Crítica de narrativa

Bajo capas de polvo rutinario

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Celene Guzmán

Días de chicle

Instituto Sinaloense de Cultura/CONACULTA

2014

Por Diego Rodríguez Landeros

El principal defecto que encuentro en muchas novelas radica en que son demasiado novelescas. Se diría que, con docilidad ovejuna, algunos narradores se sienten obligados a cumplir con las cuotas de misterio, intriga, violencia, sexo, personajes históricos y situaciones extraordinarias que, sin decirlo, muchas editoriales, obedientes a los parámetros de espectacularidad del mercado del entretenimiento, imponen como condición para publicar un libro. ¿El resultado? Una proliferación de escritores y lectores que, reacios a aceptar que la condición humana está mejor representada en una hora de aburrimiento e iridiscente banalidad que en un periplo colmado de aventuras, ignoran los brotes literarios que germinan en las llanuras de una vida sin sobresaltos.

Y es que, paradójicamente, lo más complicado y arriesgado es escribir una buena historia (es decir legible, interesante) en la que los acontecimientos sean anodinos y, sin embargo, como sucede en la vida real, absolutamente relevantes. Una historia construida a partir de las pequeñas cosas que, a veces sin nosotros sospecharlo, ponen en juego nuestra existencia. Una historia, en fin, contada con la certeza de que, como dijo Cioran, no son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente como el Tiempo».

Por eso me emocionó tanto descubrir a Celene Guzmán (Mazatlán, 1979) y a su ópera prima Días de chicle, novela breve en la que, bajo la forma de un diario íntimo, la narradora y protagonista, una joven mazatleca de aproximadamente veinticinco años, se dedica a consignar, con sencilla belleza y lenguaje coloquial, los detalles pasmosamente anodinos de su vida cotidiana desde un miércoles dos de junio hasta un sábado once de septiembre, lo cual, por sí solo, es interesante, pues el lector asiste a un raro fenómeno literario en el que las insignificancias ordinarias conforman una narrativa ágil y tensa que se sostiene sin necesidad de que intervengan hechos demasiado dramáticos (a través de las canciones que la protagonista escucha, por ejemplo, se puede reconstruir una parte de sus experiencias personales). Y es que, a primera vista, la historia de Guzmán parece compartir un aire de familia con textos como El libro de la almohada, de Sei Shônagon, obra escrita en el Japón del siglo xi en la que no hay una trama sino tan sólo un compendio de anotaciones cotidianas cuya singular estética radica en la fulgurante simplicidad de los detalles ordinarios e inconexos. Sin embargo, conforme uno va pasando las páginas se da cuenta de que definitivamente en Días de chicle sí hay una trama compuesta por acontecimientos determinantes y dramáticos. Lo notable es que, gracias a un juego de biombos, permanecen ocultos debido a cierta resistencia a contarlos por parte de la narradora, que con esa evasión parece insinuar que lo crucial de la existencia sucede bajo capas de un polvo rutinario y sin importancia.

¿A qué se debe ese impulso por ocultar algunas cosas? Sospecho que no se trata únicamente de una consciente inversión de la jerarquía literaria dominante que dicta qué es importante contar en una historia y qué no lo es –aunque estoy casi seguro que Celene Guzmán tiene una convicción heterodoxa al respecto. Creo que más bien la cuestión se debe colocar bajo el lente de los problemas y los métodos narrativos. Porque el ocultamiento que aquí se lleva a cabo mucho tiene que ver con la teoría del iceberg que acuñó Hemingway, según la cual una buena historia debe mostrar sólo una pequeña parte de los sucesos y la información, mientras que lo demás –quizá lo más importante– permanece oculto para producir un efecto de suspenso, duda e incertidumbre en el lector.

Siguiendo esa lección de escritura, Celene escamoteó el suceso más determinante de su historia, el trauma que justifica la evolución psicológica de la protagonista (sólo se puede saber que ocurrió en el lapso que va del veinticinco de junio al dieciocho de julio, durante los únicos días en que ella dejó de escribir en su diario), y en su lugar colocó los detalles cotidianos de los que he hablado, entre los que se pueden encontrar algunos indicios esporádicos que arrojan pistas sobre el trauma sucedido:«mi zafada de tuercas» (p.53), «afligida por todo lo que pasó y porque aún mucha gente sigue sacada de onda conmigo» (61)… Con esa poca información, el lector muerde el anzuelo y a partir de ese momento no puede dejar de conjeturar: ¿la narradora sufrió una crisis depresiva, se intentó suicidar, se emborrachó sin tregua?, y sobre todo: ¿qué la llevó a esa situación? La incógnita permanece sin respuesta a lo largo del libro, pero la falta de resolución no debe entenderse como defecto o imperfección, sino como su principal motivo. Porque se sabe que en literatura las respuestas importan menos que la enmarañada evolución de los problemas, que en sí mismos y en la resistencia que oponen para ser resueltos encuentran sus cualidades tanto estéticas como morales.

