Crítica de ensayo

El imperio de la tiranía | Contra los hijos, de Lina Meruane

contrahijos

Por Eduardo López Isla

No tiene sentido discutir si el libro titulado Contra los hijos (Tumbona Ediciones, 2014) es una diatriba. Tampoco sería necesario preguntarnos si el discurso enarbolado por la autora –Lina Meruane (Chile, 1970)– está emparentado con algún tipo de feminismo. Mucho menos imperante resulta cuestionar si lo escrito en este libro pone en riesgo el curso incesante de los defensores de la vida. Hay que decirlo: la máquina reproductora seguirá lanzando al mundo montones de hijos como respuesta instintiva ¿contra la crisis de infertilidad que nos acecha?  Este libro pues no es un escrito a favor del infanticidio, pero tampoco es un elogio a la procreación ¿con sentido? Que nadie se engañe: imposible no pensar en China o África, India o América Latina como lugares donde el desborde poblacional forma parte de una enorme problemática. ¿Qué ha sucedido? Nada. Esa es la verdad. ¿Soluciones? Ninguna.

Contra los hijos es un libro paradójico al igual que su autora. Lina Meruane nos hace saber que no es devota de los niños, aunque tampoco está en contra de la niñez. Lo curioso es que uno pudiera pensar que ella no es madre, pero ¿acaso no es mejor hablar de lo que uno conoce a fondo, en todo su esplendor? ¿Sobra decirlo? Lina Meruane sabe de lo que escribe porque ha procreado. Y no sólo escribe contra los hijos sino también en contra de sus progenitoras. Nadie está a salvo: también vapulea a los padres desconsiderados e indispuestos a colaborar dentro y fuera de la casa.

Las ideas que recorre la autora van desde las guerras de independencia, pasando por las luchas contra la opresión hasta las incontables movilizaciones sociales que despertaron la conciencia de una población femenina desmejorada por la asimetría en temas de libertad. La crianza, el sacrificio materno, la contribución cívica y la maternidad como consigna no pasan inadvertidas ante el ojo crítico de Lina Meruane que, avizorando agitadamente los dilemas que antaño enfrentaban las pensadoras, nos refresca la memoria recordando e incluyendo entre sus páginas el aporte de escritoras como sor Juana Inés de la Cruz y Olympe de Gouges –seudónimo de Marie Goueze–, autora esta última de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, censurada por subversiva y víctima de la guillotina.

Meruane salta entonces cien años hacia adelante para caer en el siglo pasado: entran a escena los dilemas que registró la literatura de aquellas mujeres prisioneras del hogar y de los ideales victorianos. ¿Culpables o inocentes? No cabe duda de que la imagen creada por «unas» tuvo que ser molida a palos por «otras».  Aquí es invitada a hablar Virgina Woolf contra el perpetuo regreso del «ángel de la casa», y Betty Friedan es mencionada para apuntar sobre la especulación que involucra a las mujeres satisfechas en un matrimonio precoz y en una maternidad prolífica. No está lejos de hacerse notar el dramaturgo noruego Henrik Ibsen, quien presentó a la mujer convertida en «muñequita de la casa» y, a la vez, «hecha hombre» gracias a su trabajo de escribana nocturna. La obra de Ibsen muestra, asimismo, a una mujer –Nora– que tiene deberes que cumplir: ser mujer fuera de la casa. ¿Será necesario para ello olvidarse de los hijos? ¿Educarse, lograr lo que quiere, ser exitosa? ¿Puede una mujer ser exitosa si huye de casa? No es posible soslayar otros nombres que bordean las páginas de este ensayo: Jelinek, para elucubrar la problemática que conlleva el sistema de explotación con base en estructuras económicas; Patricia Galvão desnuda la rabia que sienten las mujeres obreras hacia la mujer-madre-burguesa, además de toda esa clase de asuntos sexuales y sentimentales que obnubilan a las mujeres. Detrás de ambas figuras, Lina Meruane nos recuerda a las escritoras más lúcidas que a veces con, o sin ayuda de sus parejas, sin respaldo social, supieron convertir el hartazgo en acción política.

Para darle una vuelta a las observaciones de Lina Meruane, me parece que es cierto que los hombres gozamos de ventajas comparativas en lo referente al hogar (si es el caso), pero, si hay algo que reprochar a la autora es el hecho de haber evitado el problema de la paternidad. Consideremos esto que Meruane olvidó, que la dificultad, aunque no es igual de grande, es aún latente en el caso de los padres-solteros, y peor en el de los padres-viudos. En este sentido la autora desestimó esta sordera que pudiéramos añadir a quienes se ostentan como feministas. ¿Qué opinan? Largo tema.

