Entrevista/Literatura infantil y juvenil

Especial: Literatura Infantil y Juvenil | entrevista con Adriana González Méndez

Adriana González Méndez

Adriana González Méndez

Resulta habitual que los adultos consideren que un libro es «infantil» sólo por el hecho de tener dibujos, muchos colores o pocas páginas, por tener un tono didáctico o por tratar temas propios de su edad; que un libro es más para «niñas» por tener romance y más para niños por tener aventuras; es decir, suelen tener miradas superficiales que ignoran o menosprecian las capacidades de significación tanto del libro como del niño mismo. En este sentido, los adultos también deben aprender a leer otros textos con otros ojos, desde (y entre) otras disciplinas y en eso consiste también el trabajo de la crítica literaria: abrir posibilidades de significado para otros lectores. En esta cuarta entrega, Adriana González Méndez, selectora, juez y coordinadora editorial, nos lo recuerda y abunda en la relación del libro con el sujeto lector.

Tal vez los niños pequeños no estén interesados en leer crítica de la LIJ; tal vez los adolescentes tampoco, pero tampoco hemos intentado dirigirla a ellos.

Por Áurea Xaydé Esquivel Flores

  1. ¿Qué implicaciones tiene hacer crítica literaria de obras para niños y jóvenes?

Muchas personas creen que comenzar a hacer crítica de la LIJ limitará a los creadores; los juzgará duramente y ya no podrán gozar de la libertad que ahora poseen, como si los estudiosos fueran a volcar una serie de normas draconianas sobre ellos, pero lo cierto es que la crítica como tal existe desde hace muchísimo tiempo y nunca, o casi nunca, ha escindido la creación literaria. Para muestra habrá que ver los libros que se siguen publicando desde muy diversos frentes editoriales y que, a pesar de haber sido examinados minuciosamente por la crítica, se siguen consumiendo a nivel global (durante un corto periodo de tiempo, eso sí).

Las implicaciones que considero son todas positivas: que los chicos puedan hablar mejor y más de los libros con sus padres; que los padres puedan acceder a otras lecturas; que los maestros se involucren aún más a partir de mostrar cuáles son los alcances de un libro.

Con «mejor» me refiero a que se pueda ir más allá del discurso que resulta evidente, algo como lo que propuso hace ya tiempo Aidan Chambers, quien también sugiere esta posibilidad de formar lectores críticos a partir de hablar mucho de los libros. Mucho y entre todos porque así es como se entiende uno de los propósitos más grandes del arte: disfrutarlo. En Dime, Chambers propicia que los chicos hablen de la trama, de las ilustraciones, de los patrones en el libro, del tiempo en el que sucede, de los personajes, en fin, de todas esas posibilidades descifrables que están escritas y también las otras que no lo están.

Realizar textos críticos en México y para la población mexicana tiene la posibilidad no sólo de ver los libros desde otro punto de vista sino que también podrían comenzar a abolir etiquetas. Si la filosofía, la hermenéutica, la pedagogía, etcétera, pueden decir algo de los textos para niños a través de un crítico, muy pronto bien podría hablarles Platón o Miguel Hernández sin mediaciones, sin la necesidad de que esa obra esté hecha para ellos específicamente. Lo que quiero decir es que darle la posibilidad a la LIJ de interactuar con otros discursos, efectivamente, permitirá que más público se acerque a él y, lo más importante, qué más lectores logren disentir con los cánones o se sientan con la posibilidad de argumentar sus opiniones.

Creo que la LIJ es –parafraseo a Norma Romero Ibarrola– muy noble y ha sabido acoger a todos por igual. Sospecho que ésta es una virtud y al mismo tiempo, la principal desventaja para conjuntar cordialmente a los críticos literarios y los libros para niños y jóvenes. No es raro ver cómo el entusiasmo de quienes hablan libremente, con discursos de formación autodidacta, pronto se ve disociado de quienes argumentan las posibilidades o carencias de un libro que ha tenido mucho éxito o, de quienes hacen comparaciones más bien atinadas de los textos. Es decir: hay una renuencia a enseñar y hay otra renuencia a aprender, no sólo en el ámbito de la LIJ sino en general. La desventaja es que acá debemos trabajar juntos. Por eso digo que lo que se haga tiene que ser efectivo: efectivamente transmisible. Y, por supuesto, no se trata de convencer a nadie de lo que es conveniente o no, sino de ofrecer más posibilidades para que se pueda elegir mejor y con conciencia, sobre todo si la posibilidad que ahora tienen es la única que han conocido.

