Crítica de narrativa

Sobredosis de ficción

LRCCD

Alí Rendón

La realidad con capacidades diferentes

Pictographia

2013

Por Cristian Lagunas

En 1613, ocho años después de la publicación de El Quijote, nos advertía Miguel de Cervantes en el prólogo a sus Novelas ejemplares lo siguiente:

Y así, te digo otra vez, lector amable, que destas novelas que te ofrezco, en ningún modo podrás hacer pepitoria, porque no tienen pies, ni cabeza, ni entrañas, ni cosa que les parezca; quiero decir que los requiebros amorosos que en algunas hallarás, son tan honestos, y tan medidos con la razón y discurso cristiano, que no podrán mover a mal pensamiento al descuidado o cuidadoso que las leyere. Heles dado nombre de ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso.

Si las historias de Cervantes estaban faltas de extremidades, las de Alí Rendón se apoyan, como él mismo dice: «en las muletas, las ruedas, los anteojos o el bastón que es ese grupo de gente a la que llamo la Real Academia de la Ficción», y surgen de la realidad «o lo que yo quiero ver como un defecto de la realidad, o simplemente “una capacidad diferente” de la realidad». La preocupación por formar lectores habilidosos, incisivos, pero, sobre todo, capaces de discernir de lo real y lo aparentemente real en el discurso de ficción ya había sido mostrada en la literatura europea por el propio Cervantes. Tres siglos más tarde, la aparición de novelas folletinescas de corte ocioso, incrustadas en el romanticismo, causará estragos en la corriente posterior: el peligro de interpretar la realidad con las capacidades usadas para leer dichos textos resulta en la aparición de personajes como Ana Karenina, Emma Bovary o Ana Osores; mujeres que han sido expuestas a dosis de ficción inadecuadas y encuentran difícil encontrar el espacio que desean en el mundo.

La primera parte de este libro es, pues, más o menos una reelaboración de lo anterior. La reflexión metaficcional ocupa un espacio importante en relatos como «El secuestrador de libros», que abre el volumen y «Ayuda a los pobres». A diferencia de la obra cervantina o la producida en la centuria decimonónica, Rendón no critica el hábito o la exposición indebida a las obras de ficción, sino que las considera necesarias para poder interpretar la vida de la manera más correcta. «Le doy las historias de los libros a mi hija como una hermosa verdad. […] Yo le enseño a Pe minúscula con los libros, de los libros y en los libros [y] crece en un mundo tan real como en el que nos criaron a nosotros, sólo que más maravilloso, vive en un realismo más que mágico y en la fe de la ficción», confiesa uno de los personajes del primer relato, de manera ciertamente contradictoria. A partir de la lectura de «Ayuda a los pobres» tal vez se atisbe la propuesta de observar a la ficción como una construcción caleidoscópica y ecléctica, con el pretexto de que en la ficción o en lo imaginario se valen todos los procedimiento. Este texto –construido a partir de recursos desconcertantes para el lector, que van de las historias intercaladas e inconclusas a imágenes que rayan en el delirio– narra la introducción forzada de un hombre en una casa familiar para llevar, como si se tratara de una misión imprescindible, la imaginación a aquellos que no la tienen: «Ustedes son tan pobres que lo único que tienen es lana. Apenas yo les traigo algo de valor a sus vidas. Les traje la necesidad de imaginar», expresa.

Si bien, la interpretación de dichos textos puede parecer interesante, las historias, por sí mismas, se inclinan a la sobreelaboración, adolecen de cierta socarronería y se pueblan de chistes o referencias anodinas, recursos que podrían ser adecuados para los lectores descuidados o excesivamente ociosos, pero que no trascienden a un nivel de lectura más complejo. Por fortuna, la siguiente parte de la obra, que aborda la forma en que se ve la realidad desde la infancia, presenta relatos relativamente de mayor calidad que los anteriores, por estar mejor estructurados y presentar mayor naturalidad en la narración. «Duende» denuncia el exceso de ficción en dos niños que planean el asesinato de la madre de un chico con Síndrome de Down. «Osita» explora otra patología, la hipertricosis, o como se le llama aquí, «enfermedad de los niños lobo». Es un relato breve y bien escrito, que pudo ahondar más en el conflicto que presenta: la relación enfermiza entre una narradora y la pequeña Mirna, quien padece de tal síndrome. «La mímica de la sombra» es un texto que satisface por sus rasgos perturbadores pero que pudo, como el anterior, haber sido objeto de más trabajo.

La parte final de la obra, titulada «Terceras capacidades: con afanes de Eros y Tanatos», vale la pena sólo por uno de los cinco relatos que la conforman: «¿Quién es Fabricio?» es el más logrado de todo el libro. Su narrativa clara y elocuente se acerca al juego erótico que surge del cambio de identidad y su ejecución en el terreno de la cama. Una pareja kitsch, conformada por personajes tan sólidos y de nombres tan singulares como Cereza y Agrio convence al lector de la verosimilitud de su juego, desde luego, como un producto de la agilidad narrativa, en la que, si se tiende un largo puente, se pueden percibir ecos de la comedia de enredos. Lástima que no suceda lo mismo con cuentos como «No deseado», surgido de un pretexto muy pueril o «Robo en la línea 4», que vuelve a pecar del exceso de imaginación denunciado antes. Para cerrar este comentario, debo apuntar que la premisa inicial del libro –de la cual Rendón parece alejarse en ciertos relatos, los cuales no es posible conectar entre sí– promete por la infinidad de juegos que habría sido posible hacer jugando a mover esa línea entre lo real y lo ficcional, o lo diferente, o lo defectuoso. La ejecución queda lejos de abordar esa frontera, como lo hicieron sus predecesores europeos, y satisface apenas. No obstante, si se le ve con la misma lente con que se veían los textos vertidos al folletín en el siglo XIX o el equivalente que tuvieron en el periodo cervantino en las historias caballerescas o pastoriles, es decir, como textos que invitan meramente al ocio, La realidad con capacidades diferentes, creo, podría funcionar de otra forma.

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Cristian Lagunas (Metepec, Estado de México, 1994) estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Participó en la antología 25 golpes de suerte, publicada por Lectorum en 2013. Actualmente es becario del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México, en la categoría de Jóvenes Creadores. Es colaborador habitual de Frontal; más del autor aquí: http://goo.gl/brxxlp

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