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Ideas para el xix | Espiritismo

La Ilustración Espírita

La Ilustración Espírita. T.1 núm.1, 1869. Hemeroteca Nacional

Por Ana Sabau

El 26 de marzo de 1874 el Teatro Nacional de la Ciudad de México fue testigo de una «sesión especial» u «oscura» (para usar palabras de la época) que sacudió a los espectadores de forma imprevista. Los diarios –desde El Monitor Republicano hasta La voz de México– narraron con suspicacia el evento, sin saber muy bien si se trataba de un acto de charlatanería o quizás de una intervención demoníaca. La conmoción tenía que ver con el performance de dos ilusionistas norteamericanos –William Fay y Harry Kellar–, miembros del grupo de magos «los hermanos Davenport» que desde 1854 habían iniciado su carrera de espectáculo y viajado a través del globo produciendo admiración en los espectadores con su capacidad de contactar al mundo sobrenatural.

Muchos interpretaron el espectáculo a través de los lentes del espiritismo, que empezaba a propagarse a lo largo y ancho de la República tras la invasión francesa y el Imperio de Maximiliano de Habsburgo. Santiago Sierra, por ejemplo, –hermano de Justo Sierra y uno de los miembros más destacados de los círculos espíritas– investigó, en uno de sus artículos publicados en La Ilustración Espírita, la posible relación entre el performance del Teatro Nacional al que había asistido y la joven doctrina. A nuestros ojos del siglo xxi, la ambivalencia y duda sobre la veracidad del espectáculo de Fay y Kellar podría parecer incomprensible. Lo cierto es que a finales del siglo xix, en medio del desarrollo tecnológico, del debilitamiento de la institución eclesiástica y su control sobre la esfera pública, así como también de numerosas guerras imperiales y civiles que arrasaron con gran parte de la población de distintos países, el espiritismo ofrecía a sus adeptos un marco capaz de integrar y darle sentido a todas estas experiencias nuevas que traía consigo la modernidad decimonónica.

El espiritismo no sólo proveyó a sus adeptos de técnicas y métodos para hablar con los espíritus, sino que también facilitó una estructura, un lente, desde donde abarcar y hacer manejables las ideas –tanto populares como letradas– sobre el contacto entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Muchos de los tropos que cristalizaron en ese momento en torno al culto de la muerte aún sirven hoy para hacer análisis cultural: basta pesnar en la proliferación de una retórica de la espectralidad en la teoría crítica, o en trabajos como el de Claudio Lomnitz sobre la muerte en México o de Michael Taussig sobre la relación entre la fundación del Estado-Nación Venezolano y la incorporación del espíritu y cadáver de Simón Bolívar en el imaginario nacional. Incluso, una práctica tan común como la lectura de un libro viejo –a la luz del espiritismo– se revela como una conversación, un diálogo con el más allá.

Fundada en 1870 por Refugio González, La Ilustración Espírita fue la publicación más importante dedicada a la difusión del espiritismo en México. Tras complicaciones políticas y económicas, la revista cerró con la publicación de su último número en diciembre de 1893. En uno de sus artículos, precisamente, Amanda Domingo Soler, la célebre espírita española, utilizaría la metáfora de la lectura y la escritura para hablar de la doctrina espiritista:

De algún tiempo a esta parte ha aumentado el número de los escritores, porque nuestros amigos de ultratumba nos envían sus pensamientos por conducto de médiums escribientes, mecánicos, intuitivos y auditivos, y obras filosóficas e históricas recreativas han venido a enriquecer la literatura de ambos continentes.  A escribir han dicho los espíritus. A leer responden los espiritistas y se han formado centros y grupos de estudios y una parte de la humanidad sostiene activa correspondencia con las almas de los que fueron. La familia universal dejó de ser un mito, estamos relacionados con los seres que dejaron su envoltura material. Ellos escriben, nosotros leemos. ¡Venturosos los que saben escribir, y felices los que se apresuran a leer!