Tal vez los niños pequeños no estén interesados en leer crítica de la LIJ; tal vez los adolescentes tampoco, pero tampoco hemos intentado dirigirla a ellos.

Si a un chico le gustó mucho un libro va y busca más información. Eso nos ha enseñado el boom de las sagas (¿Ves? Ni siquiera hay un nombre acuñado acá para llamarle a eso). Van y buscan y encuentran lo que ha puesto alguien en un blog, un video por allá, pero no se acerca a un texto que comienza hablando de la forma en que el símbolo escinde el significado porque no les resulta cercano (aunque tampoco un padre se acercaría, ni un maestro, no porque no quieran sino porque no tienen las posibilidades de asir íntegramente ese discurso). Habrá que pensar cómo hacer crítica y si ya estamos en esto, pensar que es necesario hacer crítica de la LIJ desde varios frentes: la que se hará con los niños (y que se ha demostrado que se puede hacer, pues ellos hablan de sus libros, de su vida, de sus experiencias, todo el tiempo), la que se hará dirigida a los mediadores (padres, maestros, bibliotecarios, promotores) y la que se hará en el ámbito especializado. No tienen por qué estar disociadas si se piensa en realizar un trabajo, como dice Rubén Pérez Buendía, comunitario. Y yo agregaría multidisciplinario.

  1. ¿Qué visión tienes de los jóvenes lectores?

Depende de la etapa en la que se encuentren. Actualmente tienen más posibilidades de elegir sus libros, sus lecturas, sus conversaciones, sus comunidades, por la oferta que existe, pero siguen haciendo selecciones limitadas (no todos, por supuesto). Me parece que, a pesar de estar inmersos en un vertiginoso (y a veces pasmoso) mundo donde se les presentan muchas publicaciones atractivas, no eligen en libertad. Optan por publicaciones que apelan a los otros lenguajes que ellos conocen: los libros con rompecabezas, en 3D o aquéllos que cuentan la misma historia que han visto en la película o una serie de historias limitadas con los mismo personajes; los llamados «productos de licencia» o aquéllos otros que se erigen con portadas oscuras y colores brillantes, principalmente rosados que hablan de tipificaciones evidentes y burdas de los roles sociales. O aquéllos que se leen sólo porque los otros también lo están leyendo. Aunque pensándolo bien, es una barbaridad decir esto de la LIJ, pues no es privativo de ella, la literatura en general lo padece; sin embargo, es distinto que un adulto formado elija un best seller a que un chico que apenas comienza sólo decida comprar sagas que no los empujan a ir más allá. No lo digo yo, pues, hay artículos al respecto: Gemma Lluch, César Aira, Alberto Manguel han escrito sobre ello.

Volviendo al tema de la elección, creo que hace falta estar cerca de ellos (de los jóvenes lectores) legítimamente y sin imposturas, pues sólo de esta manera se puede mostrar que existe esto, existe aquéllo y decidir, en solitario (porque al final así es la lectura), por qué leo ésto y no lo de por allá. Pero sí falta ese paso intermedio: «yo te muestro esto, tú me muestras esto otro», de parte de quienes se relacionan con ellos (y con todo el mundo) no se podrá lograr mucho para ninguna literatura. Y aquí viene la importancia de nuestra formación como críticos: compartir lo que nosotros vemos, cómo lo vemos, por qué lo vemos y, por supuesto, dialogar.

Los chicos de ahora, como los de antes, se enfrentan al acercamiento con la cultura de maneras diversas e intimidantes. Por eso considero que hablarles de arte, de ciencia, de música, de física, de química, botánica, etcétera también es mostrarles referentes que se salgan del ámbito canónico y puedan acceder a un mundo más rico en portentos, que al final es lo único que vale: mirar y maravillarse (o indignarse) con el mundo. Y tener la posibilidad de decirlo, si se quiere…

Por otro lado, los jóvenes escriben más ahora, tal vez mucho más que los de antes. Escriben todo el tiempo y, estoy segura, no se enfrentan a la intimidante posibilidad de no saber qué decir, pues apelan a todos los lenguajes que la tecnología les permite. Sus vivencias, pues, son más multimedia. Los de antes también, o buscaban la manera de hacerlo o tenían más relaciones interpersonales. No creo, sinceramente, que seamos distintos, pero sí que hay formas distintas de acceder a nosotros mismo. Me parece que seguimos muy de lejos todos esos procesos, tanto los adultos como quienes nos dedicamos a elaborar discursos para ellos. ¿Cómo conjuntar ambas cosas sin que se vuelva algo escolar, obligatorio y, por ende, terrible? ¿Cómo hacer que lean sin que se les diga que eso es lo bueno o lo mejor? ¿En realidad es necesario promover la lectura sólo de libros? ¿Para qué promover la lectura entre los jóvenes de México? ¿Y de México en el año 2014?

