Crítica de poesía

Me llamo Hokusai, de Christian Peña

Christian Peña

Por Paco Estrada Medina

Christian Peña

Me llamo Hokusai

Fondo de Cultura Económica

2014

Es difícil entrar por primera vez a Me llamo Hokusai sin antes haber leído la frase «Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2014». Está en la faja del libro, en la contraportada, en la portadilla, en la biografía que acompaña el fallo del jurado, en cada reseña y cada entrevista con el autor. Además, ¿cómo ignorar la leyenda si, encima de estar en todos lados, se trata del premio de poesía más importante en México? [1]  Sin olvidar que también funciona como una valiosa herramienta de mercadotecnia, esta etiqueta inevitablemente configura las expectativas del lector. El premio como institución —con sus ganadores, sus jurados y su trayectoria— avala y respalda, de entrada, la calidad del poemario. Otros dos elementos de peso que contribuyen a la formación de expectativas: algunas reseñas entusiastas en los medios y el palmarés de Christian Peña (en seis años ha ganado ocho premios nacionales de poesía). Así, más o menos, fue como se construyó lo que esperaba de mi primer acercamiento a la poesía de Christian Peña.

Al inicio, el libro cumplió con satisfacción este amasijo de expectativas. A Me llamo Hokusai le adjudico un triunfo bastante excéntrico, algo que ningún otro libro había logrado: conseguir que un índice me entusiasmara. Y no fue por lo que ahí se anunciaba, sino por el índice mismo. Podría decir que el índice es una de las partes más fascinantes del poemario. Lo es porque, en el breve espacio de dos páginas, condensa cinco brillantes títulos que son pequeños poemas por sí solos. Y no soy el único que lo piensa: un verso en la página veintiuno me secunda: «Aclarar: hacer una pausa para admirar la longitud y claridad del título de este poema». Hagamos, pues, una pausa:

I. La gran ola de Kanagawa pudo ser la ola que arrastró el cadáver de un marinero a las costas de Hawái en 1982 o la misma que sacudió un buque carguero zarpado de Hong Kong dejando a la deriva un contenedor con patitos de plástico para jugar en la bañera o la misma que temía pudiera ahogarme durante mis clases de natación (9)

Como artificio general, en el título se establecen conexiones estrechas entre temporalidades alejadas unas de las otras en muchos sentidos. Este empalme de realidades nos monta, primero, en La gran ola de Kanagawa, la más famosa de las estampas del pintor japonés Katsushika Hokusai, grabada alrededor de 1830. Después, 150 años más tarde y a unos 6,000 km de distancia, nos arrastra hacia las costas de Hawái junto con un ahogado salido de un documental de National Geographic. Nos conduce luego a sacudir una embarcación que perderá miles de patitos de hule (un buen símbolo de la cultura popular o de la producción en serie, entre otras cosas). Y, finalmente, aterrizamos en algo tan pequeño e intenso como un miedo de infancia de este yo lírico. El recorrido es bastante peculiar: de lo sublime del ukiyo-e a la muerte televisada a la baratija china flotando en mar abierto al miedo a morir de un niño. Sin un solo signo de puntuación, el fraseo kilométrico aglutina notablemente estas temporalidades tan distintas y distantes.

La clave para entender con mayor claridad este trazado de vínculos improbables llega en la última línea del último de los títulos: «y además me llamo Edward Lorenz quien formuló la teoría del efecto mariposa» (10). Dicho en pocas palabras, esta teoría sugiere que el más pequeño acontecimiento, amplificado por el paso del tiempo, puede ocasionar grandes efectos a largo o mediano plazo. En la confección de estos títulos, Christian Peña toma prestado un postulado científico y lo convierte en su poética. Nos propone, así, entender la realidad como una gran red de conexiones. Escojo otro ejemplo para notar la riqueza visual, rítmica y semántica de los títulos:

II. El monte Fuji rojo es un volcán que hace erupción en las pesadillas de un director de cine japonés y también el presagio del accidente nuclear de Fukushima en el 2011 y el mismo que despierta en las fibras de mi pulmón izquierdo y al que los médicos insisten en llamarle cordialmente adenocarcinoma (9)

Se ve que el mecanismo es el mismo. Como en cuatro de cinco de los títulos, éste también parte de una estampa de Hokusai, El monte Fuji rojo. Conecta, en primer lugar, tres momentos en la historia de Japón: de la primera mitad del siglo xix a la secuencia «El monte Fuji en rojo» de la película Los sueños de Akira Kurosawa (1990) —que narra una catástrofe generada por la explosión de reactores atómicos— al accidente en la planta nuclear de Fukushima en el 2011. Al final, aterriza de nuevo en la voz poética, en una tragedia íntima; mejor dicho, interior: un cáncer de pulmón que lo acecha.