Como la cita deja ver, los medios –la prensa en este caso– no sólo facilitaban la comunicación con el más allá, sino que proveían una plataforma desde dónde configurar y explicar al mundo la experiencia promovida por el espiritismo. El tropo de la lectura y la escritura no sólo le permitía a Soler ilustrar de qué forma se imaginaba la fluidez y la comunicación con el mundo de los espíritus, sino también reflexionar sobre el impacto de la tecnología en la sociedad de la época, enfatizando el rol de ésta en los procesos de democratización. Detrás de las conversaciones con los espíritus de Miguel Hidalgo, sor Juana Inés de la Cruz, Blaise Pascal e Ignacio de Loyola –que son algunos de los espíritus que se hacían presentes en las sesiones y cuyas conversaciones aparecen transcritas en las páginas de La Ilustración Espírita–  había algo más que una lectura de sus obras o intervenciones. Las sesiones con los espíritus eran una forma de materializar la relevancia del pasado para la época, de establecer canales de comunicación entre diversas etapas de la historia. En el mundo de los espíritus el historicismo se cancelaba ante una homogeneidad temporal, que hacía accesible a cualquier personaje del pasado –fuese alguien importante en la historia o alguna figura anónima que tenía algo que comunicarle a los vivos:

Los espíritus se manifiestan espontáneamente o en respuesta a una invocación. Se puede invocar a todos los espíritus: a aquellos que han animado a los más oscuros mortales, así como también a los personajes más ilustres, sin importar la época en que hayan vivido. Podemos invocar a nuestros parientes, amigos, o enemigos, y podemos obtener de ellos por vía oral o escrita comunicaciones, consejos e información general sobre su estado de ultratumba, sus pensamientos respecto a nosotros, y cualquier revelación que les sea permitida compartir con nosotros (cita de Kardec traducida en La ilustración espírita).

Lo que unía a los mensajes de los espíritus mencionados, es que traían al presente decimonónico la transmisión de una convicción de regeneración social. De acuerdo con la doctrina, los espíritus del más allá habían superado los obstáculos de la materialidad y enviaban, desde ese otro espacio, mensajes de cómo formar una comunidad universal e igualitaria promovida y alcanzable a través del estudio y la práctica del espiritualismo.

Para finales del siglo xix la Sociedad Espírita de México era la más numerosa de América Latina y contaba con instituciones interconectadas y esparcidas por toda la República –con gran énfasis al Norte del País y en la Península de Yucatán. Es interesante pensar en la posibilidad de que las redes establecidas por el espiritismo hayan favorecido la radicalización y difusión de ideas políticas que encaminaron las primeras etapas de la Revolución Mexicana: recordemos el conocido caso de Francisco I. Madero, pero también el levantamiento en Tomóchic, inspirado por Teresa Urrea, la Santa de Cabora, a quien la Sociedad Espírita reconocía como una médium natural, autodidacta.

A través de invocar a personajes del pasado histórico –no sólo de México, sino también de otras culturas– y mezclarlo con conversaciones con «espíritus» indígenas de la época pre-hispánica y figuras de la tradición cristiana, el espiritismo parecía atravesar las distancias entre clases sociales y articular núcleos de encuentro entre creencias y prácticas populares y letradas. Así, por ejemplo, en el mismo artículo en donde Soler presentaba el contacto con los espíritus a través de una metáfora del ejercicio de lectura y escritura, la autora reflexionaba también sobre cómo la prensa era un medio que con su aparición y desarrollo no sólo había facilitado la comunicación con el más allá, sino también la difusión de este saber en todos los niveles sociales: «La prensa es uno, quizá el primero de los adelantos humanos, porque vitaliza el pensamiento, porque enlaza a todas las clases sociales, porque un periódico es una carta universal, porque un libro es un ramillete de fragantes flores que no se marchita jamás».

En sintonía con lo que Robert Darnton sugiere en su estudio sobre el papel del mesmerismo en los albores de la Revolución Francesa, podríamos pensar que el espiritismo, por su maleabilidad y apertura a incorporar una vasta variedad de tradiciones y discursos, así como también por su posición ambivalente entre la ciencia y la religión capturó la atención de muchos, al tiempo que eludía la censura política. Envueltas en una retórica fuertemente imbuida con tonos sobre lo moral y el mundo espiritual, el espiritismo promovía ideas bastante radicales para la época, que pasaron desapercibidas ante los ojos censores del porfiriato. Si bien, desde su entrada, la doctrina en México se enfrentó con una variedad de duras críticas –empezando por aquel debate de 1875 en el Liceo Hidalgo en donde participaron figuras de la talla de José Martí, Ignacio Ramírez, los hermanos Sierra y Gabino Barreda, en un debate que buscaba dilucidar el lugar del espiritismo en el campo de la ciencia– los ataques que recibían los adeptos espíritas eran más por participar de un movimiento con inclinaciones de charlatanería en donde era difícil disponer de pruebas sólidas, más que por la política que el espiritismo promovía.

