Entrevista/Literatura infantil y juvenil

Especial: Literatura Infantil y Juvenil | entrevista con Rafael Mondragón

Rafael Mondragón

Rafael Mondragón

El estudio de la literatura infantil y juvenil implica, al mismo tiempo, estudiar los modos en que se ha construido la infancia misma a lo largo de la historia. La psicología y la pedagogía han sido disciplinas que se han involucrado, desde el principio, en el discernimiento de estos sujetos tan problemáticos, pero ¿qué hay de la historia, la sociología, la etnografía o la filosofía? Además, los que tienen experiencia práctica con la juventud pueden no tener experiencia teórica, mientras que los críticos no siempre tienen experiencia con los jóvenes. Todo lo anterior hace que el trabajo interdisciplinario sea cada vez más necesario para muchos investigadores. En esta tercera entrega, Rafael Mondragón, profesor, crítico y formador de mediadores, nos brinda su opinión al respecto.

Creo que el reto fundamental para nosotros, que trabajamos con jóvenes en espacios escolares, consiste en la creación de un espacio atento, riguroso y sensible para la exploración de la capacidad de experiencia de uno mismo, exploración que está siempre mediada por un texto: aprender a leerlo es aprender a leernos, y la lectura es siempre un paso previo para la creación.

Por Áurea Xaydé Esquivel Flores

  1. ¿Qué implicaciones tiene hacer crítica literaria de obras para niños y jóvenes?

Para responder a tu pregunta, creo que lo primero que habría que preguntarnos es a quién se dirige esa crítica. La mayor parte de la crítica de literatura para niños y jóvenes –o, por lo menos, la mayor parte de la crítica que yo conozco– no está dirigida a los niños… Está dirigida a los papás de los niños. Pienso en la crítica hecha para ilustrar catálogos de casas editoriales o la que está integrada en objetos que van a funcionar en el marco de una estrategia de ventas… Esa crítica tiene una función que es, sobre todo, comercial: tiene que ver, por ejemplo, con cómo hará un determinado representante de alguna casa editorial en la FILIJ para convencer a los padres de que determinado libro no le va a hacer daño a su hijo, sino que, por el contrario, lo va a convertir en un buen ciudadano, le va a enseñar valores… Se trata de un problema relacionado con la función moral usualmente adjudicada a la literatura, y con la perversión de un viejo valor ligado a la importancia de la literatura para construirnos como personas (que es algo que Michèle Petit ha trabajado con mucha acuciosidad). Creo que la visión instrumentalista ligada a ese tipo de crítica muchas termina poniendo a la literatura en un lugar ancilar, y por eso libros como la Guía de libros recomendados para niños y jóvenes de IBBY son tan importantes, marcan una diferencia respecto de esto que te acabo de decir… También me parece interesante (y preocupante) que prácticamente no haya crítica literaria dirigida a los niños que leerán esos libros… Tiene que ver con un tema que tú has trabajado en otros proyectos: ¿qué tipo de actitudes creemos más «naturales» para los niños? ¿Por qué creemos que a los niños les interesará un libro ilustrado, pero no leer un texto en donde se discute sobre ese libro?…

Pienso también en que la crítica literaria académica –salvo algunas importantes excepciones– no se ha ocupado mucho de la literatura infantil y juvenil. Es una pena, pero la crisis de la crítica académica, que se fue alejando cada vez más del público lector general, es todavía más grande cuando se trata de esos objetos curiosos que son los libros para niños y jóvenes, que se venden tan bien, pero tienen muy poco prestigio… Es algo que yo mismo he visto cuando converso con mis estudiantes de la carrera de Letras Hispánicas: muchos de ellos son apasionados lectores de libros para niños, pero pocos se atreverían a confesarlo, y menos aún, a escribir sobre esos libros… Probablemente algunos de ellos estén copiando actitudes que ellos ven o suponen en sus maestros más queridos.

