Crítica de poesía

No soy flauta, soy el aire | Desandar. Poesía Reunida, de Ricardo Yáñez

desandar ricardo yañez

Por Ismael Lares

Si algo hay en la poética de Ricardo Yáñez (Guadalajara, 1948) es poesía. Aunque la anterior aseveración parece una obviedad es, más bien, una reiteración. Se sabe que no toda poética abreva en la poesía y no toda poesía implica una poética. Así, la palabra sólo se entiende en su sencillez, y esto, en el fondo, consiste en dotar de sentido a los placeres de la intuición.  Desandar (FCE, 2014), que reúne la obra lírica de Yáñez a lo largo de cuarenta años, conlleva una doble exploración. Por un lado, tenemos la oportunidad de adentrarnos en la obra total del poeta jalisciense compuesta por doce libros. ¿Acaso hay mejor manera de abordar a un autor que en la suma de su propuesta? Por otro lado, surge la posibilidad de transitar, atender, comparar y valorar las etapas de su ejercicio.

Aclaremos. Los poemas de Ricardo Yáñez no retroceden en ningún momento, desandan. El verbo transitivo que da título a la obra es producto de una poética basada en la compañía. Desandar nos muestra la facilidad que Yáñez tiene para componer canciones, me refiero aquí tanto al término coloquial como a la composición poética, que no por parecidas desembocan en un mismo significado. Así, uno encuentra en esta obra el trabajo lírico de quien atiende igualmente a las formas clásicas y a la sencillez, como a la riqueza de imágenes y figuras. El estilo que compone Desandar está constituido en gran medida por figuras de oposición (antítesis, el oxímoron, la paradoja). A su vez, abundan aliteraciones, paronomasias y reduplicaciones, por mencionar sólo algunos recursos estilísticos.

Quiero detenerme en el primer libro que abre esta antología, titulado, Ni lo que digo, pues en él se aprecia una constante reflexión sobre la divinidad. Resulta obvio, pero necesario, decir que dioses hay muchos, incluso en poesía se ha apuntado que a través de los poetas son los dioses quienes hablan, pero ningún dios tan curiosamente Dios como al que canta Ricardo Yáñez:

Reía como quien todo lo sabe.
Vivía como una flor.
[…]
Era un alma de Dios…
Es posible respirar a dios en esta flor (21).

Soslayemos a los dioses panteístas, Ricardo Yáñez se refiere, «naturalmente», a la poesía. Pero también nos proporciona la posiblidad de entreabrir los párpados e iluminarnos. Su objeto no es otro que su voz, semejante a la de los dioses:

Toda la historia se concentra en ella,
es su medio, su fin y su principio (21).
[…]
Hay flores que ordenan el universo (22).

Así vislumbramos que la flor es una imagen recurrente para Yáñez, no sólo como hecho de la naturaleza, sino que, además, su relación con esta figura es hasta cierto punto divina. La flor como hecho creativo, cuya connotación, a su vez, adapta la metáfora tanto a la feminidad como a la divinidad, es decir, la figura en tanto afirmación poética. Si reparamos en la forma, encontraremos en Desandar el obrador de un poeta seducido en su mayor parte por el soneto, la copla, la redondilla y la décima; así tenemos que la métrica y la rima son partes fundamentales del lirismo desenfadado y lúdico empleado por el jalisciense. No obstante, ajustarse al rigor de una forma no es lo propio de Yáñez, sino percibir lo que hay tras la construcción del poema, averiguando a base de sensibilidad lo que se difumina ante la vista para atender más la sonoridad:

Ser sensible a la forma
en que se desbarata toda música.
Ser sensible a la música
en que se desbarata toda forma.

Pero no por eso estrangula otras posibilidades de construcción poética. Yáñez es flexible a la hora de cantar, y como poeta conocedor de su oficio emplea el tipo de poesía más adecuado a su intuición. Por lo mismo su registro es amplio. Su obra, así, traza un mapa poético que va del haikú al soneto, del soneto a la décima, del epigrama al versículo, del versículo al poema en prosa, etcétera. No es Yáñez alguien que se autolimite, sino todo lo contrario, explora a cabalidad su registro. En la totalidad de su obra es posible apreciar una doble sensibilidad tanto polisémica como rica en formas, muestra de un autor atento a captar las directrices de la geografía poética.

