Crítica de ensayo

Pozos, de José Ramón Ruisánchez

Pozos, José Ramón Ruisánchez

Pozos, José Ramón Ruisánchez

José Ramón Ruisánchez
Pozos
Era, México
2015

Por Bruno Ríos

Hay algo estremecedor en Pozos que me recuerda a lo que se refería Stendhal cuando decía que su escritura estaba dedicada a «the Happy Few». Y esto tiene que ver más con que comparto una relación de amistad y profesional con José Ramón Ruisánchez que otra cosa. Pero también está directamente relacionado con eso que Ignacio Sánchez Prado llamó una «poética de la autoficción y el fragmento» en un reciente texto sobre este libro, una poética que busca ser autorreferencial, pero que a la vez en ese mismo gesto de generar un mecanismo encapsulado en sí mismo, se dispara hacia afuera con gran potencia. Y eso es quizá lo que conmueve, lo que estremece de este libro.

Pozos es un libro sobre la amistad. Pero también, Pozos no es (solamente) un libro sobre la amistad. En la contraportada se dice que Pozos es un libro híbrido, y es verdad hasta cierto punto. Es un libro que es difícil de clasificar, que se ha comercializado en la colección de ensayo y testimonio en términos editoriales, pero que dista de ser un ensayo o un testimonio. Sin duda es una exploración de temas que parecieran ajenos entre sí, y que además, va desde un lenguaje académico e interesante hasta una profunda confesión de lectura o de recuerdos personales. Sin embargo, la palabra híbrido no es la correcta. De hecho, es una palabra que se queda corta para explicar la forma en que un texto, que no es un texto por entero, configura sus condiciones de posibilidad.

Ahí, en el centro del asunto, en la línea recta que nos lleva de la mano entre los virajes emocionales e intelectuales que suceden a gran velocidad en ocasiones, y que luego se intercalan con pausas un poco más largas, está, como dije, la amistad: «Dos amigos se leen y leerse es una manera de querer. Leen el uno para el otro y para el resto de los amigos que no aparecen pero que les permiten leer el uno para el otro» (10).

Y al mismo tiempo, el mecanismo que permite el acomodo del libro, que en una versión anterior que tuve la oportunidad de leer no sucedía, revela una honda reflexión de lo que implica la escritura del libro, el ejercicio mismo de escribir:

Al mismo tiempo que escribo este libro, nace otro. Decir que es su reverso sería inexacto. Bastaría leer este libro de cierta manera para ahorrarse el otro. El otro libro habrá de ser la imposibilidad de éste. Mi miedo es no poder resistir, empezar aquél, y no terminar ninguno. Me ha pasado antes. Este libro usurpó el lugar de otro que acaso no logre terminar nunca (39).

La escritura de Pozos es la del lector profesional, la que conlleva un recorrido inacabable por distintos caminos del conocimiento, y sobre todo, de lo que implica dedicarse a la literatura por entero. Decir entonces que el libro de Ruisánchez es un libro híbrido es también desafortunado. Pozos es, mejor dicho, un libro rizomático. El teólogo croata Boris Gunjević lo explica muy bien al momento de leer el Corán, ya que dicho libro «propone un modelo rizomático de lectura, lo que implica que podemos acercarnos al texto leyendo de manera selectiva, o en fragmentos, desde el final, el medio, o el principio, sin perder de vista el mensaje principal». Sin embargo, al tomar el modelo de otros libros que se encuentran cercanos de este proyecto, como lo confiesa el propio Ruisánchez en uno de los fragmentos, libros como Saña de Margo Glantz o Reality Hunger de David Shields, el mecanismo rizomático se encuentra en otro nivel de significación: Pozos no tiene un solo mensaje central, sino que tiene múltiples centros. Es algo así como la ciudad de Los Ángeles u otras mega ciudades como México o Houston: un amalgamiento de comunidades concéntricas que comparten el mismo sitio en la jerarquía, es decir, que no tienen un solo centro.

El libro, que por comodidad terminó por dividirse en nueve secciones temáticas no declaradas, es a la vez la forma en que Ruisánchez piensa al momento de escribir. Lo que el lector se encuentra es precisamente el producto final y el proceso al mismo tiempo, o mejor dicho, el producto final es también el proceso. Es, por poner un ejemplo, Ruisánchez pensando a Copjec:

La sublimación no es un desvío: es un destino. Es el nombre del momento en que la línea recta hacia el objeto que deseo se curva. Estoy a punto de llegar a algo pero lo sorteo, y me quedo bordeando sus orillas. La diferencia entre lo sublime, digamos en Kant, y la sublimación como la lee Copjec, es que la inhibición no proviene de un obstáculo externo sino de la pulsión misma. La catarata, el glaciar, las ruinas o el abismo de un pozo ya no son necesarios porque me habitan. O bien son necesarios porque me habitan (121).

Pero es también Ruisánchez escribiendo lo que pensó al leer lo que Derrida escribe sobre la amistad, o mejor dicho, una de las cosas que pensó al leer a Derrida:

Un gesto característico de la crítica de Derrida es el uso de tiempos verbales complejos. Habrán sido amigos aquellos que se despiden a las dos orillas de la muerte. El amigo habrá sido el que vaya al entierro de su amigo. Ése es el gesto inútil que garantizará retrospectivamente todo lo que antes no se sabe si es una amistad. Los amantes no. Cogen y ya fueron amantes. Acaso por eso, Derrida no los trabaja. (126).

Entonces, Pozos es ―también― un libro sobre José Ramón Ruisánchez. Pero no es sólo un libro sobre su autor, sino sobre lo que su autor piensa de sí mismo. La clave para entender la parte testimonial de esta obra está quizás en lo que Hegel propone al momento de pensar la encarnación de Jesucristo. O como lo escribe Žižek, «la encarnación para Hegel no es una forma en la que Dios se vuelve accesible o visible hacia los humanos, sino un mecanismo en el que Dios se ve a sí mismo desde la distorsión de la mirada humana». La manera en que hay que leer Pozos no es la forma en la que leemos unas memorias o un libro testimonial, no es un mecanismo para hacerse accesible hacia los lectores. Pozos es una forma en la que José Ramón Ruisánchez se hace visible a sí mismo. Y ahí, en ese gesto enteramente teórico, está la imagen, la imagen que es la del espejo y la del otro en la escritura:

El diálogo entre mi literatura y mis ocupaciones teóricas me convierte en un probador de venenos. Pero creo que hay que seguir arriesgando. Si bajo muy hondo, encuentro que el mismo manantial las alimenta a los dos. No me sorprende que también allí, en mi San Zenón, encuentre la palabra amistad: es al mismo tiempo corte y bálsamo (129).

En este recorrido que va del texto a la imagen impresa, del descubrimiento de Pompeya a una cena entre amigos, del pozo de Clemente VII hasta la muerte de José Emilio Pacheco, de Derrida a Kant, pasando por la mimesis y Fina García Marruz, José Ramón Ruisánchez nos muestra una conversación en la que somos partícipes más o menos activos en los espacios en blanco que separan su escritura fragmentada. Es un libro que mueve las fibras más hondas del afecto al mismo tiempo en que trazamos, junto con su autor, los largos puentes invisibles entre dos riberas ajenas de la tarea misma de leer. Es en esos puentes, en el fondo de esos pozos, en donde nos damos cuenta, como una revelación, de que pensamos en algo que parece nuevo, pero que en realidad, siempre estuvo ahí.

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