Creo, finalmente que en el medio mexicano de hoy hay una práctica crítica muy interesante, de enorme riqueza, pero que no tiene mucha visibilidad pública porque hay pocos intentos de sistematizarla: pienso en la práctica crítica que hacen los propios niños en el momento de leer, es decir, esa práctica que se relaciona con el paso natural de la lectura a la escritura y de ser autor de un texto a volverte autor de tu vida. Esto es algo que se trabaja mucho en el espacio del aula, pero también en ese rico espacio que últimamemente ha sido llamado de «mediación de lectores», y que en otras épocas tuvo nombres diferentes (es el espacio de los «promotores», los «formadores», los practicantes de formas de acción cultural ligadas al trabajo comunitario, como las bibliotecas populares, los libroclubes, las Salas de Lectura, los cuentacuentos, etcétera). La historia de esos peculiares personajes todavía no ha sido escrita, pero cuando se haga entenderemos mucho de lo más valioso que ha ocurrido en nuestro país en materia de crítica de la literatura infantil y juvenil. Los mediadores siempre han sido personas curiosas y atentas, acostumbradas a formarse a sí mismas, con gran inquietud para socializar y reflexionar sobre los libros que llevan a sus espacios. Han sido, también, personas que se han preocupado por trabajar con niños y jóvenes en espacios no escolarizados en donde la lectura puede ser entendida como placer y pregunta sobre la propia subjetividad. Finalmente, han sido personas que, desde siempre, han impulsado a los niños y jóvenes para que escriban sobre lo que leen. Ahí hay una práctica crítica de enorme riqueza, y un campo muy fértil de trabajo para aquellos que estamos interesados en pensar las formas de la crítica literaria en México y América Latina.

  1. ¿Qué visión tienes de los jóvenes lectores?

Me planteas una preguntota… Creo que el gran reto para gente como yo, que trabaja con jóvenes en medios universitarios, consiste en sacar la dinámica de la lectura del corsé que le ha impuesto el mecanismo escolarizado. Y aquí hay que recordar, con Iván Illich, que educación no es lo mismo que escolarización, y que entrar a una universidad no necesariamente ayuda a construir seres humanos más libres, autónomos y responsables, sino que muchas veces ocurre justamente lo contrario… Creo que los chicos son capaces de hacer cosas sensacionales cuando leen; no sólo con el libro que leen, sino también, y sobre todo, con ellos mismos. No es fácil visibilizar que un proceso de lectura supone siempre un trabajo sobre la propia subjetividad, lo que implica una toma de conciencia de mi forma de construir el mundo, una postura sobre el medio social en el que habito, y también un enfrentamiento con mis límites, mis miedos… Creo que el reto fundamental para nosotros, que trabajamos con jóvenes en espacios escolares, consiste en la creación de un espacio atento, riguroso y sensible para la exploración de la capacidad de experiencia de uno mismo, exploración que está siempre mediada por un texto: aprender a leerlo es aprender a leernos, y la lectura es siempre un paso previo para la creación.

He trabajado con jóvenes toda mi vida. Llevo siete años dando clases en la Universidad Nacional, pero comencé a dar talleres desde que estaba en la secundaria. Si me permites la expresión, siento cada vez más que los jóvenes llegan a mi aula menos jóvenes… Lo que te trato de decir es que algo ha pasado en el nivel medio superior que los ha hecho llegar al aula universitaria como lectores más normados: más acostumbrados a pasar cuestionarios, a sacar puntuaciones altas en pruebas, a mantener becas… Son lectores cada vez menos salvajes: lectores con capacidades críticas menos desarrolladas y con menor capacidad de pasar de la lectura a la escritura y a la creación. Eso es algo que me preocupa. Habitualmente mis chicos tienen mucho miedo de mostrar lo que son capaces de hacer cuando leen, por lo que es preciso hacer ejercicios previos (cuya relación con la clase no siempre es clara para algunos): ejercicios para que puedan ponerse en contacto con ese miedo y se den cuenta de lo que sabían pero no sabían que sabían; de la capacidad que tenían, pero no sabían que tenían. En ese sentido, entiendo mi propia práctica como la creación de un espacio en donde haya condiciones para una exploración colectiva que podría permitir, en cada uno de ellos, la construcción de una posición de sujeto.

