el mal puede desbordarse a través de la página ahí está Drácula y su presencia inconmensurable. Lo que todo escritor busca es plantar en la mente del lector ciertas cifras que lo lleven a diversos resultados. La Literatura se interpreta debajo de un trasfondo de experiencias que la vida va dejando y que no son más que lecciones profundas o superficiales de lo que hicimos. Profesar cierto grado de admiración al terror es admitir que nuestro entorno moderno, inexpugnable y dado a encontrar todo tipo de explicaciones es todavía un lugar inconfesable porque no lo hemos entendido.

O como dice Esquinca en uno de los cuentos: «Eso es, finalmente, lo que busco como escritor: que este mundo no se parezca tanto a sí mismo». Quizá añadir que mejor se parezca a ese otro, al secreto, al que no queremos ver.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s