Uno de los aspectos que menos se ha resaltado en el estudio del espiritismo en México es la forma en que las bases de la doctrina permitieron que varias mujeres, en un siglo aún marcado por la fuerte inequidad entre géneros, intervinieran en la esfera pública y en el espacio de la política, en temáticas que estaban casi exclusivamente reservadas a los hombres. A pesar de que en México el espiritismo se introdujo por vías de la traducción del trabajo de Allan Kardec –el célebre espiritista francés que organizó en libros como El Libro de los Espíritus y El Libro de los Médiums los principios de la doctrina; desde sus inicios en 1848– con las hermanas Fox en Estados Unidos, el espiritismo daría pre-eminencia o al menos un lugar de igualdad a las mujeres. Se calcula, por ejemplo, que hasta un 80 por ciento de las médiums a través de las cuales se comunicaban los espíritus, eran mujeres.

Si bien es cierto que el dominio de las mujeres como médiums reproducía, en algunos casos, estereotipos vinculados al carácter femenino a través de la continuación de ideas como que la sensibilidad femenina favorecía la recepción de mensajes del más allá; o que la mujer tenía cierta pre-disposición a la moralidad- las prácticas medianímicas abrían espacios en que las mujeres podían definirse con mayor autonomía, sobre todo cuando se trataba de mujeres jóvenes que venían de espacios más rurales, como lo sugiere Molly McGarry en su libro Ghosts of Futures Past.

La base del espiritismo residía en afirmar que el ser humano tenía un alma individual que sobrevivía al cuerpo después de la muerte. Dentro de sus preceptos había dos entradas que favorecían la igualdad de género: la primera vinculada con el mundo de los espíritus y la segunda con el mundo terrenal y el papel de los médiums en éste. En cuanto a la primera, Kardec afirmaba que una vez que los espíritus quedaban desprendidos del cuerpo, se neutralizaban las distinciones de género. La diferencia sexual en el más allá no funcionaba como lo hacía en el mundo material. Así, puede verse que el mundo de los espíritus adquiría la forma de una proyección utópica, haciendo de él un espacio en donde es posible leer la imaginación  y el deseo político del momento: si bien no había una abolición total de jerarquías –pues queda claro que había algunos espíritus más ilustrados que otros– la posición de éstos no se determinaba del mismo modo que se determinaba la jerarquía social en las sociedades del siglo xix: el abolengo familiar no tenía relevancia, como tampoco lo tenían el género ni las propiedades materiales o la riqueza económica. En cuanto al segundo caso, el de los médiums, es importante referirse a un artículo de Refugio González que apareció en la Ilustración Espírita, y que condensaba los principios más importantes del espiritismo. Tras una sesión de contacto con el más allá, González afirmaba haber recibido el siguiente mensaje de un «espíritu protector» que aseguraba que: «Todo ser humano es médium». A través de abrir espacios que rompían la estratificación hegemónica de la sociedad mexicana del siglo xix, los clubes espíritas ampliaban la imaginación política de la época y propiciaba la intervención de grupos que normalmente quedaban marginados.

No es casual que se puedan estudiar los nexos entre las primeras manifestaciones feministas en México y el espiritismo. Además del papel de Teresa Urrea, a quien mencioné anteriormente, hubo otros vínculos quizás más claros entre el espiritismo y el feminismo en México. Laureana Wright de Kleinhans quien fuera directora de una de las primeras revistas mexicanas escritas por y para mujeres: Violetas del Anáhuac, fue también una de las colaboradoras más importantes de la Ilustración Espírita, y una de las pocas mujeres que fueron consideradas parte del Liceo Hidalgo. Se sabe poco de la conversión de Laureana Wright al espiritismo, pero es cierto que en los primero años de la introducción de la doctrina en México, la escritora e intelectual lo rechazó como algo serio. Es posible, como lo sugiere Lucrecia Infante Vargas en un artículo dedicado al tema, que Wright se viera poco a poco atraída a las líneas del espiritismo por la apertura que implicaba en temas de género, más que por las creencias o preceptos promovidos sobre lo que ocurría con el más allá. Casi ninguna otra revista del momento, publicaba artículos escritos por mujeres incluidos dentro de las secciones generales – es decir, no en las secciones dedicadas a temáticas femeninas- como sí lo hacía la ilustración espírita. Así, muchos de los números entre 1890 y 1893 tienen en la primera plana reflexiones de Laureana Wright. Sus artículos, ayudan a sostener la idea de que Wright se acercó al espiritismo por su apertura a las mujeres, ya que más que hablar sobre las sesiones y los mensajes enviados por espíritus desde la ultratumba, éstos ofrecen reflexiones sobre el lugar de la mujer y críticas punzantes al materialismo.