  1. ¿A qué se debe, según tu experiencia, la poca crítica en el campo de la LIJ en México?

Me parece que tu pregunta tiene que ver –en el caso de México y de América Latina– con la historia de nuestra profesión, porque la historia de la función crítica es también la historia de la constitución de la disciplina crítica en cuanto un campo del saber. A diferencia de lo que ocurre en Francia, por ejemplo, en nuestros países costó mucho el surgimiento de críticos profesionales; de hecho, sigue habiendo muy pocos, en el sentido de que pocos de ellos pueden vivir de su trabajo como críticos. La crítica profesional es algo raro porque los que hacemos crítica, además de ello, hacemos otras mil cosas: damos clases, colaboramos en las ONG, trabajamos en oficinas, ejercemos el periodismo, freelanceamos… No quiero quejarme contigo (hay países que la pasan peor), pero sí quiero señalarte que hay condiciones materiales para el ejercicio del saber crítico que le dan un toque especial a nuestro trabajo. La posibilidad de que existan críticos profesionales está ligada a la posibilidad de que haya espacios en donde esos críticos puedan trabajar.

Te planteo algunas preguntas relacionadas con el día de hoy, que pueden servir para entender las implicaciones de este tema: ¿cómo hacemos para saber cuáles son los libros para niños que han despertado los debates más ricos en las comunidades indígenas de Oaxaca?, ¿cómo hacemos para saber cuáles libros fueron más significativos en las discusiones de los jóvenes de Guadalajara o Ciudad Juárez?, ¿o qué es lo que han encontrado nuestros lectores en esos libros que se venden tan bien?, ¿por qué han tenido éxito? Si nos vamos más atrás, las cosas tampoco son muy claras: ¿sabemos que leían los niños latinoamericanos en el siglo XVIII?, ¿y en el XIX, o en la época colonial?, ¿qué ha significado históricamente ser niño en América Latina, y cómo esa experiencia ha sido reflexionada en textos escritos y prácticas de lectura y escritura?…

A pesar de algunos textos excelentes (pienso en la Historia de la infancia en América Latina escrita en Colombia, las investigaciones en Chile de Gabriel Salazar, los trabajos del Seminario de Historia de la Educación en El Colegio de México), creo que los críticos literarios sabemos demasiado poco de preguntas como las que acabo de plantearte. Sabemos muy poco de nuestro presente, y por eso nos es difícil actuar para transformarlo. Tampoco sabemos mucho sobre nuestro pasado. Ejercemos la creación y la acción en el vacío, inconscientes de los problemas que heredamos, las situaciones que se mantienen, las soluciones creativas y de enorme belleza que le dan características especiales a nuestra infancia y su literatura. Lo que te trato de decir es que el problema de la profesionalización de la crítica es también el problema de qué hacemos con el presente: no sólo tiene que ver con que no podamos vivir de nuestro trabajo y andemos metidos en mil otras cosas, sino que además ello dificulta responder preguntas grandes y difíciles como las que te acabo de proponer, preguntas que pongan en relación nuestras inquietudes con la elaboración de una conciencia histórica y un proyecto de transformación de nuestros espacios de vida, también desde la literatura…

De entre los muchos espacios en donde se ha ejercido la crítica, las universidades han jugado un papel importante, sobre todo porque en algunas épocas ellas han permitido que los que nos dedicamos a leer y escribir pudiéramos vivir con cierta dignidad de nuestro trabajo. Pero el trabajo universitario ligado a la literatura infantil y juvenil ha tenido muchos problemas para avanzar. Creo que los historiadores de la educación han hecho, en general, un trabajo mucho más digno que nosotros, los que nos dedicamos a la literatura. ¿Cómo haríamos, por ejemplo, para saber qué leían los niños del siglo XIX, que es una pregunta que te hacía hace rato? ¿Qué archivos consultaríamos? ¿Cuáles son las fuentes editadas críticamente de las que disponemos para saber estas cosas, cuáles son los estudios que se han hecho? Creo que en el ámbito mexicano los críticos literarios hemos hecho muy poco para responder esas preguntas. Es sólo hasta la aparición de la literatura infantil y juvenil como fenómeno comercial –ya muy entrado el siglo XX– que hemos logrado construir un corpus de trabajo. Hacia atrás, sólo tenemos generalidades… Y el corpus de la segunda mitad del siglo XX es visto con mucho prejuicio por su relación con el mercado, la relación con ese sujeto que causa extrañeza, que es el niño, que ha sido visto como «consumidor» por los mercadólogos pero pocas veces como sujeto de saber por los críticos universitarios…

