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Morábito misceláneo

morábito

Fabio Morábito

 

Por Luis Bugarini

El lugar común refiere explicar la singularidad de la obra de Fabio Morábito (1955) a partir de su origen —nació en Alejandría de padres italianos—, como si trasladarse entre países tuviese poderes mágicos para develar los misterios del oficio literario. Esta simplicidad se amplía hacia otros autores, como Alejandro Rossi o los exiliados españoles. Es como si el mexicano aún sintiera la fuerza del magnetismo por aquello que viene de lejos. Todavía priva cierta veneración por la distancia, cual si fuese una acreditación de lealtad a la literatura o, en el más triste de los escenarios, aquella línea repetida hasta el vómito que refiere que desde el extranjero puede verse mejor «el ser nacional». Nada más falso. La miopía no tiene implicaciones geográficas.

Para fortuna de Morábito y de los tantos lectores que genera, según publica más libros, este lugar común pierde solidez cuando se repasa su obra poética y narrativa. Es una suerte que su prosa alimente la flaca tradición mexicana del libro misceláneo, compuesto por ficciones, memorias, apuntes, trazos sueltos y lo que dicte el humor de la hora. Esta taxonomía de obras no abunda en nuestras letras porque se equiparan al desparpajo y a la falta de compromiso con la creación de una «obra». Pareciera que los editores sienten más seguridad al publicar un libro con una etiqueta indudable —novela, cuento, ensayo, poesía, historia—, que un libro del que desconocen sus alcances o posibles usos. Las zonas intermedias suscitan lo mismo el descrédito que la suspicacia. La literatura mexicana aún utiliza moldes de un manual del siglo xix. La posmodernidad de muchos autores implica crear otra novela epistolar. Pero las categorías —se ha visto tanto— no son sino otra frontera que impide lograr una (in)fusión de géneros y, con ello, dar el salto a esa forma actual de lo que se está escribiendo en otras lenguas. Si la poesía va tarde en comparación con otras artes, la literatura mexicana hace lo propio cuando se trata de otras lenguas.

Uno llega al libro Caja de herramientas (1989) en la persecución de libros atípicos. No es difícil llegar a esa obra y sentirse asombrado de cómo aún es posible escribir sobre objetos de la vida práctica, no considerados «literarios» per se. Los famosos «temas» de la literatura —celos, amor, sexo, odio, etcétera—, confieren su sitial en las preocupaciones de Morábito, quien dedica sus energías a lograr pequeños artefactos prosísticos que se edifican a sí mismos sobre prácticamente nada. O sobre intuiciones que, al final, resultan incontestables. La cita que abre ese libro es de John Cage: «Partir de cero». La clarividencia es la brújula, el barco y asimismo el puerto de llegada. Este libro es una premonición de lo que vendría. La delicadeza de la minucia tiene una épica que sólo capta un escritor de mirada finísima. Es arduo entender su labor de narrador lejos de sus libros de poesía. El trenzado entre ambos resulta complejo y está lejos de los fuegos de artificio. ¿Quién hubiera pensado escribir sobre el tornillo o las tijeras, por ejemplo? Los escritores esculcan la agenda nacional para intentar disparos en el centro del tema polémico del momento. El camino de Morábito es distinto: su tiempo es el de la poesía, no el de los periódicos. Parte de su acierto es el tratamiento de los textos. No se lee una disertación filosófica delirante sobre las aplicaciones o posibles usos de la cuerda o el tubo. Las notas son mínimas, irreverentes y lúdicas. El lenguaje se utiliza con transparencia y ausencia de pretensión y puede ser leído lo mismo por un adolescente que por otro escritor en busca de algún hallazgo ajeno. «Las tijeras son el embajador del frío», escribe en alguna página.

Interesa este Morábito prosista que no se propone construir un observatorio narrativo de gran calado. Sus libros de relatos, por ejemplo, pierden esta cualidad lúdica y fronteriza y se advierte el esfuerzo por construir la historia, darle un final, legitimar a los personajes, sorprender al lector. Preceptivas chejovianas o falsamente modernas. Son libros de relatos en plena forma y, por tanto, apenas se distingue uno del otro. Los tres libros podrían imprimirse en un solo volumen y nadie notaría que tienen un aliento diferente. Falta textura en el decorado y ansia por dinamitar el suelo que se pisa. No serán desestimables para quien busca un mosaico narrativo de conjunto, pero hay otro Morábito, más íntimo y gravitacional, cuya aportación podría ser de mayor trascendencia para las letras mexicanas. Enumero los libros de relato: La lenta furia (1989), La vida ordenada (2000) y Grieta de fatiga (2006). Emilio, los chistes y la muerte (2009), su única novela, corre la misma suerte.

