Crítica de poesía

Gonzalo Rojas: hablando en prosa

FM10178

Gonzalo Rojas, Todavía, FCE

Gonzalo Rojas
Todavía
(edición de Fabienne Bradu)
FCE, México
2015

Por Sergio Téllez-Pon

 

Hace tres años apareció Íntegra (FCE, 2012), el volumen con la obra poética completa del poeta chileno Gonzalo Rojas (Lebu, 1916- Santiago, 2011), en el que se incluye toda la poesía publicada pero también los poemas no recogidos y los inéditos. Ahora ha aparecido Todavía, el tomo de su prosa que puede considerarse la continuación de Íntegra, pues hay vasos comunicantes entre uno y otro no sólo porque ambas manifestaciones («prorsa y versa», como las llamaba el propio Rojas) provienen del mismo autor sino porque en varias ocasiones en su prosa puede apreciarse un rasgo poético: en la primera sección de Todavía se reúnen un puñado de poemas en prosa.

Los títulos de ambos libros son muy significativos pues el poeta chileno sentía cierta predilección por unas cuantas palabras. Si en el Lebu de su infancia a Gonzalo Rojas la pronunciación de «relámpago» le deslumbró y le reveló el conjuro de las palabras, «íntegra» es una palabra esdrújula a las que era tan aficionado y «todavía» es un adverbio de tiempo que para el poeta significaba la infinitud, o al menos así lo dice en un poema dedicado al peruano César Vallejo: «El tiempo es todavía,/ la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas/ de todos los veranos, el hombre es todavía».

Para empezar, en Todavía hay un par de curiosidades que sin duda llamarán la atención de los lectores de la obra de Rojas: en este voluminoso tomo se encuentra el primer texto que publicó, en 1936, cuando aún firmaba como Gonzalo Rojas Pizarro, y que es un de profundis ante el fallecimiento de Ramón del Valle Inclán «este incomparable artífice del vocablo español»; por otro lado, están dos cuentos «Carta del suicida» y «El rey de corazón» escritos en 1939 cuando, hace notar la editora del tomo, Rojas «solía perder su tiempo en los prostíbulos de Santiago de Chile, entre las filas de la Mandrágora, en soñar con ser un narrador, y andaba en busca de una voz poética y del loco amor». Aunque había perdido su juventud en los burdeles, como él mismo dice en uno de sus poemas más conocidos, leídos ahora esos dos cuentos parecería que en ellos ya estaba el germen de su voz poética pues no puedo dejar de pensar que pertenecen más bien a la prosa poética, un estilo que estuvo tan en boga en las letras latinoamericanas durante esos años.

El tomo continúa con una miscelánea de prosas diversas: diarios de su estancia en Pekín y notas de viaje a Israel; prólogos a sus libros de poesía escritos con esa oralidad de sus mejores poemas; ensayos y reseñas de poetas tutelares como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz y una crítica certera a los Poemas y antipoemas, de Parra, que los enemistó para siempre; discursos para recibir la avalancha de premios que proliferaron desde principios de los noventa: el Reina Sofía, el Octavio Paz, el Cervantes que lo hicieron decir «estoy hasta la tusa de los premios». Muchos de estos textos tienen una estrecha relación con sus poemas, varias veces sus prosas esclarecen un poco su poética, iluminan o dan pistas sobre sus poemas. Así, «prorsa y versa» se conjugan para cumplir su propósito de silabear el mundo.

Gonzalo Rojas es, que duda cabe, junto con Gabriela Mistral y Pablo Neruda, pero también con Nicanor Parra, Pablo de Rokha y Raúl Zurita, uno de los más altos poetas chilenos del siglo XX.

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