Después de la pausa, una vez superado el índice, enfrentémonos por fin al texto. Me llamo Hokusai está dividido en cinco largos poemas, cinco secciones a las que ya me he referido antes. En cada uno de los apartados, se aborda eso que estamos acostumbrados a llamar los «grandes temas» de la poesía —la muerte, el amor, la enfermedad, la figura del padre, el arte—, aunque sin darles grandes giros. Si bien no sigue los cánones formales de la tradición poética en Occidente, los recursos de los que se vale el libro no son tampoco sorprendentemente innovadores. Se encuentran, quizás, a medio camino. El libro tiene como base una especie de prosa poética inestable. Inestable porque las líneas más cortas recuerdan, por su disposición en la página, al verso; las más largas, por su alineación justificada y su longitud, se asemejan más bien a un párrafo. El juego, que se repite a lo largo del poemario, está en alternar éstas dos con versificación de corte más convencional y otras formas de prosa. Por ejemplo, en un puntaje menor y centrados en la página, se injertan canciones populares en inglés, una ronda infantil, la transcripción (y edición) de una nota periodística de la BBC y de los diálogos de «El monte Fuji en rojo», el expediente médico de un paciente y versos de Charles Simic, Gottfried Benn y Adrienne Rich. Hasta aquí el esbozo general del poemario.

El gran triunfo de Me llamo Hokusai —así como su fracaso— está, me parece, en el ritmo. Sus logros me sorprenden y me desilusionan al mismo tiempo. Por momentos parece que el poemario alcanza un ritmo único, realmente particular, que, sin más, termina por desinflarse. Primero, un acierto. En una operación recurrente, el poema comienza una estrofa como si trotara, dando unos cuantos pasos apenas, para después hacer un sprint impredecible:

Otro viernes. Otra noche.
Este patito de plástico llegó hasta tu bañera desde Hong Kong;
sobrevivió al océano surcando su odisea de sal y de artificio. Dicen que
el buque que lo traía consigo naufragó en el Pacífico, dejando a la deriva
29,000 patitos como éste. Así de muertos. Así de amarillos. Si un pato de
plástico sobrevive al océano, tú puedes sobrevivir al breve mar de las
albercas. Juega con él, confía. Y no olvides tallarte detrás de las orejas. (18)

Hay en el libro muchos ejemplos formidables como el anterior. El problema es que también abundan los de música cansina:

Los pulpos tienen tres corazones.
Cada uno guarda su versión de la historia.
Toda historia de amor es un triángulo. (41)

Por momentos incluso se combinan las dos variantes, ocasionando un contraste extraño. Cuando parece que el ritmo despega, vuelve a caer en suelo plano:

Me llamo Hokusai y también Monte Fuji: tierra en los párpados,
atardecer poniéndose en mis ojos, nieve como la caspa de los árboles.
Mi nombre es lo único mío que es de todos.
Mi nombre es un paisaje (64)

Después del gran arranque, y sólo siete versos después en la misma estrofa, el ritmo se desmorona:

Soy viejo y estoy loco.
El color puede enloquecer.
Las imágenes desbordadas enloquecen.

Aunque existe continuidad semántica, los versos se sienten rítmicamente desarticulados, extraños incluso a los del inicio.

En el libro hay grandes hallazgos rítmicos, sí, pero también otros ejemplos muy desafortunados que se acercan excesivamente al cliché. Son versos que, si no hubieran pasado el filtro de la edición, habrían hecho que el poema ganara más de lo que perdería con su ausencia:

Flotas dormida.
Eres la más bella sonámbula.
Amor, tu boca es la razón para sentirse ahogado. (43)

En una cama de hotel rentamos los sueños.
Allí unos hacen el amor; otros se duermen esperándolo. (43)

Lo arrojo al mar, sostengo
la mirada en lo inmenso del paisaje
y aguardo a que el amor muerda el anzuelo. (44-45)

El ritmo, lejos de ser un elemento accesorio, se muestra aquí como un herramienta retórica fundamental, capaz de apuntalar el sentido o de debilitarlo hasta volverlo vano.

Al final, mis expectativas, infladas quizás por el entorno del libro y su extraordinario inicio, se vieron satisfechas sólo a medias. Con todo, a pesar de sus baches, opino que Me llamo Hokusai es un libro que merece ser leído por las posibilidades que encierra. Christian Peña afinará las habilidades que aquí despliega y, sin duda, nos entregará otras piezas valiosas de su voz singular.

Notas

[1]. Y es también el segundo que más dinero entrega (500 mil pesos desde 2013), sólo superado por el reciente y estratosférico Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española, que beneficia al ganador con 100 mil dólares (es decir, considerando el estado de nuestra vapuleada moneda nacional, este año el monto se traducirá en un millón y medio de pesos).

_________

Paco Estrada Medina (1988). Estudia la maestría en estudios de literatura mexicana en la Universidad de Guadalajara. En Twitter: @pacoestradam

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s