Pero el registro detallado de perplejidades a que se hace referencia, reaparece en Berlín también se olvida (2004), un libro que transita entre el relato, la memoria y la mirada sobre esa ciudad alemana. Piezas cortas que se nutren de su mirada de poeta para lograr fragmentos narrativos, así como de crónica plastificada, que el lector agradece lo mismo por su ligereza aparente que por su brevedad. La irreverencia celebratoria que cuestiona el lugar del escritor en el mundo siempre es bienvenida. Es el recuento de un autor que se enfrenta a un portento de ciudad cruzada por la historia universal. Todo ha sucedido en Berlín, lo mismo que en París, Roma o Londres. Es un viaje de poeta, finalmente. En cada uno de los cuadros se asoma la extrañeza del entorno y, a la par, un Morábito que camina y medita sobre la poesía y el oficio de escribir. No hay literatura posible, al menos después del siglo xx, sin la presencia interminable de la ciudad y la sorpresa que nos aguarda cada vuelta de esquina. Es el hallazgo narrativo de Joyce, Beckett, Döblin, Dos Passos, Fuentes. El libro concluye misceláneo, ya que no es fácil saber en qué momento es estrictamente biográfico y cuando la ficción se mezcla o se reserva purísima.

La última entrega de este Morábito prosista es El idioma materno (2014), que reúne pequeños textos, reflexiones, memorias, experiencias, etcétera. Un cajón de sastre con hilos que conduce a la admiración. El poeta no está fuera de la sociedad y, por tanto, padece miserias idénticas a las que padece el zapatero y el publicista, el ama de casa y el burócrata. Las caries de la vida organizada. Destacan los apuntes sobre tal o cual situación embarazosa y, en el epicentro, la lengua como asidero neurálgico de la condición humana. La ironía del autor es agua de uso para atestiguar su paso por el mundo. También para lavarse el lodo que implica cruzar el umbral de la puerta. Reírse de uno mismo aún es una forma de sobrevivencia. No son pocos los textos de El idioma materno que ponen a prueba la propia capacidad de Morábito para restituirse como autor de una lengua que, al final, no es la suya de manera originaria, o ya lo es por derecho propio, según sea el caso. En su obra acontece una situación colindante que si bien no singulariza sus libros, ni hace una diferencia incisiva respecto de los demás, le obliga a preguntarse sobre aspectos que no es posible leer en otros autores de estirpe endogámica. El mexicano no es errante porque no hay condiciones para serlo. Además, de inmediato se extraña el terruño, las fuerzas que nos hacen amanecer y dormirnos. Los autores que están en el extranjero no quitan los ojos del país, como si el lugar al que llegaron careciera de atractivos o los rechazara con un portazo en la nariz. Difícil hallar a un autor mexicano que haya cambiado de lengua, por ejemplo.

Rescato este filón de Morábito porque son ejercicios inusuales en una literatura de rostro grave y temas adustos. Afiebrados, nuestros narradores novelan la historia, como si esto fuese a darnos las claves de un presente que, por otro lado, no se termina de entender y avanza a pasos agigantados. Son de celebrarse los libros que aspiran a no serlo, que se disfrazan y eligen la arbitrariedad antes que el orden rígido y la visión de sistema. Quizá estas obras ya no sean posibles y por ello sólo quedan las múltiples tentativas que se agolpan en las mesas de novedades. Si como refirió Jean-François Lyotard, los «grandes relatos» han muerto, nos queda el amparo de la reflexión minúscula que, al serlo, capta la totalidad del género humano. Volver a las lecciones de Montaigne.

Dejo de lado su obra poética que, por otro lado, resulta igualmente miscelánea, ya que no ha publicado un poema de largo aliento con aspiraciones totalizantes. Sus poemas son instantes y apuntes al vuelo, muchos afortunados y otros menos debido a su marcado acento narrativo. Su afición por la anécdota termina por sofocar el juego libre de la lengua y sus sonoridades. Entre tanto, Morábito tradujo el Aminta de Torquato Tasso y la Poesía completa de Eugenio Montale. Finalmente, un acercamiento a su obra implica escucharlo leer su poesía. Aquí el registro, en efecto, es particular. Circula un disco en Voz Viva de México que permite esta experiencia. Es una armonía ronca y paternal, vibrante y robusta, próxima y tersa. Una voz que subsiste en medio de los cantos de sirena que pretenden distraernos.

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