No sería raro confirmar la idea de que Contra los hijos está más ligado a pensar la maternidad, porque en su acercamiento al tema, Meruane recurre a la encuesta extraviada y acude, a decir de ella misma, a un centenar de mujeres-de-letras para indagar aún más. Una respuesta: «Hay ‹pocas novelas sobre la maternidad y demasiados libros de autoayuda›» (78). ¿Qué pasa entonces con los escritores padre? Cuestionemos un poco más a las entrevistadas. «Llevo años escribiendo sobre hombres y mujeres que están contra la idea de reproducirse» (79), arriesga una narradora. ¿Y los hijos que en el colmo de la paternidad-maternidad son silenciados? La desesperación que descansa en el arrepentimiento también es una compuerta abierta, ¿o no? El debate alrededor del tema alude tanto a las mujeres aisladas por adoptar la decisión de no tener hijos como a los hombres que no desean cumplir con un rol social. La palabra egoísmo sigue perdiendo poder, sobre todo en un mundo donde los intereses personales cobran cada vez mejor reputación; sin embargo, aún no deja de ser un tema que genera sospechas. Lo peor:

«Recientes estudios afirman que el no-querer de algunas mujeres se explica por la carencia del gen-del-deseo-materno. Este disparatado argumento (¿científico?) viene a explicar la existencia de las mujeres-sin-deseo-materno, a la vez que recicla médicamente la vieja noción de la ‘mujer incompleta’ o la ‘mujer anormal’, de la ‘mujer enferma’» (82).

Juana de Asbaje, recordada, a decir de Lina Meruane como «la peor de todas», por ser la más lista, la distinta, vislumbró la disparidad entre formar una familia y la tranquilidad que exige el estudio. Lo anterior, hace sospechar a la ensayista chilena de la opción que pudo haber tomado la monja mexicana, es decir, que ésta no optó por el celibato, sino que tuvo conciencia del significado de maternidad. Aun más. De entre las que prefirieron ser escritoras a madres, Meruane destaca su propio canon: Jane Austen, Emily Dickinson y Katherine Mansfield; reparando en el modernismo de Gertrude Stein, la erudición de Marguerite Yourcenar y la rareza de nuestra Josefina Vicens, entre otros casos particulares. Este repaso confirma que criar hijos y escribir no es tarea fácil; que hay excepciones como en todo; que hay casos paradójicos y situaciones de violencia, por eso la autora destaca a escritoras como Elena Poniatowska y Margo Glantz, madres y escritoras prolíficas en ambas trincheras. Pero dejemos a un lado la perspectiva contextual de cada autora y atendamos la queja de otro modo, ni apegados a una distinción de género ni como tabú, sino como lo que es: tener hijos resulta una hazaña para cualquier persona consciente. Aciertos: «tanto la crianza como la escritura son trabajos arduos […] que podrían llegar a ser excluyentes» (93).

Bien sabido es que hombres como Fuentes, Paz, Sábato o Neruda dejaron la empresa de los hijos para atender sus carreras, también es real que hubo mujeres que postergaron la posibilidad de ser madres por entrega a su vocación; aunque el espectro de una igualdad siempre latente sea una impostura.

Como reproche a la autora digo que de haber una diatriba tendría que ser contra el Estado: falso protector que ha restringido y retrocedido en las que debieran ser sus funciones. Pero a este Leviatán apenas se dirigen unos cuantos párrafos. ¿Omisión? ¿Error? Pero, ¡qué podemos pedir al Estado si ni siquiera cumple, digamos, con las necesidades mínimas que requiere la ciudadanía como es la procuración de justicia y seguridad!

Evocaciones, escenas novelísticas, encuentros, crónicas literarias, instantes enmarcados de realismo sirven a la autora para validar su ensayo: la escena de Los vigilantes, por ejemplo, de la autora Diamela Eltit; las instantáneas de una resignada Valeria Luiselli; la intensificación de la tarea en Viera-Gallo, etcétera.

Queja tras queja, este ensayo ¿alegato?, ¿diatriba?, ¡qué más da!, abona, sobre todo, a la constante denuncia contra los hijos caprichosos y déspotas; contra la culpa histórica a las madres (¿y a los padres?); contra la acusación vehemente de la sociedad; contra el limbo protector que se impuso a los adolescentes; y contra las escuelas e instituciones que agilizan el advenimiento de un mundo lleno de tiranos.

________

Eduardo López Isla (Nayarit, 1977). Es crítico literario y profesor. Licenciado en Filosofía y Maestro en Ciencias y Humanidades.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s