Una vez más, creo que la gente que realmente tiene una conciencia de lo que ocurre con ese corpus no está en el ambiente universitario: en lo personal, yo he aprendido muchísimo de personas que han elegido no estar en el espacio académico, pero que tienen un nivel de reflexión extraordinario, como Carola Díez, Luis Téllez-Tejeda, Jesús Heredia, y detrás de ellos, un largo etcétera de nombres que he conocido gracias a sus experiencias… Son, sobre todo, decenas (o cientos) de personas que hicieron el «trabajo de base» en las políticas de fomento a la lectura impulsadas por el Estado; son también los autores de los libros de texto, y los cuidadores de espacios comunitarios para la lectura a lo largo de todo el país; sobre todo, son los que se identifican con esa figura maravillosa que surge alrededor de los años sesenta, y de la que ya platicamos arriba: el llamado «mediador»; una persona que a veces viene de la militancia, pero comienza a hacerse cargo de la gestión de colecciones y acervos y el desarrollo de estrategias para volver significativa la lectura. Probablemente son los mediadores quienes realmente saben cómo se constituyó ese corpus. Creo que para entenderlo, los críticos universitarios tendríamos que comenzar a hablar con los mediadores. Adelanto, según mi perspectiva, que muchos mediadores le tienen miedo a la universidad porque los universitarios los hemos tratado muy mal… Pero finalmente son ellos los que saben cómo se constituyó el corpus que nos interesa: conocen a los lectores y sus prácticas de lectura.

  1. Si la literatura «infantil y juvenil» es definida, a grandes rasgos, a partir de la condición de los receptores, ¿cómo pueden influir éstos en las diferentes maneras de hacer crítica literaria?

Creo que es un tema que a ti te importa mucho, y estoy de acuerdo contigo sobre su necesidad e importancia. Me parece que los estudios más interesantes sobre literatura infantil y juvenil que conozco –y que se han hecho en América Latina– han partido por una consideración de lo que en nuestra experiencia histórica ha constituido la infancia, y por su historia. Ése es un primer paso importante. Darnos cuenta de que el «ser niño» no es biológicamente algo «dado», sino que además tiene una identidad social que se va construyendo, y que nuestro continente se ha construido de una forma especial porque es un continente en el que la violencia, la desigualdad, el racismo, han impreso una manera de vivir la infancia y la juventud. Es un buen primer paso, pero no es suficiente, porque implica pensar «desde fuera» cómo se ha construido a los niños, pero no lleva necesariamente a pensar cómo los niños se construyen a sí mismos. Para eso tenemos que empezar por escuchar a los propios niños. Observar sus creaciones. Aprender a dialogar con ellos. Permitir que aparezcan los gestos que han permitido que los niños sean sujetos de su propia historia. Esto que te digo es muy polémico, pero está en el fondo de textos fundamentales, como Ser niño «huacho» en la historia de Chile de Gabriel Salazar. Los niños no sólo padecen la historia, sino que hacen algo de ellos mismos y de ella. Producen sus propios espacios de libertad. Eso implicaría una manera especial de estudiar su literatura: no sólo deberíamos leer los textos, sino que también deberíamos de conversar con sus lectores. Ello debería llevarnos a crear una metodología propia.

