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Ideas para el xix | Seudónimos, Anónimos y Plagios: Pablo H. Barbieri y la crisis de autoridad a finales del siglo XIX

Por Manuel Gutiérrez Silva

Rice University

Ante las transformaciones políticas, sociales, epistemológicas y estéticas que anunció el comienzo del siglo xx, el orden intelectual del xix quedó en ruinas. En este momento de crisis e incertidumbre prolifera el uso de seudónimos por autores y autoras que prefieren ocultar su identidad para entrar al ruedo cultural libremente, ya fuera para condenar los restos de la tradición o para celebrar las posibilidades que ofrecía el siglo en ciernes.  Tantas fueron las máscaras, que el Catálogo de seudónimos, anagramas e iniciales de escritores mexicanos (1913) registró la existencia de cerca de ochocientos autores que publicaban bajo motes distintos (5).  Su recopilador, Juan B. Iguíniz, sospechaba que a pesar de esta numerosa cantidad, su pesquisa sólo había dado con una pequeña muestra, ya que la historia de las letras mexicanas estaba plagada de anagramas, criptónimos, alfónimos y alónimos aún por descifrar. Entre los nombres postizos que se le escaparon a Iguíniz, deambula por la historia un tal Pablo H. Barbieri. ¿Quién fue? Todavía no lo sabemos a ciencia cierta, pero la historia cultural mexicana debería reconocerlo como uno de los «plagiarios» vanguardistas más novedosos de la época que mejor cuestionaron los cánones estéticos de finales del xix.

En Mayo de 1913, el poeta y crítico de arte, José Juan Tablada, recibe en las oficinas de El Imparcial –diario oficial del huertismo– un bulto cargado de reproducciones de un pintor desconocido: Pablo H. Barbieri.  Conmovido por la «sabiduría plástica» del joven tapatío, e impresionado ante los numerosos elogios que la prensa internacional le había rendido al artista –incluyendo la revista alemana Jugend–, Tablada le dedica una extensa reseña laudatoria inmediatamente («Un nuevo artista tapatío», Arte y artistas 188-191). Admira sus talentos y propone su obra como ejemplo a seguir para el bien de la pintura mexicana: «Pablo Barbieri honra a México en el extranjero y México se permite ignorar a Pablo Barbieri…».  Y continúa, «sus obras lucen […] patentes caracteres de sentimiento […] armonía y rara distinción» (190).  Lamenta no poder incluir una reproducción de La coqueta pobre –cuadro que el magnate J.P. Morgan acababa de adquirir en Nueva York– y afirma que Barbieri pertenece a la magnífica estirpe artística de Jacques Blanche, Antonio de la Gándara y Herman Paul entre otros.

Siete días después de la publicación de este artículo, Tablada –el crítico de arte mexicano mas importante de finales del siglo xix y de las primeras décadas del xx– se lleva una enorme sorpresa: Pablo H. Barbieri no existe.  Víctima de un atentado intelectual, Tablada se ve obligado a retractar su elogio, y en una nota apenada –«El Zapatismo en el Arte. Barbieri es un ‹plagiario›. La obra santa y buena» (Arte y artistas, 192-196)– relata los numerosos detalles de esta mistificación hábilmente organizada. Cuenta que había recibido innumerables cartas con el membrete de la sociedad Unión y progreso (falsificadas) y varios telegramas provenientes de Estados Unidos de algunos de los supuestos críticos más reconocidos del medio (también falsificados).  A este material se suman cartas personales firmadas por un tal genial ignorado que decía promover un nuevo ismo que él mismo había bautizado triste sire.  Es de suponer que de la misma mano de este genio, Tablada también recibió recortes de la prensa europea que contenían imágenes de la obra de Barbieri y que, claro está, también resultaron ser fabricaciones ingeniosas.

Finalmente, Tablada recibió un grabado a colores (igualmente falsificado por el mismo ignorado) que retrataba a una mujer sentada sobre el brazo de un sillón firmada por P.H. Barbieri.  Tablada, autoridad máxima —responsable por haber reconocido mejor que cualquier otro los talentos de Julio Ruelas, Roberto Montenegro y Ángel Zárraga—había sido víctima de un juego sofisticado que ponía en duda sus conocimientos estéticos.

¿Quién habrá sido el fabricante de este gracioso acto vanguardista? Para Tablada este «plagio» resultaba «un estupendo caso de zapatismo en las esferas del arte».  Sin darse cuenta de lo que decía, el poeta describió perfectamente bien la primera insurrección vanguardista en México.  El enigmático terrorista Barbieri asaltó la prensa huertista, detonando una bomba en el seno del modernismo añejo y de los ya antiguos gustos porfirianos. Tenía razón Juan B. Iguíniz: aún quedan varios misterios del siglo xix por resolver. ¿Pero, insisto, quién fue esta figura que hoy en día resulta más cercana al uso post-postmoderno del plagio como estrategia artística que como contemporáneo del siglo xix?

Referencias:

Tablada, José Juan. Arte y Artistas. Obras vi. México: UNAM, 2000.

Iguíniz, Juan B. Catálogo de seudónimos, anagramas e iniciales de escritores mexicanos. México: Ch. Bouret, 1913.

Perromat Agustín, Kevin. «Plagiarism: Aesthetics or Contemporary Movement». 452F. Electronic journal of theory of literature and comparative literature. 5 (2011): 115-27. Web.

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Manuel Gutiérrez Silva es Assistant Professor en el departamento de Estudios Hispánicos de Rice University.

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