Ahora pienso: ¿Por qué no ha habido promoción de la lectura entre adultos? Tal vez la crítica nos abra la puerta también para poder hacerlo, sobre todo entre aquellos adultos que se autodenominan «viciosos de la lectura» y terminan argumentando lo indefendible por su falta de cultura literaria. No lo digo como un insulto, lo digo como una preocupación legítima: ¿Qué lector forman quienes leen sin criticar? ¿Qué es un lector crítico? ¡Uf! Tantas preguntas.

No quiero dejar de mencionar que los chicos de ahora están viviendo el mismo tiempo que nosotros, a nivel mundial y en el país. Están viendo lo mismo que nosotros, miran todo desde otros frentes, tal vez, pero lo hacen todos los días y todo el tiempo. ¿Cómo pueden ellos hacer una crítica de todo lo que ven sin la memoria histórica que nosotros (los adultos) tenemos? Pienso que los jóvenes de ahora, como los de antes, están aquí, con nosotros, aprendiendo de manera cotidiana. Si no dialogamos con ellos, si no nos acercamos, tampoco contribuimos a que se desarrollen. Tanto o más que si no les acercamos libros. El libro y la lectura son una posibilidad para mejorar nuestra forma de vida, pero me temo que no pueden serlo solos.

  1. ¿A qué se debe, según tu experiencia, la poca crítica en el campo de la LIJ en México?

No me parece que haya poca crítica de la LIJ en México, hay muchas voces que están atentas, tratando de encontrar qué les dice esta cosa u otra de un libro. Lo que sí hay muy poco es crítica literaria especializada en LIJ, pero supongo que eso obedece a que los libros para niños y jóvenes piden que se hagan estudios distintos, más activos. La crítica, casi siempre y en todos los ámbitos, responde a propósitos muy específicos y, quizás, más certeramente, la falta de documentos se debe a que es reciente la necesidad de saber qué está pasando en México con la LIJ. Así que nos toca leer todo lo que ya está escrito en otros lados y sacar nuestras propias conclusiones o proponer lo que mejor se ajuste a nuestro contexto.

Me haces pensar en muchas cosas. En realidad, las comunidades lectoras en el país hablan mucho de los libros, hacen crítica de algún modo ¿Cómo está siendo esa crítica? Nos toca documentarlo. ¿Con qué recursos están hablando de sus libros? ¿Cuáles son sus referentes? ¿Qué necesitan? ¿Qué han logrado?

Nos tocará revisar también lo que se encuentre documentado de estos distintos programas: El Programa Nacional de Lectura de la Secretaría de Educación Pública, el programa Nacional Salas de Lectura, El Consejo Puebla de Lectura, Las BS de Oaxaca, el programa Nosotros Entre Libros de IBBY México, por mencionar algunos, ya tienen una historia consolidada en la promoción y el trabajo directo con los libros y sus receptores.

Quiero decir, son muy pocas las publicaciones que se realizan al respecto, pues no ha habido alguien que se haya interesado en compilar estas experiencias  a lo largo del tiempo, o quizá sí y lo ignoro. Tampoco existen publicaciones realizadas ex profeso, pero parece que apenas comienza a estudiarse la posibilidad de dejar testimonio escrito de lo que ha pasado y lo que queremos que pase, también.

Y bueno, todas estas iniciativas tendrán que ser ciudadanas, al parecer, como todos los programas que salen del ámbito de lo «importante» a nivel gubernamental. Promover la lectura se suscribe a la promoción de otras causas como la promoción de la cultura plástica, la música o la danza en un país donde literalmente «leer es casi un acto de rebeldía». Para muestra los evidentes cambios que ha sufrido, a lo largo del tiempo el Programa Nacional de Lectura en contraste con el crecimiento exponencial de libros realizados ex profeso, editados a modo, diseñados a modo y consumidos (a veces obligatoriamente) por una gran parte de la población nacional.

Cuestiones que dan cuenta de lo que realmente sucede: el trabajo disociado de todas las instancias que comenzaron hace 30 años ha redundado en cosas muy positivas (que queramos hacer ya crítica de la LIJ, por ejemplo), pero no ha sido suficiente para consolidar lectores críticos, ¿por qué?