Pero Días de chicle no sólo es un artefacto narrativo ágil y bien escrito que además reivindica los detalles de la vida cotidiana. También es un agudo texto sobre los conflictos que surgen cuando la singularidad de un individuo choca con los arbitrarios y coercitivos parámetros de normalidad y salud mental dominantes. Esa fricción, que atraviesa de manera subterránea toda la obra y que en buena medida constituye lo que podría considerarse su tema principal, en ocasiones se vuelve invisible y por momentos eclosiona en pasajes específicos. Un ejemplo es cuando, después de haber pasado la crisis de la que no se habla totalmente, se producen las desorbitadas y condenatorias reacciones de las personas que rodean a la narradora: la someten a un tratamiento psiquiátrico que incluye la obligación de ingerir todos los días una pastilla que produce sueño, sus compañeros de trabajo se comportan como si a ella algo extraordinario y monstruoso le hubiera sucedido y, en un episodio que parece cómico pero que bien visto resulta estúpidamente estremecedor, su madre le prohíbe ver una película de Quentin Tarantino porque la considera poco apta para su salud: «mamá dijo que NO, que cosas que me confunden NO»(p. 41).

Lo interesante es que, sin necesidad de argumentar ni de utilizar un tono panfletario, Celene Guzmán se vale únicamente de la narración para denunciar la falsa y estandarizada idea de la normalidad y sus dinámicas de discriminación hacia todos aquellos que, por ser melancólicos, distraídos o por estar confundidos en la vida, son considerados bichos raros e indeseables. Así, cuando el psiquiatra que atiende a la narradora dictamina que el estado de su paciente no ha mejorado y que, por el contrario, se estancó en «un periodo de confusión, en un estado onírico», ella contesta: «Lo que no entiendo es, ¿qué de anormal puede tener que algunas cosas te confundan?, y mucho menos puedo concebir, por más vueltas y vueltas que le doy, ¿qué de locura puede haber en alguien al que le guste soñar?»(p. 64).

Por último, quiero destacar el juego ficcional que, a manera de cajas chinas, se insinúa en Días de chicle. Muy al principio del libro, la narradora escribe en su diario acerca de una convocatoria para un premio de novela que, por razones curiosas, comienza a hacerse muy presente en su vida. A raíz de esa situación, ella, que no es novelista ni muestra veleidades literarias mayores que las exigidas por la redacción de su diario, vacila entre concursar y no hacerlo: ¿qué cosas importantes podría ella abordar en una novela? Cuando por fin se decide a intentarlo, descubre en carne propia la frustración que conlleva la dificultad –incluso la imposibilidad– de la escritura, sobre todo al darse cuenta de que las preocupaciones y apremios cotidianos absorben toda su energía. A fin de cuentas, el libro termina sin que la narradora logre escribir la ficción para el concurso, y el asunto se diluye sin aspavientos entre otras cosas más relevantes para la trama, aunque no del todo pues, al terminar las páginas, uno se cuestiona qué fue lo que realmente acaba de leer: a) una novela que Celene Guzmán escribió con la forma de un diario íntimo, b) un diario ficticio que, pese a ser entretenido y estar bien escrito, no llega a ser una novela, c) la novela que la narradora hizo para el concurso y que, en una vuelta de tuerca, presentó bajo la forma de un diario que es una ficción dentro de la ficción, d) el diario personal de Celene Guzmán que ella misma formateó con la intención de publicarlo como una novela, e) todos los incisos anteriores. Sea como fuere, sorprende que una obra tan breve y, sobre todo, de una apariencia tan sencilla, sea capaz de producir tales preguntas y efectos.

Hasta aquí mis comentarios. Me gustaría que sirvieran para que el público se acercara a leer a Celene Guzmán, pero sé que mi deseo es difícil de cumplir porque comprar Días de chicle es una tarea casi imposible, aunque su tiraje, amplio, consta de mil ejemplares. La razón es que este libro fue publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura y el CONACULTA, instituciones gubernamentales que, si bien es cierto que se esfuerzan por cumplir el noble propósito de estimular la producción literaria y artística, lamentablemente no difunden las obras valiosas y bien editadas que ellos mismos publican, lo cual vuelve inútil todo el esfuerzo realizado. Aquí unas preguntas al respecto: ¿por qué la red de librerías Educal, esparcida por casi todas las ciudades del país, no tiene una sección de obras publicadas por los institutos de cultura de los estados?, ¿por qué no se cuenta con los recursos necesarios para promover estas obras por medio de reseñas, presentaciones, lecturas y una presencia más fuerte en las cada vez más proliferantes ferias de libros? Nadie lo sabe.

Por mi parte, como lector, lo único que se me ocurrió hacer fue escribir y lanzar esta botella al mar con la esperanza de que alguien adecuado, algún día, la reciba. Navegue, pues, esta reseña. Y esperemos que la pista de Celene Guzmán no se difumine en el silencio.

__________

Diego Rodríguez Landeros (Mazatlán, 1988) es autor de El investigador perverso y otros ensayos (Instituto Sinaloense de Cultura, 2014). Su columna semanal “La vocación del polvo” aparece en el sitio electrónico de la revista Este país. Mantiene el blog  traslaciondecabotaje.blogspot.com  

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