Retomando la semántica amorosa, Yáñez recupera la imagen del «ciervo» – en ocasiones con su designación «venado»– a lo largo de su obra; de hecho, resultaría una omisión no relacionar, por lo menos desde la intertextualidad, esta proximidad tanto con el Amado que huyó como ciervo –de Juan de Yepes (San Juan de la Cruz)– en «Cántico Espiritual» como con la figura del ciervo herido –metáfora que incorpora Juana de Asbaje (sor Juana Inés de la Cruz) en «Sentimientos de Ausente»: «Había en su interior el sueño que guardan los palacios y la vigilia/ que despierta en la frente del que se ha visto herir a un ciervo luminoso» (69).

En lo referente a su cercanía con otros autores, quizá alguno que otro lector advierta un encuentro con la poesía de Carlos Pellicer, sobre todo en las abundantes imágenes que atañen a la naturaleza. Sin embargo, los poemas reunidos en Desandar alcanzan mayor emotividad cuando connotan sentimientos, particularmente en dos sentidos, a decir: lo amoroso y lo divino. En este mismo tenor pudiera parecernos próximo a los poetas del medio siglo –Miguel Guardia, Jaime Sabines, Bonifaz Nuño, principalmente– en cuanto a su tratamiento poético, tanto estilística como temáticamente. No obstante, Ricardo Yáñez no repite lo que sabe sobre poesía «amorosa» y «conversacional», sino que aprehende lo que repite, quizá por ello atina al evitar cualquier lamentación emparentada con la cursilería:

El descenso a la noche, he de decirte,
me ha servido de algo:
comprendí que el amor que nos hicimos
nos hizo del amor (63).

Leer a Ricardo Yáñez en voz alta acentúa, por así decirlo, la articulación rítmica entre decir y cantar, por eso, pareciera que su propósito es encontrar poesía en su propia voz. Al respecto, pudieran ser dos sus vocaciones: cantar los fenómenos cotidianos y dialogar con su tiempo. El ritmo está en el origen de su poética. Yáñez entiende que la poesía es ante todo la conjunción de oído y mirada; intensidad y fe, que de ninguna manera corresponde a la presencia religiosa del misticismo:

– Si he de vivir sin tu amor,
¿he de morir sin mi amor por ti? (84)

Hay un venir a ser
que no es olvido
y sin embargo olvida
venir a ser (89).

Pienso aquí que la intención del poeta radica en cantar al otro, su principal motivo no persigue innovaciones verbales, ya que se apoya en la métrica tradicional para enfatizar su inocencia, como lo hace un niño ante el mundo. A Ricardo Yáñez lo atrae la sencillez y la naturalidad, es ahí donde la transparencia se torna su discurso más profundo:

El que no sepa cantar
no por eso ha de callar,
cante.
Cante y aprenda
de quienes saben.
Y de su propia naturaleza (253).

Puntualizo. Si bien la obra de este autor es múltiple en cuanto sentido y profunda en tanto revelación, su interés estético convive más con las referencias populares que abundan en la parte folclórica de su poesía. Es por ello que Ricardo Yáñez pudiera coincidir con el poeta Francisco Hernández, ya que ambos no sólo pertenecen a la misma generación, sino que además estos dos poetas insertan la canción tradicional en su discurso:

Ay, venado, venadito,
venadito que agua bebes
en el manantial solito,
te pido que en sueños lleves…(306).

Desandar también es un libro que contiene los versos de un artífice del silencio, respetuoso de la palabra, libre de petulancia. No convoca al silencio porque eso ya sería decir mucho, más bien, está emparentado con la calma y la quietud. Y si otros poetas de su tiempo son recordados por su grandilocuencia, a él se le rememorará por perturbar escenarios: «Un mimo, en estos tiempos, ya habla mucho» (91).

En conclusión, Ricardo Yáñez es un poeta prolífico, preocupado principalmente por el ser y la existencia; por la divinidad y el amor; por la palabra y la creación. Su desbordamiento poético es la plenitud, la limpieza pulida del verso, el deslumbramiento de quien canta y pronuncia y poetiza. Desandar es una obra de profundo vitalismo, propuesta que merece ser atendida más allá de una visión impresionista. Canción y vida son entidades que dialogan en esta antología que es experiencia en sí misma, súbita e irrepetible:

De lo eterno me habla el tiempo
como si de sí me hablara
y yo le doy tiempo al tiempo
de que se ponga esa cara (431).

________

Ismael Lares (Durango, 1979) es crítico y ensayista. Publicó un artículo sobre el escepticismo y lo místico en José Revueltas en El vicio de vivir (Tierra Adentro, 2014), volumen editado por Vicente Alfonso. Asimismo, es autor del libro Abigael Bohórquez. La creación como catarsis (ensayo, Tierra Adentro, 2012).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s