Conozco algo de tu trabajo de licenciatura, y por ello sé que has intentado profundizar en inquietudes como éstas que te planteo. Hay algunos experimentos, en otras partes del continente, que deberías conocer, porque podrían enriquecer tus planteamientos, y los que estamos elaborando al interior de nuestra propia disciplina. Gracias al diálogo con mi esposa, por ejemplo, he tenido la enorme oportunidad de conocer el trabajo de Elsie Rockwell, de Emilia Ferreiro y de Susana Quintanilla, que –utilizando mediaciones metodológicas como la etnografía de aula, el recabamiento de datos en perspectiva piagetana o el trabajo de archivo– han creado perspectivas interesantes para observar qué es lo que hacen los niños con sus libros, qué reflexionan cuando leen, cómo construyen su mundo por medio del uso libre y creativo de esos objetos… En lo personal, creo que es importante pensar en estos temas por motivos que son también, políticos: tiene que ver con la necesidad de no infantilizar excesivamente a los niños, y de mostrar la dignidad y capacidad de sus experiencias. Ellos no sólo son seres frágiles que vienen desprotegidos al mundo. También son seres capaces de construir otros mundos a partir del nuestro. Haríamos bien en escucharlos.

  1. ¿Consideras que la formación de un crítico de LIJ es diferente a la de un crítico literario de «libros adultos»? ¿Por qué?

Pues esa pregunta la podrías responder mejor tú que yo. La formación de un crítico de LIJ es… bueno, vete a ti misma: tuviste que aprender muchas cosas por tu cuenta porque no hay materias de literatura infantil y juvenil en las universidades, no hay un corpus constituido desde el cual trabajar, la teoría que se ha hecho está dispersa, la discusión metodológica está en pañales… Lo cual quiere decir que cada crítico se forma a sí mismo. Eso tiene una parte buena: significa que los críticos dedicados a la literatura infantil y juvenil todavía no están encorsetados en esas trampas burocráticas de la escolarización, las cuales han conducido a la crisis de la crítica literaria que se hace en América Latina en la actualidad. Los que se dedican a la LIJ habitualmente tienen experiencia práctica; por lo general son profesores, trabajan en promoción y difusión y esto les permite hacer crítica y teoría de manera más vital. La apuesta consiste en cómo mantener esa vitalidad al mismo tiempo que se ayuda a la profesionalización del crítico. En esto hay algunas experiencias muy ricas: por ejemplo, el programa Salas de Lectura de Conaculta, que está preparando una licenciatura para sus mediadores, lo cual les ha implicado discutir este tema: cómo combinar la profesionalización con la vitalidad del trabajo día a día; están también las colecciones editoriales creadas por Daniel Goldin en el Fondo de Cultura Económica y después en Océano con «Travesías», que han representado un esfuerzo importante por posicionar ciertos temas que permitirían pensar la lectura desde una perspectiva ciudadana, comprometida y humana… Falta mucho por hacer, y a tu generación le toca hacer mucho de lo que nos falta.

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Rafael Mondragón (Tabasco, 1983) es doctor en Letras con estudios posdoctorales por la Universidad Nacional Autónoma de México, en cuya Facultad de Filosofía y Letras es también profesor. Ha realizado estancias de investigación en Berlín y Santiago de Chile, y publicado estudios sobre el pensamiento latinoamericano de los siglos XIX y XX, con especial énfasis en tradiciones como el anarquismo latinoamericano, y en autores como Simón Rodríguez, Francisco Bilbao, Paulo Freire y Pedro Henríquez Ureña, entre otros. Además es parte del equipo coordinador de la Historia de las literaturas de México que actualmente prepara el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Junto con Álvaro García San Martin coordina el proyecto de edición crítica de obras completas de Francisco Bilbao, en nueve volúmenes, el primero de los cuales apareció recientemente. Tiene en prensa el libro Filosofía y narración. Escolio a tres textos del exilio argentino de Francisco Bilbao (1858-1864), así como la obra colectiva Pensar crítico y crítica del pensar. Coordenadas de una generación, que fue coordinado junto a Diana Fuentes y se concibe como el primer volumen de una colección dedicada a la historia del pensamiento crítico latinoamericano. Además es formador de mediadores en el programa nacional Salas de Lectura del Conaculta, y colabora regularmente con proyectos independientes de trabajo cultural comunitario de todo el país.

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