Crítica de narrativa

Días de intimidad | Reseña de La mujer del novelista, de Eloy Urroz

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Retorno a la intimidad

Por Guillermo Fajardo 

«Escribió Francisco Rico en el prólogo a una edición del Lazarillo de Tormes, que la gente de la época no sabía cómo leer dicho texto porque «…el Lazarillo no cabía en ese terreno de la “ficción”: los contemporáneos no tenían el hábito mental de leer como “ficción” un libro de semejante tenor, no tenían otros libros parejos en que haberlo adquirido (…) si bien en principio el Lazarillo no era de recibo como “ficción”, sí cabía presentarlo como “verdad”, acentuarle las apariencia de “historia” y, por ejemplo, no dar en ninguna parte otro nombre que el del protagonista y supuesto autor, callando el del auténtico». [1]  ¿Era realmente Lázaro de Tormes al mismo tiempo, narrador y protagonista, aliento de la historia y carne de la misma, concepción y parto? ¿Cómo leer un libro que a todas luces parecía «verdadero», inspirado en hechos reales, pero de manufactura tan entretenida que el lector avezado podría darse cuenta que dicho texto parecía más bien hecho para entretener en lugar de para recrear?

Al igual que los sorprendidos lectores de aquel manuscrito –que no sabían cómo leerlo– me encontré en La mujer del novelista (Alfaguara, 2014) de Eloy Urroz (Nueva York, 1967) un libro fascinante por la idea que recorre pero mal ejecutado por los ríos que atraviesa. El escritor es una intimidad abierta y, por ello, sus esfuerzos deben reconducirse a crear una historia que le deje algo al lector de la porción del mundo en el que le tocó vivir: el escritor no debe de crear por capricho sino casi por una necesidad de narrar lo oculto o tocar fibras que de otro modo podrían pasar como invisibles.

La novela –en general– me parece un género literario que como creación es dúctil, flexible, líquido y hasta amable con el escritor para experimentar registros, voces, ambientes y un largo etcétera. A pesar de sus condiciones amorfas eso no significa que la novela sea un objeto inescrutable, oscuro o inaccesible.

La novela de Urroz trata de un académico que se refugia en Francia con su esposa y sus hijos a terminar su novela. En ella, el protagonista (que se llama Eloy o Eugenio, pues Urroz combina universos distintos) imagina o fabula acerca de otra vida que pudo haber tenido con una antigua amante. El protagonista es un casanova perverso que se acuesta con todas, que desafía los límites del matrimonio y sin embargo resulta predecible, lastimoso y pedigüeño: es un personaje que no tiene alas porque insiste en cortárselas.

Además de este componente que hila la historia –pero apenas, porque esta se torna confusa y selvática- Urroz narra las aventuras del Crack, ese grupo formado por Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Gerardo Laveaga, Pedro Ángel Palou y el propio Urroz. El problema con estos pasajes es que hay apenas un esbozo de pulpa literaria que lleve al lector a comprender las razones detrás de la formación de este grupo, el ánimo que los llevó a instituirlo, las causas de su éxito o la comunión de autores o lecturas afines. En lugar de eso, encontré en La mujer del novelista un largo lamento de Urroz dirigido al propio Urroz –subjetivismo epistolar disfrazado de novela– de las razones del porque   –al parecer– no ha tenido el éxito de sus compañeros de generación: confesión tardía, viacrucis autoimpuesto, latigazo certero, eterno balbuceo: es un viaje de la bilis a la herida. En lugar siquiera de intentar maquilar una historia Urroz desafía la paciencia del lector con «recuerdos» de un pasado sumamente parcial, monopolizado, en donde Urroz es juez y parte, huracán, tormenta y balanza: todas las características para admitir que esta novela no es tal sino un libro que –página 525–: «CORRIGE la injusticia del mundo, el libro en que TÚ eres el único que importa, y en el que por fin los demás nos convertimos en accesorios. Es el libro en el que sólo hay un triunfador: TÚ MISMO. No sé si te des cuenta, pero este libro es tu venganza, tu GRAN REVANCHA…».

La mujer del novelista es una novela que debido a su doble cara de memoria/ficción no ayuda a encontrar engranes que la unan: debido a que los personajes son sus compañeros de generación Urroz da por sentado que el lector los conoce igual que él. Así, tenemos un espacio anémico de personajes transparentes que a contraluz tienen cierto brillo únicamente porque el novelista los ha puesto ahí.

Urroz ha construido una novela volcada hacia un dolor tan recurrente en sus páginas que termina por abrumar al lector y desear que el protagonista tome las riendas de su vida: en lugar de ello Urroz martiriza a Eloy/Eugenio una y otra vez. Esta faceta de la novela es un largo autoelogio y automartirio que combina fobias y hubieras con un tufo vengativo que logra nulificar la narración.

El paso de un universo a otro es algo que Urroz hace muy bien: el misterio alrededor de quién está escribiendo (si Eloy o Eugenio); de quién en realidad es el personaje ficticio (si Eloy o Eugenio) le incita al lector a atisbar el enigma de la concepción de la novela. Esta jugarreta con la realidad le permite a Urroz entrar o salir fácilmente de aquellas vidas. Aquí Urroz defiende con maestría la tesis de que una acción determinada –en la vida de cualquier ser humano– puede tener consecuencias diametralmente opuestas si pudiésemos compararlas: la vida rescata de nuestras acciones las consecuencias que nos merecemos y nosotros, conscientes de su equilibrio, buscamos aparentar un control que no poseemos.

Hay ciertos pasajes memorables, especialmente cuando el protagonista habla de sus lecturas, de su literatura, de lo que lo lleva a querer contar una historia que puede destruirlo: es una especie de testamento que escribe con la mano temblorosa, casi a sabiendas de su inevitable final y que recoge –en esta imbricación de universos– lo que Urroz autor es, con lo que Eloy personaje representa. Esta compenetración ayuda a sobrellevar la novela: de un tormento cansino a una puerta giratoria que permite entrar o salir de diversos mundos.

Un último apunte: no sé quién podría leer La mujer del novelista. Es un libro que podría abrumar a lectores primerizos y decepcionar a lectores con más kilómetros; que no busca aproximarse a ciertos temas que podrían caracterizarla como una novela, digamos, amorosa; que tiene demasiadas historias inconexas; con una dentadura postiza que la sostiene únicamente la expectativa de encontrar algo entre sus páginas y un sueño de espuma que el propio Urroz se ha encargado de destruir: no hay redención para el protagonista quizá porque, secretamente, éste nunca la busca.

La novela resulta, al final de todo, irónica porque se responde a sí misma y, en esta ironía profetizadora, trágica. La esposa del novelista descubre el libro que su esposo está escribiendo y escribe sobre ello. Urroz completa este círculo mal trazado de abismos, geometría de hojas que se caen, valles que desparraman su mirada en un horizonte oscuro, tormentoso y eléctrico, con estas palabras:

«Ahora, con este libro, será mucho peor. Con lo que he leído, no veo a quién diablos pueda interesarle. Disputas conyugales, celos, odios, reconciliaciones, falsas familias felices, amistades y deslealtades, amor y desamor a mares, idas y vueltas por Europa y Estados Unidos, psicología tortuosa y un crimen revolucionario que olvida de repente continuar… ¿Hay lectores para este tipo de novelas?».

¿Los hay?

[1] Lazarillo de Tormes, edición de Francisco Rico, Cátedra Letras Hispánicas, Madrid, 1998, p. 31.

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