Un testimonio fehaciente de lo que es la discusión y el estudio de los libros para niños y jóvenes lo constituye la Guía de libros recomendados para niños y jóvenes que, año con año, desde hace aproximadamente 29 años, publica IBBY México/ A leer junto con Conaculta. Esta publicación, desde sus inicios, y en concordancia con las incoativas que surgieron en latinoamérica (el Banco del Libro de Venezuela, por ejemplo) tiene como objetivo recomendar libros de calidad. Tan complejo como el término supone, este hecho le ha dado su fama y también le ha hecho ganarse muchísimas críticas desde todos los ámbitos. Es importante y necesario decir que las recomendaciones se realizan en un comité que no obedece a ningún propósito comercial o intereses personales que vayan más allá de la búsqueda de libros que puedan permanecer en la memoria y el imaginario de lo entrañable de los lectores. No intenta crear un canon sino sugerir y, sobre todo, compartir, los hallazgos de aquéllos libros que, como todo lo que se considera arte, han resultado perturbadores, polémicos, transgresores, únicos por sí mismos. Resaltar aquéllos que poseen una edición cuidada y realizada con el propósito más legítimo de todos: gozar el lenguaje artístico de manera holística. Y, por supuesto, ser un faro y un espacio de diálogo entre los editores, los libreros, los lectores, los padres y todo aquél interesado en la LIJ.

  1. ¿Consideras que la formación de un crítico de LIJ es diferente al de un crítico literario de «libros adultos»? ¿Por qué?

No tiene que ser distinta. La literatura es literatura (o no) porque bueno, también puede ser que el lenguaje presumiblemente literario no lo sea o que lo sea de la manera en que se puede seguir una receta para preparar algo que «funcione». La literatura es literatura y, gracias a esa condición podrá sobrevivir al tiempo, a la Historia, a las tecnologías, o no. Además, como te mencionaba en algún momento, los libros que se encuentren «consolidados» apelan, casi siempre a la universalidad y la belleza.

Pensándolo de otro modo, tal vez la crítica de la LIJ podría abrir un camino para la multidisciplina; sé que insisto mucho en ello, pero no puedo soslayar que existen muchas propuestas muy ricas y diversas: el libro álbum, la novela gráfica, los clásicos editados ex profeso y bueno… habrá que poder verlos desde todas las ópticas: la artística, la pedagógica, la literaria primordialmente, la sociológica…

Quizá, si es posible enriquecer el lenguaje visual de los lectores por fin se pueda prescindir del consumo de aquellos libros que llaman la atención, en primera instancia, por el discurso maniqueo y gastado de símbolos que apelan a la feminidad, la masculinidad o la niñez de maneras tan evidentes; algo que resulta poco ético desde el ámbito editorial, por cierto, pues a pesar de que el libro es un producto de venta, bien podrían abrevar de discursos más ricos y no copiar a destajo estrategias comerciales equiparables a las de la industria cinematográfica o las empresas textiles.

La crítica también les servirá a las editoriales, por supuesto, esto es un trabajo que debe realizarse en conjunto. Creo que este año que pasó hubo muchas iniciativas importantes en el país: El 4° Festival de libro Infantil y Juvenil de la UNAM, El Simposio de Cultura Infantil y Juvenil en la Universidad Iberoamericana, Las Jornada LIJeras en la Facultad de Filosofía y Letras (que tú conoces muy bien), El Congreso Internacional de IBBY México y el lanzamiento de Universo de Letras de la UNAM. Todo habla de que ya es momento de que empecemos a dialogar, a compilar y aprender, sobre todo por el poder que tienen los libros (y más aquél que tienen las comunidades con libros) cuando de formar críticos con su contexto se trata.

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Adriana González Méndez (México, 1983) estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras.  Desde 2008 es miembro del Comité lector de IBBY México/ A leer. Es promotora de lectura y ha participado como prejurado para diversos concursos tales como Invenciones, El fútbol sí es cosa de cuento y El barco de vapor. Estuvo a cargo del Proceso Nacional de Selección de Libros de Primaria para Bibliotecas de Aula y Bibliotecas Escolares que realizó la Secretaría de Educación Pública para el ciclo escolar 2013-2014. De igual forma, participó en la organización del 4o Festival del Libro Infantil y Juvenil que organiza la UNAM a través del Instituto de Investigaciones Filológicas. Asimismo, coordinó la edición de la Colección Kipatla II, para tratarnos igual que publicó el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación en coedición con IBBY México/ A leer. Actualmente edita la Guía de libros recomendados para niños y jóvenes que año con año publican IBBY México/ A leer y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

 

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