Así, la doctrina que se inició en 1848 en Estados Unidos y que en un abrir y cerrar de ojos dio la vuelta al mundo, en México impulsaba a romper con las jerarquías sociales. Su destino de pasar a la historia como seudociencia y religión poco seria, ha impedido pensar el lugar fundamental del espiritismo en la politización e inclusión de ciertos grupos marginados y sus posibles vínculos con la galvanización de la Revolución Mexicana. Es común –en un tiempo en que la narrativa de la secularización se ha naturalizado– que sea difícil pensar que una creencia con tintes espirituales-religiosos haya promovido valores revolucionarios más que conservadores. Como he tratado de mostrar aquí, el espiritismo invocaba al pasado, a los espíritus, para legitimar una ruptura, una regeneración social articulada no sólo en términos materiales, pero también espirituales. Si bien el espectáculo que Fay y Kellar presentaron en el Teatro Nacional a nuestros ojos no tendría nada de sobrenatural, en su tiempo abrió preguntas mucho más amplias. El espiritismo hoy puede ayudarnos a reflexionar no sólo en cuestiones importantes de la época, sino también en hacernos pensar sobre cómo el pasado se moviliza e interactúa con el presente.

Bibliografía:

La Ilustración Espírita

(Mayo, 1889) «Estudio sobre el espiritismo» de Refugio I. González.

(Enero, 1890) «Ya escampa».

(Sept., 1890) «Escribir» de Amalia Domingo Soler.

                        «Lo de Cabora»

(Abril, 1891) «Teresa Urrea o la profetisa de Cabora»

(Junio, 1891) «Un problema para la medicina».

(Julio, 1892) «Carta de Lauro Aguirre a Refugio González».

Infante Vargas, Lucrecia. «De espíritus, mujeres e igualdad: Laureana Wirght y el espiritismo kardeciano en el México finisecular». Disidencia y disidentes en la historia de México. Felipe Castro y Marcela Terrazas Coords. México: UNAM Instituto de Investigaciones Estética, 2003. Pp. 277-294.

Leyva, José Mariano. El ocaso de los espíritus: el espiritismo en México en el siglo xix. México: Cal y arena, 2005.

Lomnitz, Claudio. Idea de la muerte en México. México: FCE, 2006.

McGarry,Molly. Ghosts of Futures Pasts: Spiritualism and the Cultural Politics of Nineteenth-Century America. Berkeley-Los Angeles: UC Press, 2008.

Olavarría y Ferrari, Enrique de.  Reseña Histórica del teatro en México. México: la europea, 1895.

Rojas Flores, Gonzalo. El movimiento espiritista en México (1858-1895). México: UNAM Facultad de Filosofía y Letras,  2000. Tesis de maestría.

Schaefer, Lia Theresa. The Spirits of the Times: The Mexican Spiritist Movement from Reform to Revolution. Davis: University of California, 2009. Tesis doctoral.

Taussig, Michael. The Magic of the State. New York: Routledge, 1997.

Vargas Valdez, Jesús. (Comp.). Tomóchic: la revolución adelantada. Resistencia y lucha de un pueblo de Chihuahua contra el sistema porfirista (1891-1892). Vol. 1-2. Ciudad Juárez: Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1994.

Yébens Escardó, Zenia. «Las vicisitudes del desencantamiento del mundo: espiritistas y positivistas en la polémica del Liceo Hidalgo de 1875», en Carlos Illades y Georg Leidenberger, Polémicas intelectuales del México moderno, UAM/CONACULTA, México, 2008.

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