Crítica de narrativa

La vereda hacia la muerte empieza estrecha, termina estrecha | En el mar de tu nombre, de Carlos Sánchez

En-el-mar-de-tu-nombre

Carlos Sánchez

En el mar de tu nombre (Concurso del Libro Sonorense, Novela)

Instituto Sonorense de Cultura / CONACULTA

2012

Por Bruno Ríos

Hay libros que se quedan en el margen por voluntad propia. Hay otros que simplemente lo hacen por necesidad. Otros, quizás, por la necedad terrible de las instituciones o de los agentes inútiles que los traen a la luz, pero una luz atenuada, simple, ineficaz. El caso de Carlos Sánchez es un caso bastante interesante en las letras mexicanas, pero también, es un caso que se repite una y otra vez, en diferentes latitudes y con distintas variaciones particulares.

En este caso en específico, el estado de cosas por las que transita la voz de Sánchez tiene dos particularidades únicas que lo hacen ser lo que es. En primera instancia, Carlos es poseedor de un código personalísimo, un lenguaje íntimamente suyo y que, al ejercerlo con todos sus poderes, es a la vez enternecedor y atronador. En segundo lugar, Carlos es un escritor de esos que talonean su propia escritura, que escriben a pie por senderos llenos de piedras, que suben cuestas inconmensurables sin darse cuenta. Carlos nació en el barrio bravo de Las Pilas, a un costado del Cerro de la Campana en Hermosillo, lleno de la suerte inequívoca que eso implica, una suerte de condena que puede convertirse en pura producción si se sabe cómo usarse.

Autor de Matar, publicado en 2013 por Nitro Press en una reedición que sigue impresionando a sus lectores con sus crónicas terribles y a la vez irremediablemente humanas en donde la violencia y la impulcritud popular conviven en una serie de historias empapadas de sangre, Carlos hace uso de todas sus cualidades más importantes y pone en evidencia que es, antes que nada, un escritor que no le tiene miedo a su propia condena.

En el caso de su novela En el mar de tu nombre, ganadora del Concurso del Libro Sonorense en 2012 y de la cual me ocupo el día de hoy, las cosas van por rumbos distintos. Hay en esta novela una condena diferente, una condena que no es la de la sangre del barrio ni la suerte de los asesinos, ni tampoco una suerte que compite siempre con una híperrealidad apabullante. No. En el mar de tu nombre es un libro que apabulla no por su visceralidad social, ni por su violencia entera: enternece y desarma al lector desde la primera página con la cadencia sencilla que lo haría una historia al pie de la cama.

La virtud que tiene Carlos de narrar desde lo propio siempre se agradece. Cuando Carlos emula, revive, reconstruye lo que ha visto y lo que es, el lector no tiene hacia donde correr: habita ya el mundo que el autor ha construido. Y digo que lo habita porque la hospitalidad de un libro es siempre una jaula inescapable, o te atrapa o simplemente resulta invisible. El personaje de esta obra es un hombre que es todos los hombres, un hombre que viaja en búsqueda de una ausencia que es siempre presencia, y que entiende que la muerte es siempre una forma de permanencia. Hay un destinatario en el libro, un destinatario que conocemos conforme se nos muestra, siempre en reflejo de otros: «Miro e intento mirarme hacia adentro, como queriendo extraer un pedazo del corazón, ponerlo sobre mis manos y saber por qué duele y resiste tanto. Cómo es que se puede permanecer a pesar de la ausencia de tu pelo en vuelo, de tus ojos en mis manos, de tu olor en mi boca» (33).

Hay un hombre que busca una ausencia, que va desde el cruce de las vías del tren en Empalme, la ciudad jardín, hasta las costas del Mar de Cortés en Puerto Peñasco. Busca un reencuentro fantasmático con el mar, un mar que es siempre un canto hacia algo irrecuperable. Lo que Carlos construye con una narrativa que a veces pareciera extenderse en digresiones interminables y literaturizantes, es la eterna espera de encontrar lo ya perdido: «Sólo la memoria a veces exonera la aflicción. Te pienso en este viaje, en este preciso momento en que el sol es un cincel en mi cráneo y reseca el vestigio de lo que un día fue cabello» (58).

Tal vez los momentos más luminosos sean aquellos que muestran lo que de veras significa hacer un viaje contrario a lo que se piensa. Y también, es esa manera tan suya de entender lo que hay, lo que es y que no puede ignorarse. La cotidianidad de la obra, cuando aterriza de sus ensoñaciones, es poderosísisma, sobre todo porque es íntimamente suya. La honestidad de Carlos al narrar es la honestidad que sólo tiene alguien que conoce lo que narra, como en este pasaje en que el personaje va narrando su llegada a Benjamín Hill, un pueblo ferrocarrilero en medio del desierto de Sonora:

Me divertían las estrellas, me divertían los ruidos en cada una de las estaciones. Al llegar a Benjamín Hill una hilera de vendedoras anunciaba con un mismo grito los tacos de harina, champurro, avena de trigo, churros, tacos dorados, chivichangas, agua de arroz, tortas de bolonia, jugos de naranja. La oferta era dicha en un mismo ritmo, cuántos años vendiendo productos y ofrecidos por las mismas personas, a la misma hora en cada horario de las corridas del ferrocarril (47).

Además de esta cotidianidad, encontramos también un guiño al lector que conoce un poco a quien escribe. Es innegable que la aparición de Abigael Bohórquez al momento en que el personaje llega a Caborca, pero que nunca vemos de manera directa, es un reflejo de la íntima amistad que tuvo Carlos con el poeta. Abigael se nos muestra como una presencia también fantasmática, que aún es ausencia, todavía, y que se perpetúa como un mito en medio del desierto, en esa ciudad agrícola y olvidada, llena de narcos, uva de mesa y espárragos, y que aún así, persisten en la memoria los poemas de Bohórquez.

En el mar de tu nombre es uno de esos libros que se quedará, por desgracia, arrumbada en las bodegas de la institución que la publica, que irá saliendo a cuentagotas a caer en manos de amigos, conocidos, lectores de otros libros que tal vez tengan más movimiento. Es una novela que vale la pena leer por el simple hecho de ser una novela que no será leída con hondura ni con alevosía. Es una novela que narra el dolor de un padre que ha perdido todo, de un hombre que somos todos, una novela que prueba la vigencia de la literatura para explicar lo que no puede decirse con palabras.

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Bruno Ríos Martínez de Castro es escritor, editor y crítico literario. Es Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por el Tecnológico de Monterrey y candidato a doctor en Literatura Hispánica por la Universidad de Houston. Es autor de los poemarios La blanca espera del tren (Editorial Foc, Barcelona, 2012) y Sequía (Editorial Foc, Barcelona, 2013).  Su obra crítica y literaria ha sido publicada en diversas revistas y antologías en México, Estados Unidos, Perú, Argentina y España. Se especializa en literatura mexicana contemporánea del norte, con énfasis en la poesía y narrativa que giran alrededor de temas relacionados con violencia, memoria y espacio. Actualmente es asistente de investigación en el Recovering the U.S. Hispanic Literary Heritage Project y editor de Frontal | Gaceta digital de crítica literaria.

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